MUNDO
ANILLO
Larry
Niven
Traducción: Mirela Bofill
© 1970 by Larry Niven
© 1976, Ediciones Martínez
Roca S.A.
Gran Vía 774 7º, Barcelona.
ISBN 950-614-428-1
Edición electrónica de
Sadrac, Enero 2000
1. Luis Wu
Luis Wu volvió
a la realidad en el centro del Beirut nocturno, en el interior de una de las
varias cabinas teletransportadoras de uso general.
La larga
coleta, blanca y reluciente, parecía de nieve artificial. La piel y el cráneo
depilado tenían un tinte amarillo cromo; el iris de sus ojos era dorado y lucía
una túnica azul cobalto sobre la cual destacaba la dorada figura de un dragón
estereoscópico. Cuando apareció, su rostro exhibía una amplia sonrisa con una
hilera de perfectos dientes nacarados, absolutamente normalizados. Su persona
se materializó sonriente y agitando una mano. Pero la sonrisa estaba ya en fase
de disolución; un segundo más tarde había desaparecido, y su rostro comenzaba a
descomponerse como una máscara de goma bajo el efecto del calor. En ese
momento, Luis Wu aparentaba los años que tenía.
Permaneció
inmóvil unos instantes junto a su cabina contemplando el paso de la ciudad de
Beirut: la gente que iba apareciendo en las cabinas contiguas, procedente de
lugares desconocidos; la multitud que cruzaba el lugar a pie, pues las aceras
móviles se desconectaban durante la noche. Entonces comenzaron a tocar las
once. Luis Wu enderezó los hombros y salió al encuentro del mundo.
En Resht, su
fiesta debía de continuar en pleno apogeo y ya sería la mañana siguiente a su
cumpleaños. En Beirut tenían una hora menos. Luis pagó varias rondas de raki en
un reposado restaurante al aire libre y aplaudió las canciones que el público
coreaba en árabe y en intermundo. Antes de medianoche salía rumbo a Budapest.
¿Habrían
advertido que había dejado su propia fiesta? Sin duda supondrían que había
salido con alguna mujer y estaría de regreso en un par de horas. Pero Luis se
había ido solo, huyendo de las campanadas de medianoche, con el nuevo día
pisándole los talones. Veinticuatro horas eran muy pocas tratándose de la
celebración de su bicentésimo cumpleaños.
Ya se las
arreglarían sin él. Sus amigos eran gente de mundo. Luis se mostraba inflexible
en ese aspecto. En Budapest encontró vino y danzas atléticas, nativos que le
toleraron tomándole por un turista adinerado y turistas que le creyeron un
nativo acomodado. Bailó las danzas y bebió el vino, y emprendió la marcha al
filo de medianoche.
En Munich
decidió dar un paseo.
El aire era
cálido y puro; le ayudaría a despejarse un poco. Estuvo caminando sobre las
iluminadas aceras móviles, sumando su andar a los quince kilómetros por hora de
las aceras. De pronto, cayó en la cuenta de que todas las ciudades del mundo
tenían aceras móviles, y todas se desplazaban a quince kilómetros por hora.
La idea le
pareció intolerable. Nada nuevo; sólo intolerable. Luis Wu rememoró la total
similitud existente entre Beirut Y Munich o Resht... o San Francisco o Topeka o
Londres o Amsterdam. Las tiendas que flanqueaban las aceras móviles vendían
productos idénticos en todas las ciudades del mundo. Los ciudadanos que había
encontrado esa noche tenían todos igual aspecto, vestían del mismo modo. No
eran americanos, ni alemanes, ni egipcios, sino, simplemente, terrícolas.
En sólo tres
siglos y medio, las cabinas teletransportadoras habían logrado trocar la
infinita variedad de la Tierra en esto. Su red de transporte instantáneo
abarcaba el mundo entero. Entre Moscú y Sidney mediaba sólo un infinitésimo de
tiempo y una moneda de un décimo de estrella. Ineluctablemente, las ciudades se
habían ido desdibujando con los siglos y sus nombres eran ya meras reliquias
del pasado.
San Francisco y
San Diego constituían el extremo norte y sur de una vasta ciudad costera. Pero
¿cuántas personas sabían cuál era el extremo norte y cuál el sur? Muy pocas, a
esas alturas.
Eran
pensamientos más bien pesimistas para un hombre que ese día cumplía los
doscientos años de vida.
Pero la fusión
de las ciudades era un hecho real. Luis había sido testigo del proceso. Había
visto fundirse todas las irracionalidades de lugar, tiempo y costumbres en una
gran racionalidad: una Ciudad que cubría el mundo entero, cual monótona pasta
gris. ¿Quién hablaba aún deutsch, english, francais, español? Todos se
comunicaban en intermundo. Los tatuajes de moda cambiaban todos al unísono, en
una monstruosa oleada que abarcaba el mundo entero.
¿Sería hora de
tomarse otro año sabático? Lanzarse a lo desconocido, él solo en su nave
individual, con la piel y los ojos y el cabello de su color natural, y una
barba que iba creciendo desordenadamente sobre su rostro...
- Bobadas - se
dijo Luis -. Acabo de tomarme un sabático.
De eso hacía
veinte años.
Pero ya pronto
darían las doce. Luis Wu buscó una cabina teletransportadora, introdujo su
tarjeta de crédito en la ranura y marcó el código de Sevilla.
Reapareció en
una habitación bañada por la luz del sol.
- Nej, ¿qué
significa esto? - se preguntó, frotándose los ojos.
La cabina debía
estar averiada. En Sevilla ya no tendría que ser de día. Luis Wu se disponía a
marcar otra vez; sin embargo, al volverse, se encontró con una sorpresa.
Estaba en una
habitación de hotel completamente anónima, y en tan prosaico marco, su ocupante
resultaba aún más desconcertante.
En efecto, ante
sí, en medio de la habitación tenía un ser desprovisto de todo rasgo humano o
humanoide. Se apoyaba sobre tres patas y contemplaba a Luis Wu desde dos
direcciones distintas, gracias a sus dos cabezas planas montadas sobre sendos
cuellos, flexibles y muy delgados. La mayor parte de tan sorprendente figura
estaba cubierta de piel blanca y suave corno un guante; sin embargo, entre los
dos cuellos de la bestia crecía una gruesa crin de basto pelo castaño, que le
cubría todo el espinazo hasta la complicada articulación de la pata trasera.
Tenía las dos patas delanteras muy separadas, de modo que los pequeños cascos
con garras de la bestia formaban un triángulo casi equilátero.
Luis supuso que
debía tratarse de un animal extraterrestre. Esas cabezas planas no podían
albergar un cerebro. Pero luego advirtió una jiba entre las bases de los
cuellos, donde la crin se convertía en un grueso estropajo protector... y
comenzó a recordar vagamente un incidente acaecido treinta y seis lustros
atrás.
Era un
titerote, un titerote de Pierson. El cerebro y el cráneo se ocultaban bajo la
joroba. No era un animal; estaba dotado de una inteligencia al menos comparable
a la del hombre. Y sus ojos, uno por cabeza y muy hundidos en las órbitas
óseas, miraban fijamente a Luis Wu desde dos direcciones distintas.
Luis intentó
abrir la puerta. Cerrada.
Había quedado
encerrado fuera, no dentro. Podía marcar un número y esfumarse. Pero ni
siquiera lo pensó. No era corriente encontrar un titerote de Pierson. La
especie había desaparecido del espacio conocido antes de que Luis Wu viniera al
mundo.
- ¿Puedo
servirte en algo? - dijo Luis.
- Puedes - dijo
el extraño ser...
...con una voz
que le hizo rememorar sus sueños de adolescente. De querer imaginar una mujer
en consonancia con esa voz, Luis habría tenido que evocar a Cleopatra, Helena
de Troya, Marilyn Monroe y Lorelei Huntz, todas en una.
- ¡Nej!
La palabrota le
pareció más adecuada que nunca. ¡No es justo! ¡Que semejante voz perteneciera a
un extraño ser de dos cabezas y sexo indeterminado!
- No te asustes
- dijo el extraterrestre -. En caso de emergencia, siempre puedes huir.
- En el colegio
había dibujos de seres como tú. Hace tiempo que desaparecisteis... o eso
creíamos.
- Cuando mi
especie huyó del espacio conocido, yo no les acompañé - replicó el titerote -
Me quedé en el espacio conocido, pues aquí podía ser útil a mi especie.
- ¿Dónde te has
ocultado? ¿Y en qué lugar de la Tierra estamos ahora?
- Eso no es de
tu incumbencia. ¿Eres Luis Wu MMGREWPLH?
- ¿Lo sabías
ya? ¿Me buscabas concretamente a mí?
- Si. Hemos
hallado la manera de manipular la red de cabinas teletransportadoras de este
mundo.
Era posible,
pensó Luis. Costaría una fortuna en sobornos, pero era posible conseguirlo.
Aunque...
- ¿Para qué?
- Será un poco
largo de explicar...
- ¿No vas a
dejarme salir de aquí?
El titerote
reflexionó:
- Supongo que
debo hacerlo. Pero primero debo advertirte que estoy protegido. Mi armamento
puede detener cualquier posible ataque.
Luis emitió un
gruñido de disgusto.
- ¿Por qué
habría de atacarte?
El titerote no
respondió.
- Ya recuerdo.
Sois cobardes. Toda vuestra ética se basa en la cobardía.
- Aunque
inexacta, la descripción puede servirnos.
- Bueno, podría
ser peor - reconoció Luis. Todas las especies sensibles tenían sus
peculiaridades. Sin duda resultaría más fácil entenderse con el titerote que
con los trinoxios y su paranoia racial, o los kzinti con sus instintos
asesinos, o los grogs sésiles con esos... extraños e inquietantes órganos que
tenían en lugar de manos.
La figura del
titerote habíale traído a la memoria todo un desván de polvorientos recuerdos.
La información sobre los titerotes y su imperio comercial, sus contactos con la
humanidad, su repentina e inusitada desaparición, afluía a su mente
entremezclada con el sabor del primer cigarrillo, las primeras tentativas de
escribir a máquina con dedos torpes y no adiestrados, listas de vocabulario
intermundo que debía memorizar, el sonido y el sabor del inglés, las
incertidumbres y zozobras de la primerísima juventud. Había estudiado los
titerotes en clase de historia, en el Instituto, y luego los había olvidado por
completo durante ciento ochenta años. ¡Resultaba asombroso comprobar la
cantidad de cosas que era capaz de retener el cerebro humano!
- Puedo
permanecer aquí, si así lo prefieres - le dijo al titerote.
- No. Debemos
estar juntos.
Los músculos se
perfilaron tensos bajo la piel cremosa, mientras el titerote procuraba armarse
de valor. Por fin se abrió la puerta de la cabina y Luis Wu entró en la
habitación.
El titerote
retrocedió un poco.
Luis se dejó caer
en una silla, no tanto por su propia comodidad sino más bien con el propósito
de tranquilizar un poco al titerote. Sentado tendría un aspecto más inofensivo.
La silla era un modelo estándar, una silla vibradora adaptable, diseñada
exclusivamente para humanos. Entonces Luis advirtió una tenue fragancia, que le
recordó un herbolario y un juego de química a la vez, un olor bastante
agradable.
El
extraterrestre dobló la pata trasera y se acomodó sobre ella.
- Debes de
preguntarte por qué te he traído hasta aquí. Será largo de contar. Para
empezar, ¿qué sabes de mi especie?
- Hace tantos
años que dejé el colegio. Poseíais un imperio comercial, si no me equivoco.
Abarcaba mucho más de lo que solemos denominar «espacio conocido». Sabemos que
los trinoxios fueron clientes vuestros, y no les conocimos hasta veinte años
atrás.
- Sí, solíamos
comerciar con los trinoxios. En gran parte a través de robots, si mal no
recuerdo.
- Vuestro
imperio comercial tenía varios milenios de antigüedad, por lo menos, y abarcaba
como mínimo un buen puñado de años luz. Y luego, de pronto, desaparecisteis. Lo
abandonasteis todo. ¿Por qué?
- ¿Será posible
que ya nadie se acuerde? ¡Huimos de la explosión del núcleo galáctico!
- Ya lo sé. -
Luis incluso recordaba vagamente que la reacción en cadena de las novas en el
eje galáctico había sido descubierta por extraterrestres -. Pero, ¿por qué
continuáis huyendo? Los soles del Núcleo entraron en estado de novas hace diez
mil años. La luz tardará aún otros veinte mil años en llegar hasta aquí.
- Los humanos
son unos insensatos - dijo el titerote -. Vuestra inconsciencia acabará por
llevaros al desastre. ¿No os dais cuenta del peligro? ¡Toda esta región de la
galaxia se hará inhabitable por efecto de la radiación del frente expansivo!
- Veinte mil
años son muchos años.
- Aunque ocurra
dentro de veinte mil años, la exterminación sigue siendo la exterminación. Mi
especie huyó rumbo a las Nubes de Magallanes. Pero aquí quedamos unos cuantos,
por si la migración titerote sufría algún percance. Éste se ha producido ahora.
- ¿Oh? ¿Qué
tipo de percance?
- No estoy
autorizado a responder a esta pregunta. Pero puedo enseñarte esto.
El titerote le
tendió un objeto que tenía sobre la mesa. Y Luis, que se había estado
preguntando dónde tendría metidas las manos, advirtió que sus bocas eran manos.
Y unas manos
muy diestras, según pudo apreciar cuando el extraterrestre se inclinó con gran
cautela para entregarle un grabado instantáneo. Los elásticos y holgados labios
del titerote se extendían varios centímetros más allá de sus dientes. Estaban
tan secos como los dedos humanos y tenían una orla de abultamientos en forma de
dedos. Luis logró divisar fugazmente una ágil lengua bífida tras los cuadrados
dientes de herbívoro.
Cogió la
instantánea y la observó.
Al principio no
logró discernir nada, pero continuó mirándola atentamente con la esperanza de
conseguir descifrar su significado. Se veía un pequeño disco de un blanco
intenso que podría ser un sol, G0 o K9 o K8, con un desdibujado cordón separado
de sol por un liso reborde negro. Pero el reluciente objeto no podía ser un
sol. Detrás, semicubierta por éste, se veía una franja azul cielo recortada
sobre el fondo negro-espacio. La franja azul era perfectamente recta, de lisos
rebordes, sólida, artificial, y más ancha que el disco iluminado.
- Parece una
estrella con un anillo alrededor - dijo Luis -. ¿Qué es?
- Puedes
quedártelo y analizarlo más detenidamente, si quieres. Ahora puedo explicarte
el motivo de que te hayamos traído hasta aquí. Tengo la intención de organizar
una expedición de exploración, integrada por cuatro miembros, entre ellos yo
mismo, y también tú.
- ¿Para
explorar qué?
- Aún no puedo
especificártelo.
- Déjate de
historias. Sería una locura lanzarme así, a la aventura.
- Feliz
bicentésimo cumpleaños - dijo el titerote.
- Gracias -
respondió Luis, desconcertado.
- ¿Por qué
abandonaste tu fiesta?
- Eso no te
importa.
- Sí que me
importa. Luis Wu, ¿por qué abandonaste tu fiesta de cumpleaños?
- Simplemente
decidí que veinticuatro horas no eran suficientes para celebrar un bicentésimo
cumpleaños. Conque me propuse prolongarlo a base de ir viajando hacia el oeste.
No siendo terrícola, no podrías comprender...
- ¿Y te
entusiasmó comprobar que todo te iba saliendo tan bien?
- No, no
exactamente. No...
No se sentía
entusiasmado, pensó Luis. Todo lo contrario. Aunque la fiesta había ido
bastante bien.
Había dado
comienzo esa madrugada, exactamente un minuto después de medianoche. Por qué
no. Tenía amigos en todos los husos horarios. No había motivo alguno para
desperdiciar ni un solo minuto de su día. La casa estaba llena de equipos para
dormir, en los que podían echarse rápidas y profundas siestas. Para los que no
quisieran perderse detalle, había preparado drogas estimulantes, algunas con
interesantes efectos secundarios, otras destinadas sólo a mantener despiertos a
quienes las tomasen.
Luis no había
visto a algunos de sus invitados, desde hacía más de cien años, a otros, en
cambio, los veía casi a diario. Algunos habían sido enemigos mortales de Luis
Wu, muchísimos años atrás. Se encontró también con mujeres a las que había
olvidado por completo, con las consiguientes sorpresas al comprobar cuánto
habían cambiado sus gustos en esa materia.
Como era de
esperar, las presentaciones le ocuparon demasiadas horas de su aniversario.
¡Las listas de nombres que se vio obligado a memorizar de antemano! Demasiados
amigos habíanse convertido en extraños.
Y escasos
minutos antes de medianoche, Luis Wu se había metido en una cabina
teletransportadora, había marcado un número y se había esfumado.
- Me moría de
hastío - dijo Luis Wu -. «Háblanos de tus últimas vacaciones, Luis» «¡No
comprendo cómo puedes soportar esa soledad, Luis! ¡Estupenda la idea de invitar
al embajador de Trinox, Luis! ¡Cuánto tiempo sin verte, Luis!» «Eh, Luis, ¿por
qué se necesitan tres jincianos para pintar un rascacielos?»
- ¿Por qué?
- ¿Por qué,
qué?
- Los
jincianos.
- Oh. Uno
sujeta el spray y los otros dos mueven el rascacielos arriba y abajo. La
primera vez que lo oí estaba en párvulos. Todos los despojos de mi vida, todos
los viejos chistes, todos reunidos en una enorme casa. Algo insoportable.
- Eres un
hombre inquieto, Luis Wu. Esos años sabáticos... fuiste tú el iniciador de la
costumbre, ¿no es así?
- No recuerdo
cómo empezó... Se puso de moda... Ahora casi todos mis amigos se toman uno que
otro.
- Pero no con
tanta frecuencia como tú. Cada cuarenta años o así, te hartas de la compañía
humana. Entonces abandonas los mundos de los hombres y partes rumbo a las
fronteras del espacio conocido. Deambulas por el exterior del espacio conocido,
completamente solo en tu nave individual, hasta que vuelves a sentir necesidad
de compañía. Hace veinte años que regresaste de tu último sabático, el cuarto
que realizabas. Eres inquieto, Luis Wu. Has vivido suficientes años en cada uno
de los mundos del espacio humano como para ser considerado un nativo del jugar.
Esta noche has abandonado tu propia fiesta de cumpleaños. ¿Te hormiguean otra
vez los pies?
- Eso es asunto
mío, ¿no crees?
- Sí. A mí lo
único que me interesa es reclutar gente. Serías un buen elemento para mi
expedición. Corres riesgos, pero riesgos calculados. No temes encontrarte a
solas contigo mismo. Has sabido tener la cautela y la astucia necesarias para
vivir doscientos años. No te has descuidado en el aspecto médico y así has
conseguido conservar el físico de un hombre de veinte años. Y lo que es aún más
importante: aparentemente, aceptas gozoso la compañía de extraterrestres.
- Desde luego.
Luis conocía
algunos xenófobos y los consideraba unos papanatas. Le resultaba terriblemente
aburrido hablar sólo con humanos.
- Pero no
quieres embarcarte a ciegas. Luis Wu, ¿no te basta con que yo, un titerote,
vaya contigo? ¿Qué podrías temer que no me hubiera asustado a mí primero? Es
proverbial la inteligente cautela de mi raza.
- Tienes razón
- dijo Luis. La verdad es que lo tenía atrapado. La xenofilia, la inquietud y
la curiosidad se habían confabulado para predisponerle a seguir al titerote
dondequiera que éste se dirigiese. Pero deseaba obtener mayor información.
Y estaba en
situación de imponer condiciones. Un extraterrestre no viviría en una
habitación como ésa por gusto. Ese cuarto de hotel tan vulgar, tan
reconfortantemente normal desde el punto de vista de un terrícola, debía de
haber sido amueblado en vistas a la operación de reclutamiento.
- No quieres
explicarme qué te propones explorar - dijo Luis -. ¿Me dirás al menos dónde
está?
- Se encuentra
a doscientos años luz de aquí, en dirección a la Nube Menor.
- Pero nos
tomará dos años llegar hasta allí en un hiperreactor.
- No. Contamos
con una nave que se desplaza a una velocidad bastante superior a la del
hiperreactor corriente. Puede recorrer un año luz en cinco cuartos de minuto.
Luis abrió la
boca, pero no logró emitir ni un sonido. ¿Un minuto y cuarto?
- No debería
extrañarle tanto, Luis Wu. ¿Cómo se explicaría si no que pudiésemos enviar un
agente al núcleo galáctico pare investigar la reacción en cadena de las novas?
Debiste haber deducido la existencia de una nave de esas características. Si
tengo éxito en mi misión, mi intención es ceder la nave a mi tripulación, junto
con los planos necesarios para construir otras del mismo tipo. Esa nave es
tu... precio, tus honorarios, llámale como quieras. Podrás observar sus
características de vuelo cuando nos unamos a la migración de titerotes.
Entonces sabrás qué nos proponemos explorar.
Unirse a la
migración de titerotes...
- Cuenta
conmigo - dijo Luis Wu. ¡Tendría oportunidad de observar a toda una especie
racional en movimiento! Grandes naves con miles de millones de titerotes en
cada una de ellas, ecologías completas en acción...
- Estupendo -
dijo el titerote, incorporándose -. Necesitaremos un equipo de cuatro. Ahora
debemos salir en busca del tercer miembro.
Y se metió en
la cabina teletransportadora.
Luis se guardó
la misteriosa instantánea en el bolsillo y le siguió. Intentó leer el número
del marcador de la cabina, lo cual le hubiera indicado en qué lugar del mundo
se hallaban. Pero el titerote marcó demasiado de prisa y cuando quiso mirar ya
no estaban ahí.
Luis Wu salió
de la cabina tras el titerote y se encontró en la penumbra de un lujoso
restaurante. Reconoció el lugar por la decoración en negro y oro y el
despilfarro de espacio que suponía la ordenación de las cabinas en forma de herradura.
Era el Krushenko de Nueva York.
El titerote
avanzó en medio de incrédulos murmullos. Un maitre humano, imperturbable como
un robot, les condujo a una mesa. Una de las sillas había sido sustituida por
un gran almohadón cuadrado que el extraterrestre se colocó entre casco y cadera
cuando se sentó.
- Te esperaban
- dedujo Luis Wu.
- Sí. Llamé
para reservar mesa. En el Krushenko están acostumbrados a servir a clientes no
terrícolas.
Luis advirtió
entonces la presencia de otros comensales extraterrestres: cuatro kzinti en la
mesa contigua y un kdatlyno a medio camino de la puerta. Era lógico, con el
Edificio de las Naciones Unidas ahí al lado. Luis marcó el código para pedir un
tequila sour y, en cuanto lo tuvo en la mesa, se lo bebió de un trago.
- Ha sido un a
buena idea - comentó -. Estoy muerto de hambre.
- No hemos
venido a comer. Estamos aquí para reclutar al tercer miembro de nuestra
expedición.
- ¿En un
restaurante?
El titerote
levantó la voz para responder, pero sus palabras no fueron exactamente de
respuesta.
- ¿No conocías
a mi kzin, Kchula-Rrit? Es mi mascota.
A Luis casi se
le atraganto el tequila. Las cuatro moles de piel anaranjada que ocupaban la
mesa situada a las espaldas del titerote eran ni más ni menos que cuatro
kzinti; y al oír las palabras del titerote los cuatro se volvieron enseñando
sus aguzados dientes. Parecía una sonrisa, pero en un kzin esa mueca nunca es
una sonrisa
El apellido
Rrit corresponde a la familia del Patriarca de Kzin. Luis apuró su copa y
decidió que el detalle no tenía importancia. El insulto hubiera sido mortal de
todos modos y uno no podía ser devorado dos veces.
El kzin más
próximo se puso de pie.
Un grueso
pelaje anaranjado, con unas marcas negras sobre los ojos, cubría lo que podría
haber sido un gordo gato romano de dos metros y medio de estatura. La gordura
era toda músculo, liso y fuerte y curiosamente distribuido sobre un esqueleto
igualmente curioso. Unas aguzadas y bien pulidas garras emergieron de sus
vainas, en el extremo de unas manos que semejaban negros guantes de cuero.
El cuarto de
tonelada de carnívoro racional miró al titerote de arriba abajo y dijo:
- ¿Cómo tienes
la osadía de creerte con derecho a insultar al Patriarca de Kzin y no pagarlo
con tu vida?
El titerote
respondió de inmediato y sin un temblor en su voz:
- Yo fui el
autor de la coz que recibió en la barriga un kzin llamado Capitán Chuft, en un
mundo con círculos Beta Lyra; le rompí tres soportes de su estructura
endoesquelética con mi casco trasero. Necesito un kzin valeroso.
- Sigue - dijo
el kzin de los ojos negros. Pese a las limitaciones que le imponía su
estructura bucal, el kzin hablaba intermundo a la perfección. Sin embargo, su
voz no reflejaba la ira que debería haber sentido. A juzgar por la emoción que
demostraban los kzinti y el titerote, Luis podría haber estado presenciando un
gastado ritual.
Pero a los
kzinti les habían servido un plato de carne cruda, sanguinolento y humeante,
calentada instantáneamente a la temperatura del cuerpo en el momento de
servirla. Y todos los kzinti sonreían.
- Este humano y
yo - dijo el titerote - nos disponemos a explorar un lugar que ningún kzin ha
podido ni imaginar jamás. Necesitamos un kzin para nuestra tripulación. ¿Osará
explorar un kzin el lugar donde se aventura un titerote?
- Dicen que los
titerotes son herbívoros, que rehuyen la batalla en vez de lanzarse a ella.
- Podrás juzgar
por ti mismo. Tus honorarios, si sobrevives, serán los planos de un nuevo y
valioso modelo de nave espacial y una nave ya construida. Tal vez te parezca
una recompensa poco segura.
Luis pensó que
el titerote estaba haciendo todo lo posible por insultar a los kzinti. Nunca se
le ofrece a un kzin una recompensa que no sea segura. ¡Para un kzin no existe
el riesgo!
Pero el kzin se
limitó a responder:
- Acepto.
Los otros tres
pronunciaron un comentario despectivo.
El primer kzin
respondió al insulto.
Uno solo ya
sonaba como una riña de gatos. Cuatro kzinti enzarzados en acalorada discusión
hacían pensar en una gran batalla felina, con sordina. Los amortiguadores de
sonido del restaurante se conectaron automáticamente y los gruñidos quedaron
ahogados, pero no se interrumpieron.
Luis pidió otra
copa. A juzgar por sus conocimientos de historia kzinti, estos cuatro debían de
ser bastante modosos. El titerote aún seguía con vida.
Por fin acabó
la discusión y los cuatro kzinti se volvieron. El de las señales negras sobre
los ojos dijo:
- ¿Cómo te
llamas?
- Uso el nombre
humano de Nessus - respondió el titerote -. Mi verdadero nombre es... - Por un
instante una armónica melodía emergió de las extraordinarias gargantas del
titerote.
- Muy bien,
Nessus. Debes tener en cuenta que los cuatro constituimos una embajada kzinti
en la Tierra. Éste es Hareh, y éste Ftanss, el de las rayas amarillas es Hroth.
Yo soy sólo un aprendiz y de casta inferior, luego no tengo nombre. Se me
conoce por mi profesión: Interlocutor-de-Animales.
Luis aguzó los
oídos.
- El problema
es que no podemos movernos de aquí. Delicadas negociaciones... pero eso no es
asunto vuestro. Hemos decidido que soy el único sustituible. Si tu nueva nave
tiene algún interés para nosotros, me uniré a vuestra expedición. En caso
contrario, tendré que demostrar mi valor de otro modo.
- De acuerdo -
dijo el titerote, y se levantó.
Luis no se
movió de su asiento.
- ¿Puedes decirme
la forma kzinti de tu título? - preguntó.
- En la Lengua
del Héroe se llama...
Y el kzin lanzó
un gruñido de creciente intensidad.
- Entonces,
¿por qué no mencionaste este título? ¿Pretendías insultarnos?
- Sí - dijo el
Interlocutor-de-Animales -. Estaba muy enfadado.
Habituado a sus
propias normas de conducta, Luis esperaba que el kzin mintiera. Entonces Luis
hubiera fingido creerle y ello le hubiera impulsado a mostrarse más amable en
el futuro... pero era demasiado tarde para echarse atrás. Luis titubeó una
fracción de segundo antes de preguntar:
- ¿Y cuál es la
costumbre?
- Tendremos que
luchar a puño limpio... en cuanto me desafíes. De lo contrario uno de los dos
tendrá que excusarse.
Luis se puso en
pie. Era un suicidio, pero, ¡nej!, conocía bien la costumbre.
- Te reto a
duelo - dijo -. Diente contra diente, garra contra uña, visto que es imposible
compartir el universo en paz.
Entonces el
kzin al que habían presentado como Hroth dijo, sin levantar la cabeza:
- Permitan que
les presente mis excusas en nombre de mi compañero, Interlocutor-de-Animales.
- ¿Cómo? -
exclamó Luis.
- Es mi función
- explicó el kzin de las rayas amarillas -. Por naturaleza, los kzinti nos
vemos abocados a situaciones en las que es preciso excusarse o luchar. Sabemos
lo que ocurre cuando luchamos. Nuestra población ha quedado reducida a una
octava parte de lo que era cuando los kzinti tuvieron su primer encuentro con
el hombre. Nuestras colonias son vuestras colonias, nuestras especies esclavas
han sido liberadas y han aprendido la tecnología y la ética humanas. Cuando se
presenta la alternativa de excusarse o luchar, mi función es pedir excusas.
Luis se sentó.
A fin de cuentas, tal vez podría seguir viviendo.
- No quisiera
ese trabajo por nada del mundo - dijo.
- Es evidente,
puesto que estabas dispuesto a luchar con un kzin a puño vivo. Pero el
Patriarca opina que sólo sirvo para eso. Mi inteligencia es escasa, mi salud
mala y mi coordinación terrible. ¿Qué otra cosa puedo hacer para no perder mi
nombre?
Luis bebió un
sorbo de su combinado y rogó que alguien cambiara de tema. Ese kzin humilde le
ponía nervioso.
- Comamos -
dijo el que se denominaba Interlocutor-de-Animales -. A menos que nuestra
misión sea urgente, Nessus.
- En absoluto.
Aún no tenemos la tripulación completa. Mis colegas me avisarán cuando hayan
localizado un cuarto tripulante cualificado. Podemos comer tranquilamente.
Interlocutor-de-Animales
aún hizo un comentario antes de regresar a su mesa.
- Luis Wu, has
usado demasiada verborrea para desafiarme. Para retar a duelo a un kzin basta
un rugido de rabia. Un rugido y luego un rápido ataque.
- Un rugido y
luego un rápido ataque - repitió Luis -. Estupendo.
2. Y su
pintoresca compañía
Luis Wu conocía
muchas personas que cerraban los ojos cuando usaban una cabina
teletransportadora. El repentino cambio de escenario les producía vértigo. Luis
lo consideraba una bobada; pero, en fin, las rarezas de sus amigos no acababan
ahí.
Mantuvo los
ojos bien abiertos mientras marcaba el código. Los extraterrestres que le observaban
se esfumaron. Alguien gritó:
- ¡Aquí está!
Un gran gentío
comenzó a agolparse junto a la puerta. Luis tuvo que empujar para abrirla.
- ¡Vaya
tarambanas! ¿Nadie se ha ido a casa aún? - Abrió los brazos como si quisiera
estrecharlos a todos, luego comenzó a abrirse paso a empellones como una
máquina quitanieves. ¡Dejad paso, palurdos! Traigo más invitados.
- ¡Estupendo! -
gritó una voz en su oído. Unas manos anónimas cogieron la suya y le apretaron
los dedos en torno a una ampolla de licor. Luis dio palmadas en la espalda a
los siete u ocho invitados que tenía al alcance y sonrió ante tan buena
acogida.
Luis Wu. De
lejos se diría un oriental, con pálida tez amarillenta y largos cabellos
blancos. Llevaba su ostentosa túnica azul con aire descuidado, parecía que
debía impedirle moverse con soltura. Pero la impresión era engañosa.
De cerca, todo
era un timo. No tenía la piel de un pálido color amarillo tostado sino de un
liso amarillo cromo, como un Fu Manchú de dibujos animados. La coleta era
demasiado gruesa y no había encanecido con la edad, sino que su blanco era
total y absoluto con un imperceptible toque de azul, como el reflejo de una
estrella enana. Como todos los terrícolas, Luis Wu debía sus colores a los
tintes cosméticos.
Un terrícola.
Saltaba a la vista. Sus rasgos no eran caucásicos ni mongoloides ni negroides,
aunque presentaban reminiscencias de los tres: una mezcla uniforme que debió
requerir siglos. La tracción gravitatoria de 9,98 metros/segundo prestaba un
aire inconscientemente natural a su postura. Cogió una ampolla de licor y
sonrió a sus invitados. Sin saber cómo, se encontró sonriendo ante un par de
reflectantes ojos plateados, situados a escasos centímetros de los suyos.
Una tal Teela
Brown había ido a dar contra él, nariz con nariz y pecho con pecho. Tenía la
piel azul con una nervadura de hilos plateados; su cabellera recordaba las
llamas de una hoguera; sus ojos eran espejos convexos. Tenía veinte años y Luis
ya había hablado con ella en otras ocasiones. Su charla era superficial y
estaba plagada de lugares comunes y falsos entusiasmos; pero era muy bonita.
- Tengo que
preguntártelo - dijo, jadeante -, ¿Cómo conseguiste hacer venir un trinoxio?
- No me digas
que todavía está aquí.
- Oh, no. Se
estaba quedando sin aire y tuvo que irse a casa.
