MUNDO ANILLO

Larry Niven

 

 

 

Título original: Ringworld

Traducción: Mirela Bofill

© 1970 by Larry Niven

© 1976, Ediciones Martínez Roca S.A.

Gran Vía 774 7º, Barcelona.

ISBN 950-614-428-1

Edición electrónica de Sadrac, Enero 2000

 

 

 

1. Luis Wu

 

Luis Wu volvió a la realidad en el centro del Beirut nocturno, en el interior de una de las varias cabinas teletransportadoras de uso general.

La larga coleta, blanca y reluciente, parecía de nieve artificial. La piel y el cráneo depilado tenían un tinte amarillo cromo; el iris de sus ojos era dorado y lucía una túnica azul cobalto sobre la cual destacaba la dorada figura de un dragón estereoscópico. Cuando apareció, su rostro exhibía una amplia sonrisa con una hilera de perfectos dientes nacarados, absolutamente normalizados. Su persona se materializó sonriente y agitando una mano. Pero la sonrisa estaba ya en fase de disolución; un segundo más tarde había desaparecido, y su rostro comenzaba a descomponerse como una máscara de goma bajo el efecto del calor. En ese momento, Luis Wu aparentaba los años que tenía.

Permaneció inmóvil unos instantes junto a su cabina contemplando el paso de la ciudad de Beirut: la gente que iba apareciendo en las cabinas contiguas, procedente de lugares desconocidos; la multitud que cruzaba el lugar a pie, pues las aceras móviles se desconectaban durante la noche. Entonces comenzaron a tocar las once. Luis Wu enderezó los hombros y salió al encuentro del mundo.

En Resht, su fiesta debía de continuar en pleno apogeo y ya sería la mañana siguiente a su cumpleaños. En Beirut tenían una hora menos. Luis pagó varias rondas de raki en un reposado restaurante al aire libre y aplaudió las canciones que el público coreaba en árabe y en intermundo. Antes de medianoche salía rumbo a Budapest.

¿Habrían advertido que había dejado su propia fiesta? Sin duda supondrían que había salido con alguna mujer y estaría de regreso en un par de horas. Pero Luis se había ido solo, huyendo de las campanadas de medianoche, con el nuevo día pisándole los talones. Veinticuatro horas eran muy pocas tratándose de la celebración de su bicentésimo cumpleaños.

Ya se las arreglarían sin él. Sus amigos eran gente de mundo. Luis se mostraba inflexible en ese aspecto. En Budapest encontró vino y danzas atléticas, nativos que le toleraron tomándole por un turista adinerado y turistas que le creyeron un nativo acomodado. Bailó las danzas y bebió el vino, y emprendió la marcha al filo de medianoche.

En Munich decidió dar un paseo.

El aire era cálido y puro; le ayudaría a despejarse un poco. Estuvo caminando sobre las iluminadas aceras móviles, sumando su andar a los quince kilómetros por hora de las aceras. De pronto, cayó en la cuenta de que todas las ciudades del mundo tenían aceras móviles, y todas se desplazaban a quince kilómetros por hora.

La idea le pareció intolerable. Nada nuevo; sólo intolerable. Luis Wu rememoró la total similitud existente entre Beirut Y Munich o Resht... o San Francisco o Topeka o Londres o Amsterdam. Las tiendas que flanqueaban las aceras móviles vendían productos idénticos en todas las ciudades del mundo. Los ciudadanos que había encontrado esa noche tenían todos igual aspecto, vestían del mismo modo. No eran americanos, ni alemanes, ni egipcios, sino, simplemente, terrícolas.

En sólo tres siglos y medio, las cabinas teletransportadoras habían logrado trocar la infinita variedad de la Tierra en esto. Su red de transporte instantáneo abarcaba el mundo entero. Entre Moscú y Sidney mediaba sólo un infinitésimo de tiempo y una moneda de un décimo de estrella. Ineluctablemente, las ciudades se habían ido desdibujando con los siglos y sus nombres eran ya meras reliquias del pasado.

San Francisco y San Diego constituían el extremo norte y sur de una vasta ciudad costera. Pero ¿cuántas personas sabían cuál era el extremo norte y cuál el sur? Muy pocas, a esas alturas.

Eran pensamientos más bien pesimistas para un hombre que ese día cumplía los doscientos años de vida.