- Una mentira
piadosa - le hizo saber Luis -. El generador de aire de los trinoxios dura
semanas. En fin, si de verdad te interesa, te diré que, en cierta ocasión, ese
trinoxio en concreto fue huésped y prisionero mío durante un par de semanas. Su
nave y su tripulación quedaron aniquiladas en las fronteras del espacio
conocido y tuve que transportarle hasta Margrave para que le fabricasen una
cápsula de supervivencia.
Los ojos de la
chica expresaron una deleitada admiración. A Luis le sorprendió agradablemente
que estuvieran a la misma altura que los suyos; la frágil belleza de Teela
Brown la hacía parecer más baja de lo que en realidad era. Cuando oteó por
encima del hombro de Luis, sus ojos se abrieron aún más. Luis hizo una mueca al
tiempo que se volvía.
Nessus, el
titerote, salió de la cabina.
A Luis se le
había ocurrido la idea al salir del Krushenko. Intentó convencer a Nessus para
que les diera alguna información sobre su presunto destino. Pero el titerote
temía la presencia de ondas espías.
- Podríamos ir
a mi casa - sugirió Luis.
- ¡Y tus
invitados!
- En mi oficina
no habrá nadie. Y es totalmente imposible que hayan instalado ningún aparato.
Además, ¡causaréis sensación en la fiesta! Si es que aún queda alguien.
El impacto
colmó plenamente las expectativas de Luis. Se hizo un silencio absoluto, roto
sólo por el tap-tap-tap de los cascos del titerote. Luego,
Interlocutor-de-Animales se materializó detrás suyo. El kzin escudriñó el mar
de rostros humanos que rodeaban la cabina. Y comenzó a mostrar los dientes.
Alguien tiró el
resto de su ampolla en una maceta. El gran gesto. Entre las ramas, se oyó la
voz airada de una orquídea de Gummidgy. La gente comenzó a retroceder y a
apartarse de la cabina. Se oyó algún comentario: «No estás borracho. Yo también
los veo.» «¿Sedantes? A ver si tengo alguno.» «Sabe dar fiestas, ¿no crees?»
«Gran tipo este Luis.» «¿Qué dices que es eso?»
No sabían qué
hacer con Nessus. La mayoría optó por ignorarlo; temían hacer comentarios, no
fueran a quedar en ridículo. Su reacción ante Interlocutor-de-Animales fue aún
más curiosa. El kzin, que antaño fuera el peor enemigo del hombre, fue acogido
con respetuosa deferencia, como si de algún extraño héroe se tratase.
- Sígueme - le
dijo Luis al titerote. Con un poco de suerte, el kzin les seguiría a los dos -
Dispensad - gritó, y comenzó a abrirse paso a empellones, mientras se limitaba
a sonreír con aire misterioso como toda respuesta a las numerosas preguntas de
los excitados o desconcertados huéspedes.
Una vez a salvo
en su despacho, Luis cerró con llave la puerta y conectó el sistema antiespías.
- Todo en
orden. ¿Alguien quiere tomar un trago?
- Si pudieras
calentar un poco de whisky, lo aceptaría - dijo el kzin -. Y si no puedes
calentármelo, también lo aceptaré.
- ¿Nessus?
- Un jugo de
hortalizas cualquiera. ¿Tienes zumo de zanahoria caliente?
- Bah - dijo
Luis; pero dio las pertinentes instrucciones al bar y en el acto aparecieron
varias ampollas de zumo caliente de zanahoria.
Nessus se sentó
sobre su pata trasera doblada, en tanto que el kzin se dejaba caer pesadamente
sobre un almohadón inflable. Lo lógico habría sido que explotase como un globo
bajo su peso. El segundo enemigo ancestral del hombre tenía un aire extraño y
ridículo haciendo equilibrios sobre un almohadón demasiado pequeño para él.
Las guerras
entre hombres y kzinti habían sido numerosas y terribles. De haber vencido los
kzinti en la primera de ellas, la humanidad hubiese quedado esclavizada y
convertida en ganado de carne por el resto de la eternidad. Pero los kzinti
habían sufrido graves bajas en las sucesivas guerras. Tenían la costumbre de
atacar sin estar preparados. Entendían muy poco de paciencia, y nada de piedad
ni de guerra limitada. Cada guerra había diezmado considerablemente su
población y les había costado, además, la confiscación punitiva de un par de
mundos kzinti.
Los kzinti
llevaban doscientos cincuenta años sin atacar el espacio humano. No tenían con
qué lanzar el ataque. Los hombres llevaban doscientos cincuenta años sin atacar
los mundos kzinti y no había kzin capaz de entenderlo. Los hombres les
desconcertaban terriblemente.
Eran duros y
fuertes, sin embargo Nessus, un cobarde confeso, había insultado a cuatro
kzinti maduros en un restaurante público.
- Vuelve a
contarme lo de la proverbial cautela de los titerotes - dijo Luis - No recuerdo
bien...
- Creo que no
he jugado muy limpio contigo, Luis. Mi especie opina que estoy loco.
- Oh,
fantástico. - Luis bebió un sorbo de la ampolla que le había puesto en la mano
un anónimo donante. Contenía vodka, jugo de moras y hielo picado.
La cola del
kzin se agitaba sin cesar.
- ¿Por qué
embarcarnos con un maníaco confeso? Debes estar más loco de lo normal o no te
embarcarías con un kzin.
- Os asustáis
fácilmente - dijo Nessus, con su suave voz persuasiva, insoportablemente
sensual -. Los hombres siempre han considerado locos a todos los titerotes,
desde su particular punto de vista. Ningún ser extraño ha visto jamás el mundo
de los titerotes y ningún titerote en sus cabales confiaría su vida al poco
seguro sistema de supervivencia de una nave es espacial, ni se aventuraría en
medio de los ignorados y posiblemente mortales peligros de un mundo extraño.
- Un titerote
loco, un kzin bien desarrollado y yo. Más vale que el cuarto miembro de la
tripulación sea un psiquiatra.
- No, Luis,
entre los posibles candidatos no figura ningún psiquiatra.
- ¿Y por qué
no?
- No he
escogido mi equipo al azar. - El titerote iba bebiendo su zumo con una boca
mientras hablaba por la otra -. En primer lugar, me he incluido a mí mismo. El
viaje proyectado debe ser provechoso para mi especie; luego, debe participar en
él un representante de la misma. Éste debe ser lo bastante insensato para
arriesgarse a explorar un mundo desconocido, pero lo suficientemente cuerdo
para poner su intelecto al servicio de su supervivencia. Se da el caso de que
soy exactamente un caso límite.
- Teníamos
nuestros motivos para incluir un kzin. Interlocutor-de-Animales, esto que voy a
decirte es un secreto. Llevamos bastante tiempo observando a tu especie. Ya os
conocíamos antes de que atacaseis a la humanidad.
- Fue una
suerte que no se os ocurriera presentaros - rugió el kzin.
- Desde luego.
Al principio llegamos a la conclusión de que la especie kzinti era inútil y
también peligrosa. Comenzamos a estudiar la posibilidad de exterminaros sin
peligro.
- Te voy a
hacer un nudo marinero con los dos cuellos.
- No te
atreverás a realizar ningún acto violento.
El kzin se
levantó.
- Tiene razón -
dijo Luis -. Siéntate, Interlocutor. No ganarás nada con asesinar a un
titerote.
- El proyecto
fue anulado - continuó Nessus -. Descubrimos que las guerras entre kzinti y
hombres podían frenar la expansión kzinti y reducir el peligro potencial que
representabais. Pero seguimos observando.
»A lo largo de
varios siglos llegasteis a atacar seis veces a los hombres. En las seis
ocasiones fuisteis derrotados, y perdisteis aproximadamente dos terceras partes
de vuestra población masculina en cada guerra. ¿Será necesario insistir en el
grado de inteligencia que demostrasteis? ¿No? En todo caso, nunca hubo
verdadero riesgo de extinción. Vuestras hembras no-racionales se vieron poco
afectadas por las guerras, de modo que en cada ocasión la nueva generación
logró cubrir las pérdidas. Con todo, fuisteis perdiendo paulatinamente un
imperio que os había costado milenios edificar.
»Comprendimos
que los kzinti estabais evolucionando a un ritmo frenético.
-
¿Evolucionando?
Nessus gruñó
una palabra en la Lengua del Héroe. Luis dio un salto. Nunca hubiera imaginado
que de las gargantas del titerote pudiera salir eso.
- Sí - dijo
Interlocutor-de-Animales -, es lo que había entendido. Pero no le veo el
sentido.
- La evolución
se basa en la supervivencia del más apto. Durante varios cientos de años
kzinti, los más aptos de vuestra especie han sido aquellos de sus miembros que
han estado dotados de la astucia o la paciencia suficientes para eludir el
combate con los seres humanos. Los resultados están a la vista. Hace casi
doscientos años kzinti que reina la paz entre hombres y kzinti.
- ¡Pero no
tendría sentido! ¡Jamás conseguiríamos ganar una guerra!
- Ello no
arredró a vuestros antepasados.
Interlocutor-de-Animales
se tragó su whisky caliente. Su pelada cola sonrosado corno la de un ratón
comenzó a agitarse furiosamente.
- Vuestra especie
ha sido diezmada - dijo el titerote -. Todos los kzinti actuales son
descendientes de los que lograron escapar a la muerte en las guerras entre
hombres y kzinti. Entre nosotros, hay quien aventura que los kzinti poseen
ahora la inteligencia o la empatía o el comedimiento necesario para
relacionarse con otras razas.
- Y por ello te
arriesgas a viajar con un kzin.
- Sí - dijo
Nessus, y se estremeció de pies a cabeza -. Tengo importantes razones para
ello. Me han dado a entender que si demuestro mi arrojo y me sirvo de él para
prestar un valioso servicio a mi especie, se me permitirá reproducirme.
- No parece un
compromiso muy firme - comentó Luis.
- Existe además
otro motivo para incluir a un kzin en el grupo. Deberemos hacer frente a medios
hostiles plagados de peligros desconocidos. ¿Quién me protegerá? ¿Habría
alguien más capacitado para ello que un kzin?
- ¿Para
proteger a un titerote?
- ¿Parece una
locura?
- Más bien -
dijo Interlocutor-de-Animales -. También me hace reír un poco. ¿Y qué pinta
éste, este Luis Wu?
- En diversas
ocasiones hemos cooperado con éxito con los hombres. No es de extrañar que
hayamos seleccionado al menos un humano. Luis Gridley Wu es un tipo que ha
demostrado su capacidad de supervivencia, pese a toda su despreocupación y su temerario
proceder.
- No cabe duda
de que es despreocupado, y temerario. Me desafió a un combate cuerpo a cuerpo.
- ¿Habrías
aceptado de no estar presente Hroth? ¿Le hubieras hecho daño?
- ¿Para que me
hicieran volver a casa deshonrado por haber provocado un grave incidente
interespecies? Pero eso es lo de menos - insistió el kzin -. ¿No crees?
- Tal vez no
sea tan intrascendente. Luis sigue vivo. Ahora sabes que no puedes dominarle
por el miedo. ¿Crees en las consecuencias?
Luis guardaba
un discreto silencio. Si el titerote deseaba atribuirle una calculada
serenidad, Luis Wu no tenía nada que objetar.
- Has estado
hablando de tus razones - dijo Interlocutor -. Hablemos ahora de las mías. ¿Qué
puedo ganar embarcándome?
Con esto
entraron de lleno en los detalles del trato.
El hiperreactor
de quantum 11 era como un elefante blanco para los titerotes. Una nave así
equipada podía recorrer un año luz en un minuto y cuarto, mientras que con
medios convencionales se requerían tres días para cubrir esa distancia. Sin
embargo, las naves convencionales podían transportar carga.
- Incorporamos
el motor a un fuselaje Número Cuatro de Productos Generales, el mayor que
fabrica nuestra compañía. Cuando nuestros científicos e ingenieros acabaron su
trabajo, la maquinaria del hiperreactor ocupaba casi todo el espacio
disponible. Viajaremos algo apretados.
- Un vehículo
experimental - dijo el kzin -. ¿Ha sido sometido a un número suficiente de
pruebas?
- El vehículo
ha hecho un viaje hasta el núcleo de la galaxia y ha regresado.
¡Pero había
sido su único viaje! Los titerotes no podían probarlo por su cuenta, ni podían
buscar otras razas dispuestas a hacerlo, pues se hallaban en plena migración.
La nave prácticamente no llevaría carga, pese a tener más de kilómetro y medio
de diámetro. Y, otro detalle, era imposible detenerla sin hacerla regresar al
espacio original.
- De nada nos
sirve - dijo Nessus -. Pero vosotros podríais utilizarla. Nuestro propósito es
ceder la nave a la tripulación, junto con copias de los planos para la construcción
de otras iguales. Sin duda podréis perfeccionar el modelo por vuestra cuenta.
- Podría
hacerme un nombre - dijo el kzin -. Un nombre. Tengo que ver esa nave en
funcionamiento.
- Cuando
hagamos el viaje al espacio exterior.
- El Patriarca
me concedería un nombre a cambio de esa nave. Estoy seguro. ¿Qué nombre podría
escoger? Tal vez... - El kzin emitió un agudo gruñido.
El titerote
respondió en la misma lengua.
Luis se
revolvió irritado en su silla. No comprendía la Lengua del Héroe. Estuvo a punto
de abandonarlo todo, pero entonces tuvo una idea. Se sacó del bolsillo la
instantánea del titerote y la arrojó al regazo peludo del kzin, que estaba
sentado en el otro extremo de la habitación.
El kzin la
cogió con cuidado entre sus acolchados dedos negros.
- Parece una
estrella con un halo - comentó -. ¿Qué es?
- Guarda
relación con nuestro lugar de destino - dijo el titerote -. No puedo deciros
más, al menos de momento.
- ¡Cuánto
misterio! Bueno, ¿cuándo partimos?
- Calculo que
será cuestión de días. En estos momentos mis agentes trabajan afanosamente en
la búsqueda de un cuarto miembro que se adecue a las exigencias de nuestra
expedición.
- Y tendremos
que esperar a que lo encuentren. Luis, ¿podemos reunirnos con los demás
invitados?
Luis se puso en
pie y se desperezó.
- Desde luego,
vamos a animarlos un poquito. Interlocutor antes de salir de aquí me gustaría
hacerte una sugerencia. Bueno, no te lo tomes como un ataque personal. No es
más que una idea...
Los invitados
se habían distribuido en varios grupos: los que miraban el tride, mesas de
bridge y de póquer, grupos de dos o más personas entregados a la práctica del
amor, los que gustaban de contar aventuras y las víctimas del tedio. Sobre la
hierba, bajo un difuso sol de madrugada, un grupo de víctimas del tedio y
xenófilos se habían reunido en torno a Nessus e Interlocutor-de-Animales; entre
ellos figuraban también Luis Wu, Teela Brown y un atareado suministrador de
bebidas.
El césped había
sido cuidado según la vieja fórmula inglesa: sembrar y pasarle el rodillo
durante quinientos años. Los quinientos años habían culminado en un desastre
financiero, a resultas del cual Luis Wu se encontró repentinamente rico, en
tanto que cierta venerable familia noble descubría que lo había perdido todo en
la Bolsa. Era un césped verde y brillante, indiscutiblemente auténtico; nadie
había manoseado aún sus genes en busca de dudosas mejoras. La verde ladera iba
a morir junto a una pista de tenis donde unas figuras diminutas corrían,
saltaban y agitaban sus desmesuradas palas matamoscas con gran energía.
- El ejercicio
es algo maravilloso - dijo Luis -. Nunca me canso de observar a quienes lo
practican.
La risa de
Teela le sorprendió. Luis pensó fugazmente en los millones de chistes que ella
nunca había oído, los viejos chistes que nadie contaba ya. Casi todos los
chistes que sabía Luis estaban pasados de moda. El pasado y el presente no
hacían buena pareja.
El
suministrador de bebidas quedó suspendido junto a Luis en posición inclinada.
Luis tenía la cabeza en el regazo de Teela y la inclinación del suministrador
respondía a su deseo de alcanzar el tablero de mandos sin incorporarse.
Consiguió pedir dos mochas, cogió las ampollas en cuanto cayeron de la ranura y
le tendió una a Teela.
- Me recuerdas
a una chica que conocí hace tiempo - dijo -. ¿Has oído hablar de Paula
Cherenkov?
- ¿La dibujante
de Boston?
- Sí. Ahora
vive en Lo Conseguimos.
- Mi
tatarabuela. Fuimos a verla una vez.
- Me causó una
grave zozobra del corazón, ya hace años. Te le pareces como una gota de agua a
otra.
El gorgeo de
Teela provocó un placentero estremecimiento en las vértebras de Luis.
- Prometo no
causarte ninguna zozobra del corazón si me explicas lo que es.
Luis se quedó
pensativo un instante. Era una frase de su invención, creada para describir lo
que le había ocurrido en esa ocasión. No la había empleado muchas veces, sin
embargo nunca había tenido que explicarla. Siempre habían sabido a qué se
refería.
La mañana era
tranquila y serena. Si se acostara dormiría doce horas seguidas. Las toxinas de
la fatiga le habían provocado una agotadora excitación. Le complacía poder
apoyar la cabeza en el regazo de Teela. La mitad de los invitados de la fiesta
eran mujeres y entre ellas había muchas ex-esposas o ex amantes de Luis. Para
empezar la fiesta, Luis había celebrado su cumpleaños con tres mujeres; las
tres habían sido muy importantes para él en su momento, y viceversa.
¿Tres? ¿Cuatro?
No, tres. Y ahora le parecía sentirse inmune a las zozobras del corazón.
Doscientos años de vida habían curtido su lacerada personalidad. Y ahí estaba
ahora, con la cabeza en el regazo de una desconocida que parecía la réplica
exacta de Paula Cherenkov.
- Me enamoré de
ella - explicó -. Hacía años que nos conocíamos. Incluso habíamos salido juntos
alguna vez. Entonces, una noche, empezamos a hablar y... Pals, me enamoré. Creí
que ella también me amaba. Esa noche no nos acostamos... juntos, quiero decir.
Le pregunté si se casaría conmigo. Me rechazó. Estaba absorbida por su carrera.
No tenía tiempo para bodas, eso dijo. No obstante, decidimos hacer un viaje al
Parque Nacional del Amazonas, una semana de una especie de sucedáneo de luna de
miel. La semana siguiente fue una sucesión de grandes alegrías y profundas
depresiones. Primero, la exaltación. Había comprado los billetes y tenía
reservada una habitación en el hotel. ¿Te has enamorado alguna vez tan
perdidamente como para llegar a considerarte indigna del otro?
- No.
- Yo era joven.
Pasé dos días intentando convencerme de que Paula Cherenkov no estaba fuera de
mi alcance. Y lo conseguí. Entonces ella me telefoneó y anuló el viaje. Ni
siquiera recuerdo por qué, pero tenía alguna razón de peso. Esa semana la
invité a cenar un par de veces. Sin resultado. Procuré no presionarla. Es
probable que nunca advirtiera la gran tensión en que vivía yo. Subía y bajaba
como un yo-yo. Luego, ella intentó rebajar el tono de la relación. Le era
simpático. Lo pasábamos bien juntos. Quería que fuésemos buenos amigos. Yo no
era su tipo - concluyó Luis -. Creí que estábamos enamorados. Es posible que
ella también lo creyese, la primera semana o algo así. No fue cruel.
Simplemente no había comprendido nada.
- Pero, ¿y la
zozobra?
Luis levantó la
vista hacia Teela Brown. Se encontró con la mirada inexpresiva de sus ojos
plateados, y comprendió que ella no había entendido ni media palabra.
Luis estaba
acostumbrado a tratar con extraterrestres. El instinto o la práctica le habían
enseñado a captar aquellas situaciones en que un concepto resultaba demasiado
extraño y era imposible absorberlo o comunicarlo. Entre él y Teela había
surgido una laguna parecida, fundamental, en la interpretación.
¡Qué monstruosa
brecha separaba a Luis Wu de esa chica de veinte años! ¿Era posible que hubiera
envejecido de un modo tan drástico?
Teela, con la
mirada vacía, esperaba una explicación.
- ¡Nej! -
farfulló Luis, y se puso en pie de un salto. Las manchas de barro comenzaron a
deslizarse lentamente por su túnica y por fin se desprendieron del dobladillo.
Nessus, el
titerote, estaba disertando sobre ética. Hizo una pausa (para mayor deleite de
sus admiradores, hablaba literalmente por las dos bocas) para responder a la
pregunta de Luis. No, no había tenido noticias de sus agentes.
Interlocutor-de-Animales,
en el centro de otro grupo, se había desparramado sobre la hierba como un
montículo anaranjado. Dos mujeres le rascaban la piel detrás de las orejas,
esas curiosas orejas de los kzinti, capaces de extenderse como rosados
parasoles chinos o de plegarse y quedar aplastadas contra la cabeza. En ese
momento las tenía muy abiertas y Luis pudo ver el dibujo que llevaba tatuado en
cada una.
- Y bien - le
interpeló Luis -. ¿No he estado demasiado brillante?
- En absoluto -
rugió el kzin sin moverse.
Luis se rió
para sus adentros. Los kzinti son criaturas temibles, sin duda. ¿Pero quién
teme a un kzin cuando le están rascando las orejas? Los invitados se habían
relajado un poco al verlo en esa posición, y el kzin también parecía
encontrarse a sus anchas. A todo ser superior a un ratón de campo le gusta que
le rasquen las orejas.
- Se han estado
turnando - murmuró el kzin, medio dormido -. Un macho se acerca a la hembra que
me está rascando y observa que le gustaría ser objeto de iguales atenciones.
Los dos desaparecen juntos. Y otra hembra viene a sustituir a la que acaba de
marcharse. Debe de tener gran aliciente esto de pertenecer a una raza con dos
sexos racionales.
- A veces
complica terriblemente las cosas.
- ¿En serio?
La muchacha
situada junto al hombro izquierdo del kzin (tenía la piel negra como el
espacio, salpicada de estrellas y galaxias, y sus cabellos recordaban la fría
cascada blanca dé la cola de un cometa) levantó la vista un momento.
- Teela, ven a
sustituirme - dijo, sin darle importancia -. Tengo hambre.
Teela se
arrodilló complaciente junto a la cabezota anaranjada. Luis dijo:
- Teela Brown,
Intérprete-de-Animales. Espero que...
Junto a ellos
sonó una fuerte música disonante.
- ...lo paséis
bien. ¿Qué fue eso? Oh, Nessus. ¿Qué?
La música
procedía de las extraordinarias gargantas del titerote. Nessus se había interpuesto
sin miramientos entre Luis y la chica.
- ¿Eres Teela
Jandrova Brown, número de identidad IKLU-GGTYN?
La muchacha le
miró sorprendida, pero sin asustarse.
- Ese es mi
nombre. He llegado a olvidar mi número. ¿Sucede algo?
- Llevamos casi
una semana rastreando la Tierra en tu busca. ¡Y ahora te encuentro en una
fiesta a la que he venido a dar por pura casualidad! Ya me oirán mis agentes.
- Oh, no -
protestó débilmente Luis.
Teela se
levantó, algo incómoda.
- No me he
escondido, ni de ti ni de ningún otro... extraterrestre.
- ¡Un momento!
- Luis se interpuso entre Nessus y la muchacha -. Nessus, salta a la vista que
Teela Brown no es una exploradora. Tendrás que buscar otra persona.
- Pero Luis...
- Un momento. -
El kzin comenzó a incorporarse -. Luis, deja que el herbívoro escoja a quien le
dé la gana para su expedición.
- ¡Pero, mírala
bien!
- ¿Y tú ya te
has visto, Luis? Apenas alcanzas los dos metros de estatura, eres delgado hasta
para un humano. ¿Tienes aspecto de explorador? ¿Y Nessus?
- ¿Qué demonios
pasa? - preguntó Teela.
Nessus dijo,
casi implorante:
- Luis, vamos a
tu despacho. Teela Brown, tenemos que proponerte una cosa. No estás obligada a
aceptar si no lo deseas, ni siquiera tienes que escucharnos, pero tal vez te
interese nuestra propuesta.
La discusión
prosiguió en el despacho de Luis.
- Cumple todos
mis requisitos - insistía Nessus -. Tenemos que considerar su participación.
- ¡No puede ser
la única en toda la Tierra!
- No, Luis.
Claro que no. Pero no hemos conseguido dar con ninguna otra.
- ¿En qué
quieren que participe?
El titerote
comenzó a explicárselo. Pronto quedó claro que a Teela Brown no le interesaba
en absoluto el espacio, nunca había viajado ni a la Luna y no tenía la menor
intención de aventurarse fuera de los límites del espacio conocido. El
hiperreactor de quantum Il no despertó su codicia. Cuando vio que la muchacha
comenzó a adoptar un aire preocupado y confundido, Luis decidió intervenir de
nuevo en el asunto.
- Nessus,
¿cuáles son exactamente los requisitos que Teela cumple tan bien?
- Mis agentes
han estado buscando a los descendientes de los ganadores de la Lotería de la
Procreación.
- Abandono.
Estás absolutamente loco.
- No, Luis.
Tengo órdenes del propio Ser último, del que nos guía a todos. Nadie duda de
él. Te lo explicaré.
Hacía tiempo
que los seres humanos tenían resuelta la cuestión del control de la natalidad.
Se introducía un minúsculo cristal bajo la piel del antebrazo del paciente. El
cristal tardaba un año en disolverse. Durante todo ese año, el paciente no
podría concebir ningún hijo. En siglos pasados se habían empleado métodos menos
refinados.
Hacia mediados
del siglo xxi, la población de la Tierra se había estabilizado alrededor de los
dieciocho mil millones de habitantes. El Comité de Fertilidad, una subsección
de las Naciones Unidas, promulgaba y velaba por el cumplimiento de las leyes de
control de la natalidad. Esas leyes no habían variado desde hacía más de medio
milenio: dos hijos por pareja, previa aprobación del Comité de Fertilidad. El
Comité decidía quién podía engendrar y cuántas veces. El Comité podía conceder
un hijo adicional a ciertas parejas y negar la posibilidad de concebir a otras,
según el criterio de la deseabilidad o indeseabilidad de los genes.
- Increíble -
dijo el kzin.
- ¿Por qué?
Empezábamos a estar bastante apretados, nej, dieciocho mil millones de
habitantes, prisioneros de una tecnología primitiva.
Si el Patriarca
intentara imponer una ley de ese tipo a los kzinti, sería exterminado por su
insolencia.
Pero los
hombres no eran kzinti. Las leyes se habían venido aplicando sin modificaciones
durante quinientos años. Entonces, hacía de eso doscientos años, hubo rumores
de corrupción en el Comité de Fertilidad. El escándalo provocó drásticas
modificaciones de las leyes de control de la natalidad. A partir de entonces,
todos los seres humanos tuvieron derecho a ser padres una vez,
independientemente de la situación de sus genes. También podía obtenerse
automáticamente el derecho a un segundo e incluso un tercer hijo: cuando se había
demostrado poseer un alto coeficiente de inteligencia probado o útiles poderes
psíquicos, tales como hipervisión o dirección absoluta, o genes de
supervivencia, como telepatía o longevidad natural o dientes perfectos.
Los derechos de
procreación podían adquiriese por un millón de estrellas. ¿Y por qué no? La
habilidad para ganar dinero constituía un factor de supervivencia bien
demostrado. Además, de ese modo se suprimían los intentos de soborno.
También se
podía luchar por los derechos de procreación en un torneo, a condición de no
haber hecho uso aún del primer derecho de procreación. El ganador adquiría el
segundo y tercer derechos de procreación; el perdedor pagaba con su primer
derecho de procreación y también con su vida. Lo uno compensaba lo otro y se
mantenía el equilibrio.
- He visto
estas batallas en vuestros parques de atracciones - dijo Interlocutor -. Creí
que luchaban por puro placer.
- No, señor, es
una cuestión muy seria - aclaró Luis.
Teela soltó una
risita.
- ¿Y las
loterías?
- Los cálculos
fallan - explicó Nessus -. Pese a las técnicas de reactivación que permiten
prevenir el envejecimiento de los humanos, cada año mueren en la Tierra más
hombres de los que nacen...
En
consecuencia, cada año el Comité de Fertilidad sumaba las muertes y emigraciones
habidas durante ese año, restaba los nacimientos y las inmigraciones, y
sorteaba los derechos de procreación sobrantes junto con la lotería de Año
Nuevo.
Todos podían
participar. Con un poco de suerte, una persona podía llegar a tener diez o veinte
hijos, si a eso podía llamársele suerte. Ni los criminales convictos podían ser
excluidos del Sorteo de Derechos de Procreación.
- Yo mismo he
tenido cuatro hijos - dijo Luis Wu -. Uno lo gané en la lotería. Hubieras
podido conocer a tres de ellos de haber venido doce horas antes...
- Resulta muy
raro y complicado. Cuando la población de Kzin aumenta demasiado...
- Van y atacan
el mundo humano más próximo.
- Nada de eso,
Luis. Luchamos entre nosotros. Cuanto mas hacinados estamos, mayores son las
posibilidades de que un kzin ofenda a otro. Nuestro problema de población se
regula solo. ¡Nunca hemos tenido un problema de este tipo!
- Creo que
empiezo a comprender - dijo Teela Brown -. Tanto mi padre como mi madre ganaron
la lotería. - Soltó una risita nerviosa -. De lo contrario yo no estaría aquí.
Ahora que recuerdo mi abuelo...
- Todos tus
antepasados desde hace cinco generaciones nacieron gracias a que sus padres
ganaron en la lotería.
- ¡En serio!
¡No lo sabía!
- Los libros lo
dicen claramente - le aseguró Nessus.
- Mi pregunta
sigue en pie - insistió Luis Wu -. ¿Y qué?
- Los
gobernantes de la flota de titerotes han llegado a la conclusión de que los
terrícolas están realizando una selección basada en el factor fortuna.
- ¡Vaya!
Curiosa, Teela
Brown se inclinó hacia delante en su silla. Sin duda era la primera vez que
veía un titerote enloquecido.
- No olvides
las loterías, Luis. No olvides la evolución. Durante setecientos años tus
gentes se reprodujeron sobre una base matemática: dos derechos de procreación
por persona, dos hijos por pareja. De vez en cuando alguno conseguía el derecho
a un tercer hijo, o le era denegado el primero por razones justificadas: genes
diabéticos o cosas por el estilo. Pero la mayoría de los humanos tenían dos
hijos. Luego cambiaron la ley. Desde hace dos siglos, entre un diez y un trece
por ciento de cada generación humana ha nacido gracias a que alguno de sus
progenitores o ambos habían ganado en un sorteo de la lotería. ¿Qué determina
quiénes sobrevivirán y se reproducirán? En la Tierra, todo depende de la
fortuna en los juegos de azar.
- Y Teela Brown
desciende de seis generaciones de jugadores afortunados...
3. Teela Brown
Teela no podía
dejar de reír.
- No digas
bobadas - dijo Luis Wu -. ¡No se puede realizar una selección basada en la
buena suerte como si se tratara de conseguir cejas hirsutas!
- Sin embargo,
efectuáis una selección basada en el criterio de las capacidades telepáticas.
- No es lo
mismo. La telepatía no es un poder psíquico. Se conocen perfectamente los
mecanismos del lóbulo parietal derecho. Lo único que ocurre es que a la mayoría
no les funcionan.
- Antaño se
creía que la telepatía era de carácter psíquico. Ahora dices que la suerte no
es tal.
- La suerte es
la suerte. - La situación hubiera podido resultar tan divertida como parecía
considerarla Teela, de no mediar un detalle que ella ignoraba y del que era
perfectamente consciente Luis: el titerote hablaba en serio -: La ley de los
grandes números va actuando. Cambian las probabilidades y se acabó, como les
ocurrió a los dinosaurios. Los dados caen bien y...
- Hay quien
dice que algunos humanos son capaces de dirigir la caída de un dado.
- Bueno, no era
la metáfora adecuada. El caso es que...
- Sí - rugió el
kzin. Su voz hacía temblar las paredes cuando se decidía a hacer uso de ella -.
El caso es que aceptaremos a quien escoja Nessus. Es tu nave, Nessus. ¿Dónde
está el cuarto tripulante?
- ¡En esta
misma habitación!
- ¡Eh! ¡Un
momento, nej! - Teela se levantó. La malla plateada relució sobre su piel azulada
como si realmente fuese de metal; su llameante cabellera se levantó succionada
por el acondicionador de aire -. Todo esto es absurdo. No pienso ir a ninguna
parte. Además, no veo ninguna razón para moverme de la Tierra.
- Tendrás que
buscar otra, Nessus. Debe de haber millones de candidatas que reúnan los
requisitos. No le veo el problema.
- No son
millones, Luis. Disponemos de algunos millares de nombres y los números de
teléfono o los números de las cabinas teletransportadoras particulares de la mayoría.
Todos pueden demostrar que cuentan con cinco generaciones de antepasados
nacidos gracias al sorteo.
- ¿Y bien?
Nessus comenzó
a pasear arriba y abajo por el despacho.
- Muchos no son
elegibles dada su evidente mala suerte. En cuanto al resto, no parece haber
ninguno disponible. Nunca están en casa cuando los llamamos. Volvemos a llamar
y el computador telefónico nos da una línea equivocada. Cuando preguntamos por
un miembro de la familia Brandt, todos los teléfonos de Sudamérica se ponen a
sonar. Ha habido quejas. Es muy desalentador.
Tap-tap-tap, tap-tap-tap.
- Aún no me
habéis dicho dónde vais - dijo Teela.
- No puedo
mencionar nuestro lugar de destino, Teela. Sin embargo, puedes...
- ¡Por las
zarpas rojas de...! ¿Ni eso piensas decirnos?
- Puedes examinar
la instantánea que tiene Luis Wu. Es la única información que puedo darte por
el momento.
Luis le tendió
la instantánea que representaba una franja azul cielo sobre fondo negro,
semioculta tras un disco de un blanco cegador. Ella lo estuvo examinando largo
rato y sólo Luis advirtió que su rostro comenzaba a enrojecer de ira.
Cuando por fin
abrió la boca, escupió las palabras una a una, como si fuesen semillas de
mandarina.
- Es lo más
ridículo que he oído en mucho tiempo. Pretende que Luis y yo nos lancemos al
más allá en compañía de un kzin y un titerote, ¡y toda la información que
poseemos sobre el lugar al cual nos dirigimos es esta franja azul y un foco
luminoso ¡Es... absurdo!
- ¿Esto
significa que te niegas a embarcarte con nosotros?
La muchacha
arqueó las cejas.
- Necesito una
respuesta clara. Mis agentes pueden localizar otro candidato de un momento a
otro.
- Sí - dijo
Teela Brown -. Sí, me niego.
- Entonces, ten
presente que las leyes humanas te obligan a guardar secreto sobre lo que has oído
aquí. Has cobrado honorarios de asesor.
- A quién iba a
contárselo? - exclamó Teela con una dramática carcajada -. Nadie me creería.
Luis, ¿de verdad piensas embarcarte en esta ridícula...?
- Sí. - Luis ya
estaba pensando en otra cosa, como, por ejemplo, la manera más discreta de
hacerla salir del despacho -. Pero aún no. Todavía no ha terminado la fiesta.
Mira, ¿podrías hacerme un favor? Cambia el control musical del canal cuatro al
canal cinco. Luego diles a todos los que pregunten que estaré con ellos dentro
de un minuto.
Cuando la
puerta se cerró tras ella, Luis dijo:
- Hacedme un
favor y también saldréis beneficiados. Dejadme decidir a mí si un ser humano
tiene condiciones para lanzarse a lo desconocido.
- Ya sabes
cuáles son las condiciones básicas - dijo Nessus -. De momento no disponemos de
dos candidatos para escoger.
- Contamos con
decenas de miles.
- No está tan
claro. Muchos no sirven; otros son imposibles de localizar. No obstante, puedes
explicarme por qué ese ser humano no te parece idóneo.
- Es demasiado
joven.
Sólo podemos
aceptar candidatos de la generación de Teela Brown.
- ¡Una
selección basada en la buena fortuna! En fin, qué más da, no voy a discutir por
eso. Conozco humanos que todavía están más chiflados. Aún queda alguno por
aquí, en la fiesta... Bueno, tú mismo has podido comprobar que no es xenófila.
- Tampoco es
xenófoba. Ninguno de nosotros le inspira miedo.
- No tiene
chispa. No es..., no es...
- No tiene
inquietudes - dijo Nessus -. Está satisfecha con lo que posee. Ello puede
constituir un verdadero problema. No codicia nada. Pero, ¿cómo lo podíamos
averiguar sin preguntárselo?
- De acuerdo,
escoge tú mismo tus candidatos.
Luis salió de
su despacho a grandes zancadas.
El titerote aún
tuvo tiempo de decir con voz meliflua:
- ¡Luis!
¡Interlocutor! ¡La señal! ¡Uno de mis agentes ha localizado otro candidato!
- No faltaba
más - dijo Luis, sin ningún entusiasmo.
En la otra
punta del salón, Teela Brown estaba lanzando una de sus miradas a otro titerote
de Pierson.
Luis se
despertó con dificultad. Recordó que se había puesto un par de auriculares
somníferos y los había conectado por una hora. Era de suponer que hacía una
hora de ello. Debió despertarle el malestar de esa cosa en la cabeza una vez
desconectado el aparato...
No lo tenía en
la cabeza.
Se incorporó
sobresaltado.
- Yo te lo he
quitado - explicó Teela Brown -. Necesitabas dormir.
- Oh, no. ¿Qué
hora es?
- Pasan unos
minutos de las diecisiete.
- No he sido
muy buen anfitrión. ¿Cómo sigue la fiesta?
- Ya sólo
quedan unas veinte personas. No te preocupes, les comuniqué mis intenciones. A
todos les pareció muy bien.
- Está bien. -
Luis se deslizó fuera de la cama -. Gracias. Vamos a reunirnos con los pocos
invitados que quedan.
- Antes me
gustaría hablar contigo.
Luis se sentó otra
vez. Poco a poco iba desprendiéndose de la modorra.
- ¿De qué? -
preguntó.
- ¿En serio
piensas hacer ese viaje?
- En serio.
- No logro
comprender por qué.
- Tengo diez
veces más años que tú - explicó Luis Wu -. Puedo vivir sin trabajar. Me falta
paciencia para dedicarme a la investigación científica. Ya he intentado
escribir, pero también resultó una tarea excesivamente ardua para mí, lo cual
desde luego fue una sorpresa. ¿Qué puedo hacer? Juego mucho.
Ella meneó la
cabeza y el reflejo de sus cabellos se proyectó sobre las paredes:
- A mí no me
parece un juego.
Luis se encogió
de hombros:
- El
aburrimiento es mi peor enemigo. Ha matado a muchos de mis conocidos, pero yo
no me dejaré atrapar. Cuando noto que comienzo a aburrirme, corro a arriesgar
mi vida en algún lado.
- ¿No quieres
saber al menos qué riesgo corres?
- Me pagarán
bien.
- No necesitas
dinero.
- La raza
humana necesita lo que nos ofrecen los titerotes. Mira, Teela, ya oíste todo lo
referente a la nave con hiperreactores de quantum 11. Es la única nave del
espacio conocido que alcanza velocidades superiores a los tres días por año
luz. ¡Su velocidad es casi cuatrocientas veces mayor!
- ¿A quién le
interesa volar tan de prisa?
Luis no se
sentía con ánimos para darle una conferencia sobre la explosión del Núcleo.
- Volvamos a la
fiesta - dijo.
- ¡Espera un
momento!
- Está bien.
Teela tenía
unas manos grandes, con dedos largos y finos. Resplandecían bajo los reflejos
de sus ardientes cabellos que ahora acariciaba con gesto nervioso.
- Nej, vaya
lío. Luis, ¿estás enamorado de alguien en estos momentos?
La pregunta le
tomó por sorpresa:
- Creo que no.
- ¿En verdad
crees que me, parezco a Paula Cherenkov?
En la
semioscuridad del dormitorio recordaba más bien la jirafa en llamas del cuadro
de Dalí. Su cabello brillaba con luz propia, una melena de llameante anaranjado
y amarillo que se iba oscureciendo hasta convertirse en humo. En la penumbra,
el resto de su persona no era más que una sombra apenas rota por los destellos
de su cabellera. Pero la memoria de Luis fue completando los detalles: las
largas piernas perfectas, los senos cónicos, la delicada belleza de su pequeño
rostro, La había visto por primera vez cuatro días atrás, del brazo de Tedron
Doheny, un esbelto aventurero que había acudido a la Tierra expresamente para
la fiesta.
- Por un
instante creí hallarme ante Paula en persona - explicó Luis -. Vive en Lo
Conseguimos y ahí conocí a Ted Doheny. Cuando os vi juntos, imaginé que Ted y
Paula habrían venido en la misma nave -. Luego aparecieron algunas diferencias.
Tus piernas son más bonitas, aunque Paula caminaba con mayor donaire. Paula
tenía el rostro más... frío, si no recuerdo mal. Tal vez sean sólo jugarretas
de la memoria.
Por debajo de
la puerta les llegaban ráfagas de música de ordenador, pura y desenfrenada,
curiosamente incompleta sin los juegos de luz que la acompañaban. Teela se
agitó incómoda Y su gesto llenó de reflejos toda la pared.
- ¿Qué estás
tramando? Ten en cuenta - dijo Luis - que los titerotes tienen miles de
posibles candidatos. Cualquier día y en cualquier minuto pueden dar con su
cuarto tripulante. Y entonces partiremos en el acto.
- Ya lo sé -
dijo Teela.
- ¿Te quedarás
a mi lado hasta entonces?
Ella movió su
espléndida cabeza en señal de asentimiento
El titerote se
presentó al cabo de dos días.
Luis y Teela
estaban tendidos sobre el césped, absorbiendo los rayos del sol y jugando una
importante partida de ajedrez. Luis le había matado un caballo. Y comenzaba a
lamentarlo. Teela alternaba el intelecto con la intuición; imposible adivinar
cómo reaccionaría. Y la muchacha se tomaba el juego muy en serio.
Teela estaba
mordisqueándose el labio inferior, absorta en los detalles de su próxima
jugada, cuando la pantalla del servo se encendió con un timbrazo. Luis levantó
la vista y vio dos pitones con un solo ojo cada uno que le contemplaban desde
el pecho del servo.
- Hazlo pasar
aquí - dijo sin inmutarse.
Teela se
levantó en el acto con grácil presteza.
- Tal vez sea
confidencial.
- Es posible.
¿Qué harás mientras tanto?
- Tengo algunas
revistas atrasadas. - Blandió un índice amenazador -: ¡No te atrevas a tocar
ese tablero!
Se cruzó con el
titerote en la puerta. Le saludó despreocupadamente al pasar.
Nessus se
apartó de un salto:
- Lo siento -
dijo con voz melodioso -. Me has cogido desprevenido.
Teela arqueó
una ceja y entró en la casa.
El titerote se
acomodó junto a Luis, con las piernas dobladas bajo el cuerpo. Tenía una cabeza
mirando fijamente a Luis, mientras la otra se movía en nerviosos círculos, en
un intento de abarcar todos los ángulos de visión.
- ¿Puede
espiarnos esa mujer? Luis se mostró sorprendido:
- Claro que sí.
Sabes bien que es imposible protegerse contra las ondas de espionaje estando al
aire libre. ¿Luego?
- Cualquier
persona o cualquier cosa podría estar observándonos. Luis, será mejor que
vayamos a tu despacho.
- No es justo.
- Luis se sentía muy bien donde estaba.
- ¿Te veo muy
asustado podrías dejar de mover la cabeza, por favor?
- Tengo miedo,
aunque conozco el escaso valor que tiene mi vida. ¿Cuántos meteoritos caen
sobre la Tierra cada año?
- Ni idea.
- Aquí estamos
peligrosamente próximos al cinturón de asteroides. De todos modos, eso es lo de
menos; no hemos conseguido localizar un cuarto tripulante.
- Mala suerte -
dijo Luis. Las reacciones del titerote le desconcertaban. Si Nessus hubiera
sido humano... Pero no lo era -. No habrás abandonado el proyecto, espero.
- No, pero
hemos sufrido irritante fracasos. Hemos pasado los cuatro últimos días tras un
tal Norman Haywood KJMM-CWTAD, que parecía perfecto para nuestro grupo.
- ¿Y bien?
- Goza de buena
salud y es un hombre vigoroso. Tiene veinticuatro años y un tercio, años
terrestres se entiende. Cuenta con seis generaciones de antepasados nacidos
gracias a la lotería. Y eso no es todo: le gusta viajar, manifiesta esa
inquietud que nos interesa. Como es lógico, intentamos hablar personalmente con
él. Mi agente se ha pasado tres días persiguiéndole por una serie de cabinas
teletransportadoras, siempre un trayecto detrás de él. Mientras tanto, Norman Haywood
ha estado esquiando en Suiza, ha practicado el surf en Ceilán, ha hecho sus
compras en Nueva York y ha asistido a sendas inauguraciones de casas en las
Rocosas y en el Himalaya. Anoche, mi agente logró darle alcance en el momento
en que embarcaba en una nave rumbo a Jinz. La nave partió antes de que mi
agente consiguiera dominar su natural temor a vuestras rudimentarias y
chapuceras naves.
- A veces
también he tenido días así. ¿No podía enviarle un mensaje por hiperondas?
- Luis, en
principio, nuestra expedición es secreta.
- Ya veo - dijo
Luis. Y contempló la cabeza de pitón que daba vueltas y más vueltas en busca de
invisibles enemigos.
- Lo
conseguiremos - aseguró Nessus -. Millares de tripulantes potenciales no pueden
esconderse eternamente. ¿No te parece, Luis? ¡Si ni siquiera saben que les
estamos buscando!
- Ya
encontrarás a alguien. No puede fallar.
- ¡Ojalá no lo
encontremos! Luis, ¿cómo me las arreglaré? ¿Cómo voy a navegar con tres
extranjeros en una nave experimental diseñada para un solo piloto?
Verdaderamente sería una locura!
- Nessus, ¿qué
te pasa ahora? ¡Toda esta expedición fue idea tuya!
- No es cierto.
Recibí órdenes de los-que-dirigen, desde doscientos años luz de distancia.
- Algo te ha
asustado, y quiero saber qué es. ¿Qué has descubierto? ¿Sabes cuál es la
finalidad de este viaje? ¿Qué ha ocurrido desde el otro día cuando incluso
fuiste capaz de insultar a cuatro kzinti en un restaurante público? ¡No te
descorazones, muchacho!
El titerote
había hundido las dos cabezas con sus respectivos cuellos entre las piernas
delanteras y se había hecho una bola.
- Vamos - dijo
Luis -. No te lo tornes así. - Pasó dulcemente la mano por el dorso de los
cuellos del titerote, o más bien por la parte que aún quedaba al descubierto.
El titerote se estremeció. Tenía la piel suave, como de gamuza, y agradable al
tacto.
- Vamos,
relájate. Nadie te hará daño aquí. Sé proteger a mis huéspedes.
El titerote
emitió un sordo gemido con la cabeza hundida bajo el vientre.
- Debo de estar
loco. ¡Loco! ¿Es cierto que insulté a cuatro kzinti?
- Vamos,
tranquilízate. Aquí estás a salvo. Así me gusta. - Una cabeza plana asomó bajo
la cálida sombra -. ¿Lo ves? No hay nada que temer.
- ¿Cuatro
kzinti? ¿No eran tres?
- Tienes razón.
Me he descontado. Fueron tres.
- Perdona,
Luis. - El titerote asomó la otra cabeza, aunque sólo hasta la altura del ojo
-. He salido de mi fase maníaca. Ahora estoy en la mitad depresiva de mi ciclo.
- ¿No puedes
hacer nada para remediarlo? - Luis comenzó a anticipar las consecuencias que podrían
derivarse si Nessus entraba en la fase mala de su ciclo en un momento crucial.
- Puedo esperar
que concluya. Puedo intentar protegerme, en la medida de lo posible. Puedo
procurar que ello no se refleje en mis decisiones.
- Pobre Nessus.
¿Estás seguro de que no has descubierto nada nuevo?
- Lo que sé,
¿no te parece ya suficiente para aterrorizar a cualquiera en su sano juicio? -
El titerote se incorporó, aún tembloroso -. ¿Por qué me he topado con Teela
Brown? Creí que ya se habría marchado.
- Le he pedido
que me haga compañía hasta que encuentres a tu cuarto tripulante.
- ¿Por qué?
Luis también se
lo preguntaba.
Paula Cherenkov
tenía poco que ver con ello. Luis había cambiado demasiado desde aquellos
tiempos; y no era el tipo de hombre que intenta sustituir una mujer por otra.
Las placas
sómnicas estaban diseñadas para dos, no para uno. Pero la fiesta estaba llena
de chicas... menos bonitas que Teela. ¿Sería posible que el viejo zorro Luis Wu
aún se dejase atrapar por la mera belleza física?
Sin embargo, en
esos lisos ojos plateados había algo más que belleza. Ocultaban algo sumamente
complejo.
- Con fines
fornicatorios - respondió Luis Wu. Acababa de recordar que estaba hablando con
un extranjero, incapaz de comprender tales sutilezas. Advirtió que el titerote
seguía temblando, conque añadió -: Vamos a mi despacho. Está debajo de la
colina. No hay riesgo de meteoritos.
Cuando el
titerote se hubo marchado, Luis salió en busca de Teela. La encontró en la
biblioteca, frente a una pantalla de lectura, haciendo pasar los encuadres a
gran velocidad, incluso para un lector profesional.
- Hola - dijo.
Dejó la imagen clavada y se volvió -. ¿Cómo está nuestro bicéfalo amigo?
- Muerto de
miedo. Y yo estoy agotado. He estado ejerciendo funciones de psiquiatra con un
titerote de Pierson.
El rostro de
Teela se iluminó:
- Háblame de la
vida sexual de los titerotes.
- Sólo sé que
no se le permite procrear. Le tiene preocupado. Es de suponer que podría
reproducirse si no existiera una ley que lo prohibiera. A excepción de este
detalle, no ha tocado para nada el tema. Siento defraudarte.
- ¿De qué
habéis hablado entonces?
Luis hizo un
gesto displicente:
- Trescientos
años de traumas. Ese es el tiempo que Nessus lleva viviendo en el espacio
humano. Casi no recuerda el planeta de los titerotes. Tengo la sensación de que
se ha pasado estos trescientos años temblando de miedo.
Luis se dejó
caer en una silla vibratoria. El esfuerzo de empatía necesario para comunicar
con el extraño le había agotado psíquicamente, había causado un enorme desgaste
en su imaginación.
- ¿Y tú qué
tal? ¿Qué estás leyendo?
- La explosión
del Núcleo.
Teela señaló la
pantalla. Se veían grandes masas, grupos y apelotonamientos de estrellas. No se
distinguía el negro del espacio, tan numerosas eran las estrellas. Casi parecía
una densa aglomeración de estrellas, pero no lo era; no podía serlo. Los
telescopios no podían cubrir tanta distancia, y ésta tampoco sería accesible a
una nave espacial corriente.
Era el núcleo
galáctico, una densa esfera de estrellas de cinco mil años luz de diámetro,
situada en el eje de la espiral galáctico. Un hombre había conseguido llegar
hasta allí, doscientos años atrás, a bordo de una nave construida por los
titerotes. En la pantalla podían verse estrellas rojas, azules y verdes, todas
superpuestas, las más grandes y luminosas eran las estrellas rojas. En el
centro de la imagen destacaba una mancha de un blanco reluciente en forma de
gruesa coma. En su interior se distinguían líneas y sombras; pero las sombras
situadas dentro de la mancha blanca brillaban más que cualquier estrella
exterior a ella.
- Para esto
necesitas la nave del titerote - dijo Teela -. ¿Me equivoco?
- Has acertado.
- ¿Cómo se
produjo?
- Las estrellas
están demasiado próximas unas a otras - explicó Luis -. La distancia media
entre unas y otras es sólo de medio año luz, si se considera la totalidad del
núcleo de cualquier galaxia. Cerca del centro, están aún más juntas. En el
núcleo de una galaxia las estrellas están tan próximas que llegan a comunicarse
el calor de unas a otras. Al estar más calientes, arden con mayor rapidez,
envejecen más de prisa. Hace diez mil años, todas las estrellas del núcleo
deben de haberse hallado próximas a transformarse en novas. De pronto una
estrella se convirtió en nova. Desprendió muchísimo calor y una ráfaga de rayos
gamma. Las estrellas más próximas se calentaron aún más. Supongo que los rayos
gamma también determinan un incremento de la actividad estelar. El resultado
fue la explosión de un par de estrellas vecinas. Y ya fueron tres. La suma del
calor desprendido puso en marcha el mismo proceso en unas cuantas más. Fue una
reacción en cadena. Pronto adquirió proporciones impensables. Esa mancha blanca
está formada por un gran conjunto de supernovas. Un poco más adelante deben
estar los cálculos matemáticos, puedo mostrártelos si quieres.
- No, gracias -
dijo ella... como era de esperar -. ¿Supongo que todo habrá concluido ya?
- Así es. Eso
que estás viendo es luz vieja, si bien aún no ha llegado a esta parte de la
galaxia. La reacción en cadena debió de cesar hace diez mil años.
- Entonces, ¿a
qué viene tanto alboroto?
- Las
radiaciones. Partículas aceleradas de todo tipo. - La silla vibratoria
comenzaba a producir sus efectos sedantes; se hundió aún más profundamente en
la masa informe y dejó que las ondas verticales le amasaran bien los músculos
-. La cuestión es bien sencilla. El espacio conocido no es más que una burbuja
de estrellas situada a treinta y tres mil años luz del eje galáctico. Las novas
comenzaron a explotar hace más de diez mil años. Ello significa que el frente
expansivo de las explosiones combinadas llegará aquí dentro de unos veinte mil
años. ¿Conforme?
- Es evidente.
- Y la
radiación subnuclear de un millón de novas avanza inmediatamente detrás del
frente expansivo.
- ...Oh.
- Dentro de
veinte mil años tendremos que evacuar todos los mundos conocidos, y
probablemente otros muchos más.
- Falta mucho
tiempo. Si comenzásemos la operación ahora, podríamos realizarla con las naves
que poseemos. Sin ningún problema.
- No sabes lo
que dices. A una velocidad de tres días por año luz, una de nuestras naves
tardaría unos seiscientos años en llegar a las Nubes de MagaIlanes.
- Podrían
repostar aire y alimentos... cada año o así.
Luis rió:
- Intenta
convencer a alguien para que haga eso. ¿Quieres saber mi opinión? Nadie hará
nada hasta que la luz de la explosión del Núcleo comience a resplandecer entre
las nubes de polvo que se interponen entre nosotros y el eje galáctico;
entonces de pronto cundirá el pánico en todo el espacio humano. Y les quedará
sólo un siglo para largarse. Los titerotes hicieron lo más sensato. Mandaron un
hombre al Núcleo con fines publicitarios, pues deseaban fondos para financiar
sus investigaciones. El hombre envió instantáneas como la que estás viendo. Los
titerotes emprendieron la marcha al instante, sin esperar tan sólo a que
aterrizara. Cuando llegó, no quedaba ni un titerote en ningún mundo humano.
Pero nosotros esperaremos, y cuando por fin nos decidamos a hacer algo
tendremos que evacuar trillones de seres racionales de toda la galaxia.
Necesitaremos las naves más grandes y veloces que seamos capaces de construir,
y cuantas más tengamos, mejor. Necesitamos el propulsor de los titerotes ahora,
para poder empezar a perfeccionarlo ya. El...
- Está bien.
Iré con vosotros.
Luis se quedó
con la frase en la boca y sólo logró exclamar
- ¿Cómo?
- Iré con
vosotros - repitió Teela Brown.
- Has perdido
el juicio.
- Pero tú vas,
¿no?
Luis apretó los
dientes para no estallar. Cuando por fin habló, lo hizo con más calma de la
necesaria.
- Sí, yo voy.
Pero mis razones no son las tuyas y estoy más preparado para salvar el pellejo
que tú, porque tengo más años de práctica.
- Pero yo soy
más afortunada.
Luis soltó un
bufido.
- ¡Y tal vez no
tenga razones de tanto peso como tú para embarcarme, pero para mí son válidas!
- Habló con voz aguda y chillona por la ira.
- A mí no me
vengas con ésas. - Teela golpeó la pantalla. La gruesa coma de luz de las novas
brilló bajo su uña -: ¿No te parece razón suficiente?
- Conseguiremos
el hiperreactor de los titerotes aunque no vengas. Ya oíste lo que dijo Nessus.
Hay miles en tu misma situación.
- ¡Y yo soy una
de ellos!
- Muy bien, lo
eres, ¿y qué? - explotó Luis.
- ¿Qué nej
significa tanto proteccionismo? ¿Te he pedido acaso protección?
- Lo siento. No
sé por qué he intentado imponerme. Eres una persona adulta y autónoma.
- Gracias.
Tengo el propósito de unirme a vuestro grupo.
Teela había
adoptado un tono de glacial formalidad. Lo peor del caso es que era una persona
adulta y autónoma. No sólo no podía coaccionaría, sino que cualquier intento de
darle órdenes sería una incorrección y (más importante aún) no serviría de
nada.
Pero tal vez
fuera posible convencerla...
- Sin embargo,
debes tener en cuenta una cosa - dijo Luis Wu -. Nessus no ha escatimado
esfuerzos para mantener esta expedición en secreto. ¿Por qué? ¿Qué quiere
ocultar?
- Eso es asunto
suyo, ¿no crees? A lo mejor, donde sea que vamos hay algo que podría despertar
la codicia de algunos.
- ¿Y qué? El
lugar al cual nos dirigiremos está a dos mil años luz de aquí. Somos los únicos
que podremos llegar hasta allí.
- Tal vez se
trate de la propia nave.
Teela era una
extraña criatura, pero no era tonta. Ni el mismo Luis había considerado esa
posibilidad.
- Y piensa en
la tripulación - dijo él -. Dos humanos, un titerote y un kzin. Sin ningún
explorador profesional en el grupo.
- Sé donde
quieres ir a parar, Luis; pero, en serio, tengo toda la intención de
embarcarme. Dudo que consigas impedírmelo.
- Sin embargo,
al menos puedes enterarte del lío en que te estás metiendo. ¿Qué me dices de
semejante tripulación?
- Eso es asunto
de Nessus.
- Yo diría que
a nosotros también nos incumbe. Nessus recibe órdenes directas de
los-que-dirigen, del alto mando de los titerotes. Tengo la impresión de que
hace sólo unas horas que comprendió el alcance de esas órdenes. Ahora está
aterrado. Esos... sacerdotes de la supervivencia están jugando cuatro cartas a
la vez, sin contar con lo que sea que debamos explorar.
Advirtió que
había conseguido despertar el interés de Teela, conque insistió:
- Ante todo,
está Nessus. Un ser tan loco como para aterrizar en un mundo desconocido,
¿tendrá el juicio suficiente para sobrevivir al experimento? Los-que-dirigen
tienen que averiguarlo. Cuando lleguen a las Nubes de Magallanes tendrán que
establecer otro imperio comercial. Los titerotes locos constituyen el puntal de
sus negocios. Luego tenemos a nuestro velludo amigo. Un embajador ante una raza
extranjera; debe de ser uno de los kzinti más sofisticados del momento. ¿Tendrá
el savoir faire suficiente para convivir con los demás? ¿O nos matará para
disponer de más espacio y un poco de carne fresca? En tercer lugar, estás tú y
tu presunta buena suerte, un proyecto de investigación fantástico donde los
haya. El cuarto soy yo, el supuesto explorador por excelencia. Tal vez mi
función sea servir de control. ¿Quieres que te diga mi opinión? - Luis se había
puesto de pie y miraba a la chica desde arriba, procurando hacerle llegar el
significado de cada palabra mediante una técnica oratoria que había aprendido
cuando perdió una elección para las Naciones Unidas a los setenta y pico -. Lo
que menos les importa a los titerotes es el planeta al que nos mandan ¿Por qué
habría de interesarles si piensan abandonar la galaxia? Piensan experimentar
con nuestro pequeño grupo hasta la destrucción. Antes de que nos matemos, los
titerotes habrán descubierto muchas cosas sobre nuestra forma de interacción.
- No creo que
vayamos a explorar un planeta - comentó Teela.
Luis explotó:
- ¡Nej! ¿Y a
qué viene eso ahora?
- Pero, Luis.
¿No crees que si vamos a morir en el curso de la exploración, tal vez valga la
pena saber dónde estaremos? Personalmente, creo que se trata de una nave
espacial.
- ¿No me digas?
- Una nave
gigantesca en forma de anillo con una dragadora para recoger hidrógeno
interestelar. Creo que está construida de forma que el hidrógeno es canalizado
hacia el eje para su fusión. Ello permitiría obtener fuerza motriz, y también
sol. Se podría hacer girar el anillo para obtener fuerza centrífuga y recubrir
de vidrio la parte interior.
- Ya veo - dijo
Luis, mientras intentaba recordar el extraño grabado instantáneo que le había
dado el titerote. No había prestado suficiente atención al lugar de destino de
la expedición.
- Es posible.
Grande y primitivo y de difícil manejo. Pero ¿qué interés puede tener para
los-que-dirigen?
- Podría ser
una nave refugio. Las razas del Núcleo podrían haber descubierto los procesos
estelares muy pronto, dada la proximidad de los soles. Es posible que previeran
la explosión con milenios de antelación..., cuando sólo había dos o tres
supernovas.
- Es posible...
y me has hecho perder el hilo. Ya te dije cuáles creo que son las secretas
intenciones de los titerotes. Pienso embarcarme a pesar de todo, para pasar el
rato. Pero, ¿qué interés puede tener para ti?
- La explosión
del Núcleo.
- Admiro tu
altruismo, pero no creo que de verdad te preocupe un acontecimiento que no se
producirá hasta dentro de veinte mil años. Búscate otra excusa.
- ¡Maldita sea,
si tú puedes ser un héroe, también puedo serio yo! Y te equivocas respecto a
Nessus. No se embarcaría en una misión suicida. Y... ¿qué interés tendrían los
titerotes en averiguar cosas sobre nosotros, o los kzinti? ¿Para qué probarnos?
Están abandonando la galaxia. No volverán a vernos jamás.
- No, Teela no
era estúpida. Pero...
- Te equivocas.
Los titerotes tienen motivos para averiguar sobre nosotros.
Teela le
desafió a demostrar su afirmación con una fulminante mirada.
- No sabemos
gran cosa sobre la migración de los titerotes. Sabemos que en estos momentos
todo titerote viviente, sano de cuerpo y alma, ha emprendido la marcha. Y
sabemos que avanzan a una velocidad apenas inferior a la de la luz. A los
titerotes les asusta el hiperespacio. Ahora bien, a una velocidad poco inferior
a la de la luz, la flotilla de los titerotes debería llegar a la Nube Menor de
Magallanes dentro de unos ochocientos años. ¿Y qué esperan encontrar una vez
allí? - Hizo un guiño y soltó la traca final -: A nosotros, claro. Humanos y
kzinti, por lo menos. Y probablemente también kdaltynos, pierines y delfines.
Saben que esperaremos hasta el último minuto y entonces saldremos a escape, y
saben que usaremos naves de velocidad hiperlumínica. Cuando los titerotes
lleguen por fin a la Nube de Magallanes, tendrán que habérselas con nosotros...
o con lo que sea que consiga matarnos; y conociéndonos, no les será difícil
adivinar la naturaleza del destructor. Oh, ya lo creo que tienen motivos para
estudiarnos.
- No lo niego.
- ¿Sigues empeñada
en embarcarte?
Teela asintió.
- ¿Por qué?
- Prefiero
reservarme la respuesta.
Teela
demostraba una total compostura. ¿Y qué podía hacer Luis? Si hubiera sido menor
de diecinueve, habría podido avisar a uno de sus padres. Pero a los veinte se
la consideraba adulta. Era preciso establecer una línea divisoria.
Como persona
adulta era libre de elegir; tenía derecho a esperar un comportamiento correcto
por parte de Luis Wu; su vida privada era sacrosanta. Luis sólo podía intentar
convencerla, y no lo había conseguido.
Conque no había
razón alguna para que Teela actuara como lo hizo a continuación. De pronto
cogió las manos de Luis entre las suyas y, con una sonrisa implorante le dijo:
- Llévame
contigo, Luis. Tengo suerte, de verdad. Si Nessus se porta mal te verías
obligado a dormir solo. Sé que eso no te gustaría.
Le tenía
atrapado. No podía impedir que se embarcase en la nave de Nessus, aunque no
pudiera entenderse directamente con el titerote.
- Está bien -
dijo -. Le llamaremos.
Y no le atraía
la perspectiva de dormir solo.
4.
Interlocutor-de-Animales
- Deseo unirme
a la expedición - dijo Teela ante la pantalla del teléfono.
El titerote
emitió un mi-bemol sostenido.
- ¿Cómo dices?
- Perdona -
dijo el titerote -. Preséntate en el Aeropuerto Ultramontano, en Australia,
mañana a las 08:00. Puedes traer artículos personales hasta un límite de veinte
kilos de peso terrestre. Luis debe hacer otro tanto. Ah... - El titerote
levantó las cabezas y chilló.
Luis preguntó
preocupado:
- ¿Estás
enfermo?
- No. Preveo mi
propia muerte. Luis, ojalá te hubieras mostrado menos persuasivo. Hasta luego.
Nos veremos en el Aeropuerto Ultramontano.
La pantalla se
apagó.
- ¿Lo ves? -
dijo Teela con un retintín -. ¿Ves lo que ganas con mostrarte tan persuasivo?
- Vaya labia tengo.
Bueno, hice lo que pude. No te quejes si sufres una muerte horrible.
Esa noche,
mientras flotaban suspendidos en el vacío en la oscuridad del dormitorio, Luis
le oyó decir:
- Te quiero. Me
embarcaré contigo porque te quiero.
- Yo también te
quiero - respondió él, sin olvidar los buenos modales en su amodorramiento.
Luego captó todo el sentido de la frase y dijo -: ¿Eso es lo que te reservabas?
- Pues...
- ¿Vas a
seguirme a dos mil años luz de aquí porque no podrías soportar mi ausencia?
- Así es.
- Media luz en
el dormitorio - ordenó Luis. Y un débil resplandor azulado iluminó la
habitación.
Flotaban a unos
veinte centímetros uno de otro, entre las placas sómnicas. Ya se habían quitado
los tintes cosméticos y los tratamientos capilares de moda entre los
terrícolas, como primer preparativo para la salida al espacio. La coleta de
Luis mostraba ahora un cabello liso y negro; el vello prestaba una tonalidad
gris a su calva. La tez de un amarillo tostado y los ojos castaños sin ninguna
oblicuidad perceptible le daban un aspecto bastante distinto.
Teela había
experimentado cambios igualmente drásticos. Ahora llevaba el cabello, oscuro y
ondulado, atado en un moño. Su piel exhibía una blancura nórdica. Grandes ojos
castaños y una boquita muy seria constituían los rasgos más destacados de su
rostro ovalado; la nariz era casi imperceptible. Flotaba como aceite en el agua
en medio del campo sómnico, perfectamente relajada.
- Pero nunca
has ido más allá de la Luna.
Teela asintió.
- Y no soy el
mejor amante del mundo. Tú misma me lo has dicho.