Pero la fusión de las ciudades era un hecho real. Luis había sido testigo del proceso. Había visto fundirse todas las irracionalidades de lugar, tiempo y costumbres en una gran racionalidad: una Ciudad que cubría el mundo entero, cual monótona pasta gris. ¿Quién hablaba aún deutsch, english, francais, español? Todos se comunicaban en intermundo. Los tatuajes de moda cambiaban todos al unísono, en una monstruosa oleada que abarcaba el mundo entero.

¿Sería hora de tomarse otro año sabático? Lanzarse a lo desconocido, él solo en su nave individual, con la piel y los ojos y el cabello de su color natural, y una barba que iba creciendo desordenadamente sobre su rostro...

- Bobadas - se dijo Luis -. Acabo de tomarme un sabático.

De eso hacía veinte años.

Pero ya pronto darían las doce. Luis Wu buscó una cabina teletransportadora, introdujo su tarjeta de crédito en la ranura y marcó el código de Sevilla.

Reapareció en una habitación bañada por la luz del sol.

 

- Nej, ¿qué significa esto? - se preguntó, frotándose los ojos.

La cabina debía estar averiada. En Sevilla ya no tendría que ser de día. Luis Wu se disponía a marcar otra vez; sin embargo, al volverse, se encontró con una sorpresa.

Estaba en una habitación de hotel completamente anónima, y en tan prosaico marco, su ocupante resultaba aún más desconcertante.

En efecto, ante sí, en medio de la habitación tenía un ser desprovisto de todo rasgo humano o humanoide. Se apoyaba sobre tres patas y contemplaba a Luis Wu desde dos direcciones distintas, gracias a sus dos cabezas planas montadas sobre sendos cuellos, flexibles y muy delgados. La mayor parte de tan sorprendente figura estaba cubierta de piel blanca y suave corno un guante; sin embargo, entre los dos cuellos de la bestia crecía una gruesa crin de basto pelo castaño, que le cubría todo el espinazo hasta la complicada articulación de la pata trasera. Tenía las dos patas delanteras muy separadas, de modo que los pequeños cascos con garras de la bestia formaban un triángulo casi equilátero.

Luis supuso que debía tratarse de un animal extraterrestre. Esas cabezas planas no podían albergar un cerebro. Pero luego advirtió una jiba entre las bases de los cuellos, donde la crin se convertía en un grueso estropajo protector... y comenzó a recordar vagamente un incidente acaecido treinta y seis lustros atrás.

Era un titerote, un titerote de Pierson. El cerebro y el cráneo se ocultaban bajo la joroba. No era un animal; estaba dotado de una inteligencia al menos comparable a la del hombre. Y sus ojos, uno por cabeza y muy hundidos en las órbitas óseas, miraban fijamente a Luis Wu desde dos direcciones distintas.

Luis intentó abrir la puerta. Cerrada.

Había quedado encerrado fuera, no dentro. Podía marcar un número y esfumarse. Pero ni siquiera lo pensó. No era corriente encontrar un titerote de Pierson. La especie había desaparecido del espacio conocido antes de que Luis Wu viniera al mundo.

- ¿Puedo servirte en algo? - dijo Luis.

- Puedes - dijo el extraño ser...

...con una voz que le hizo rememorar sus sueños de adolescente. De querer imaginar una mujer en consonancia con esa voz, Luis habría tenido que evocar a Cleopatra, Helena de Troya, Marilyn Monroe y Lorelei Huntz, todas en una.

- ¡Nej!

La palabrota le pareció más adecuada que nunca. ¡No es justo! ¡Que semejante voz perteneciera a un extraño ser de dos cabezas y sexo indeterminado!

- No te asustes - dijo el extraterrestre -. En caso de emergencia, siempre puedes huir.

- En el colegio había dibujos de seres como tú. Hace tiempo que desaparecisteis... o eso creíamos.

- Cuando mi especie huyó del espacio conocido, yo no les acompañé - replicó el titerote - Me quedé en el espacio conocido, pues aquí podía ser útil a mi especie.

- ¿Dónde te has ocultado? ¿Y en qué lugar de la Tierra estamos ahora?

- Eso no es de tu incumbencia. ¿Eres Luis Wu MMGREWPLH?

- ¿Lo sabías ya? ¿Me buscabas concretamente a mí?

- Si. Hemos hallado la manera de manipular la red de cabinas teletransportadoras de este mundo.