Volvió a
asentir. Teela Brown no mostraba la menor reticencia. En esos dos días con sus
respectivas noches no había mentido, ni había intentado ocultar la verdad, ni
siquiera había rehuido ninguna pregunta. Luis lo hubiera notado. Le había
hablado de sus dos primeros amores: el que había dejado de interesarle al cabo
de medio año, y el otro, un primo, que había recibido una oferta para emigrar
al monte Lookitthat. Luis no le había contado gran cosa de sus experiencias y
ella pareció aceptar bien su reticencia. Pero, por su parte, no había ningún
recelo. Y hacía las preguntas más increíbles.
- ¿Entonces por
qué me has escogido precisamente a mí? - preguntó él.
- No lo sé -
confesó ella -. Tal vez sea una cuestión de carisma. Eres un héroe, ya lo
sabes.
Era el único
superviviente del primer grupo de hombres que estableció contacto con una
especie extraterrestre. ¿Conseguiría superar algún día el episodio de los
trinoxios?
Hizo una última
tentativa:
- Mira, conozco
al mejor amante del mundo. Es amigo mío. Es su hobby. Escribe libros sobre el
tema. Es doctor en fisiología y psicología. Hace ciento treinta anos que...
Teela se había
tapado los oídos:
- No - dijo -.
No.
- Lo único que
pretendo es que no te mates por ahí. Eres demasiado joven. - Teela le miró
desconcertada, esa mirada desconcertada, señal de que había utilizado unas
palabras de intermundo perfectamente definidas para componer una frase sin
sentido. ¿Zozobras del corazón? ¿Matarse por ahí? Luis suspiró para sus
adentros -. Fusión de los nódulos del dormitorio - ordenó, y algo ocurrió en el
campo sómnico. Las dos regiones de equilibrio estable, las anomalías que
impedían que Luis y Teela cayeran fuera del campo, se juntaron y se fundieron
en una sola. Luis y Teela comenzaron a rodar hasta encontrarse y quedar pegados
el uno al otro.
- Tengo mucho
sueño, Luis. Pero si tú quieres...
- Aprovecha la
intimidad antes de perderte en el mundo de los sueños. En las naves espaciales
no suele haber mucho espacio.
- ¿No querrás
decir que no podremos hacer el amor? ¡Nej! Luis, no me importa que miren. Son
extraterrestres.
- A mí sí me
importa.
Volvió a
lanzarle esa mirada de asombro.
- Si no fueran
extraterrestres, ¿te molestaría?
- Sí, a menos
que les conociéramos mucho. ¿Te resulto anticuado?
- Un poco.
- Recuerdas ese
amigo del que te hablaba? ¿El mejor amante del mundo? Pues, tenía una colega -
explicó Luis -, y ella me te enseñó algunas cosas que había aprendido de él.
Pero se precisa gravedad - añadió -. Desconectar campo sómnico - ordenó, y
recuperaron el peso.
- ¿Quieres
cambiar de tema? - dijo Teela
- Sí. Me rindo.
- Muy bien,
pero no olvides un detalle. Un pequeño detalle. Tu amigo titerote podría haber
escogido cuatro especies en vez de tres. Y hubieras podido encontrarte
perfectamente con un trinoxio entre los brazos en vez de mi persona.
- Terrible
perspectiva. En fin, lo haremos en tres fases, empezando por la posición a
horcajadas...
- ¿Qué es la
posición a horcajadas?
- Ya lo
verás...
Cuando
amaneció, a Luis ya no le disgustaba la idea de viajar con ella. Cuando
comenzaron a renacer sus dudas, era ya demasiado tarde. Hacía bastante tiempo
que no había posibilidad de reconsiderar las cosas.
Los Forasteros
se dedicaban al tráfico de información. Pagaban bien y vendían caro, pero
compraban una cosa y luego la vendían repetidas veces, pues su red comercial
cubría toda la espiral galáctica. Gozaban de crédito prácticamente ilimitado en
los bancos del espacio humano.
Lo más probable
es que hubieran evolucionado en la luna fría y ligera de algún gigante gaseoso;
un mundo muy parecido a Nereida, la luna más grande de Neptuno. Ahora vivían en
los espacios interestelares, en naves del tamaño de una ciudad con diversos
grados de complejidad, desde velas de fotones hasta maquinaria teóricamente
imposible desde la perspectiva de la ciencia humana. Cuando descubrían un
sistema planetario con una clientela en potencia y ese sistema comprendía un
mundo adecuado, los Forasteros de inmediato obtenían concesiones para construir
centros comerciales, zonas de descanso y esparcimiento, depósitos de
abastecimiento, etc. Quinientos años atrás habían obtenido una concesión sobre
Nereida.
- Y ahí deben
de tener los negocios más importantes - Comentó Luis Wu -. Ahí abajo - señaló
con una mano, mientras con la otra manejaba los controles de la nave.
Nereida tenía
el aspecto de una helada llanura riscosa bajo la brillante luz de las
estrellas. El gordo puntito blanco del sol no daba más luz que una luna llena;
y esa luz iluminaba un laberinto de paredes bajas. Había construcciones
hemisféricas y un grupo de pequeñas naves tierra-órbita a reacción con
compartimientos de pasajeros provistos de grandes ventanas abiertas sobre el
espacio; sin embargo, más de la mitad de la llanura estaba cubierta por esas
paredes bajas.
Interlocutor-de-Animales
inclinó su inmensa mole sobre Luis y dijo:
- Quisiera
saber para qué sirve el laberinto. ¿Defensa?
- Son zonas de
calentamiento - explicó Luis -. Los Forasteros se alimentan de
termoelectricidad. Se tienden con las cabezas expuestas al sol y las colas en
la sombra, y la diferencia de temperatura entre unas y otras crea una
corriente. Las paredes les permiten disponer de una mayor zona limítrofe entre
sol y sombra.
Tras diez horas
de vuelo, Nessus se había calmado un poco. Había estado trotando por el
habitáculo de la nave, comprobando esto y lo otro, metiendo una cabeza y un ojo
en todos los rincones, mientras lanzaba por encima del hombro comentarios y
respuestas a las preguntas que le hacían los demás. Su traje de presión, un
globo abombado y acolchado sobre la joroba que cubría su cerebro, parecía
ligero y confortable; las bolsas regeneradoras de aire y comida eran
increíblemente pequeñas.
Justo antes del
despegue, Nessus les había desconcertado un poco. De pronto, toda la cabina se
había inundado de una música, deliciosa y complicada, llena de bemoles, como la
triste llamada de una computadora en plena euforia sexual. Nessus estaba
silbando. Con sus dos bocas, ricas en nervios y músculos adecuados para unas
bocas que también hacían las veces de manos, el titerote semejaba una orquesta
ambulante.
Había insistido
en que Luis condujese la nave, y demostró tener gran confianza en su habilidad
como conductor, pues ni siquiera se abrochó el cinturón. Luis supuso que la
nave de los titerotes debía estar equipada con secretos artilugios especiales
destinados a proteger a los pasajeros.
Interlocutor
había embarcado con una maleta de diez kilos de peso que al abrirla resultó
contener poca cosa, aparte de un horno de microondas plegable especial para
calentar carne. Eso, y un montón de algo crudo, más posiblemente de origen
kzinti que terrestre. Por algún motivo, Luis había imaginado que el traje de
presión del kzin recordaría una engorrosa armadura medieval. Pero se
equivocaba. Era un globo múltiple, transparente, con una bolsa monstruosamente
pesada en la espalda y un casco semiesférico lleno de complicados controles
para la lengua. Aunque no contenía ningún arma identificable, la mochila tenía
un aspecto muy bélico y Nessus insistió en hacérsela guardar.
- Pararé junto
a la nave Forastera - dijo Luis.
- No.
Condúcenos más al este. Tuvimos que aparcar el «Tiro Largo» en una zona
apartada.
- ¿Para qué?
¿Temíais que los Forasteros os espiasen.
- No. El «Tiro
Largo» emplea motores de fusión en vez de elevadores. El calor desprendido en
los despegues y aterrizajes podría molestar a los Forasteros.
- ¿Por qué le
pusieron «Tiro Largo»?
- Beowulf
Shaeffer, el único ser racional que ha tripulado esta nave, lo bautizó así. Fue
él quien realizó los únicos grabados instantáneos que poseemos de la explosión
del Núcleo. «Tiro Largo» es una expresión relacionada con los juegos de azar,
¿no es así?
- Tal vez tenía
pocas esperanzas de regresar. Más vale que os diga la verdad: nunca he
conducido un vehículo con motores de fusión. Mi nave lleva un motor inerte,
como ésta.
- Tendrás que
aprender - dijo Nessus.
- Un momento -
dijo Interlocutor-de-Animales -. Tengo alguna experiencia en el manejo de naves
con motores de fusión. Conque yo pilotaré el «Tiro Largo».
- Imposible. El
asiento antichoques del piloto está diseñado para un cuerpo humano. Los paneles
de control están adaptados a los hábitos humanos.
El kzin emitió
unos gruñidos de ira en lo más profundo de su garganta.
- Ahí, Luis.
Justo delante nuestro.
El «Tiro Largo»
era una burbuja transparente de más de doscientos metros de diámetro. Luis dio
algunas vueltas sobre el monstruo, y no consiguió descubrir ni un centímetro
cúbico libre de la maquinaria verde y bronce de los motores hiperlumínicos.
Llevaba un fuselaje #4 de Productos Generales, fácilmente identificable para un
conocedor de las naves espaciales; un fuselaje que, por sus grandes
dimensiones, normalmente sólo se usaba para transportar colonias completamente
prefabricadas. Pero no parecía una nave espacial. Era el equivalente en
gigantesco de algún primitivo satélite orbital, construido por una raza cuyos
limitados recursos y escasa tecnología exigiesen el máximo aprovechamiento de
todo el espacio disponible.
- ¿Y dónde nos
sentaremos? - quiso saber Luis -. ¿Encima?
- La cabina
está debajo. Aterriza bajo la curva de la estructura.
Luis aterrizó
sobre el hielo oscuro y luego deslizó la nave con cuidado. Las luces del
sistema de supervivencia estaban encendidas; se veía su resplandor a través del
fuselaje del «Tiro Largo». Luis vio dos diminutas cabinas, la de abajo apenas
con el espacio suficiente para una cápsula de supervivencia, un indicador de
masa y un banco de instrumentos en forma de herradura. La cabina superior no
era mucho más grande. Notó que el kzin se agitaba detrás suyo.
- Muy
interesante - dijo el kzin -. Supongo que Luis irá en la cabina inferior y
nosotros tres en la de arriba.
- Sí. Nos costó
bastante acomodar tres cápsulas de supervivencia en un espacio tan reducido.
Para mayor seguridad, cada una está equipada con un campo estático. Puesto que
haremos el viaje en posición estática, no tiene mayor importancia que no quede
espacio para moverse.
El kzin bufó y
Luis notó que se apartaba de su hombro. Dejó que la nave avanzara unos centímetros
más y luego fue cerrando una serie de interruptores.
- Hay algo que
me preocupa - dijo Luis -. Teela y yo cobramos lo mismo entre los dos que
Interlocutor-de-Animales solo.
- ¿Deseas un
complemento? Tendré en cuenta cualquier sugerencia.
- Quiero algo
que tú ya no necesitas - le dijo al titerote - Algo que tu raza abandonó. -
Había escogido un buen momento para hacer el trato. No tenía muchas esperanzas
de conseguir nada, pero valía la pena intentarlo -. Deseo conocer la situación
del planeta de los titerotes.
Las cabezas de
Nessus se levantaron sobresaltadas y luego se quedaron mirando una a la otra.
Nessus sostuvo un momento su propia mirada antes de preguntar:
- ¿Por qué te
interesa saberlo?
- Hubo un
tiempo en que la situación del mundo de los titerotes era el secreto más
preciado del espacio conocido - dijo Luis -. De ahí su valor. Los buscadores de
fortunas exploraron todas las estrellas G y K visibles en busca del mundo de
los titerotes. Teela y yo aún podríamos vender la información a buen precio a
cualquier agencia de noticias.
- ¿Y si ese
mundo se hallase fuera del espacio conocido?
- Ajá - dijo
Luis -. Mi profesor de historia solía especular al respecto. Aun así sería una
información valiosa.
- Antes de
zarpar rumbo a nuestro destino definitivo - dijo el titerote, midiendo
atentamente sus palabras - te comunicaré las coordenadas del mundo de los
titerotes. Creo que la información será más desconcertante que útil.
El titerote
volvió a mirarse fugazmente a los ojos. Luego abandonó esa pose y preguntó:
- ¿Distingues
cuatro proyectores cónicos...?
- Sí. - Luis ya
se había fijado en los cuatro conos abiertos que apuntaban hacia afuera y hacia
abajo alrededor de la cabina doble -. ¿Son los motores de fusión?
- Sí.
Comprobarás que la nave responde de forma muy similar a las de propulsores
inertes, excepto por la ausencia de gravedad interna. A nuestros proyectistas
no les sobraba espacio. Por lo que respecta al hiperreactor de quantum 11 no
debo hacerte ninguna indicación especial...
- Os tengo en
el campo de acción de mi espada variable - dijo Interlocutor-de-Animales -. Que
nadie se mueva.
Tardaron un
momento en captar el sentido de sus palabras, luego Luis se volvió, muy
lentamente, evitando cualquier gesto demasiado brusco.
El kzin se
apoyaba contra una pared cóncava. En una de sus garras sostenía algo parecido
al desmesurado asidero de una comba de saltar. A unos dos metros del mango, que
el kzin sostenía a la altura de sus ojos con gran habilidad, se balanceaba una
reluciente bolita roja. El alambre que unía la bolita al mango era demasiado
fino para poder distinguirlo a simple vista, pero a Luis no le cupo la menor
duda de que existía. Ese alambre, invulnerable y rígido gracias a un campo
estático de diseño esclavista, era capaz de cortar casi todos los metales,
incluido el respaldo de la cápsula de supervivencia de Luis, suponiendo que
decidiera esconderse detrás de ella. Y el kzin se había colocado de tal forma
que con su espada podía alcanzar cualquier punto de la cabina.
A los pies del
kzin, Luis pudo ver la pierna de carne extra-terrestre no identificada. Había
sido desgarrada a dentelladas, y, como es lógico, estaba hueca.
- Hubiera
preferido un arma menos dolorosa - dijo Interlocutor-de-Animales -. Lo ideal
hubiera sido un aturdidor. No conseguí obtener uno antes de partir. Luis,
aparta las manos de los mandos y apóyalas en el respaldo de tu silla.
Luis obedeció.
Por un momento había pensado alterar la gravedad de la cabina; pero el kzin le
partiría en dos si lo intentaba.
- Ahora, si os
quedáis tranquilos, os explicaré lo que vamos a hacer.
- Explícanos
tus razones - sugirió Luis. Estaba calculando los riesgos. La bombilla roja era
un indicador para que interlocutor pudiera saber dónde acababa su cuchilla de
alambre invisiblemente delgado. Si Luis conseguía agarrar ese extremo de la
espada, sin perder los dedos en el acto...
No. La bombilla
era demasiado pequeña.
- Las razones
son bastante evidentes - dijo Interlocutor. Las señales negras que circundaban
sus ojos recordaban el antifaz de un bandido de dibujos animados. El kzin no
estaba tenso ni relajado. Se había situado de forma que era prácticamente
imposible atacarle.
- Mi propósito
es conseguir que mi mundo posea el «Tiro Largo». Nos servirá de modelo para
construir otras naves del mismo tipo. Con naves como ésta estaríamos en ventaja
en la próxima guerra entre hombres y kzinti, a condición de que los hombres no
posean también los planos del «Tiro Largo». ¿Satisfechos?
Luis adoptó un
tono sarcástico:
- Ya veo que el
destino de nuestra expedición no te asusta.
- No. - El
insulto no había hecho mella en él - ¿Cómo pudo llegar a pensar que un kzin
sería capaz de captar un sarcasmo? -. Ahora todos os desvestiréis, para tener
la seguridad de que no vais armados. Luego, el titerote se pondrá su traje de
presión. Los dos embarcaremos en el «Tiro Largo». Vosotros, Luis y Teela, os
quedaréis aquí; me llevaré vuestras ropas y vuestro equipaje, y también
vuestros trajes de presión. Inutilizaré esta nave. Seguro que los Forasteros
querrán saber por qué no habéis regresado a la Tierra y acudirán en vuestra
ayuda mucho antes de que comience a fallaros el sistema de supervivencia.
¿Entendido?
Luis Wu,
relajado y preparado para aprovechar cualquier posible descuido del kzin, miró
a Teela Brown con el rabillo del ojo. Vio que Teela se disponía a saltar sobre
el kzin.
Interlocutor la
partiría por la mitad. Luis tendría que actuar con rapidez.
- No hagas
tonterías, Luis. Levántate despacio y retrocede hacia la pared. Serás el
primero en...
Luis frenó su
salto, sorprendido por algo que no comprendía.
Interlocutor-de-Animales
echó su gran cabezota anaranjada hacia atrás y maulló: un chillido casi
supersónico. Abrió los brazos, como si quisiera abrazar el universo. La hoja de
alambre de su espada variable atravesó un depósito de agua sin que pareciera
ofrecer la menor resistencia; el agua comenzó a desparramarse. Interlocutor ni
se dio cuenta. Sus ojos no veían, sus oídos no escuchaban.
- Quítale el
arma - dijo Nessus.
Luis se le
acercó. Avanzó con cautela, dispuesto a echarse al suelo si la espada variable
se movía en su dirección. El kzin la agitaba dulcemente, como si fuese una
batuta. Luis cogió el mango del puño del kzin, que no ofreció la menor
resistencia. Apretó el botón adecuado y la bolita roja retrocedió hasta tocar
el mango.
- Quédatela -
le ordenó Nessus. Cogió el brazo de Interlocutor entre los labios y le condujo
hasta una cápsula. No tuvo que vencer la menor resistencia. El kzin calló;
tenía la mirada perdida en el infinito y su gran rostro peludo reflejaba gran
serenidad.
- ¿Qué ha
pasado? ¿Qué me has hecho?
Interlocutor-de-Animales,
perfectamente relajado, miraba al infinito y ronroneaba.
- Mira - dijo
Nessus. Se apartó lentamente de la cápsula del kzin. Tenía las aplastadas
cabezas muy erguidas y rígidas, apuntando mas que mirando hacia el kzin, del
que no apartó la mirada ni un instante.
De pronto, el
kzin pareció recuperar la visión. Su mirada iba de Luis a Teela y luego a
Nessus. Interlocutor-de-Animales comenzó a emitir unos gruñidos plañideros, se
incorporó y empezó a hablar en intermundo.
- Ha sido muy
agradable. Me gustaría...
Se interrumpió,
desconcertado.
- Sea lo que
fuere - le dijo al titerote -, no lo vuelvas a hacer.
- Te tenía por
un ser cultivado - dijo Nessus -. Y no me he equivocado en mi apreciación. Sólo
una persona de una cierta cultura temería un tasp.
- Ah - dijo
Teela.
- ¿Tasp? -
inquirió Luis.
El titerote
continuó hablando con Interlocutor-de-Animales:
- No olvides
que recurriré al tasp siempre que me obligues a ello. Haré uso de él si me
pones nervioso, si recurres a la violencia con frecuencia o si me asustas a
menudo; pronto no podrás prescindir del tasp. Y puesto que lo tengo
quirúrgicamente implantado en el cuerpo, sólo matándome podrías apoderarte de
él. Y aun entonces continuaría tu innoble dependencia del tasp.
- Muy astuto -
dijo Interlocutor -. Una táctica fuera de lo común. No te molestaré más.
- ¡Nej!
¿Alguien quiere explicarme qué es un tasp?
La ignorancia
de Luis pareció sorprenderles a todos. Teela fue quien se lo explicó:
- Activa el
centro de placer del cerebro.
- ¿A distancia?
- Luis ignoraba que ello fuese teóricamente posible.
- Claro. Tiene
el mismo efecto que una corriente al tocar un electrodo; pero no es preciso
introducir un alambre en el cerebro. Los tasps suelen ser bastante pequeños y
pueden manejarse con una sola mano.
- ¿Te han dado
alguna vez con un tasp? Ya sé que no es asunto de mi incumbencia...
Tanta
delicadeza hizo sonreír a Teela.
- Sí, conozco
la sensación que produce. Por un momento... bueno, es imposible explicarlo.
Pero el tasp no es para usarlo en uno mismo. Lo normal es aplicárselo a alguien
que no se lo espera. Ahí está la gracia. La policía detiene a menudo grupos de
«taspers» en los parques.
- Vuestros
tasps - dijo Nessus - inducen menos de un segundo de corriente. El mío induce
unos diez segundos.
Debía haber
producido un efecto formidable sobre Interlocutor-de-Animales. Pero Luis sacó
otras conclusiones:
- Vaya, vaya.
Es estupendo. ¡Increíble! ¡Sólo a un titerote se le ocurriría pasearse con un
arma que causa placer al enemigo!
- Y sólo un ser
muy cultivado temería un exceso de placer. El titerote tiene razón - dijo
Interlocutor-de-Animales - Si las descargas del tasp fueran frecuentes,
acabaría convertido en el obediente esclavo del titerote. ¡Yo, un kzin,
sometido a la voluntad de un herbívoro!
- Subamos al
«Tiro Largo» - dijo Nessus en tono grandilocuente -. Ya hemos perdido demasiado
tiempo.
Luis fue el
primero en subir a bordo del «Tiro Largo».
El bailoteo de
sus pies sobre la superficie rocosa de Nereida no le sorprendió. Luis sabía
moverse perfectamente en condiciones de reducida gravedad. Sin embargo, su
cerebelo había esperado tontamente un cambio de gravedad al entrar en la cámara
de aire del «Tiro Largo». Preparado como estaba para el cambio, tropezó y por
poco se cae al no producirse éste.
- Sé que
entonces conocían la gravedad inducida - masculló al entrar en la cabina.
Era una cabina
primitiva, llena de rígidos ángulos rectos, muy propicios para golpearse las
rodillas y los codos contra ellos. Todo era más grande de la cuenta. Los
indicadores estaban mal situados...
Además de
primitiva, la cabina era pequeña. Cuando se construyó el «Tiro Largo» ya se
conocía la gravedad inducida; pero, a pesar de que la nave tenía kilómetro y
medio de ancho, no quedaba espacio para la maquinaria. Apenas si cabía un
piloto.
El tablero de
mandos y un indicador de masa, una ranura de alimentación, una cápsula de
seguridad y detrás de ésta un espacio en el que podría acomodarse un hombre con
la cabeza inclinada para no tocar el techo.
Luis se
introdujo en ese espacio y abrió la espada variable del kzin hasta una longitud
de un metro.
Interlocutor-de-Animales
subió a bordo, cuidando de avanzar lentamente. Pasó junto a Luis sin detenerse
y subió al compartimiento superior.
Allí se
encontraba antes la sala de recreo del único piloto de la nave. Habían retirado
los aparatos gimnásticos y la pantalla de lectura para instalar otras tres
cápsulas de seguridad. Interlocutor se acomodó en una de ellas.
Luis le siguió
escaleras arriba. Exhibió la espada variable sin darle mayor importancia; luego
cerró la tapa de la cápsula del kzin y accionó un interruptor.
La cápsula se
convirtió en un huevo con la superficie como un espejo. El tiempo quedaría
detenido en su interior hasta que Luis desconectara el campo estático. Si la
nave fuera a estrellarse contra un asteroide de antimateria, incluso el
fuselaje se convertiría en vapor ionizado; sin embargo, la cápsula del kzin no
perdería su reflectante acabado.
Luis se relajó.
Todo parecía ahora una especie de danza ritual; sin embargo, la finalidad era
bastante palpable. El kzin tenía buenas razones para querer robar la nave. El
tasp no había cambiado en nada ese aspecto. No debía permitirle conseguir su
propósito.
Luis volvió a
la cabina del piloto. Decidió usar el circuito nave-traje.
- Adelante.
Unas cien horas
más tarde, Luis Wu ya había salido del sistema solar.
5. La roseta
Las matemáticas
del hiperespacio tienen sus singularidades. Cualquier masa lo suficientemente grande
del universo einsteiniano está rodeada de una de estas singularidades. Fuera de
ellas, las naves espaciales pueden desplazarse a velocidades superiores a las
de la luz. En su interior, desaparecerían en el intento.
En esos
momentos el «Tiro Largo» se hallaba a unas ocho horas-luz de Sol y fuera del
radio de acción de la singularidad local de Sol.
Y Luis Wu
gravitaba libremente en el vacío. Sentía tensión en las gónadas y un ligero
malestar en el diafragma, y su estómago parecía a punto de eructar. Eran
sensaciones pasajeras
Al mismo tiempo
experimentaba una paradójica ansia de volar...
Había viajado
varias veces en sistema de caída libre, en la gran burbuja transparente del
Hotel Ambulante, que giraba en torno a la Luna de la Tierra. Pero en esa cabina,
el más leve movimiento de brazos supondría la rotura de algún elemento vital.
Había decidido
efectuar la aceleración de despegue bajo la influencia de dos gravedades. Había
pasado unos cinco días trabajando, comiendo y durmiendo en la cápsula del
piloto, pese a que ésta estaba excelentemente equipada, se sentía sucio y
despeinado; las cincuenta horas de sueño no habían sido suficientes para
disipar su cansancio.
Luis veía un
negro panorama ante sí. Empezaba a comprender que, desde su punto de vista, la
expedición se caracterizaría por la incomodidad.
El cielo del
alto espacio no se diferenciaba gran cosa del cielo de la noche lunar. Al sur
de la galaxia relucía una estrella particularmente brillante; era Sol.
Luis accionó
los mandos de los rotores. El «Tiro Largo» giró y las estrellas quedaron a sus
pies.
Veintisiete,
trescientos doce, mil. Eran las coordenadas que le diera Nessus justo antes de
que Luis cerrara su cápsula de supervivencia. Indicaban la situación de la
migración de titerotes. Y de pronto Luis advirtió que ello no correspondía a la
dirección de las Nubes de Magallanes. El titerote le había mentido.
No obstante,
reflexionó Luis, estaba a unos doscientos años luz de distancia. Y seguía la
dirección del eje de la galaxia. Cabía la posibilidad de que los titerotes
hubieran decidido salir de la galaxia por el camino más corto y luego
desplazarse hasta la Nube Menor por encima del plano de la galaxia. Así podrían
evitar todos los obstáculos interestelares: soles, nubes de polvo,
concentraciones de hidrógeno, etcétera.
No tenía mayor
importancia. Luis paseó las manos por el panel de mandos, como un pianista a
punto de comenzar un concierto.
Estaban
descendiendo.
El «Tiro Largo»
desapareció.
Luis mantenía
los ojos deliberadamente apartados del suelo transparente, Ya había dejado de
preguntarse por qué no habían recubierto todas esas ventanas. Hombres muy
sensatos habían enloquecido ante el espectáculo de la Zona Tenebrosa; sin
embargo, había personas capaces de soportarlo. El piloto del «Tiro Largo» debió
ser una de ellas.
Luis observó el
indicador de masa: una esfera transparente situada sobre el panel de mandos,
con una serie de líneas azules que irradiaban de su centro. Tenía un tamaño
desmesurado, pese a las limitaciones de espacio de la cabina. Reclinó la cabeza
y se quedó mirando las líneas.
Luis volaba sin
apartar la mano izquierda del botón de emergencia.
La ranura de
abastecimiento que tenía a la derecha le sirvió un café que sabía a rancio y, a
continuación, una comida instantánea que se le deshizo en las manos,
descomponiéndose en distintas capas de carne, queso, pan y una extraña hoja. La
cocina automática no debía haber sido reprogramada en varios siglos Las líneas
radiales del indicador de masa se hicieron gruesas y comenzaron a moverse hacia
arriba como la manecilla de un reloj, para luego encogerse hasta desaparecer.
Una borrosa línea azul que ocupaba el fondo de la esfera comenzó a alargarse...
Luis apretó el botón de emergencia.
Un gigante rojo
desconocido brillaba bajo sus pies.
- Demasiado
rápido - gruñó Luis -. ¡Excesivamente rápido! ¡Nej!
En cualquier
nave normal bastaba con controlar el indicador de masa cada seis horas poco más
o menos. ¡En el «Tiro Largo» casi no se atrevía ni a parpadear!
Luis bajó la
vista para contemplar el brillante disco rojo algo difuminado y el fondo de
estrellas que tenía detrás.
- ¡Nej! ¡Ya
hemos salido del espacio conocido!
Hizo girar la
nave para observar las estrellas. A sus pies se extendía un cielo desconocido.
- ¡Son mías,
todas mías! - exclamó Luis, frotándose las manos. Luis Wu se montaba sus
propios espectáculos durante sus períodos sabáticos.
La estrella
roja pasó a formar parte otra vez de su campo visual y Luis esperó a que se
desplazara noventa grados más. Se había acercado demasiado a la estrella y
ahora tendría que rodearla por completo.
Ya llevaba hora
y media pilotando.
Después de tres
horas consiguió salir otra vez de la zona de influencia de la singularidad.
Las estrellas
desconocidas no le preocupaban. Las luces de las ciudades ocultaban la luz de
las estrellas en la mayor parte de la Tierra; y Luis Wu se había criado en ese
planeta. Tenía veintiséis años cuando vio su primera estrella. Se aseguró de
que la nave hubiera alcanzado el espacio abierto, tapó el panel de mandos y,
por fin, pudo desperezarse.
- Uf. Tengo los
ojos ardiendo.
Se zafó de la
red protectora y se dejó flotar, mientras hacía flexiones con el brazo
izquierdo. Llevaba tres horas sin mover esa mano de la palanca del
hiperreactor. Tenía el brazo entumecido desde el codo hasta la punta de los
dedos.
Del techo
colgaban anillas para ejercicios isométricos. Luis se colgó de ellas. Se le
desagarrotaron los músculos, pero seguía sintiéndose fatigado.
¿Y si
despertara a Teela? No le vendría mal poder charlar un poco con ella. Una idea estupenda.
La próxima vez que vaya de vacaciones me llevaré a una mujer en estasis. Así
podré tener lo mejor de ambos mundos. Pero por su aspecto diríase que acababa
de ser desenterrado de una tumba, y así se sentía también. No estaba en
condiciones de recibir a nadie. En fin.
No debía haber
permitido que ella se embarcara en el «Tiro Largo».
¡No era bueno
para él! Le había gustado tener a Teela a su lado, esos dos días. Había sido
como una repetición de la aventura de Luis Wu y Paula Cherenkov, en una nueva
versión con final feliz. Tal vez incluso mejor.
Sin embargo,
Teela era una chica superficial. Y no era sólo una cuestión de edad. Luis tenía
amigos de todas las edades y algunos de los más jóvenes eran realmente
profundos. Desde luego, esos eran los que más sufrían. Como si el dolor formara
parte del proceso de aprendizaje. Un hecho que probablemente correspondía a la
realidad.
No, a Teela le
faltaba la capacidad de sentir el dolor de los demás...
Pero sabía
captar perfectamente el placer del otro, y era capaz de responder al placer, y
de crear placer. Era una amante maravillosa: de una belleza casi dolorosa,
apenas iniciada en el arte, sensual como un gato, y sorprendentemente
desinhibida.
Nada de lo cual
podía serle de ninguna utilidad en su capacidad de exploradora.
Teela había
tenido una vida feliz y monótona. Se había enamorado dos veces y en ambas
ocasiones había sido la primera en cansarse del asunto. Jamás se había
encontrado en una situación de grave tensión, nunca había sufrido de verdad.
Llegado el momento de enfrentarse con su primera auténtica situación de
emergencia, lo más probable era que Teela fuese presa del pánico.
«Pero yo sólo
la quería como amante - se dijo Luis para sus adentros -. ¡Maldito Nessus! ¡Si
Teela hubiera vivido alguna vez una situación de stress, Nessus la habría
rechazado por su mala suerte!»
Había sido un
error traerla. Era una responsabilidad. Tendría que dedicar demasiado tiempo a
protegerla cuando debiera estar ocupándose de sí mismo.
¿Qué
situaciones difíciles podían esperarles? Los titerotes eran sagaces hombres de
negocios. Nunca pagaban más de lo preciso. El «Tiro Largo» representaba unos
honorarios absolutamente fuera de lo corriente. Luis tenía la estremecedora
sospecha de que se lo ganarían a pulso.
«Bueno, basta por
hoy», se dijo. Metióse otra vez en la cápsula y estuvo durmiendo una hora bajo
los auriculares somníferos. Se despertó, enderezó el rumbo de la nave y volvió
a caer en la Zona Tenebrosa.
Volvió a salir
a cinco horas y media de Sol.
Las coordenadas
que le había dado el titerote definían una pequeña porción rectangular del
cielo vista desde Sol, acompañada de una distancia radial en ese sentido. A esa
distancia, las coordenadas definían un cubo de medio año luz de arista. Si sus
instrumentos no le engañaban, Luis Wu y el «Tiro Largo» también se encontraban
ahora dentro de ese volumen.
Habían dejado
ya muy atrás la pequeña burbuja de estrellas, de unos setenta años luz de
diámetro, que constituía el espacio conocido.
De nada le
serviría intentar localizar la flotilla. Luis no sabía qué debía buscar. Fue a
despertar a Nessus.
Nessus se colgó
a una anilla gimnástica con los dientes y miró por encima del hombro de Luis.
- Tengo que
localizar ciertas estrellas como puntos de referencia. Centra esa gigante verde
y blanca y proyéctamela en la pantalla ampliadora...
Casi no podían
moverse en la cabina del piloto. Luis intentaba proteger el panel de
instrumentos de los desmañados gestos de los tres cascos del titerote.
-
Espectroanálisis... sí. Ahora la doble estrella azul y amarilla situada en las
dos...
- Ya me he
situado. Gira a 348,72.
- ¿Qué buscamos
exactamente, Nessus? ¿Una masa de llamas de fusión? No, la flotilla usa
reactores corrientes.
- Necesitamos
el amplificador. La reconocerás en cuanto la veas.
La pantalla
amplificadora estaba llena de pequeñas estrellas anónimas. Luis fue aumentando
el grado de amplificación hasta que...
- Cinco puntos
distribuidos en un pentágono regular. ¿Es eso?
- Ese es
nuestro punto de destino.
- Estupendo.
Déjame comprobar la distancia... ¡Nej! Hay un error, Nessus. Están demasiado
lejos.
No recibió
respuesta.
- En cualquier
caso, no pueden ser naves, aunque el calculador de distancias no funcione. La
flota de los titerotes debe avanzar un poco por debajo de la velocidad de la luz.
Tendríamos que distinguir el movimiento.
Cinco estrellas
apagadas en un pentágono regular. Estaban a un quinto de año luz de distancia y
resultaban completamente invisibles a simple vista. Para poderlas distinguir
con ese grado de ampliación, debían tener las dimensiones de un verdadero
planeta. En la pantalla, una se veía un poco menos azul, ligeramente más pálida
que las otras.
Una roseta de
Kemplerer. Qué cosa más rara.
Se cogen tres o
más masas iguales. Se sitúan en los vértices de un polígono equilátero y se les
dan velocidades angulares iguales respecto a su centro de masa.
En esas
condiciones la figura se halla en equilibrio estable. Las masas pueden
describir órbitas circulares o elípticas. Una masa adicional puede ocupar el
centro de masa de la figura, aunque éste también puede estar vacío. Es un
detalle irrelevante. La figura es estable, como un par de puntos troyanos.
El problema
está en que no es difícil que una masa pase a formar un punto troyano.
(Recuérdese el caso de los asteroides troyanos en la órbita de Júpiter.) Sin
embargo, es muy improbable que cinco masas lleguen a constituir una roseta de
Kemplerer por azar.
- Es increíble
- murmuró Luis -. Singular. Nadie ha visto jamás una roseta de Kemplerer... -
La dejó perderse de vista.
¿De dónde
obtendrían su luz esos objetos entre las estrellas?
- Oh, no, ni lo
sueñes - dijo Luis Wu -. Jamás conseguirás convencerme. ¿Crees que soy un
imbécil?
- Qué es lo que
no quieres creer.
- ¡Nej! ¡No te
hagas el inocente!
- Como quieras.
Hacia allí nos dirigimos, Luis. Si nos sitúas dentro de su radio de acción,
enviarán una nave a nuestro encuentro.
La nave tenía
un fuselaje #3, un cilindro redondeado en los extremos y con el vientre
aplastado, pintado de un color rosa chillón y sin ventanas. No había aberturas
para los motores.
Debían de ser
motores sin reacción, parecidos a los humanos, tal vez algo más avanzados.
Luis siguió las
instrucciones de Nessus y dejó que la otra nave se encargara de efectuar las
maniobras necesarias. Con sus motores de fusión, el «Tiro Largo» hubiera
necesitado meses para adecuar su velocidad a la de la «flotilla» de los
titerotes. La nave titerote lo consiguió en menos de una hora. Se materializó
junto al «Tiro Largo» y, de inmediato, su tubo de acceso, cual serpiente de vidrio,
intentó establecer contacto con la compuerta del «Tiro Largo».
Tendrían
problemas para desembarcar. No había espacio suficiente para que toda la
tripulación pudiera salir del estasis al mismo tiempo. Y, un detalle más
importante, Interlocutor tendría una última oportunidad de apoderarse de la
nave.
- ¿Crees que tu
tasp le mantendrá a raya, Nessus?
- No. En mi
opinión, hará una última tentativa de robar la nave. Lo mejor será que...
Desconectaron
el panel de mandos de los motores de fusión del «Tiro Largo». Con un poco de
tiempo y la intuición mecánica innata en todos los constructores de
herramientas, el kzin podría arreglar cualquier cosa. Pero no tendría tiempo...
Luis observó al
titerote que comenzaba a avanzar por el tubo. Nessus llevaba el traje de
presión de Interlocutor. Había cerrado los ojos con fuerza: una lástima, pues
la vista era magnífica.
- Caída libre -
dijo Teela cuando Luis le abrió la cápsula de supervivencia -. No me siento
bien. Será mejor que me ayudes, Luis. ¿Qué ha ocurrido? ¿Ya hemos llegado?
Luis le contó
algunos detalles mientras la conducía hasta la compuerta. Ella le escuchaba,
pero Luis advirtió que toda su atención estaba concentrada en la boca de su
estómago. Se la veía sumamente incómoda.
- En la otra
nave habrá gravedad - le dijo.
Sus ojos
descubrieron la diminuta roseta en cuanto Luis se la señaló. Ya era posible
apreciarla a simple vista: un pentágono de cinco estrellas blancas. Ella se
volvió y le interrogó con una mirada de asombro. El movimiento le hizo rodar
los canales semicirculares y Luis pudo ver cómo se le demudaba la cara antes de
cruzar la compuerta. Luis la siguió con la mirada mientras desaparecía contra
el fondo de estrellas desconocidas.
Luis abrió la
tapa de la cápsula y dijo:
- Nada de
gestos bruscos, estoy armado.
El rostro
anaranjado del kzin no cambió de expresión:
- ¿Hemos
llegado?
- Sí. He
desconectado el motor de fusión. Es imposible que consigas volver a conectarlo
a tiempo. Nos están apuntando con dos grandes lasers de rubí.
- ¿Y si huyera
con el hiperreactor? No, imposible. Debemos estar en una singularidad.
- Te aguarda
una sorpresa. Estamos en cinco singularidades.
- ¿Cinco? ¿En
serio? Pero lo de los lasers no era cierto, Luis. ¿No te da vergüenza mentirme
así?
En cualquier
caso, el kzin salió de la cápsula sin armar demasiado alboroto. Luis le seguía
con la espada variable en ristre. Al llegar a la compuerta, el kzin se detuvo
sobrecogido ante el espectáculo del pentágono de estrellas que iba aumentando
de tamaño a ojos vista.
El «Tiro Largo»
se acercaba a hipervelocidad y se había detenido media hora luz más adelante de
la «flotilla» de los titerotes: poco menos de la distancia media entre Júpiter
y la Tierra. Pero la «flotilla» avanzaba a enorme velocidad, apenas inferior a
la de su propia luz, de modo que la luz que llegaba al «Tiro Largo» procedía de
mucho más lejos. Cuando el «Tiro Largo» se detuvo, la roseta era demasiado
pequeña para poder distinguirla a simple vista. Apenas se veía cuando Teela
cruzó la compuerta. En esos momentos había alcanzado un tamaño impresionante e
iba creciendo con enorme rapidez.
Los cinco
puntos azul pálido distribuidos en un pentágono se iban expandiendo por el
cielo, cada vez más grandes, y más separados...
Durante un
fugaz instante el «Tiro Largo» apareció rodeado de cinco mundos. Luego
desaparecieron, y su luz cada vez menos intensa fue enrojeciendo hasta hacerse
invisible. Y la espada variable estaba en manos de Interlocutor-de-Animales.
- ¡Por todos
los diablos! - explotó Luis -. ¿No sientes curiosidad por nada?
El kzin
reflexionó un momento:
- Siento
curiosidad, pero mi orgullo es más fuerte. - Pulsó el botón y, cuando el
alambre retráctil estuvo metido en el mango, le devolvió la espada variable a
Luis -. Una amenaza es tanto como un desafío. ¿Vamos?
La nave
titerote era un robot. Una vez cruzadas la compuerta, todo el sistema de
supervivencia era una gran habitación. Había cuatro cápsulas, de formas tan
diversas como los seres que debían ocuparlas, formando un círculo en torno a un
mueble-bar.
La nave no tenía
ventanas.
Luis comprobó
con gran alivio que había gravedad. Aunque no exactamente igual a la gravedad
de la Tierra; el aire tampoco era exactamente el mismo de la Tierra. La presión
resultaba un poquitín demasiado alta. El ambiente estaba lleno de olores,
extraños aunque no desagradables. Luis olía a ozono, hidrocarbonos, titerotes
-docenas de titerotes- y otros olores que no logró identificar.
No había
ángulos. La pared curva formaba una sola superficie con el suelo y el techo;
tanto las cápsulas-diván como el mueble-bar parecían modificables. En el mundo
de los titerotes no había objetos duros ni cortantes, nada que pudiera hacer
salir sangre o causar un hematoma.
Nessus se
tendió descoyuntado sobre su cápsula-diván. Se le veía ridículamente cómodo.
- No me ha
querido decir nada - se burló Teela.
- Claro que no
- dijo el titerote -. De todos modos hubiera tenido que repetirlo cuando
llegasen los demás. Sin duda os habréis estado preguntando...
- Mundos
volantes - le interrumpió el kzin.
- Y rosetas de
Kemplerer - dijo Luis.
Un zumbido casi
imperceptible le indicó que la nave comenzaba a moverse. Acomodó su equipaje e
Interlocutor hizo otro tanto, luego se tendieron frente a los otros dos en sus
respectivas cápsulas. Teela le tendió una bebida roja con sabor a frutas en una
ampolla comprimible.
- ¿Falta mucho?
- le preguntó al titerote.
- Aterrizaremos
dentro de una hora. Entonces recibiréis instrucciones sobre nuestro destino
definitivo.
- Creo que
tendremos tiempo. Bien, cuéntanos. ¿Por qué mundos volantes? No sabría
explicarlo exactamente, pero por algún motivo me parece más bien arriesgado
esto de ir lanzando mundos habitables con tal despreocupación.
- ¡Oh, te
equivocas, Luis! - El titerote hablaba completamente en serio -. El riesgo es
mucho menor que en esta nave, por ejemplo; y esta nave es muy segura comparada
con la mayoría de las naves de diseño humano. Tenemos mucha práctica en lo que
a trasladar mundos se refiere.
- ¡Práctica!
¿Cómo se os ocurrió la idea?
- Para
explicarlo tendré que hablar primero del calor y del control de la natalidad.
¿No os molesta?
Con un ademán,
respondieron que no. Luis tuvo la delicadeza de no reír; Teela soltó una
carcajada.
- En primer
lugar debéis saber que a los titerotes nos resulta sumamente difícil controlar
nuestra población. Sólo existen dos formas para evitar la procreación. Una de
ellas requiere una grave intervención quirúrgica. La otra es la abstinencia
total de todo contacto sexual.
Teela quedó
pasmada:
- ¡Qué horror!
- Es un
inconveniente. Fijaos bien, la operación no constituye una alternativa a la
abstinencia, sino que tiene por objeto asegurar la abstinencia. Actualmente se
ha conseguido que la operación sea reversible, algo imposible en el pasado. Muy
pocos de mi especie están dispuestos a someterse voluntariamente a esa
intervención.
Luis silbó:
- No me
extraña. ¿Conque el control de vuestra población depende de la fuerza de
voluntad?
- Sí. La
abstinencia determina desagradables efectos secundarios, como ocurre en la
mayoría de las especies. Desde tiempos muy remotos, ello se ha traducido en un
exceso de población. Hace medio millón de años éramos medio trillón en cifras
humanas. En cifras kzinti...
- Las
matemáticas son mi fuerte - le interrumpió el kzin -. Pero estos problemas no
parecen guardar relación alguna con lo inusitado de vuestra flota. - No se
quejaba, era sólo un comentario. Interlocutor había cogido del mueble-bar una
garrafa con dos asas de diseño kzinti, con más de dos litros de capacidad.
- Pues tienen
mucho que ver, Interlocutor. Medio trillón de seres civilizados producían mucho
calor como subproducto de su civilización.
- ¿Ya estabais
civilizados hace tanto tiempo?
-
Evidentemente. Ninguna cultura bárbara hubiera podido mantener una población
tan numerosa. Hacía tiempo que se nos había agotado la tierra cultivable y
habíamos tenido que terraformar dos mundos de nuestro sistema para dedicarlos a
la agricultura. Para ello tuvimos que aproximarlos más al Sol. ¿Comprendes?
- Vuestra
primera experiencia en el desplazamiento de mundos. Emplearíais naves robot,
claro.
-
Evidentemente... A partir de entonces la alimentación dejó de ser problema.
Tampoco teníamos problemas de espacio. Ya entonces construíamos altos edificios
y nos gusta vivir en compañía.
- Instinto
gregario, lo juraría. ¿Por eso esta nave huele como una manada de titerotes?
- Sí, Luis. Nos
reconforta oler la presencia de nuestros semejantes. Nuestro único problema, en
aquella época, consistía en el calor.
- ¿El calor?
- El calor es
uno de los productos de desecho de la civilización.
- No comprendo
- dijo Interlocutor-de-Animales.
Luis, quien
como terrícola comprendía perfectamente, se abstuvo de todo comentario. (La
Tierra estaba mucho más poblada que Kzin.)
- Por ejemplo:
por la noche te gusta tener luz, ¿verdad, Interlocutor? Si no dispones de una
fuente de luz artificial no tienes más remedio que dormir, aunque prefieras
hacer otras cosas.
- Elemental.
- Supón que
cuentas con una fuente de luz perfecta que sólo emite radiaciones en el
espectro visible para los kzinti. Aun así, toda la luz que no salga por las
ventanas será absorbida por paredes y muebles. Se convertirá en calor difuso.
Otro ejemplo: la Tierra no produce suficiente agua dulce natural para sus
dieciocho mil millones. Es preciso destilar agua salada por fusión. Ello genera
calor. Y debes tener en cuenta que nuestro mundo, mucho más poblado, perecería
si no funcionasen las plantas destiladoras. Un tercer ejemplo: el transporte
que supone cambios de velocidad genera siempre calor. Las naves espaciales
cargadas de cereales procedentes de los mundos agrícolas producían calor al
regresar a nuestra atmósfera y lo distribuían por toda su superficie. Al
despegar despedían aún más calor.
- Sin embargo,
existen sistemas de refrigeración...
- La mayor
parte de los sistemas de refrigeración no hacen más que extraer calor de una
parte y verterlo en otra, y además también producen calor con su consumo de
energía.
- Creo que
empiezo a comprender. A medida que aumenta el número de titerotes, también
aumenta el calor generado.
- ¿Comprendes
entonces por qué el calor de nuestra civilización comenzaba a hacer inhabitable
nuestro mundo?
«Polución -
pensó Luis Wu -. Motores de combustión interna. Bombas de fisión y cohetes de
fusión en la atmósfera. Desechos industriales en los lagos y los océanos.
Bastantes veces hemos estado a punto de morir ahogados en nuestros propios
productos de desecho. De no existir el Comité de Fertilidad, tal vez la Tierra,
se estaría sofocando en su propio calor de desecho.»
- Increíble -
comentó Interlocutor-de-Animales -. ¿Por qué no emigrasteis?
- ¿Quién
arriesgaría su vida en las múltiples muertes del espacio? Sólo un ser como yo.
¿Cómo colonizar nuevos mundos con los dementes de nuestra especie?
- Podíais haber
enviado cargamentos de huevos fertilizados congelados y tripular las naves con
navegantes locos.
- No me gusta
hablar de sexo. Nuestra biología no está adaptada para estos métodos, aunque
sin duda podíamos haber desarrollado algo parecido... pero, ¿para qué? Ello no
habría reducido nuestra población, ¡y nuestro mundo seguiría sofocándose en su
propio calor de desecho!
Sin que viniera
al caso, Teela dijo:
- Me gustaría
poder mirar al exterior. El titerote la contempló admirado:
- ¿En serio?
¿No sientes vértigo?
- ¿En una nave
titerote?
- En fin, el
peligro no aumentará porque miremos. Concedido.
Nessus
pronunció unas musicales palabras en su propia lengua y la nave se esfumó.
Podían verse
entre sí y a sí mismos; podían ver las cuatro cápsulas flotando en el vacío,
con el mueble-bar en el centro. Fuera de eso, sólo la negrura del espacio.
Cinco mundos relucían empero con blanco resplandor tras los cabellos negros de
Teela. Eran todos del mismo tamaño: tal vez dos veces el diámetro angular de la
Luna llena vista desde la Tierra. Formaban un pentagrama. Cuatro de los mundos
estaban rodeados de cadenas de diminutas y brillantes luces: soles orbitales
que producían una luz solar artificial blanco-amarillenta. Los cuatro brillaban
por un igual y tenían el mismo aspecto: borrosas esferas azules en las que
resultaba imposible distinguir los contornos continentales a tanta distancia.
Pero el quinto...
El quinto mundo
no tenía luces orbitales. Brillaba con luz propia, a través de manchas en forma
de continentes y con los colores de la luz solar. Entre las manchas se extendía
una superficie de una negrura comparable a la del espacio circundante; y la
negrura, también, estaba jaspeada de estrellas. El negro del espacio parecía
invadir las zonas situadas entre los continentes de luz solar.
- Nunca había
visto nada tan hermoso - dijo Teela con voz emocionada. Y Luis se sintió
inclinado a darle la razón.
- Increíble -
dijo Interlocutor-de-Animales -. Casi no puedo creerlo. Emigrasteis con
vuestros mundos.
- Los titerotes
no confían en las naves espaciales - dijo Luis en tono ausente.
Le producía un
escalofrío pensar que podría haberse perdido ese espectáculo; que el titerote
podría haber escogido a otro en su lugar. Tal vez hubiera muerto sin ver la
roseta de los titerotes...
- ¿Cómo?
- Ya os he
explicado que nuestra civilización se estaba sofocando en su propio calor de
desecho - dijo Nessus -. La conversión total de la energía nos había permitido
deshacernos de todos los demás subproductos de la civilización a excepción de
éste. No teníamos más remedio que apartar nuestro mundo de su estrella
primaria.
- ¿No era
peligroso?
- Muchísimo.
Ese año hubo muchos casos de demencia. Sin embargo, habíamos comprado un motor
no atómico y sin inercia a los Forasteros. Ya podéis imaginaros el precio. Aún
estamos pagando los plazos. Habíamos desplazado dos mundos agrícolas; habíamos
hecho experimentos con otros mundos, inservibles, de nuestro sistema, siempre
con el motor de los Forasteros. Sea como fuere, lo hicimos. Trasladamos nuestro
mundo. Al cabo de algunos milenios, ya éramos un trillón. La escasez de luz
solar natural nos había obligado a iluminar nuestras calles incluso de día, lo
cual constituía una nueva fuente de calor. Nuestro sol comenzaba a presentar
una conducta anómala. En resumen, descubrimos que nuestro sol representaba un riesgo
en vez de una ventaja. Trasladamos nuestro mundo a un décimo de año luz de
distancia y conservamos la primaria sólo como ancla. Necesitábamos los mundos
agrícolas y hubiera sido arriesgado dejar flotar nuestro mundo a la deriva por
el espacio. De no ser por ello, no hubiéramos necesitado el sol para nada.
- Y ésa es la
razón de que nadie consiguiera descubrir nunca el mundo de los titerotes - dijo
Luis Wu.
- En parte.
- Exploramos
todos los soles enanos amarillos del espacio conocido y varios situados fuera
de él. Un momento, Nessus. Alguien hubiera tenido que descubrir los planetas
agrícolas. En una roseta de Kemplerer.
- Luis, no
debían de haber explorado esos soles, sino otros.
- ¿Cómo? Es
evidente que procedéis de un enana amarilla.
- Nuestra evolución
tuvo lugar en una estrella enana amarilla, parecida a Procyon. Como sabrás,
dentro de medio millón de años Procyon se dilatará y entrará en una fase de
gigante rojo.
- ¡Por Finagle!
¿Vuestro sol se convirtió en un gigante rojo?
- Sí. Poco
después de concluir el traslado de nuestro mundo, nuestro sol inició un proceso
de expansión. Tus antepasados todavía se dedicaban a romper cabezas con fémures
de antílope. Cuando comenzasteis a interesaras por nuestro mundo, os lanzasteis
a explorar órbitas que no correspondían en soles que tampoco correspondían.
Habíamos incorporado mundos adecuados procedentes de sistemas vecinos, hasta
disponer de cuatro mundos agrícolas que organizamos en una roseta de Kemplerer.
Cuando el sol comenzó a expandirse, fue preciso trasladarlos todos al mismo
tiempo y proporcionarles fuentes de ultravioleta para compensar las radiaciones
rojas. No es de extrañar que cuando llegó el momento de abandonar la galaxia,
hace doscientos años, estuviéramos bien preparados. Ya teníamos práctica en el
traslado de mundos.
Hacía un rato
que la roseta de los mundos había comenzado a ensancharse. El mundo de los
titerotes comenzó a brillar bajo sus pies, cada vez más grande, hasta
absorberlos. Las estrellas dispersas por los negros mares habían crecido hasta
convertirse en millares de pequeñas islas. Los continentes ardían como materia
solar incandescente.
Una vez, hacía
de eso muchos años, Luis se había asomado sobre el vacío desde lo alto del
monte Lookitthat. El río de la Gran Catarata, de ese mundo, acaba en la
catarata más alta del espacio conocido. Luis lo había seguido hasta donde le
fue posible penetrar el nebuloso vacío con la mirada. El blanco indescriptible
del propio vacío se le había quedado grabado para siempre y Luis, medio
hipnotizado, había jurado vivir eternamente. Era la única manera de conseguir
verlo todo.
Mientras el
mundo de los titerotes iba configurándose a su alrededor, se reafirmó en esa
decisión.
- Estoy pasmado
- dijo Interlocutor-de-Animales. Su pelada cola sonrosado se agitaba
frenéticamente; pero su rostro velludo y su voz de trueno no denotaban la menor
emoción -. Os hemos despreciado por vuestra cobardía, Nessus, pero el desdén
nos cegaba. En verdad, sois peligrosos. De habernos temido un poco más,
hubierais aniquilado nuestra estirpe. Vuestro poder es terrible. No hubiéramos
podido haceros frente.
- Un kzin
atemorizado ante un hervíboro: imposible.
Nessus lo dijo
sin segunda intención; pero Interlocutor reaccionó violentamente.
- Cualquier ser
racional temería tamaño poder.
- Lo que dices
me preocupa. El miedo y el odio suelen ir unidos. Lo lógico sería que un kzin
atacase lo que le inspira temor.
La cosa se
estaba poniendo fea. Habían dejado el «Tiro Largo» a millones de kilómetros de
distancia y el espacio conocido estaba a centenares de años luz de allí; en
esas circunstancias, estaban a merced de los titerotes. Si éstos creían tener
motivos para temerles...
Había que
cambiar de tema en seguida. Luis abrió la boca:
- Hey - dijo
entonces Teela -. Hace rato que habláis de rosetas de Kemplerer. ¿Qué es una
roseta de Kemplerer?
Y los dos
extraterrestres comenzaron a explicárselo afanosamente, mientras Luis se
preguntaba cómo había podido tomarla por tonta.
6. Una cinta
brillante
- He salido
bien burlado - dijo Luis Wu -. Ahora ya sé dónde encontrar el mundo de los
titerotes. Gracias, Nessus. Has cumplido tu promesa.
- Ya te advertí
que la información sería sorprendente, pero de escasa utilidad.
- Vaya broma -
comentó el kzin -. Tu sentido del humor me sorprende, Nessus.
A sus pies se
veía una diminuta isla en forma de anguila, rodeada por un negro mar. La isla
se fue perfilando como una salamandra de fuego, y Luis creyó distinguir unos
elevados edificios de esbelta estructura. Sin duda no permitían el acceso de
extranjeros al continente.
- Nosotros no
bromeamos - aclaró Nessus -. Mi especie no posee sentido del humor.
- Es curioso.
Siempre había creído que el humor era una muestra de inteligencia.
- No. El humor
va asociado a un mecanismo de defensa interrumpido.
- Aun así...
- Interlocutor,
ningún ser racional interrumpe jamás un mecanismo de defensa.
A medida que la
nave iba aproximándose comenzaron a diferenciarse unas luces de otras: paneles
solares a la altura de las calles, ventanas en los edificios, fuentes de luz en
las zonas de esparcimiento. Por un instante, Luis distinguió unos edificios
sumamente esbeltos y de varios kilómetros de altura. Luego fueron absorbidos
por la ciudad y, por fin, aterrizaron.
Estaban en
medio de un parque de multicolores plantas desconocidas.
Nadie se movió.
Los titerotes eran unos de los seres racionales de aspecto más inofensivo del
espacio conocido. Su gran timidez, su pequeño tamaño, su extraño aspecto,
determinaban que nadie les considerase peligrosos. Simplemente resultaban
graciosos.
Pero, de
pronto, Nessus se encontraba entre los de su especie; y su especie era más
poderosa de lo que imaginaban los hombres. El titerote loco permaneció sentado
y movió las cabezas en todos los sentidos, observando a los seres inferiores
que había escogido. Nessus no resultaba nada gracioso. Su raza trasladaba
mundos, de cinco en cinco.
La risita de
Teela quedaba completamente fuera de lugar.
- Estaba
pensando - explicó -. La única manera de no tener demasiados titerotitos es
abstenerse de todo contacto sexual. ¿Verdad, Nessus?
- Sí.
Teela volvió a
reír:
- No me extraña
que los titerotes no tengan sentido del humor.
Guiados por una
luz azul flotante, atravesaron un parque demasiado regular, demasiado
simétrico, demasiado bien cuidado.
El aire estaba impregnado
del picante olor químico a titerotes. Ese olor estaba por doquier. Resultaba
excesivo y artificial en el habitáculo unicelular de la nave transbordadora. No
había disminuido cuando se abrió la cámara de aire. Un trillón de titerotes
habían impregnado el aire de ese mundo y el olor a titerote se mantendría por
toda la eternidad.
Nessus bailaba;
sus pequeños cascos con uñas casi parecían no tocar la flexible superficie del
sendero. El kzin se deslizaba, como un gato, balanceando rítmicamente la cola
sonrosada. Los pasos del titerote componían una música de baile en compás de
tres-cuatro. El kzin no producía el menor rumor al andar.
Teela avanzaba
con paso casi igualmente silencioso. Su andar parecía desmañado; pero no lo
era. No tropezó ni una vez, no topó con nada. Luis cerraba la comitiva, el
menos grácil del grupo.
Y no había
razón alguna para que Luis Wu se moviera con gracia. Era sólo un primate
transformado, que pese a su evolución nunca se había adaptado por completo a
caminar sobre el suelo. Durante millones de años, sus antepasados habían
caminado a cuatro patas cuando era necesario y habían viajado por los árboles
siempre que era posible.
El pleistoceno
puso fin a esa costumbre con sus millones de años de sequía. Los bosques
desaparecieron dejando a los antepasados de Luis Wu sedientos y hambrientos.
Desesperados, empezaron a comer carne. Las cosas cambiaron un poco cuando
descubrieron el secreto del fémur del antílope, cuya articulación dejó señales
en tantos cráneos fósiles.
Ahora, con sus pies
aún dotados de un vestigio de dedos, Luis Wu y Teela Brown paseaban en compañía
de dos seres extraños.
¿Extraños?
Todos eran extraños allí, incluso el loco y exiliado Nessus, con su desordenada
crin y sus inquietas cabezas inquisidoras. Interlocutor también se sentía
incómodo. Sus ojos, rodeados de negros círculos, escudriñaban la vegetación
desconocida en busca de seres con aguijones envenenados o afilados dientes.
Instinto, sin duda. Los titerotes nunca permitirían el acceso de fieras
peligrosas a sus parques.
Llegaron a una
cúpula que refulgía como una inmensa perla semienterrada. Allí la luz ambulante
se dividió en dos.
- Debo
separarme de vosotros - explicó Nessus. Y Luis advirtió que el titerote estaba
aterrorizado.
- Debo
presentarme ante los-que-dirigen. - Hablaba en voz baja y apremiante -.
Interlocutor, antes de irme, dime una cosa. ¿Si no regreso, me buscarás para
matarme por el insulto que proferí en el restaurante Krushenko?
- ¿Es posible
que no regreses?
- Es posible.
Tal vez lo que tengo que decirles no sea del agrado de los-que-dirigen. Y ahora
repito la pregunta, ¿me perseguirás?
- ¿Aquí, en un
mundo extraño, entre seres tan poderosos y tan poco inclinados a creer en las
pacíficas intenciones de un kzin? - El kzin meneó tajantemente la cola, una
sola vez -. No. pero tampoco seguiría adelante con la expedición.
- Con ello me
basta.
Nessus salió al
trote tras la luz indicadora; temblaba visiblemente.
- ¿Qué puede
temer? - se lamentó Teela -. Lo ha cumplido todo tal como le ordenaron. ¿Cómo pueden
enfadarse con él?
- Creo que
trama algo - dijo Luis -. Algo tortuoso. ¿Pero, qué?
La luz azul
siguió avanzando. La siguieron al interior de una semiesfera iridiscente.
La cúpula
desapareció. Desde un triángulo de cápsulas-diván, dos humanos y un kzin
contemplaban una domesticada selva de plantas desconocidas, a las cuales se
aproximaba un extraño titerote. O bien la cúpula misma era invisible desde
dentro, o la escena del parque era una proyección. El ambiente olía a multitud
de titerotes.
El extraño
titerote se abrió paso entre la última fila de brotes escarlata. (Luis recordó
que por un tiempo había considerado a Nessus un «animal». ¿Cuándo le había
ascendido a la categoría de «persona»? Sin embargo, a Interlocutor, un
extraterrestre conocido, le había tratado como «persona» desde el principio.)
El titerote se detuvo, justo al borde del supuesto límite de la cúpula perlada.
Tenía la crin plateada, a diferencia de Nessus que la tenía de color castaño, y
la llevaba cuidadosamente peinada en unos complicados bucles; pero hablaba con
la misma voz de contralto que Nessus.
- Debo
presentaras mis excusas por no haber acudido a recibimos. Podéis llamarme
Chiron.
Luego, era una
proyección. Luis y Teela saludaron educadamente. Interlocutor-de-Animales
mostró los dientes.
- Aquel al que
llamáis Nessus sabe todo lo que ahora voy a contaros. Ha tenido que acudir a
otro lugar. Sin embargo, ha mencionado vuestras reacciones al conocer nuestras
técnicas de ingeniería. - Luis se estremeció. El titerote continuó -: Puede ser
una circunstancia afortunada, os ayudará a comprender nuestras propias
reacciones ante una obra de ingeniería aún más ambiciosa.
La mitad de la
cúpula quedó a oscuras.
Por desgracia,
era el lado opuesto al que aparecía la imagen proyectada del titerote. Luis
encontró un botón que le permitió hacer girar su diván; pero de inmediato
advirtió que hubiera necesitado dos cabezas giratorias con ojos independientes
para contemplar ambos lados de la cúpula a la vez. En el lado oscuro se veía un
fragmento de espacio sembrado de estrellas que servía de telón de fondo a un
pequeño disco reluciente.
Un disco con un
anillo. La escena era una ampliación del grabado instantáneo que Luis Wu tenía
en el bolsillo.
La fuente de
luz era pequeña y de un blanco reluciente, muy parecida a la imagen de Sol
vista desde los alrededores de Júpiter. El anillo era de gran diámetro y lo
suficientemente ancho para abarcar la mitad del lado en sombras de la cúpula;
pero era delgado, poco más grueso que la fuente de luz de su eje. El lado más
próximo era negro y tenía agudos rebordes en el punto de contacto con la luz.
El lado más alejado era una cinta azul celeste suspendida en el espacio.
Aunque
comenzaba a acostumbrarse a los milagros, Luis no tenía aún la flema de soltar
estúpidas especulaciones. Conque se limitó a decir:
- Parece una
estrella rodeada de un anillo. ¿Qué es?
La respuesta de
Chiron no fue muy espectacular:
- Es una
estrella rodeada de un anillo. Un anillo de materia sólida. Un artefacto.
Teela Brown
aplaudió y soltó una risita. Al cabo de unos instantes logró reprimir la risita
y adoptar un magnífico aire de circunstancias; pero sus ojos seguían echando
chispas. Luis lo comprendía perfectamente. El sol con su anillo se había
convertido en su juguete particular: algo nuevo en un universo mundano.
El kzin agitaba
nervioso la cola. Chiron continuó:
- Ya sabéis que
comenzarnos a viajar hacia el norte en dirección al eje galáctico hace
doscientos cuatro años terrestres. En años kzin son...
- Doscientos
diecisiete.
- Correcto.
Como es lógico, todos estos años hemos estado observando el espacio que se
extendía ante nosotros, en busca de señales de peligro o de algo inesperado. Ya
sabíamos que la estrella EC-1752 estaba rodeada de una banda de materia oscura
anormalmente densa y estrecha. Suponíamos que sería un anillo de polvo y de
rocas. Pero su regularidad resultaba sorprendente. Hace unos noventa años
nuestra flotilla de mundos alcanzó una posición desde la cual el anillo tapaba
la estrella en sí. Pudimos ver que el anillo tenía bordes afilados. Posteriores
investigaciones revelaron que no era un anillo gaseoso ni de polvo, ni siquiera
de rocas asteroidales, sino una banda sólida muy resistente. Como es lógico,
sentimos pánico.
Interlocutor-de-Animales
preguntó:
- ¿Cómo lograsteis
calcular su tensión?
- El
espectroanálisis y las variaciones de frecuencia nos permitieron deducir una
diferencia en las velocidades relativas. No cabe duda de que el anillo gira en
torno a su primaria a una velocidad de mil doscientos kilómetros por segundo,
suficiente para compensar la atracción de la fuerza de gravedad de la primaria
y para prestarle una aceleración centrípeta adicional de 9,94 metros por
segundo. ¡Imaginad la tensión que se requerirá para impedir que la estructura
se desintegre bajo semejante aceleración!
- Una tensión
igual a la fuerza de gravedad - dijo Luis.
- Eso parece.
- Una gravedad
ligeramente inferior a la de la Tierra. Alguien vive allí, en la superficie
interna.
- Vaya - dijo
Luis Wu, que sólo entonces había comenzado a comprender todo el alcance del
asunto, mientras un estremecimiento recorría su espina dorsal: había oído el
chasquido de la cola del kzin al cortar el aire.
El hombre ya
había tenido otros encuentros con seres superiores. Hasta entonces los hombres
habían tenido suerte.
Luis se levantó
bruscamente y se acercó a la pared de la cúpula. Fue inútil. El anillo y la
estrella fueron retrocediendo, y por fin se encontró frente a la lisa
superficie. Sin embargo, logró distinguir algo que no había advertido antes.
El anillo
estaba segmentado, Unas sombras rectangulares distribuidas de forma regular
surcaban la parte posterior, de color azul.
- ¿No tenéis
una instantánea mejor?
- Podemos
ampliar ésta - dijo la voz de contralto.
La estrella G2
se proyectó hacia delante, luego salió disparada hacia la derecha y Luis se
encontró contemplando la cara interior iluminada del anillo. La imagen era muy
borrosa y Luis sólo pudo imaginar que las zonas más blancas y brillantes debían
de ser nubes, que las regiones de un azul ligeramente más intenso debían de
corresponder a la tierra, mientras que las zonas azul claro debían de ser el
mar.
Las zonas
sombreadas se distinguían claramente. El anillo parecía dividido en
rectángulos: una larga franja de brillante azul cielo, seguida de una franja
más corta de intenso azul oscuro, tras la cual venía otra larga franja azul
claro. Puntos y rayas.
- Algo crea
esas sombras - dijo -. ¿Algo situado en órbita? - Exactamente. Veinte formas
rectangulares giran en órbita organizadas en una roseta de Kemplerer, mucho más
próxima a la primaria. No sabemos para qué sirven.
- Es natural.
Hace demasiado tiempo que vivís sin sol. Esos rectángulos en órbita deben
servir para separar el día de la noche. De lo contrario siempre sería mediodía
en el anillo.
- Ahora podéis
comprender por qué hemos solicitado vuestra ayuda. Vuestro punto de vista de
extranjeros puede sernos muy útil.
- ¿Cuánto mide
el anillo? ¿Lo habéis estudiado bien? ¿Habéis hecho sondeos?
- Hemos
estudiado el anillo lo mejor que hemos podido sin reducir nuestra velocidad ni
llamar la atención de ningún otro modo. Como es lógico, no hemos efectuado
sondeos. Sería preciso controlarlos a distancia por medio de hiperondas, lo
cual podría delatar nuestra presencia.
- No se puede
detectar el origen de una señal de hiperonda. Es teóricamente imposible.
- Tal vez los
que construyeron el anillo hayan desarrollado teorías distintas. No obstante
hemos estudiado el anillo con otros instrumentos. - Mientras Chiron seguía
hablando, la escena proyectada en la pantalla cambió a tonalidades negras y
blancas y grises. Los contornos comenzaron a moverse y a ondular -. Hemos
obtenido fotografías y holografías en todas las frecuencias electromagnéticas.
Si os interesa...
- No son muy
detalladas.
- No. Los
campos gravitatorios y el viento solar, así como las interferencias de polvo y
gases retractan demasiado la luz. Nuestros telescopios no pueden captar mayores
detalles.
- Luego no
habéis descubierto gran cosa.
- Yo diría que
hemos descubierto muchas cosas. Un detalle sorprendente. Todo parece indicar
que el anillo frena alrededor de un orden del cuarenta por ciento de los
neutrinos.
Teela se limitó
a mirarle desconcertada; pero Interlocutor emitió un gruñido de asombro y Luis
silbó por lo bajo.
Ello eliminaba
cualquier posible explicación.
La materia
normal, incluso la materia terriblemente comprimida del centro de una estrella,
no frenaba prácticamente ningún neutrino. Cualquier neutrino cogido al azar
tenía un 50 por 100 de probabilidades de atravesar una masa de acero de varios
años luz de espesor.
Los objetos
situados en un campo estático de diseño esclavista reflejaban todos los
neutrinos. Otro tanto ocurría con los fuselajes que fabricaba Productos
Generales.
Pero no existía
ninguna materia conocida que frenara un 40 por 100 de los neutrinos y dejara
penetrar el resto.
- Debe ser algo
nuevo - decidió Luis -. Chiron, ¿qué dimensiones tiene ese anillo? ¿Es muy
denso?
- La masa del
anillo en gramos es igual a dos veces diez elevado a la decimotercera potencia,
mide 0,95 veces diez elevado a la octava potencia kilómetros de radio y un poco
menos de diez elevado a la sexta potencia kilómetros de ancho.
A Luis le
costaba un poco pensar en términos de potencias abstractas de diez. Intentó
traducir los números en imágenes.
El anillo tenía
más de ciento cincuenta millones de kilómetros de radio (una longitud
aproximada de mil millones de kilómetros, según sus cálculos), pero menos de un
millón y medio de kilómetros de ancho. Su masa era ligeramente inferior a la
del planeta Júpiter...
- La masa
parece demasiado pequeña - comentó -. Algo tan grande debería pesar casi lo
mismo que un sol de gran tamaño.
El kzin
asintió:
- Resulta
curioso imaginar a billones de seres intentando vivir en un artefacto tan
delgado como el celuloide de las películas.
- Tu
imaginación te engaña - dijo el titerote de los rizos plateados -. Ten en
cuenta las dimensiones. Si el anillo fuese una cinta de metal de fuselaje, por
ejemplo, tendría unos quince metros de espesor.
¿Quince metros?
Costaba creerlo.
Sin embargo,
Teela se había quedado mirando el techo y comenzó a mover rápidamente los
labios sin emitir sonido alguno.
- Tiene razón -
dijo al fin -. Los cálculos son correctos. Pero, ¿para qué sirve? ¿Para qué
puede haber construido alguien una cosa así?
- Para disponer
de espacio.
- ¿Espacio?
- Espacio vital
- completó Luis -. Ahí está el quid del asunto. Más de dos mil trillones de
kilómetros cuadrados de superficie representa tres millones de veces la
superficie de la Tierra. Sería como contar con tres millones de mundos
dispuestos uno junto a otro y unidos por los bordes. Tres millones de mundos
accesibles con un aeromóvil. Ello permitiría resolver cualquier problema de
población.
- ¡Y deben de
haber tenido un problema enorme! Nadie se embarca en un proyecto de esa
envergadura sin tener un buen motivo.
- Una pregunta
- intervino el kzin -. Chiron, ¿habéis explorado las estrellas vecinas en busca
de otros anillos del mismo tipo?
- Sí, hemos...
- Y no habéis
encontrado ninguno. Ya lo suponía. Si la raza que construyó el anillo hubiera
podido desplazarse a velocidades hiperlumínicas, habrían colonizado otras
estrellas. No habrían tenido necesidad de construir él anillo. En consecuencia,
sólo existe un anillo.
- Así es.
- Ello me
tranquiliza. Al menos somos superiores a los constructores del anillo en un
aspecto.
De pronto, el
kzin se puso de pie de un salto:
- ¿Tendremos
que explorar la superficie habitable del anillo? - Tal vez fuese excesivamente
ambicioso intentar un aterrizaje físico.
- Tonterías.
Tenemos que inspeccionar el vehículo que nos habéis preparado. ¿Posee un tren
de aterrizaje lo suficientemente versátil? ¿Cuándo salimos?
Chiron silbó,
en disonante expresión de asombro:
- Debes de
estar loco. ¡Imagina el poderío de los seres que construyeron ese anillo! ¡Mi
propia civilización resulta primitiva a su lado!
- O cobarde.
- De acuerdo.
Podréis inspeccionar vuestra nave cuando regrese aquel a quien llamáis Nessus.
Mientras esperáis, podéis analizar estos datos adicionales sobre el anillo.
- Vas a agotarme
la paciencia - dijo Interlocutor. Pero se sentó.
- Embustero -
pensó Luis -. Finges bien y estoy orgulloso de ti.
Cuando Luis
regresó a la cápsula-diván, comenzó a sentir retortijones de estómago. Una
cinta azul celeste que se extendía entre las estrellas; el hombre había
encontrado seres superiores... una vez más.
Los primeros
fueron los kzinti.
Cuando los
hombres comenzaron a utilizar motores de fusión para cruzar los espacios
interestelares, los kzinti ya conocían el polarizador de gravedad como fuente
de energía para sus naves de guerra interestelares. Gracias a ello, sus naves
eran más rápidas y poseían mayor capacidad de maniobra que las naves humanas.
El hombre no hubiera podido ofrecer más que una resistencia formal a los
avances de la flota kzinti de no ser por el axioma kzinti: Un motor a reacción
es un arma de potencia devastadora directamente proporcional a su eficiencia
impulsora.
Su primera
incursión en el espacio humano había desconcertado por completo a los kzinti.
La sociedad humana llevaba varios siglos viviendo en paz, tantos que
prácticamente habían olvidado lo que era la guerra. Sin embargo, las naves
interestelares humanas empleaban motores de fotones con propulsión a fusión,
equipados con una combinación de velas de fotones y cañones laser con base
asteroide.
Conque los
telépatas kzinti continuaron informando que los humanos estaban completamente
desarmados... mientras gigantescos cañones laser iban destrozando las naves
kzinti, y otros cañones móviles más pequeños lanzaban ataques relámpago
valiéndose de la presión de la luz de sus propios reflectores...
Esa inesperada
resistencia humana, y el freno que suponía la barrera de la velocidad de la
luz, determinaron que la guerra durara décadas, en vez de años. Sin embargo,
los kzinti hubieran acabado por vencer, de no haber sido por el casual
aterrizaje de una nave Forastera en la pequeña colonia humana de Lo
Conseguimos. El alcalde les había comprado el secreto del hiperreactor
Forastero, a plazos. En Lo Conseguimos no tenían noticia de la guerra contra
los kzinti; pero, una vez enterados, comenzaron a construir naves
hiperlumínicas.
Los kzinti nada
pudieron hacer contra los hiperreactores.
Luego llegaron
los titerotes y establecieron enclaves comerciales en el espacio humano.
Los hombres
habían tenido suerte. En tres ocasiones habían entrado en contacto con razas de
una tecnología superior a la suya. Los kzinti les habrían aniquilado de no
haber podido contar con el hiperreactor de los Forasteros. Estos, a su vez,
también eran claramente superiores al hombre; sin embargo, no codiciaban nada
de lo que éste poseía, excepto bases de repostamiento e información, cosas que
podían comprar sin problema. De todos modos, los Forasteros, frágiles criaturas
con un metabolismo de helio II, eran demasiado vulnerables al calor y la
gravedad para ser buenos guerreros. Y los titerotes, con un poder tecnológico
casi inconcebible, eran demasiado cobardes.
¿Quiénes habían
construido el Mundo Anillo? ¿Serían guerreros?
Meses más
tarde, Luis se diría que la mentira de Interlocutor había marcado el momento
clave para él. Aún estaba a tiempo de echarse atrás, por el bien de Teela,
naturalmente. El Mundo Anillo ya resultaba aterrador sólo en términos de cifras
abstractas. La sola idea de acercarse a él en una nave espacial, de aterrizar
en él...
Luis había
visto el pavor del kzin ante los mundos volantes de los titerotes. La mentira
de Interlocutor era un magnífico acto de valor. Y Luis no tenía intención de
quedar como un cobarde.
Se sentó y
volvió la cabeza para observar la reluciente proyección; sus ojos se posaron en
Teela y maldijo secretamente su estupidez. Tenía el rostro iluminado de
admiración y deleite. Se la veía tan ansiosa como fingía estarlo el kzin.
¿Sería tan estúpida como para ni siquiera sentir miedo?
La cara
interior del anillo poseía una atmósfera. El espectroanálisis revelaba que el
aire tenía una densidad igual a la del aire terrestre y aproximadamente la
misma composición: perfectamente respirable para el hombre, el kzin y el
titerote. Imposible adivinar qué impedía su dispersión. Tendrían que
averiguarlo personalmente.
En el sistema
del sol G2 no había absolutamente nada, a excepción del anillo en sí. Ni
planetas, ni asteroides, ni cometas.
- Deben de
haberlo limpiado - comentó Luis -. No querrían que nada pudiera chocar contra
el anillo.
- Evidentemente
- dijo el titerote de los rizos plateados -. Si algo chocara contra el anillo,
se estrellaría a una velocidad mínima de mil doscientos kilómetros por segundo,
la velocidad de rotación del propio anillo. Por resistente que sea el material
del anillo, siempre cabría el peligro de que un objeto sobrevolara la
superficie exterior y cruzara el sol para irse a estrellar contra la superficie
no protegida y habitada.
El sol en sí
era una estrella enana amarilla algo más fría que Sol y un poquito más pequeña.
- Necesitaremos
trajes antitérmicos - dijo el kzin.
- No, - dijo
Chiron -. La temperatura de la superficie interior es perfectamente tolerable
para nuestras tres especies.
- ¿Cómo lo
sabéis?
- La frecuencia
de la radiación infrarrojo emitida por la superficie exterior...
- Me has dejado
como un tonto.
- Nada de eso.
Hemos estado estudiando el anillo desde el día que lo detectamos, y vosotros
sólo habéis tenido unos cuantos minutos. La frecuencia de infrarrojos indica
una temperatura media de doscientos noventa grados absolutos, la cual
naturalmente corresponde tanto a la superficie interior como a la cara exterior
del anillo. En tu caso, Interlocutor-de-Animales, será unos diez grados por
encima de la temperatura óptima. Y es la temperatura óptima para Luis y Teela.
- No saquéis
conclusiones precipitadas de este interés por los detalles, ni os asustéis -
añadió Chiron -. Jamás permitiríamos un aterrizaje a menos que los propios
constructores del anillo insistieran en ello. Sólo deseamos que estéis
preparados para cualquier eventualidad.
- ¿No poseéis
detalles sobre las formaciones superficiales?
- Siento decir
que no. La capacidad detectora de nuestros instrumentos resulta insuficiente.
- Podríamos
intentar hacer algunas deducciones - dijo Teela -. El ciclo noche-día de
treinta horas, por ejemplo. Su mundo primitivo debe de haber girado a esa
velocidad. ¿Creéis que es ése su sistema de origen?
- Hemos llegado
a esa conclusión, puesto que todo indica que no poseían naves hiperlumínicas -
dijo Chiron -. Aunque también cabe la posibilidad de que trasladaran su mundo a
otro sistema valiéndose de técnicas parecidas a las nuestras.
- Y es fácil
que así lo hicieran - gruñó el kzin - en vez de destruir su propio sistema, al
mismo tiempo que construían el anillo. Creo que encontraremos su propio sistema
no muy lejos de allí y tan vacío de mundos como ése. Deben de haber recurrido a
técnicas de terraformación, para colonizar todos los mundos de su propio sistema,
antes de decidirse a emplear este método más desesperado.
Teela dijo:
- ¿Desesperado?
- Entonces, una
vez construido su anillo en torno al sol, deben de haberse visto obligados a
trasladar todos sus mundos a este sistema para efectuar el trasvase de población.
- Tal vez no
fuese necesario - intervino Luis - Podrían haber empleado grandes naves
transespaciales para poblar su anillo, si éste no estaba muy lejos de su propio
sistema.
- ¿Por qué es
un método desesperado?
Los tres se la
quedaron mirando.
- Yo diría que
construyeron el anillo para..., para... vaciló -. Porque les dio la gana. -
Teela
- ¿Para
divertirse? ¿Para disfrutar con el espectáculo? ¡Por Finagle! Teela, piensa en
la cantidad de recursos que han tenido que detraer de otros fines. Recuerda que
deben de haber tenido un terrible problema de población. Cuando se vieron en la
necesidad de construir un anillo para poder disponer de espacio vital,
probablemente carecían de los medios necesarios. Sin embargo, lo construyeron:
porque lo necesitaban.
Teela adoptó un
aire desconcertado.
- Ahí viene
Nessus - anunció Chiron.
Sin más, el
titerote dio media vuelta y se alejó al trote entre la vegetación del parque.
7. De disco en
disco
- ¿Sigues
empeñada en unirte a la expedición? - le preguntó Luis.
Teela le
respondió con la misma mirada de asombro que le había lanzado cuando intentó
explicarle qué era la zozobra del corazón.
- Sigues
empeñada - confirmó con tristeza Luis.
- Desde luego.
No comprendo qué pueden temer los titerotes.
- Comprendo que
tengan miedo - dijo Interlocutor-de-Animales -. Los titerotes son cobardes.
Pero lo que no entiendo es que insistan en averiguar más de lo que ya saben.
Luis, ya han dejado atrás el sol con el anillo y se desplazan a una velocidad
casi lumínica. Seguro que quienes construyeron el anillo no poseían medios para
desplazarse a velocidades hiperlumínicas. Luego, no pueden hacer ningún daño a
los titerotes, ni ahora ni nunca. No comprendo qué pintamos nosotros en todo
esto.
- No me
extraña.
- ¿Intentas
insultarme?
- No, en
absoluto. El caso es que volvemos al tema de los problemas de población. ¿Cómo
ibas a entenderlo?
- No sé.
Explícate, por favor.
Luis escudriñó
la selva domesticada en busca de Nessus:
- Seguramente
Nessus podría explicártelo mejor. Es una lástima que no esté aquí. En fin, lo
intentaré. Imagina un trillón de titerotes en este mundo. ¿Te haces a la idea?
- He podido
comprobar cómo huele uno solo. La sola idea de una gran aglomeración me pone
los pelos de punta.
- Bien, ahora
imagínatelos en el Mundo Anillo. La cosa mejora un poco, ¿no?
- Sí.
Dispondrían de un espacio ocho-elevado-a-siete veces superior... Pero aún no
logro comprender. ¿Crees que los titerotes se proponen conquistar ese mundo? ¿Y
cómo podrían trasladarse luego al anillo? No se fían de las naves espaciales.
- No lo sé.
Tampoco les gusta la guerra. Ese no es el problema. El problema es averiguar si
el Mundo Anillo es un lugar seguro para vivir.
- Uf...
- ¿Te das
cuenta? A lo mejor tienen pensado construir sus propios mundos anillo. Tal vez
esperen encontrar uno vacío, en las Nubes de Magallanes. En todo caso, no es lo
esencial. No harán nada sin tener la certeza de que es un lugar seguro.
- Ahí viene
Nessus. - Teela se levantó y se acercó a la pared invisible -. Parece borracho.
¿Se emborrachan los titerotes?
Nessus no
trotaba. Caminaba de puntillas y en esos momentos estaba dando un rodeo para
evitar una hoja color amarillo cromo de un metro de altura, con una cautela
aparentemente excesiva: iba posando cuidadosamente un casco tras otro en el
suelo, al tiempo que sus cabezas planas husmeaban en todas direcciones. Casi
había llegado a la cúpula de conferencias cuando algo parecido a una gran
mariposa negra se posó en su grupa. Nessus gritó como una mujer y dio un salto
hacia delante como si quisiera sortear una valla. Rodó por el suelo, y cuando
terminó de rodar se quedó ahí hecho un ovillo, con la espalda doblada, las
piernas plegadas y las cabezas y los cuellos escondidos bajo las piernas
delanteras.
Luis corrió a
su lado y gritó:
- Ciclo depresivo.
Logró encontrar
la puerta de la cúpula invisible y salió disparado hacia el parque.
Todas las
flores olían a titerote. (Si toda la vida del mundo de los titerotes tenía la
misma estructura química, ¿como conseguía alimentarse Nessus a base de zumo de
zanahoria caliente?) Luis fue siguiendo la línea quebrada de un bien cortado
seto color naranja polvoriento. Consiguió llegar junto al titerote, se
arrodilló a su lado y dijo:
- Soy Luis.
Estás a salvo.
Tendió con
cautela la mano hacia la maraña de crin que recubría el cráneo del titerote y
empezó a rascárselo muy suavemente. El titerote se estremeció bajo el contacto;
luego pareció calmarse.
Vaya susto se
había llevado. Ni pensar en obligar al titerote a enfrentarse con el mundo en
esos momentos. Luis preguntó:
- ¿Era
peligroso? ¿Eso que se posó en tu grupa?
- ¿Eso? No. -
La voz de contralto sonó ahogada, pero con una hermosa pureza y sin la menor
inflexión -. Sólo era... un oledor de flores.
- ¿Cómo te ha
ido con los-que-dirigen?
- Nessus se
estremeció:
- He ganado.
- Estupendo.
¿Qué has ganado?
- El derecho a
procrear y un grupo de partenaires.
- ¿Eso es lo
que te tiene tan asustado?
«No sería de
extrañar - pensó Luis -. Nessus podría ser la réplica de una mantis religiosa
macho, un condenado del amor. O también cabía la posibilidad de que fuese
virgen... de uno u otro sexo, o de cualquier sexo...»
- Podría haber
fracasado, Luis. Les planté cara. Fingí un falso aplomo.
- Sigue.
Luis advirtió
que Teela e Interlocutor-de-Animales se les habían acercado. Continuó rascando
dulcemente la crin de Nessus. Este aún no se había movido.
-
Los-que-dirigen me han ofrecido el derecho legal a reproducir mi especie si
sobrevivo al viaje que debemos hacer. Pero ello no hubiera sido suficiente.
Para procrear necesito compañeros. ¿Quién se aparearía voluntariamente con un
maníaco de crin desordenada? Era necesario ponerse duro. «Buscadme un
compañero» les he dicho «o me retiro del viaje. Si yo me retiro, también se
retirará el kzin», he añadido. Estaban furiosos.
- No me
extraña. Debías de estar en plena fase maníaca.
- La he ido
alcanzando poco a poco. Les he amenazado con arruinar sus planes y al fin han
cedido. «Un voluntario altruista debe aceptar aparearse conmigo cuando regrese
del anillo», les he dicho.
- Muy bien.
Bien hecho. ¿Y hay voluntarios?
- Uno de
nuestros sexos es de propiedad... Es irracional; estúpido. Me bastaba con un
voluntario. Los-que-dirigen...
Teela le
interrumpió:
- ¿Por qué no
dices simplemente dirigentes?
- Estaba
intentando traducir la idea a vuestros términos - dijo el titerote.
- Una
traducción más exacta sería los-que-dirigen-desde-atrás. Hay un presidente
egregio o portavoz-general o... la traducción exacta de su título es Ser
último.
- El Ser último
ha accedido a aparearse conmigo. Ha declarado que jamás osaría pedirle a otro
que sacrificara hasta tal punto su dignidad.
Luis silbó:
- Vaya. Ya
puedes encogerte, tienes motivo para ello. Suerte que el miedo no te ha entrado
hasta ahora, cuando todo ha pasado. - Nessus se movió un poco, algo más
relajado. Luis explicó -: El género es algo que me preocupa. O bien debo
tratarte a ti en femenino, o bien debo emplear el femenino para el Ser último.
- No seas
grosero, Luis. No se habla de sexo con razas extrañas.
Nessus asomó
una cabeza entre las piernas y le lanzó una mirada reprobadora.
- Tú y Teela no
os aparearíais ante mis ojos, ¿verdad que no?
- Por extraño
que parezca, ya se ha planteado la cuestión, y Teela dice...
La cabeza del
titerote desapareció de nuevo.
- ¡Sal de ahí!
No te haré daño - intervino Teela.
- ¿De verdad?
- De verdad.
Quiero decir, en serio. Te encuentro muy gracioso.
El titerote se
desenrolló por completo:
- ¿Has dicho
que me encuentras mono?
- Sí. - Teela
miró la mole anaranjada de Interlocutor-de-Animales - A ti también - añadió
generosa.
- No es mi
intención ofenderte - dijo el kzin -. Pero no vuelvas a repetir lo que acabas
de decir. Jamás.
Teela quedó
desconcertada.
Había un
polvoriento seto anaranjado, de tres metros de altura y provisto de tentáculos
azul cobalto que colgaban fláccidamente. Su aspecto parecía indicar un origen
carnívoro. Ahí terminaba el parque y en esa dirección, Nessus condujo su
pequeño grupo.
Luis esperaba
encontrar una abertura en el seto y le cogió por sorpresa que Nessus se fuera
derecho hacia las plantas. Pero el seto se abrió para dejar paso al titerote y
luego volvió a cerrarse tras él.
Los demás le
siguieron.
Habían
atravesado el parque bajo un cielo azul celeste; pero cuando el seto se cerró
tras ellos, éste era blanco y negro. Las nubes relucían blancas contra el cielo
negro de la noche perpetua; en su vientre se reflejaban las luces de kilómetros
de ciudad: en efecto, estaban en plena ciudad y los edificios se cernían
amenazadores sobre sus cabezas.
A primera
vista, sólo se distinguían de las ciudades de la Tierra por una cuestión de
magnitud. Los edificios eran más gruesos, más macizos, más uniformes; y también
más altos, terriblemente altos, de tal modo que todo el cielo aparecía cubierto
por un conjunto de ventanas y balcones iluminados con estrechas fisuras
rectilíneas de oscuridad que indicaban el cenit.
Pero, ¿cómo se
explicaba que no hubieran visto la ciudad también desde el parque? En la Tierra
había pocos edificios de más de un kilómetro de altura. Allí, no había ninguno
que fuera más bajo. Luis supuso que el parque debía estar rodeado de campos de
refracción de la luz. No tuvo tiempo de confirmar sus sospechas. Ese era el
menos sorprendente de los milagros del mundo de los titerotes.
- Nuestro
vehículo está en el otro extremo de la isla - dijo Nessus -. Saltando de disco
en disco, llegaremos en menos de un minuto. Ya veréis.
- ¿Te
encuentras mejor?
- Sí, Teela.
Como dice Luis, ya ha pasado lo peor. - El titerote iba dando saltos delante
del grupo -. El Ser último será mi amor. Ahora sólo me falta regresar del Mundo
Anillo.
Las calles eran
blandas. A simple vista parecían de cemento con incrustaciones de partículas
iridiscentes, pero caminar por ellas era como pisar un terreno húmedo y
esponjoso. Después de recorrer una manzana muy larga, llegaron a un cruce.
- Nos dirigimos
hacia allí - dijo Nessus, y señaló hacia delante con la cabeza -. No piséis el
primer disco. Seguidme.
En el centro
del cruce había un gran rectángulo azul. Cuatro discos azules rodeaban el
rectángulo, uno frente a cada calle de acceso.
- Podéis pisar
el rectángulo si queréis - explicó Nessus -, pero nunca pongáis el pie
en un disco que no corresponda. Seguidme. - Circundó el disco más próximo,
cruzó al otro lado, posó los cascos sobre el disco allí situado, y desapareció.
Por un
instante, los tres permanecieron inmóviles, estupefactos. Luego Teela lanzó un
aullido de guerra y saltó sobre el disco. Y también se esfumó.
Interlocutor-de-Animales
bufó y dio un brinco. Un tigre no hubiera calculado mejor el salto. Luis se quedó
solo.
- Por todos los
demonios de las tinieblas - dijo maravillado. - Tienen cabinas
teletransportadoras abiertas.
Y dio un paso
adelante.
Se encontró de
pie sobre un cuadrado situado en el centro del cruce siguiente, entre Nessus e
Interlocutor.
- Tu compañera
ha seguido adelante - explicó Nessus -. Parecía tener mucha prisa. Nos espera
más adelante.
El titerote dio
un paso al frente fuera del rectángulo. En tres pasos se colocó sobre un disco.
Y se hizo humo.
- ¡Vaya
sistema! - exclamó Luis. Había quedado solo otra vez, pues el kzin ya había
seguido los pasos de Nessus -. Con sólo caminar, en tres pasos se recorre una
manzana. Casi parece magia. ¡Y no importa cuán largas sean las manzanas!
Dio un paso al
frente. Avanzaba como sobre botas de siete leguas. Corría apoyando sólo la
punta de los pies y cada tres pasos cambiaba de escenario. Las señales
circulares de las esquinas de los edificios debían ser indicadores, para que el
peatón supiera cuándo había llegado a su destino. Entonces tendría que caminar
alrededor de los discos y situarse en el centro de la calle.
La calle estaba
flanqueada de escaparates que a Luis le hubiera gustado explorar. ¿O a lo mejor
eran algo completamente distinto? Pero los otros le llevaban varias manzanas de
ventaja. Luis localizó sus diminutas siluetas en el fondo de ese cañón de
edificios. Aceleró el paso.
De pronto se
topó con los dos extraterrestres que le bloqueaban el paso.
- Tenemos que
girar aquí - dijo Nessus. Y avanzó hacia la izquierda.
- Un momento...
Pero el kzin también
había desaparecido. ¿Dónde demonios estaría Teela?
Debía de
haberse adelantado. Luis dio media vuelta a la izquierda y comenzó a caminar...
Botas de siete
leguas. La ciudad iba quedando atrás como un sueño. Luis corría con la cabeza
llena de fantasías. Vías rápidas a través de las ciudades, discos pintados de
un color diferente, situados a un intervalo de diez manzanas. Discos de larga
distancia situados a cien kilómetros uno de otro, cada uno en el centro de una
ciudad y los rectángulos de recepción una manzana más abajo. Vías para cruzar
los océanos: ¡un paso por isla! ¡Se podrían atravesar los mares saltando de
isla en isla, como se cruza un río de piedra en piedra!
Cabinas
teletransportadoras abiertas. Los titerotes estaban espantosamente avanzados.
El disco quedaba a menos de un metro de distancia y comenzaba a operar ya antes
de que uno apoyara todo su peso en él. Un paso y al dar el próximo apoyaba el
pie sobre el siguiente rectángulo de recepción. ¡Nej! ¡Las aceras móviles
quedaban pálidas al lado de eso!
Mientras
corría, Luis comenzó a imaginar la figura de un titerote fantasma de cientos de
kilómetros de altura, trotando delicadamente por un cordón de islas; pisaba con
cuidado para evitar dar un traspié y mojarse las pantorrillas. Luego el titerote
fantasma se hizo aún más grande y ahora caminaba de mundo en mundo... los
titerotes estaban espantosamente adelantados...
Se habían
terminado los discos y Luis se encontró al borde de un tranquilo mar negro.
Sobre el horizonte del mundo, se alzaban en vertical cuatro gordas lunas llenas
que destacaban contra el fondo de estrellas. A medio camino de la línea del
horizonte había una isla más pequeña, muy iluminada. Los extraterrestres le
estaban esperando.
- ¿Dónde está
Teela?
- No lo sé -
respondió Nessus.
- ¡Demonios de
las Tinieblas! Nessus, ¿qué podemos hacer?
- Acabará por
encontrarnos. No debes preocuparse, Luis. Cuando...
- ¡Se ha
perdido en un mundo desconocido! ¡Puede ocurrirle cualquier cosa!
- No en este
mundo, Luis. No existe mundo más seguro que el nuestro. Cuando Teela llegue al
borde de la isla, descubrirá que no puede hacer funcionar los discos que
conducen a la siguiente. Irá caminando de disco en disco a lo largo de la costa
hasta dar con uno que funcione.
- No estamos
hablando de una computadora perdida. ¡Teela es sólo una chica de veinte años!
Teela apareció
junto a él.
- Hola. Me he
perdido un poco. ¿A qué vi ene tanto alboroto? Interlocutor-de-Animales le
lanzó una sonrisa burlona con sus dientes como puñales. Luis intentó evitar la mirada
entre sorprendida e inquisidora de Teela y sintió que se le encendían las
mejillas.
- Seguidme -
ordenó Nessus.
Siguieron al
titerote hasta un lugar donde los discos formaban una línea a lo largo de la
costa. Llegaron junto a un pentagrama. Lo pisaron y seguidamente se encontraron
sobre una roca fuertemente iluminada con tubos solares. Una isla rocosa del
tamaño de un espaciopuerto. En el centro había un edificio muy alto y una sola
nave espacial.
- He aquí
nuestro vehículo - anunció Nessus.
Teela e Interlocutor
parecieron decepcionados: las orejas del kzin se plegaron y desaparecieron en
sus fundas, mientras Teela miraba desconsolada la isla que acababan de dejar
atrás, con la barrera luminosa que formaba la compacta sucesión de edificios de
varios kilómetros de altura sobre el fondo de la noche interestelar. Luis, en
cambio, experimentó una sensación de alivio y todos sus músculos se relajaron
al ver la nave. Ya estaba saturado de milagros. Los discos, la inmensa ciudad,
los cuatro mundos tributarios ahí suspendidos sobre el horizonte, cual enormes
calabazas... tanta maravilla le tenía acoquinado. La nave era otra cosa. Era un
fuselaje #2 de Productos Generales acoplado a un ala deltoide sobre la cual
habían montado toda una serie de unidades propulsoras y motores de fusión.
Aparatos todos conocidos, conque era innecesario hacer preguntas.
El kzin
demostró que se equivocaba.
- Un diseño
curioso desde el punto de vista de un ingeniero titerote. Nessus, ¿no te
sentirías más seguro con la totalidad de la nave dentro del fuselaje?
- No. El diseño
de esta nave representa una importante innovación. Venid, os lo explicaré.
Nessus trotó
hacia la nave.
Buena pregunta
la del kzin.
Productos
Generales, la compañía comercial propiedad de los titerotes, había vendido toda
clase de artefactos en el espacio conocido; pero había hecho fortuna gracias al
fuselaje de Productos Generales. Este se ofrecía en cuatro variedades, desde un
globo del tamaño de una pelota de baloncesto hasta otro globo de más de
trescientos metros de diámetro: el fuselaje #4, el del «Tiro Largo». El
fuselaje #3, un cilindro redondeado en los extremos, con el vientre aplastado,
resultaba muy adecuado para una nave de pasajeros con un equipo de pilotaje. La
nave que les había trasladado hasta el mundo de los titerotes unas horas atrás
era de ese tipo. El fuselaje #2 era un cilindro con un estrechamiento en el
centro, muy alargado y de extremos afilados. Por lo general sólo permitía
acomodar un piloto.
El fuselaje de
Productos Generales era transparente a la luz visible, e impermeable a
cualquier otra forma de energía electromagnética, así como a la materia, en
cualquier forma que se presentase. Características respaldadas por el buen
nombre de la compañía, cuya garantía no había fallado en varios siglos y para
millones de naves. Un fuselaje de Productos Generales constituía realmente la
última palabra en materia de seguridad.
El vehículo que
tenían ante los ojos había sido diseñado en base a un fuselaje #2 de Productos
Generales.
Pero... hasta
donde se le alcanzaba a Luis, sólo el sistema de supervivencia y el motor
hiperlumínico de emergencia estaban situados en el interior del fuselaje. Todo
lo demás -un par de unidades impulsoras planas orientadas hacia abajo, dos
pequeños motores de fusión orientados hacia delante, varios motores de fusión
situados en los extremos colgantes de las alas y un par de gigantescas cápsulas
acopladas a la punta de las alas y que debían de contener material de detección
y comunicaciones, pues Luis no lo pudo localizar en ninguna otra parte- ¡todo
ello estaba montado sobre la gran ala deltoide!
La mitad de la
nave se encontraba en el ala, expuesta a todo tipo de peligros susceptibles de
preocupar a un titerote. ¿Por que no habían utilizado un fuselaje #3 que
permitiría meterlo todo dentro)
El titerote les
hizo pasar por debajo del ala deltoide y le condujo hasta la afilada cola del
fuselaje.
- Deseábamos
que el fuselaje tuviera el mínimo de aberturas - explicó Nessus -. ¿Veis esto?
A través del
fuselaje transparente, Luis pudo distinguir un conducto aproximadamente del
grosor de su muslo que unía el fuselaje con el ala. Todo se aclaró, cuando Luis
por fin logró comprender que el conducto podía retraerse al interior del
fuselaje. Luego consiguió identificar el motor que accionaba ese mecanismo Y la
compuerta metálica que debía sellar la abertura.
- En una nave
corriente - explicó el titerote -, es preciso abrir gran número de boquetes en
el fuselaje: para los detectores insensibles a la luz visible, para los motores
de reacción suponiendo que los haya, para los conductos que comunican con los
depósitos de combustible. Aquí sólo tenemos dos aberturas: el conducto y la
compuerta de acceso. Una para los pasajeros y otra para la información. Ambas
pueden sellarse. Nuestros ingenieros han recubierto la superficie interna del
fuselaje con un conductor transparente. Cuando la compuerta está cerrada y el
conducto de los cables sellado, el interior se convierte en una superficie
conductora continua.
- Un campo
estático - aventuró Luis.
- Exactamente.
En caso de peligro, todo el sistema de supervivencia se convierte en un campo
estático de diseño esclavista por un período de varios segundos. El tiempo no
existe en situación de estasis; luego, los pasajeros no pueden sufrir daño
alguno. No cometeríamos la imprudencia de confiar sólo en el fuselaje. Lasers
de luz visible podrían atravesar el fuselaje de Productos Generales y matar a
los pasajeros sin dañar la nave. La antimateria puede desintegrar completamente
el fuselaje de Productos Generales.
- No lo sabía.
- No lo
propagamos a los cuatro vientos.
Luis se
arrastró por debajo del ala deltoide hasta llegar al extremo donde
Interlocutor-de-Animales estaba inspeccionando los motores.
- ¿Para qué
querrán tantos motores?
El kzin
respondió con un bufido:
- ¿Será posible
que un humano haya olvidado el axioma kzinti?
- Oh.
Naturalmente,
cualquier titerote que hubiera estudiado historia kzinti o humana debía conocer
el axioma kzinti. Un motor de reacción es un arma cuya capacidad destructora es
directamente proporcional a su eficiencia impulsora. Llevamos impulsores
inertes para uso pacífico y motores de fusión como armamento.
- Ahora sé cómo
aprendiste a manejar aparatos accionados por motores de fusión.
- No debe
sorprenderte que haya recibido instrucción militar.
- Por si
estallara otra guerra contra los hombres.
- No me
obligues a demostrar mis dotes marciales.
- Tendrás
ocasión de hacerlo - les interrumpió el titerote -. Nuestros ingenieros han
previsto que esta nave sea pilotada por un kzin. Por favor, Interlocutor,
¿quieres inspeccionar los controles?
- En seguida.
También necesitaré las características, la descripción de las pruebas
realizadas y todo eso. ¿El motor hiperlumínico de emergencia es de tipo
corriente?
- Sí. Y no
hemos realizado pruebas de vuelo.
«No podía
fallar - pensó Luis camino ya de la compuerta -. Se limitaron a construir el
artefacto y esperaron a que viniéramos nosotros. ¿Cómo hubieran podido proceder
de otro modo? Ningún titerote se habría prestado a realizar los vuelos de prueba
por su propia voluntad.»
¿Dónde se había
metido Teela?
Estaba a punto
de llamaría cuando reapareció sobre la placa receptora. Se había ido a jugar un
poco con los discos, sin prestar la menor atención a la nave. Les siguió a
bordo, mientras lanzaba una última mirada decepcionada a la ciudad de los
titerotes, inaccesible ya, al otro lado de las negras aguas.
Luis la esperó
junto al portillo interior de la compuerta. Gustoso le habría dado una bofetada
por su inconsciencia. ¡Ya se había perdido una vez, y aún volvía a las andadas!
La puerta se
abrió y Teela apareció radiante:
- Oh, Luis, me
alegro tanto de haber venido! ¡Es una ciudad tan... divertida! - Le estrechó
las manos con fuerza, al mismo tiempo que emitía una serie de sonidos
inarticulados. Su rostro era todo sonrisa.
Luis se sintió
incapaz de darle el proyectado bofetón.
- Lo hemos
pasado bien - le dijo, besándola con fuerza. Luego la condujo a la cabina de
control con un brazo en torno a su cintura y la mano apoyada en su cadera.
Ya no le cabía
la menor duda. Teela Brown no había sufrido el menor contratiempo en toda su
vida; jamás había sabido qué era la cautela; el miedo era una palabra sin
sentido para ella. El primer golpe constituiría una horrible sorpresa. Era
posible que incluso llegara a producir su total desmoronamiento.
Y sólo lo
recibiría sobre el cadáver de Luis Wu.
Los dioses no
protegen a los insensatos, estos reciben protección de otros insensatos mejor
dotados.
Un fuselaje
Productos Generales #2 tiene seis metros de ancho y noventa de largo, acabando
en punta por delante y por detrás.
La mayor parte
de la nave quedaba fuera del fuselaje, en la delgada y desmesurada ala. El
sistema de supervivencia era espacioso e incluía tres salones-dormitorio, una
larga y estrecha sala de estar, una cabina de control, armarios, cocina,
equipos médicos automáticos, regeneradores, baterías, etc. El panel de mandos
seguía la costumbre kzinti y estaba rotulado en kzinti. Luis pensó que sería
capaz de pilotar la nave en caso de emergencia, pero la emergencia tendría que
ser muy grave para impulsarle a intentarlo.
En los armarios
había una enorme variedad de equipo de exploración. Luis no hubiera podido
señalar ninguno de los múltiples objetos e identificarlo, tajantemente como un
arma. Sin embargo, muchos podían servir como tales. También había cuatro
aerocicletas, cuatro mochilas de vuelo (cinturón salvavidas y tubo de
propulsión catalítico), analizadores de alimentos, ampollas de aditivos
alimentarlos, botiquines, analizadores de aire y filtros. Desde luego, alguien
abrigaba la absoluta convicción de que esa nave aterrizaría en algún lugar.
Y, ¿por qué no?
Una especie tan poderosa como la de los anillícolas y tan aislada a causa de su
supuesta carencia de naves hiperlumínicas, podría muy bien invitarles a
aterrizar. Tal vez eso esperaban los titerotes.
En la nave
viajaban tres especies; cuatro, si se consideraba al macho y la hembra humanos
como pertenecientes a especies distintas, idea nada descabellada desde el punto
de vista de un kzin o un titerote. (¿Y si Nessus y el Ser último fuesen del
mismo sexo? También cabía la posibilidad de que se precisasen dos machos y una
hembra irracional para engendrar un nuevo titerote.) Los anillícolas podrían
comprender en el acto la viabilidad de la coexistencia pacífica entre distintos
tipos de vida racional.
Sin embargo,
demasiados de esos objetos -las linternas de rayos laser, los aturdidores
empleados en los duelos- podían emplearse como armas.
Despegaron con
los impulsores inertes, a fin de no causar daños en la isla. Al cabo de media
hora salían del débil campo de gravedad de la roseta de los titerotes. De
pronto, Luis advirtió que, a excepción de Nessus, que había llegado con ellos,
y de la imagen proyectada del titerote Chiron, no habían visto ni un solo titerote
en el mundo de los titerotes.
Una vez
superada la velocidad de la luz, Luis comenzó a inspeccionar el contenido de
los armarios y pasó hora y media entregado a esta tarea. Más valía prevenir que
curar, se dijo. Sin embargo, el armamento y el resto del equipo le dejó un
desagradable regusto, algo así como un presentimiento.
Demasiadas
armas y todas ellas podían tener también otros usos. Linternas de rayos laser.
Motores de fusión. Cuando decidieron bautizar el hiperreactor en su primer día
de vuelo, Luis sugirió que le llamasen «Embustero». Teela e Interlocutor
aceptaron la sugerencia, cada uno por sus propios motivos particulares. Nessus
no puso objeciones, también por razones que él sabía.
Estuvieron
viajando a hipervelocidades durante toda una semana, en el curso de la cual
cubrieron un poco más de dos años luz. Cuando volvieron a entrar en el espacio
einsteiniano ya estaban dentro del sistema de la G2 del anillo; y Luis Wu
seguía abrigando el mismo inquietante presentimiento.
Alguien estaba
absolutamente convencido de que aterrizarían en el Mundo Anillo, ¡nej!
8. El Mundo
Anillo
Los mundos de
los titerotes avanzaban por el norte galáctico a una velocidad muy próxima a la
de la luz. Interlocutor había girado en el hiperespacio hasta situarse al sur
galáctico del sol G2. En consecuencia, cuando el «Embustero» salió de la Zona
Tenebrosa se encontró navegando directamente hacia el sistema del Mundo Anillo,
a gran velocidad.
La estrella G2
era un refulgente punto blanco. En sus viajes de regreso de otras estrellas,
Luis había visto brillar a Sol de forma muy parecida desde el borde del sistema
solar. Pero esta estrella lucía un halo apenas visible. Luis nunca olvidaría
esa primera visión del Mundo Anillo. Desde el borde del sistema, el Mundo
Anillo era un objeto perceptible a simple vista.
Interlocutor
puso los grandes motores de fusión a toda marcha. Proyectó los discos
impulsores achatados fuera del plano del ala y alineó sus ejes con la popa de
la nave, añadiendo así su fuerza impulsora a la de los cohetes. El «Embustero»
entró marcha atrás en el sistema, con el resplandor de dos soles gemelos, y
empezó a desacelerar a doscientas gravedades.
Teela no lo
sabía, pues Luis no se lo había explicado. No quería preocuparle. Si la
gravedad de la cabina se interrumpiese sólo un instante, todos quedarían
aplastados como escarabajos bajo el tacón de una bota.
Pero la
gravedad de la cabina funcionaba con discreta perfección. En todo el sistema de
supervivencia no se sentía más que una ligera atracción del mundo de los titerotes,
y el monótono y apagado ronroneo de los motores de fusión. Éste se filtraba
hasta ellos a través de la única abertura existente, un conducto no más grueso
que el muslo de un hombre, y, una vez dentro, resonaba por toda la nave.
Incluso a
hipervelocidades, Interlocutor prefería desplazarse en una nave transparente.
Le gustaba gozar de amplia visibilidad y la Zona Tenebrosa no parecía
preocuparle. Conque seguían encerrados en un espacio transparente, a excepción
de las cabinas privadas, y no era fácil habituarse a semejante escenario.
La sala de
estar y la cabina de control, cuyas paredes, suelo y techo se fundían en una
curva continua, no sólo resultaban transparentes sino también invisibles. En el
aparente vacío destacaban algunos bloques sólidos: Interlocutor en el diván del
piloto, el banco en forma de herradura lleno de botones verdes y anaranjados
que le rodeaba, los marcos de neón de las puertas, el grupo de divanes en torno
a la mesita, el bloque de cabinas opacas en la popa; y, naturalmente, el
triángulo plano del ala. A lo lejos y alrededor de estas formas lucían las
estrellas. El universo parecía muy próximo y estático; en efecto, la estrella
con el anillo quedaba directamente a popa, tapada por los camarotes, y no
podían verla crecer.
El aire olía a
ozono y a titerotes.
Nessus, contra
todas las expectativas, no se había puesto a temblar aterrorizado cuando sus
oídos zumbaron bajo el efecto de las doscientas gravedades, sino que permanecía
tranquilamente sentado con los demás en torno a la mesita del salón. Si algo le
inquietaba, lo ocultaba muy bien.
- No tendrán
hiperondas - les estaba diciendo -. Las matemáticas del sistema permiten
pronosticarlo sin error posible. La hiperonda es una generalización de las
matemáticas de la hipervelocidad y es imposible que conozcan la hipervelocidad.
- Sin embargo, podrían haber descubierto las hiperondas por casualidad.
- No, Teela.
Podemos probar las bandas de hiperondas, puesto que no nos queda otra
posibilidad hasta haber desacelerado, pero...
- ¡Nej! ¡Esperar,
siempre esperar! - Teela se levantó bruscamente y abandonó el salón a paso
rápido.
Luis se encogió
dé hombros cuando el titerote le miró desconcertado.
Teela estaba de
un humor de perros. Toda esa semana de viaje a hipervelocidad la había aburrido
mortalmente, y la perspectiva de otro día y medio de inactividad, hasta que la
nave hubiera desacelerado, casi la hizo subirse por las paredes. ¿Pero qué
podía hacer Luis? ¿No esperaría que él cambiara las leyes de la física?
- Habrá que
tener paciencia - ratificó Interlocutor. Hablaba desde la cabina de mandos y
tal vez no hubiera captado la inflexión en las últimas palabras de Teela -.
Ninguna señal en las bandas de hiperondas. Puedo aseguramos que los ingenieros
del Mundo Anillo no están intentando comunicarse con nosotros a través de
ninguna forma conocida de hiperonda. El tema de las comunicaciones ocupaba casi
todas sus conversaciones. Mientras no consiguieran ponerse en contacto con los
ingenieros del Mundo Anillo, su presencia en ese sistema habitado tendría todas
las trazas de un acto de piratería. Hasta entonces no habían tenido indicios de
que alguien les hubiera detectado.
- He dejado los
receptores conectados - dijo Interlocutor -. Si tratan de comunicarse por
frecuencias electromagnéticas, en seguida lo sabremos.
- Pero no lo
sabremos si intentan lo más lógico - replicó Luis.
- Tienes razón.
Muchas especies han empleado la banda de hidrógeno frío en busca de mentes
distintas situadas en la órbita de otras estrellas.
- Como los
kdatlyno, que así pudieron descubrirnos.
- Y luego
nosotros conseguimos esclavizarles.
La radio
interestelar zumbaba con el sonido de las estrellas. En cambio la banda de
veintiún centímetros permanecía convenientemente silenciosa, barrida de toda
interferencia por infinitos años luz cúbicos de hidrógeno interestelar frío.
Era la banda más idónea para cualquier especie interesada en establecer
contacto con una raza extraña. Por desgracia, el hidrógeno caliente como una
nova que desprendía el «Embustero» tenía inutilizada esa banda.
- No olvides -
dijo Nessus - que nuestra órbita de caída libre no debe cruzarse con el anillo
en sí.
- Me lo has
dicho más de mil veces, Nessus. Tengo una memoria excelente.
- Debemos
procurar que los habitantes del Mundo Anillo no nos consideren una amenaza.
Confío que no lo olvidarás.
- Eres un
titerote. No confías en nada - dijo Interlocutor.
- Calma, calma
- dijo Luis con voz cansada. En esos momentos no estaba para quisquillas. Se
retiró a dormir en su camarote.
Fueron pasando
las horas. El «Embustero» iba cayendo cada vez más lentamente hacia la estrella
con el anillo, precedido por chorros paralelos de luz y calor de nova.
Interlocutor no
descubrió el menor indicio de que alguna luz coherente estuviera incidiendo
sobre la nave. O bien los anillícolas no habían percibido aún el «Embustero», o
no poseían lasers de comunicación.
Durante la
semana transcurrida en el hiperespacio, Interlocutor había pasado muchas horas
muertas en compañía de los humanos. Luis y Teela se encontraban a gusto en el camarote
del kzin: les resultaba agradable la gravedad ligeramente más elevada y los
grabados que representaban una selva de un color naranja-amarillento y antiguas
fortalezas construidas por otra especie, así como los penetrantes y siempre
cambiantes olores de un mundo extraño. Su propio camarote estaba decorado sin
ninguna fantasía, con paisajes de ciudades y mares cultivados semicubiertos de
algas genéticamente manipuladas. Al kzin le gustaba ese camarote más que a
ellos.
Incluso habían
intentado comer una vez en el camarote del kzin. Pero éste devoraba como un
lobo hambriento y se quejó de que la comida humana olía a basura quemada, y en
eso quedó el experimento.
En esos
momentos, Teela e Interlocutor estaban charlando en voz baja en un extremo de
la mesa del salón. Luis escuchaba el silencio y el distante estrépito de los
motores de fusión. Ya estaba acostumbrado a que su vida dependiera del buen
funcionamiento del sistema de gravedad de una cabina. Su propio yate espacial
alcanzaba las treinta gravedades. Pero su yate empleaba reactores inertes que
no hacían ruido.
- Nessus - dijo
en medio del crepitar de soles encendidos.
- Dime, Luis.
- ¿Sabes algo
que nosotros ignoremos sobre la Zona Tenebrosa?
- No entiendo
tu pregunta.
- El
hiperespacio te aterra. En cambio no te asusta esta caída a través del espacio
montado sobre una columna de fuego. Tu especie construyó el «Tiro Largo»; deben
de saber algo que nosotros ignoramos sobre el hiperespacio.
- Tal vez. Es
posible que hayamos averiguado algo.
- ¿Qué? A menos
que sea uno de vuestros preciados secretos.
Interlocutor y
Teela también estaban escuchando. Las orejas del kzin, que normalmente guardaba
dobladas bajo unos pliegues de su pelambre, estaban extendidas cual traslucidos
parasoles color rosa.
- Sabemos que
no hay ninguna parte inmortal en nosotros - explicó Nessus -. No entraré en el
caso de tu raza. No es de mi incumbencia. Mi especie no posee ninguna parte
inmortal. Nuestros científicos lo han demostrado. Tememos a la muerte, pues la
sabemos definitiva.
- ¿Y bien...?
- Las naves
desaparecen en la Zona Tenebrosa. Ningún titerote se aproximaría a una
singularidad a hipervelocidades; pese a ello, continuaban registrándose
desapariciones, hablo de cuando nuestras naves aún iban pilotadas. Tengo
confianza en los ingenieros que construyeron el «Embustero». Por tanto, confío
en la gravedad de la cabina. No fallará. Pero los ingenieros también temen la
Zona Tenebrosa.
Y otra noche
transcurrió en la nave; Luis durmió poco y mal y tuvo espectaculares sueños. Y
luego pasó también un día, y a Luis y Teela empezó a hacérseles insoportable su
mutua compañía. La chica no tenía miedo. Luis comenzaba a sospechar que jamás
la vería asustada. Sólo sentía un mortal aburrimiento..
Ese atardecer
la estrella con el anillo comenzó a asomar detrás del bloque macizo de los
camarotes individuales y al cabo de media hora pudieron verla en su totalidad.
Era blanca y pequeña, de un brillo ligeramente menos intenso que el de Sol y la
rodeaba una finísima línea de un tenue azul eléctrico.
Todos se
agolparon detrás de Interlocutor cuando comenzó a activar la pantalla
panorámica. Logró centrar la línea azul eléctrico de la superficie interior del
Mundo Anillo, apretó el botón amplificador...
Prácticamente
en el acto tuvieron la respuesta a uno de sus interrogantes.
- Hay algo en
el borde - constató Luis.
- Centra el
visor en el borde - ordenó Nessus.
El borde del
anillo se amplió ante sus ojos. Era un muro, que se alzaba hacia dentro, en
dirección a la estrella. Podían ver su negra pared exterior recortada contra el
paisaje azul, iluminado por el sol. Un bajo muro exterior; en fin, bajo en
comparación con las dimensiones del anillo en sí.
- Si el anillo
tiene millones de kilómetros de ancho - calculó Luis -, el muro circundante
debe de tener al menos unos mil kilómetros de altura. En fin, algo hemos
averiguado. Eso es lo que impide que se disperse la atmósfera.
- ¿Lo crees
posible?
- En principio,
sí. El movimiento rotatorio del anillo genera aproximadamente una gravedad. Es
posible que tras varios milenios se haya perdido un poco de aire, pero no les
sería difícil reemplazarlo. No hubieran podido construir el anillo de no contar
con un sistema económico de transmutaciones, es decir, unos cuantos centavos de
estrella por kilotón, y por lo menos una docena de requisitos más, todos
igualmente imposibles.
- Me pregunto
qué aspecto tendrá visto desde dentro.
Interlocutor
captó la sugerencia, movió el botón de control y la imagen se desplazó. Aún no
disponían de una ampliación suficiente para poder apreciar los detalles.
Franjas azul brillante y de un blanco aún más intenso surcaban la pantalla, y
entre ellas se dibujaba el difuso contorno rectilíneo de una sombra azul
marino...
El borde más
alejado apareció ante sus ojos. La pared parecía inclinarse hacia fuera.
Nessus, de pie
en el marco de la puerta con las cabezas muy extendidas para mirar por encima
del hombro de Interlocutor, ordenó:
- Amplíalo
tanto como puedas.
La imagen se
expandió.
- Montañas -
dijo Teela -. Montañas de miles de kilómetros de altura.
En efecto, el
muro circundante era irregular, su configuración hacía pensar en rocas
erosionadas, del mismo color que la Luna.
- Ya no puedo
ampliar más la imagen. Tendremos que aproximarnos más si queremos obtener
mayores detalles.
- Será mejor
intentar establecer contacto con ellos primero - dijo el titerote -. ¿Nos hemos
detenido ya?
Interlocutor
consultó el cerebro de la nave.
- Nos estamos
aproximando a la primaria a unos cincuenta kilómetros por segundo. ¿Te parece
una velocidad suficientemente reducida?
- Sí. Iniciemos
las transmisiones.
El «Embustero»
no había recibido ningún rayo laser.
La radiación
electromagnética ya resultaba más difícil de comprobar. Era preciso investigar
las ondas de radio, los rayos infrarrojos, ultravioleta, los rayos-X, todo el
espectro, desde el calor moderado desprendido por el lado oscuro del Mundo
Anillo hasta cuantos lumínicos tan cargados de energía que podían llegar a
escindirse en pares de materia-antimateria. No detectaron nada en la banda de
veintiún centímetros; y otro tanto ocurría con sus múltiples y divisores
simples, que alguien podría haber decidido utilizar por la simple razón de que
la banda de absorción de hidrógeno resultaba tan evidente. Excluidas éstas, a
Interlocutor no le quedaba más remedio que ir tentando suerte con sus
receptores.
Las grandes
vainas que contenían el equipo de comunicaciones del «Embustero» se habían
abierto. La nave comenzó a radiar mensajes en la frecuencia de absorción de
hidrógeno y otras más, al mismo tiempo que barría porciones sucesivas de la
superficie interior del anillo con rayos laser en diez frecuencias distintas, y
emitía señales Morse en intermundo a base de explosiones alternativas de los
motores de fusión.
- Dándole
tiempo, nuestro piloto automático es capaz de traducir cualquier posible
mensaje - explicó Nessus -. Debemos partir de la base de que en el Mundo Anillo
poseen computadoras al menos igualmente capacitadas.
- ¿Saben
traducir el silencio absoluto tus computadoras leucotomizadas? - ironizó
Interlocutor.
- Tú
concéntrate en las emisiones sobre el borde del anillo. Si poseen
espaciopuertos, éstos tendrán que estar situados sobre el borde exterior. Sería
terriblemente peligroso intentar el aterrizaje de una nave espacial en
cualquier otro lugar.
Interlocutor-de-Animales
gruñó un horrible insulto en la Lengua del Héroe. Ello acabó con toda
posibilidad de conversación; sin embargo, Nessus permaneció en el mismo lugar
que ya venía ocupando desde hacía cuatro horas, con las cabezas extendidas y
mirándolo todo por encima de los hombros del kzin.
Allá afuera les
esperaba el Mundo Anillo, una cinta azul cuadriculada, suspendida en el cielo.
- Antes
empezaste a hablarme de las esferas de Dyson - dijo Teela.
- Y tú me
mandaste a freír espárragos.
Luis había
encontrado una descripción de las esferas de Dyson en la biblioteca de la nave.
Muy entusiasmado con la idea, había cometido el error de interrumpir el juego
de solitario de Teela para comunicarle su hallazgo.
- Cuéntamelo
ahora - le dijo ella con voz melosa.
- Vete a freír
espárragos.
Teela no se
movió.
- De acuerdo,
tú ganas - accedió Luis. Llevaba una hora mirando pensativo hacia el anillo. Se
sentía tan aburrido como ella -. Intentaba explicarte que el Mundo Anillo es un
compromiso, un compromiso técnico entre una esfera de Dyson y un planeta
normal. Dyson fue uno de los antiguos filósofos naturales; sus teorías son
anteriores al descubrimiento del cinturón de asteroides, casi preatómicas.
Declaró que cada civilización viene limitada por la cantidad de energía a su
alcance. La única forma de que la raza humana pueda aprovechar toda la energía
disponible, dijo, es construir un caparazón esférico en torno al sol y captar
todos los rayos solares. Y si te lo tomas en serio, comprenderás la idea. La
Tierra sólo capta aproximadamente una billonésima parte de la producción
energética del sol. Si pudiésemos aprovechar toda esa energía... Bueno, en
aquella época no era una locura. Ni siquiera se había establecido la base
teórica necesaria para viajar a velocidades hiperlumínicas. Nosotros no
inventamos la hipertracción, como debes saber. Tampoco podríamos haberla
descubierto de un modo fortuito, porque jamás se nos hubiera ocurrido realizar
nuestros experimentos fuera de la singularidad. ¿Qué hubiera pasado en el caso
de que una nave de los Forasteros no hubiese llegado a cruzarse por casualidad
con un aparato de retropropulsión dirigido por medio de robot de las Naciones
Unidas? ¿Y si los hombres no hubiesen acatado las Leyes de Control de la
Fertilidad? ¿Cuánto tiempo hubiéramos podido aguantar sólo a base de energía de
fusión con un trillón de seres humanos amontonados unos sobre otros y nada más
rápido que las naves de alimentación exterior para nuestros desplazamientos? En
menos de un siglo hubiéramos consumido todo el hidrógeno de los océanos
terrestres. Pero una esfera de Dyson tiene otras aplicaciones además de servir
para captar la energía solar. Supongamos una esfera de una unidad astronómica
de radio. Puesto que en cualquier caso es preciso despejar todo el sistema
solar, pueden emplearse todos los planetas solares en su construcción. Así
puede obtenerse una esfera de... acero cromado, pongamos por caso, de unos
cuantos metros de espesor. Entonces se acoplan generadores de gravedad a todo
el caparazón. Ello permite contar con un área superficial un billón de veces
superior a la superficie de la Tierra. Un trillón de personas podrían caminar
toda su vida sin cruzarse nunca unas con otras.
Por fin Teela
logró intercalar una frase completa:
- ¿Los
generadores de gravedad sirven para que todo se mantenga pegado a la
superficie?
- Sí, contra la
cara interior. Se recubre esta cara con tierra...
- ¿Y si se
estropea un generador de gravedad?
- Pues... un
billón de personas caerían hacia el sol. Y todo el aire seguiría el mismo
camino. Se formaría un tornado lo suficientemente poderoso como para arrastrar
toda la Tierra. Imposible pensar en hacer intervenir un equipo de reparaciones,
no con semejante torbellino...
- No me gusta
la idea - dijo Teela en un tono que parecía dejar zanjado el asunto.
- No te
precipites. Siempre cabe la posibilidad de llegar a construir generadores de
gravedad a todo riesgo.
- No es por
eso. No se verían las estrellas.
A Luis no se le
había ocurrido pensar en ese detalle.
- Es lo de
menos. Lo importante de las esferas de Dyson es que cualquier raza racional e
industriosa acabará necesitando una. Las civilizaciones tecnológicas tienden a
aumentar su consumo de energía con el tiempo. El anillo representa un
compromiso entre un planeta normal y una esfera de Dyson. Con el anillo sólo se
obtiene una fracción del espacio que podría conseguirse con la esfera y sólo se
capta una fracción de la luz solar disponible; pero pueden verse las estrellas
y no es preciso preocuparse por los generadores de gravedad.
Desde la sala
de mandos les llegó un complicado gruñido de Interlocutor-de-Animales, un
potente sonido suficiente para contaminar todo el aire de la cabina. Teela
soltó una risita.
- Si los
titerotes han seguido un razonamiento parecido al de Dyson - continuó Luis -,
todo debe de llevarles a suponer que encontrarán las Nubes de Magallanes llenas
de Mundos Anillo.
- Y por eso nos
han contratado.
- No me
gustaría nada estar en la cabeza de un titerote. Pero si se diera el caso, me
inclinaría por esa idea.
- No me extraña
que te hayas pasado el rato encerrado en la biblioteca.
- ¡Enervante! -
aulló el kzin -. ¡Insultante! ¡Nos ignoran deliberadamente! ¡Nos dan la espalda
con toda la mala fe para obligarnos a atacar!
- No es muy
probable - dijo Nessus -. Si no consigues captar transmisiones de radio, ello
significa que no utilizan la radio. Bastaría que usaran ondas de radio de un
modo habitual para que captásemos alguna interferencia.
- No usan
lasers, no usan la radio, no conocen las hiperondas. ¿Y cómo se comunican? ¿Por
telepatía? ¿A través de mensajes escritos? ¿Con grandes espejos?
- Mediante
loros - sugirió Luis. Había ido a reunirse con los demás en la puerta de la
sala de mandos - Loros gigantescos, criados especialmente en razón de sus
desmesurados pulmones. Demasiado grandes para volar. Permanecen sentados en las
colinas y se comunican a gritos.
Interlocutor se
volvió a mirar fijamente a Luis:
- Llevo cuatro
horas intentando establecer contacto con el Mundo Anillo. Cuatro horas que sus
habitantes insisten en ignorarme. Han manifestado el más absoluto desdén. No me
han transmitido ni una palabra. Tengo los músculos agarrotados por falta de
ejercicio, tengo la piel ajada, ya no consigo enfocar los ojos, el maldito
camarote es demasiado estrecho para mí, el calentador de microondas me calienta
toda la carne a la misma temperatura y no es la temperatura que me gusta, y no
puedo hacerlo arreglar. Sin tu ayuda y tus sugerencias, estaría francamente
desesperado, Luis.
- ¿Habrán
perdido su civilización? - musitó Nessus -. Se tendría que ser muy necio
teniendo en cuenta...
- Quizás hayan
muerto - sugirió con sorna Interlocutor. También sería una bobada. Que no se
pongan en contacto con nosotros es otra bobada. ¿Por qué no aterrizamos y
aclaramos las cosas?
Nessus soltó un
silbido de terror:
- ¿Aterrizar en
un mundo que tal vez haya matado a su especie indígena? ¿Estás loco?
- Pues, ¿cómo
lo averiguaremos?
- ¡Tiene razón!
- corroboró Teela -. ¡No hemos venido hasta aquí para quedarnos dando vueltas
en el aire!
- Os lo
prohíbo. Interlocutor, continúa intentando establecer contacto con el Mundo
Anillo.
- Ya lo he
intentado todo.
- Pues
inténtalo otra vez.
- Ni pensarlo.
Luis Wu decidió
hacer de mediador:
- No te lo
tomes así, mi peludo amigo. Nessus, Interlocutor tiene razón. Los anillícolas
no tienen nada que decirnos. De lo contrario ya nos hubiéramos enterado.
- Pero, ¿qué
podemos hacer excepto continuar insistiendo?
- Podemos
proseguir nuestra misión. Y mientras tanto los anillícolas ya decidirán qué
quieren hacer con nosotros.
El titerote
accedió a regañadientes.
Se acercaban
lentamente al Mundo Anillo.
Interlocutor
había dirigido el «Embustero» para hacerle pasar más allá del borde del Mundo
Anillo: una concesión a Nessus. El titerote temía que los hipotéticos anillícolas
consideraran una amenaza que el curso de la nave interceptara el anillo en sí.
También insistía en que los motores de fusión del «Embustero» parecían armas,
conque la nave avanzaba sólo con los propulsores inertes. Resultaba imposible
juzgar la escala de lo que veían a simple vista. Con las horas, el anillo había
ido cambiando de posición.
Con excesiva
lentitud. Con la gravedad de la cabina conectada para compensar entre cero y
treinta gravedades de tracción, los canales semicirculares eran incapaces de
captar el movimiento. El tiempo transcurría en el vacío y Luis comenzó a sentir
deseos de morderse las uñas, por primera vez desde que dejaran la Tierra.
Por fin el
borde del anillo quedó situado perpendicularmente al «Embustero». Interlocutor
accionó los motores inertes y frenó la nave hasta situarla en una órbita
circular en torno al sol; luego comenzó a planear lentamente hacia el borde del
anillo.
Nada se movía.
El reborde
exterior del Mundo Anillo fue aumentando de tamaño y, de una fina línea que
ocultaba algunas estrellas, pasó a convertirse en un muro negro. Un muro de más
de mil kilómetros de altura, sin relieve, aunque cualquier accidente hubiera
quedado borrado por la velocidad. La pared, que cubría unos noventa grados de
su campo visual, iba girando a sus pies, a unos ochocientos kilómetros de
distancia y a la endiablada velocidad de 1.200 kilómetros por segundo. Sus
bordes convergían en el horizonte, en puntos en el infinito situados en uno y
otro extremo del universo; y desde cada extremo del horizonte se alzaba
verticalmente una fina línea azul cielo.
Contemplar esos
puntos infinitos era como entrar en otro universo, un universo de líneas
verdaderamente rectas, ángulos rectos y otras abstracciones geométricas. Luis
se quedó como hipnotizado, con los ojos fijos en ese punto. ¿Qué punto era, el
fin o el origen? ¿El muro negro aparecía o desaparecía en esa zona de
confluencia?
...algo venía a
su encuentro desde el infinito.
Era un
saliente, que iba creciendo como otra abstracción a lo largo de la base del
muro exterior. Primero apareció el saliente y luego, encima de éste, una hilera
de anillos verticales. Los anillos fueron subiendo, directamente hasta el
«Embustero», bajo la misma nariz de Luis. Luis cerró los ojos y levantó los
brazos para protegerse la cabeza. Oyó un gemido de terror.
Creyó morir en
ese instante. Pasado el momento sin que sobreviniera la muerte, volvió a abrir
los ojos. Los anillos iban pasando a su lado en un constante flujo; y Luis
observó que no tenían más de ochenta kilómetros de diámetro.
Nessus se había
hecho una bola. Teela, con las manos apoyadas en el fuselaje transparente,
miraba hacia fuera con ojos y ávidos. Interlocutor seguía impasible, atento al
panel de mandos. Tal vez poseía un sentido de las distancias mejor que Luis.
También cabía
la posibilidad de que estuviera fingiendo. El gemido podía haber salido muy
bien de él.
Nessus se
desenrolló. Miró los anillos, que se habían hecho más pequeños y convergentes.
- Interlocutor,
debemos equiparar velocidades con el Mundo Anillo. Mantennos en posición con
una tracción de una gravedad. Tenemos que inspeccionar esto.
La fuerza
centrífuga es una ilusión, una manifestación de la ley de la inercia. La
realidad es una fuerza centrípeta, una fuerza aplicada en ángulo recto al
vector de velocidad de una masa. La masa resiste, tiende a moverse siguiendo la
dirección rectilínea acostumbrada.
Debido a su
velocidad y a la ley de la inercia, el Mundo Anillo tendía al desmembramiento.
Su estructura rígida impedía que ello sucediera. El Mundo Anillo se
autoaplicaba su propia fuerza centrífuga. Para igualar la velocidad de 1.200
kilómetros por segundo, el «Embustero» tenía que equiparar esa fuerza
centrípeta.
Interlocutor
consiguió igualarla. El «Embustero» quedó suspendido cerca del muro exterior,
equilibrado gracias a una fuerza impulsara de 0,992 g y la tripulación procedió
a inspeccionar el espaciopuerto.
El
espaciopuerto era una estrecha plataforma, tan delgada que parecía una línea
sin dimensión hasta que Interlocutor hizo avanzar la nave en sentido lateral.
Luego adquirió anchura, una anchura que minimizaba las dimensiones de un par de
enormes naves espaciales. Las naves eran cilindros de puntas romas, ambos del
mismo diseño: un diseño desconocido, pero que respondía claramente a las
características de una nave de fusión con alimentación exterior. Eran naves
diseñadas para alimentarse de hidrógeno interestelar que recogían con unas
dragas electromagnéticas. Una había sido saqueada en busca de piezas
aprovechables y había quedado ahí despanzurrada, con su estructura íntima
expuesta a las miradas extrañas.
El borde
superior de la nave aún intacta estaba cubierto de ventanas, lo cual les
permitió calibrar sus exactas dimensiones. Bajo la luz difusa de las estrellas,
las ventanas resplandecían exactamente como azúcar cande sobre un pastel. Miles
de ventanas. La nave era grande.
Y estaba a
oscuras. Todo el espaciopuerto estaba a oscuras. Tal vez los seres que lo
utilizaban no necesitaban luz en las frecuencias «visibles». Pero a Luis Wu el
espaciopuerto le pareció abandonado.
- No comprendo
qué son esos anillos - dijo Teela.
- Un cañón
electromagnético - respondió Luis de un modo casi reflejo.
- Para los
despegues.
- No -
intervino Nessus.
- ¿No?
- El cañón debe
haber servido para el aterrizaje de las naves. Incluso es posible imaginar el
método empleado. La nave debe colocarse en órbita paralelamente al muro
exterior. No intentará igualar la velocidad del anillo, sino que se situará a
unos cuarenta kilómetros de la base del muro exterior. Al girar el anillo, las
espirales del cañón electromagnético arrastrarán la nave y la acelerarán hasta
alcanzar la velocidad del anillo. Los ingenieros del anillo merecen todos mis
respetos. La nave nunca tendría que situarse a una distancia peligrosa del anillo.
- El cañón
también podría servir para despegar.
- No. Fíjate en
las instalaciones que tenemos a la izquierda...
- ¡Nej! -
exclamó Luis Wu.
Las
«instalaciones» se reducían a poca cosa más que una puerta corredera de
dimensiones suficientes para dar cabida a una de las naves dragadoras.
La cosa
cuadraba, 1.200 kilómetros por segundo era la velocidad normal de las naves
dragadoras. Las instalaciones de despegue del anillo se reducían a una
estructura para lanzar la nave con sus dragadoras de fusión al vacío. El piloto
podía comenzar a acelerar en el acto y alejarse.
- Las
instalaciones del espaciopuerto parecen abandonadas - dijo Interlocutor.
- ¿Captas
utilización de energía?
Mis
instrumentos no la perciben. No hay puntos anómalamente calientes, ni se advierte
actividad electromagnética. En cuanto a los perceptores que accionan el
acelerador lineal, es posible que la energía que empleen sea mínima y resulte
imperceptible.
- ¿Qué
sugieres?
- Tal vez las
instalaciones se conserven en buen estado. Podríamos acercarnos al acelerador
lineal e intentar entrar.
Nessus se hizo
un ovillo.
- Imposible -
dijo Luis -. Lo más probable es que todo el mecanismo se accione mediante una
señal en clave, y la desconocemos. Tal vez sólo responda ante un fuselaje
metálico. Si intentásemos pasar por el cañón a la velocidad del Mundo Anillo,
tocaríamos uno de los aros y lo haríamos saltar todo en pedazos.
- He pilotado
naves parecidas en maniobras de guerra simuladas.
- ¿Cuánto
tiempo hace de eso?
- Tal vez
demasiado. En fin, no tiene importancia. ¿Qué sugieres tú?
- La cara
inferior - dijo Luis. Y el titerote se desenrolló en el acto.
Se situaron
debajo de la plataforma del Mundo Anillo, siempre a la misma velocidad que éste
y contrarrestando su atracción con un impulso de 9,94 metros por segundo.
- Focos -
ordenó Nessus.
Los focos
tenían un radio de acción de ochocientos kilómetros; pero no lograron saber si
la luz había tocado la cara posterior del anillo. En cualquier caso, no
regresó. Eran focos de aterrizaje.
- ¿Aún tienes la
misma confianza en vuestros ingenieros, Nessus?
- Debieron
haber previsto esta eventualidad.
- Yo sí la
había previsto. Puedo iluminar el Mundo Anillo, si me permitís utilizar los
motores de fusión - dijo el kzin.
- Adelante.
Interlocutor
empleó los cuatro: el par enfocado hacia delante y los dos motores más grandes
que miraban hacia atrás. Pero sólo abrió al máximo el diafragma del par
delantero, previsto para frenazos de emergencia y posiblemente también para
usos bélicos. El tubo comenzó a despedir hidrógeno a excesiva velocidad y éste
salió medio quemado. Poco a poco disminuyó la temperatura del tubo de fusión,
hasta que el escape, normalmente más caliente que el centro de una nova, estuvo
tan frío como la superficie de una enana amarilla. La luz salió proyectada en
dos rayos paralelos que fueron a clavarse sobre la negra cara inferior del
Mundo Anillo.
Primera
sorpresa: la cara inferior no era plana: Subía y bajaba; presentaba depresiones
y abultamientos.
- Me la había
imaginado lisa - dijo Teela.
- Está repujada
- comentó Luis -. Apostaría una cosa. Todos los abultamientos corresponden a un
mar en el lado iluminado por el sol. Las depresiones son montañas.
Sin embargo,
todas esas formaciones parecían sólo diminutas arrugas, casi imperceptibles,
hasta que Interlocutor acercó más la nave. El «Embustero» planeó hacia el
centro del Mundo Anillo, a unos ochocientos kilómetros por debajo de su
vientre. Abultamientos y depresiones repujadas iban sucediéndose a sus pies, de
forma irregular y en cierto modo artísticamente distribuidos...
Hacía siglos
que se venían organizando excursiones en naves que planeaban de modo similar
sobre la superficie de la Luna de la Tierra. El panorama que tenían ante sus
ojos era bastante parecido: cráteres y montañas, fuertes contrastes de blanco y
negro, dibujados sobre la superficie de la Luna por los potentes reflectores de
que iban provistas todas esas naves. Sin embargo, había una diferencia. A
cualquier altura que uno se encontrase sobre la Luna, siempre se divisaba el
horizonte lunar, dentado y recortado contra el espacio negro y ligeramente
curvo. En cambio, el horizonte del Mundo Anillo no tenía curvas. Era una línea
recta, inconcebiblemente distante y apenas visible. Luis se preguntó cómo se
las debía arreglar Interlocutor para resistir horas y más horas al timón del
«Embustero», navegando sobre la superficie y bajo el vientre de ese...
artefacto.
Luego se
encogió de hombros. Poco a poco comenzaba a hacerse una idea de las dimensiones
del Mundo Anillo. Era un proceso desagradable, como todos los aprendizajes.
Apartó la
mirada de ese terrible horizonte para fijarlo otra vez en la zona iluminada.
Nessus dijo:
- Todos los
mares parecen corresponder al mismo orden de magnitud.
- Sí, he visto
unos cuantos estanques - le contradijo Teela -. Y... mira, ahí hay un río.
Tiene que ser un río. Pero no he visto ningún gran océano.
Luis constató
que abundaban los mares; suponiendo que estuviera en lo cierto y esos bultos
aplanados fueran mares. Aunque no todos tenían el mismo tamaño, parecían estar
distribuidos de forma regular, de modo que ninguna región careciera de agua.
- Son planos.
Todos los mares tienen el fondo plano.
- Sí - dijo
Nessus.
- Ello
demuestra una cosa. Todos los mares son poco profundos. Luego, los anillícolas
no son habitantes marinos. Sólo utilizan la superficie de los océanos. Igual
que nosotros.
- Pero todos
los mares tienen formas recortadas - le hizo notar Teela -. Y con bordes
escarpados. ¿Sabes qué significa esto?
- Bahías.
Infinidad de bahías.
- Aunque no
sean habitantes marinos, tus anillícolas no temen los barcos - comentó Nessus
-. De lo contrario, de nada les servirían las bahías. Luis, estas gentes se
parecerán bastante a los humanos. Los kzinti aborrecen el agua y mi especie
tiene miedo de ahogarse.
Luis pensó que
podían descubrirse muchas cosas de un mundo observándolo del revés. Algún día
escribiría una monografía sobre el tema...
Teela dijo:
- Debe ser
divertido poder esculpirse un mundo a medida.
- ¿No estás
satisfecha con tu mundo, amiguita?
- Tú ya me
entiendes.
- ¿Poder? -
Luis parecía sorprendido; el poder le era indiferente. No era una persona
creativa; no le gustaba hacer cosas; prefería encontrárselas.
De pronto, le
pareció distinguir algo interesante un poco más adelante. Un abultamiento más
pronunciado... y un saliente como una aleta negra bajo la luz de los motores,
ahora muy concentrada. Y el abombamiento tenía varios cientos de miles de
kilómetros cuadrados de superficie.
Si los otros
eran mares, éste debía corresponder a un océano, el rey de todos los océanos.
Fue deslizándose interminablemente bajo sus ojos; y no era liso como los demás.
Recordaba un mapa topográfico del océano Pacífico, con valles y montañas, zonas
poco profundas y grandes fosas, y picos que, por su altura, bien podrían ser
islas.
- Deseaban
conservar su vida marina - aventuró Teela -. Y para ello necesitaban un océano
profundo. La aleta debe de servir para refrigerar las profundidades. Un
radiador.
Un océano que a
pesar de no tener la profundidad suficiente, sí era lo bastante ancho como para
tragarse toda la Tierra.
- Basta - ya -
exclamó de pronto el kzin -. Examinemos ahora la superficie interior.
- Primero
debemos tomar unas cuantas medidas - le interrumpió Nessus -. ¿Es
verdaderamente circular el anillo? Cualquier pequeña desviación dejaría escapar
el aire hacia el espacio.
- Sabemos que
hay aire, Nessus. La distribución del agua sobre la superficie interior nos
indicará en qué medida se desvía el anillo de la circularidad.
Nessus se dio
por vencido:
- De acuerdo.
En cuanto lleguemos al otro reborde.
Había fosas
meteoríticas. No muchas, pero ahí estaban. Luis pensó, divertido, que los
anillícolas no habían limpiado su sistema solar a conciencia. Pero no, esos
meteoritos debían de haber llegado de fuera, del espacio interestelar. Los
reflectores de fusión iluminaron un cráter cónico, y Luis vio un resplandor en
el fondo. Algún objeto brillante reflejaba la luz.
Seguramente, la
hendedura dejaba al descubierto la plataforma de un material, seguramente muy
rígido, cuya densidad le permitía absorber un 40 por 100 de los neutrinos.
Encima (o en el interior) de la plataforma del anillo debía de haber tierra y
mares y ciudades, y encima de todo esto, aire. Debajo (o en la parte exterior),
un material esponjoso amortiguaba el impacto de los meteoritos. La mayoría de
éstos debían vaporizarse al atravesar la gruesa capa de material esponjoso; sin
embargo, unos pocos debían de llegar a traspasarla, dejando unos agujeros
cónicos con el fondo brillante...
Muy a lo lejos
de la superficie del Mundo Anillo, casi más allá de su curva infinitamente
suave, Luis descubrió un hoyuelo. Ahí debía de haber caído uno grande, pensó.
Lo bastante grande como para resultar visible a la luz de las estrellas.
No señaló el
hoyuelo del meteorito a los demás. Sus ojos y su mente aún no se habían
acostumbrado a las dimensiones del Mundo Anillo.
9. Las
pantallas cuadradas
El sol G2
comenzó a levantarse cegador sobre el recto borde negro del anillo. Su brillo
les hirió los ojos, hasta que el kzin accionó un polarizador; y entonces Luis
pudo mirar hacia el disco y descubrió una pantalla que cortaba su arco. Una
pantalla cuadrada.
- Debemos tener
cuidado - advirtió Nessus -. Si igualamos velocidades con el anillo y nos
asomamos a la superficie interior, nos atacarán sin lugar a dudas.
Interlocutor le
respondió con un rugido entre dientes. Seguramente el kzin comenzaba a estar
cansado tras tantas horas de permanecer sentado junto a la herradura llena de
mandos.
- ¿Con qué arma
nos atacarán? Ya hemos comprobado que los anillícolas ni siquiera poseen una
emisora de radio en funcionamiento.
- Imposible
adivinar su forma de comunicación. Tal vez empleen la telepatía, o el eco de
ciertas vibraciones sobre el suelo del anillo, o impulsos eléctricos
transmitidos por medio de cables metálicos. Igualmente, lo ignoramos todo sobre
su armamento. Nuestra presencia sobre su superficie podría interpretarse como
una grave amenaza. Emplearán todas las armas disponibles.
Luis asintió.
No era cauto por naturaleza y el Mundo Anillo había picado su curiosidad; pero
el titerote tenía razón.
Si el
«Embustero» se ponía a planear sobre la superficie, se convertiría en un
meteorito en potencia. Y nada despreciable. Una masa de esas dimensiones ya
representaba un peligro infernal a mera velocidad orbital; en efecto, el más
leve contacto con la atmósfera lo haría precipitarse hacia abajo a varios
cientos de kilómetros por segundo. A una velocidad hiperorbital y empleando los
reactores para mantener una trayectoria curva, la nave representaría un peligro
menor, pero en cambio más probable; en efecto, el fallo de un solo motor sería
suficiente para que la «fuerza centrífuga» proyectara la nave hacia fuera (o
hacia abajo) sobre las tierras pobladas. Los anillícolas no debían ser
propensos a tomarse un meteorito a la ligera. No podían, teniendo en cuenta que
bastaría una sola perforación del suelo del anillo para succionar toda la
atmósfera del mundo y escupirla sobre las estrellas.
Interlocutor se
volvió y se encontró cara a cara con las dos cabezas planas del titerote.
- Luego,
¿cuáles son tus órdenes?
- Primero
desaceleraremos la nave hasta alcanzar la velocidad orbital.
- ¿Y entonces?
- Aceleraremos
en dirección al sol. Podemos inspeccionar brevemente la superficie habitable
del anillo mientras le miramos contraerse. De momento, estudiaremos las
pantallas cuadradas.
- Tanta
precaución me parece innecesaria y humillante. No nos interesan para nada las
pantallas cuadradas.
«¡Nej!», pensó
Luis. Cansado y hambriento como estaba, sólo le faltaba tener que hacer de
mediador entre los dos extraterrestres. Llevaba demasiado tiempo sin comer ni
dormir. Si Luis estaba cansado, el kzin debía de estar agotado y deseoso de
camorra.
El titerote
estaba diciendo:
- Las pantallas
cuadradas nos interesan por razones muy concretas. Su superficie intercepta
mayor cantidad de luz solar que el propio anillo. Serían ideales como
generadores termoeléctricos para abastecer de energía al Mundo Anillo.
El kzin bramó
algo injurioso en la Lengua del Héroe. En cambio, su inmediata observación en
intermundo resultó ridículamente suave.
- Intenta ser
razonable. No creo que nos interese para nada la fuente de energía del Mundo
Anillo. ¿Por qué no aterrizamos, buscamos un nativo y le preguntamos qué fuente
de energía utilizan?
- Me niego a
considerar la posibilidad de un aterrizaje.
- ¿Crees que no
sé manejar la nave?
- ¿Discutes mis
decisiones como jefe de esta expedición?
- Ya que has
tocado el tema...
- Todavía tengo
el tasp, Interlocutor. Aún soy yo quien debe decidir si podréis disponer del
«Tiro Largo» y del hiperreactor de quantum 11. Y sigo siendo el Ser último a
bordo de esta nave. No olvides...
- Basta - dijo
Luis.
Los dos se lo
quedaron mirando.
- Esta
discusión es prematura - dijo Luis -. ¿Por qué no enfocáis los telescopios
sobre las pantallas cuadradas? Luego, los dos tendríais mayor número de
detalles y la discusión resultaría más divertida. - Nessus quedó mirándose con
un ojo fijo en el otro. El kzin escondió las uñas -. Desde un punto de vista
más pragmático - continuó Luis -, todos tenemos los nervios de punta. Estamos
cansados, hambrientos. A nadie le gusta combatir con el estómago vacío. Por mi
parte, me voy a descansar un ratito con los auriculares somníferos. Y os
sugiero que hagáis otro tanto.
Teela se quedó
estupefacta:
- ¿No piensas
mirar lo que pasa? ¡Vamos a ver la cara interior!
- Míralo tú y
luego me lo cuentas todo. - Y salió.
Se despertó con
la cabeza pesada y famélico. Estuvo en el camarote el tiempo necesario para
pedir una comida portátil. Se dirigió al salón con la comida en una mano.
- ¿Cómo van las
cosas?
Teela le
respondió, en tono indiferente desde una pantalla de lectura:
- Te lo has
perdido todo. Navíos piratas, Demonios de las Tinieblas, dragones espaciales,
plantas caníbales, todos lanzados sobre nosotros en simultáneo ataque.
Interlocutor tuvo que rechazarlos a puño limpio. Te hubiera encantado.
- ¿Y Nessus?
El titerote le
respondió desde la sala de mandos:
- Interlocutor
y yo hemos decidido acercarnos a las pantallas cuadradas. Él se ha echado a dormir
un rato. Pronto estaremos en el espacio abierto.
- ¿Alguna
novedad?
- Sí,
bastantes. En seguida te lo explico.
El titerote
operó los controles de la pantalla panorámica. Debía de haber estudiado a fondo
la simbología kzinti en alguna parte.
La imagen que
apareció en la pantalla parecía la Tierra vista desde gran altura. Montañas,
lagos, valles, ríos, zonas que podrían ser Desiertos...
- ¿Desiertos?
- Eso parece,
Luis. Interlocutor obtuvo espectros de temperatura y humedad. Buen número de
datos demuestran que el Mundo Anillo ha retornado a un estado salvaje, al menos
en parte. ¿Cómo explicar si no la existencia de desiertos? Encontramos otro
profundo océano salado en el lado opuesto del anillo, tan grande como el de
este lado. Los espectros confirman la presencia de sal. Es evidente que los
ingenieros se vieron en la necesidad de compensar esas enormes masas de agua.
Luis hincó el
diente en su comida portátil.
- Cuando
enfocamos el visor sobre las pantallas cuadradas, Interlocutor accedió a
examinarlas más de cerca - comentó Nessus.
- ¿Por qué? -
increpó Luis.
- Descubrimos
una peculiaridad. Las pantallas cuadradas se mueven a una velocidad
suficientemente superior a la orbital para permitir un margen de seguridad.
Luis casi se
atraganto.
- No es imposible
- añadió el titerote -. Tal vez las pantallas cuadradas sigan órbitas elípticas
estables equivalentes. No es indispensable que se mantengan a una distancia
constante de la primaria.
Luis tragó a
toda prisa para poder hablar:
- Es una
locura. ¡Haría variar la duración de los días!
- Por un
momento hemos pensado que podía servir para diferenciar el verano del invierno,
acortando y luego volviendo a alargar las noches - dijo Teela -. Pero tampoco
parece tener sentido.
- Claro que no.
Las pantallas cuadradas cubren su circuito en menos de un mes. ¿De qué sirve un
año de tres semanas?
- Ahí está el
problema - dijo Nessus -. Era una anomalía demasiado pequeña para poder
detectarla desde nuestro propio sistema. ¿A qué se debe? ¿Tal vez la gravedad
aumenta en las proximidades de la primaria y ello exige una mayor velocidad
orbital? En cualquier caso, los objetos que ocultan el sol merecen ser
examinados más atentamente.
El transcurso
del tiempo podía apreciarse siguiendo el curso del reborde negro de una
pantalla cuadrada sobre el sol.
El kzin salió
pronto de su habitación, saludó amablemente a los humanos que estaban en el
salón y sustituyó a Nessus en la sala de mandos.
Poco después
volvió a aparecer. No se oyó ningún ruido que pudiera indicar un altercado;
pero de pronto Luis vio al titerote que retrocedía ante una asesina mirada
kzinti. Interlocutor parecía dispuesto a matar.
- Muy bien -
dijo Luis, resignado -. ¿Qué pasa ahora?
- Este
herbívoro - comenzó a quejarse el kzin, y la ira le cortó las palabras. Volvió
a empezar -: Nuestro esquizofrénico dirigente-desde-el-último-lugar nos ha
tenido en una órbita de consumo mínimo desde que me fui a descansar. A este
paso tardaremos cuatro meses en llegar a la banda de pantallas cuadradas. - A
ello siguió una sarta de maldiciones en la Lengua del Héroe.
- Tú mismo nos
colocaste en esa órbita - dijo suavemente el titerote.
El kzin subió
el tono de voz:
- Quería
alejarme lentamente del Mundo Anillo para poder echarle un vistazo a la
superficie interior. Luego podíamos acelerar directamente hacia las pantallas
cuadradas. ¡Y llegar allí en cuestión de horas, en vez de meses!
- No te
excites, Interlocutor. Si aceleramos hacia las pantallas nuestra órbita cortará
la del Mundo Anillo. Es algo que deseo evitar.
- Podrías poner
rumbo al sol - dijo Teela.
Todos se la
quedaron mirando.
- Si los
anillícolas temen que nos estrellemos sobre ellos - explicó pacientemente Teela
-, lo más probable es que estén estudiando nuestra trayectoria. Si nuestra
trayectoria nos lleva directamente al sol, ello significará que no constituimos
ningún peligro para ellos. ¿Os dais cuenta?
- Buena idea -
reconoció Interlocutor.
El titerote se
encogió de hombros:
- Tú eres el
piloto. Haz lo que quieras, pero no olvides...
- No tengo la
menor intención de atravesar el sol. A su debido tiempo me alinearé con las
pantallas. - Y el kzin regresó a la cabina de mando con gran estrépito. No es
fácil para un kzin producir estrépito.
La nave se puso
paralela al anillo. Apenas se notó el cambio; obedeciendo las instrucciones
recibidas, el kzin sólo había utilizado los elevadores inertes. Interlocutor
redujo la velocidad orbital de la nave y ésta comenzó a caer hacia el sol;
luego puso proa hacia el centro y aceleró.
El Mundo Anillo
era una gran banda azul surcada de cordones y aglomeraciones de relucientes
nubes blancas. Y se estaba desvaneciendo visiblemente. Interlocutor tenía
prisa.
Luis marcó el
código para pedir dos ampollas de mocha y le tendió una a Teela.
Comprendía el
enojo del kzin. El Mundo Anillo le llenaba de pánico. Abrigaba el
convencimiento de que tendría que aterrizar... y deseaba hacerlo antes de
perder el control de sus nervios.
Interlocutor
regresó al salón:
- Llegaremos a
la órbita de las pantallas cuadradas dentro de catorce horas. Nessus, los guerreros
del Patriarca aprendemos a ser pacientes desde la infancia, pero los herbívoros
tenéis más paciencia que un cadáver.
- Nos movemos -
dijo Luis, y comenzó a incorporarse. En efecto, la proa de la nave se estaba
apartando del sol.
Nessus chilló y
se plantó de un salto en el otro extremo del salón. Estaba en el aire cuando el
«Embustero» se encendió como un flash. La nave dio un bandazo...
Discontinuidad.
...La nave dio
un bandazo a pesar de la gravedad de la cabina. Luis se agarró al respaldo de
una silla; Teela cayó en su propia cápsula-diván, con increíble exactitud; el
titerote, hecho un ovillo, fue rodando hasta dar con la pared. Todo ello en
medio de un intenso resplandor violeta. La oscuridad duró sólo un instante y
pronto fue sustituida por una resplandeciente luz violeta.
Venía de fuera,
del exterior del fuselaje.
Después de
dejar el «Embustero» bien encarado, Interlocutor debía de haber confiado el
mando al piloto automático. Y entonces, pensó Luis, el piloto automático había
rectificado la dirección de Interlocutor, por considerar que un meteorito de
las dimensiones del sol podía resultar peligroso y era preciso evitarlo.
La gravedad de
la cabina volvía a ser normal. Luis se incorporó. No se había lastimado. Y,
aparentemente, tampoco Teela estaba herida. Permanecía de pie junto a la pared
mirando fijamente a través de la luz violeta.
- La mitad del
tablero de mandos ha quedado inutilizado - anunció Interlocutor.
- Y también han
desaparecido la mitad de los instrumentos - dijo Teela -. Te has quedado sin
ala.
- ¿Cómo dices?
- Hemos perdido
el ala.
Así era. Y con
ella habían perdido todo lo que iba montado sobre el ala: reactores, tubos de
fusión, las vainas con el equipo de comunicaciones, el equipo de aterrizaje.
Nada restaba del «Embustero» excepto la parte protegida por el fuselaje de
Productos Generales.
- Nos han
disparado - dijo Interlocutor -. Y aún siguen tirando sobre nosotros,
probablemente con rayos laser. A partir de este momento, la nave se halla en
estado de guerra. Y, en consecuencia, yo tomo el mando.
Nessus no
discutió esa decisión. Seguía hecho un ovillo. Luis se arrodilló a su lado y le
palpó con ambas manos.
- Finagle sabe
que no soy médico de extraterrestres. Pero no creo que esté herido.
- Sólo está
asustado y quiere esconderse en su propio vientre. Tú y Teela tendréis que
atarle y mantenerle tranquilo.
A Luis no le
sorprendió encontrarse obedeciendo órdenes. Estaba muy trastornado. Un minuto
antes estaban en una nave espacial. Ahora, ésta se había convertido en poco más
que una aguja de cristal que iba cayendo hacia el sol.
Condujeron al
titerote hasta su cápsula de supervivencia y le ajustaron la red de seguridad.
- No nos
encontramos ante una cultura pacífica - dijo el kzin -. Un laser de rayos X
constituye siempre un arma ofensiva. De no ser por nuestro fuselaje
invulnerable, estaríamos todos muertos.
- También debe
de haber desaparecido el campo estático de diseño esclavista - dijo Luis -.
Imposible saber cuánto tiempo estuvimos estasiados.
- Unos pocos
segundos - le rectificó Teela -. Esa luz violeta tiene que ser la nube de metal
de nuestra ala fluorescente.
- Activada por
el laser, claro. Creo que comienza a disiparse.
Y tenía razón:
el resplandor era ya menos intenso.
- Por
desgracia, nuestras armas automáticas son exclusivamente defensivas. ¡Cómo va a
saber un titerote lo que son armas ofensivas! - se lamentó Interlocutor -.
Hasta nuestros motores de fusión estaban en el ala. ¡Y el enemigo continúa
disparando sobre nosotros! Pero sabrán lo que significa atacar a un kzin.
- ¿Vas a
perseguirlos?
A Interlocutor
le resbaló el sarcasmo del comentario:
- Así es.
- ¿Con qué? -
explotó Luis - ¿Sabes qué nos han dejado? Un hipermotor y un sistema de
supervivencia. ¡Eso es todo! ¡Son delirios de grandeza creer que podemos hacer
una guerra en esto!
- ¡Eso cree el
enemigo! Pero no saben...
- ¿Qué enemigo?
- ...que quien
desafía a un kzin...
- ¡Armas
automáticas, zoquete! ¡Un enemigo hubiera comenzado a disparar en cuanto nos
tuvo a tiro!
- Yo también he
estado cavilando sobre su desusada estrategia.
- ¡Armas
automáticas! Lasers de rayos X para destrozar los meteoritos. Programados para
derribar cualquier cosa susceptible de chocar contra el anillo. En cuanto
nuestra posible órbita de caída libre cruzó sobre el anillo, ¡zas! ¡Se dispararon
los lasers!
- ...es
posible. - El kzin comenzó a cubrir las partes inutilizadas del tablero de
mandos -. Pero ojalá te equivocases.
- No lo dudo.
Sería un alivio poder echarle la culpa a alguien, ¿verdad?
- Lo que sí
arreglaría las cos y as sería que nuestra trayectoria no pasara por el anillo
-. El kzin había tapado la mitad del tablero. Continuó tapando paneles mientras
hablaba -. Nuestra velocidad es considerable. Suficiente para sacarnos del
sistema y hacernos traspasar la discontinuidad local, con lo cual podríamos
emplear el hipermotor para regresar hasta la flotilla de los titerotes. Pero,
condición previa para ello es que no choquemos con el anillo.
El razonamiento
de Luis no iba tan lejos:
- Si no
hubieras tenido tanta prisa - dijo con amargura.
- Al menos no
nos estrellaremos contra el sol. Las armas automáticas no dispararán hasta que
nuestra trayectoria haya dado la vuelta al sol.
- Los lasers
siguen funcionando - informó Teela -. Puedo ver las estrellas en medio de los
destellos, pero éstos siguen ahí. Luego, aún debemos de ir directos a la
superficie del anillo, ¿verdad?
- Siempre y
cuando los lasers sean automáticos, sí.
- ¿Y nos
mataremos si nos estrellamos contra el anillo?
- Pregúntaselo,
a Nessus. Su raza construyó el «Embustero». A ver si consigues que salga de su
ovillo.
El kzin soltó
un gruñido despectivo. Ya había tapado la mayor parte del tablero de mandos.
Sólo se mantenían encendidas unas cuantas míseras lucecitas, en señal de que
parte del «Embustero» continuaba aún con vida.
Teela Brown se
inclinó sobre el titerote, que seguía hecho una bola bajo la frágil trama de su
red antichoques. Muy por el contrario de lo que esperaba Luis, no había dado la
menor señal de pánico desde el inicio del ataque con rayos laser. Deslizó las
manos hasta la base de los cuellos del titerote y comenzó a rascar suavemente,
como le había visto hacer a Luis en ocasiones parecidas.
- Te estás
portando como un tonto - riñó gentilmente al asustado titerote -. Vamos, saca
las cabezas. A ver, mírame. ¡Te lo perderás todo!
Doce horas más
tarde, Nessus continuaba en estado catatónico.
- ¡Cuando
intento hacerle salir sólo consigo que se encoja aún más! - Teela parecía al
borde de las lágrimas. Se habían retirado a cenar en su camarote, pero ella no
consiguió comer nada -. No lo hago bien, Luis. Lo sé.
- Pones todo el
acento en el aspecto excitante, en las muchas cosas que pueden ocurrir, y
Nessus no quiere excitaciones - Puntualizó Luis -. No te preocupes. Cuando le
necesitemos ya sacará las cabezas.
Teela caminaba
de un modo extraño, medio a trompicones; aún no se había adaptado del todo a la
diferencia entre la gravedad de la nave y la gravedad de la Tierra. Parecía a
punto de decir algo, luego cambió de opinión, sólo para volver a pensárselo
mejor y, por fin, soltar la pregunta:
- ¿Tienes
miedo?
- Sí.
- Ya me lo
parecía - confirmó ella, y reanudó sus paseos arriba y abajo por el camarote.
Al cabo de un rato preguntó -: ¿Y cómo es que Interlocutor no tiene miedo?
En efecto, el kzin había desplegado una incesante actividad desde el ataque: había hecho inventario de las armas disponibles, había realizado primitivos cálculos trigonométricos para intentar establecer la trayectoria de la nave, todo ello jalonado de órdenes concisas y razonabl