Era posible, pensó Luis. Costaría una fortuna en sobornos, pero era posible conseguirlo. Aunque...

- ¿Para qué?

- Será un poco largo de explicar...

- ¿No vas a dejarme salir de aquí?

El titerote reflexionó:

- Supongo que debo hacerlo. Pero primero debo advertirte que estoy protegido. Mi armamento puede detener cualquier posible ataque.

Luis emitió un gruñido de disgusto.

- ¿Por qué habría de atacarte?

El titerote no respondió.

- Ya recuerdo. Sois cobardes. Toda vuestra ética se basa en la cobardía.

- Aunque inexacta, la descripción puede servirnos.

- Bueno, podría ser peor - reconoció Luis. Todas las especies sensibles tenían sus peculiaridades. Sin duda resultaría más fácil entenderse con el titerote que con los trinoxios y su paranoia racial, o los kzinti con sus instintos asesinos, o los grogs sésiles con esos... extraños e inquietantes órganos que tenían en lugar de manos.

La figura del titerote habíale traído a la memoria todo un desván de polvorientos recuerdos. La información sobre los titerotes y su imperio comercial, sus contactos con la humanidad, su repentina e inusitada desaparición, afluía a su mente entremezclada con el sabor del primer cigarrillo, las primeras tentativas de escribir a máquina con dedos torpes y no adiestrados, listas de vocabulario intermundo que debía memorizar, el sonido y el sabor del inglés, las incertidumbres y zozobras de la primerísima juventud. Había estudiado los titerotes en clase de historia, en el Instituto, y luego los había olvidado por completo durante ciento ochenta años. ¡Resultaba asombroso comprobar la cantidad de cosas que era capaz de retener el cerebro humano!

- Puedo permanecer aquí, si así lo prefieres - le dijo al titerote.

- No. Debemos estar juntos.

Los músculos se perfilaron tensos bajo la piel cremosa, mientras el titerote procuraba armarse de valor. Por fin se abrió la puerta de la cabina y Luis Wu entró en la habitación.

El titerote retrocedió un poco.

Luis se dejó caer en una silla, no tanto por su propia comodidad sino más bien con el propósito de tranquilizar un poco al titerote. Sentado tendría un aspecto más inofensivo. La silla era un modelo estándar, una silla vibradora adaptable, diseñada exclusivamente para humanos. Entonces Luis advirtió una tenue fragancia, que le recordó un herbolario y un juego de química a la vez, un olor bastante agradable.

El extraterrestre dobló la pata trasera y se acomodó sobre ella.

- Debes de preguntarte por qué te he traído hasta aquí. Será largo de contar. Para empezar, ¿qué sabes de mi especie?

- Hace tantos años que dejé el colegio. Poseíais un imperio comercial, si no me equivoco. Abarcaba mucho más de lo que solemos denominar «espacio conocido». Sabemos que los trinoxios fueron clientes vuestros, y no les conocimos hasta veinte años atrás.

- Sí, solíamos comerciar con los trinoxios. En gran parte a través de robots, si mal no recuerdo.

- Vuestro imperio comercial tenía varios milenios de antigüedad, por lo menos, y abarcaba como mínimo un buen puñado de años luz. Y luego, de pronto, desaparecisteis. Lo abandonasteis todo. ¿Por qué?

- ¿Será posible que ya nadie se acuerde? ¡Huimos de la explosión del núcleo galáctico!

- Ya lo sé. - Luis incluso recordaba vagamente que la reacción en cadena de las novas en el eje galáctico había sido descubierta por extraterrestres -. Pero, ¿por qué continuáis huyendo? Los soles del Núcleo entraron en estado de novas hace diez mil años. La luz tardará aún otros veinte mil años en llegar hasta aquí.

- Los humanos son unos insensatos - dijo el titerote -. Vuestra inconsciencia acabará por llevaros al desastre. ¿No os dais cuenta del peligro? ¡Toda esta región de la galaxia se hará inhabitable por efecto de la radiación del frente expansivo!

- Veinte mil años son muchos años.

- Aunque ocurra dentro de veinte mil años, la exterminación sigue siendo la exterminación. Mi especie huyó rumbo a las Nubes de Magallanes. Pero aquí quedamos unos cuantos, por si la migración titerote sufría algún percance. Éste se ha producido ahora.

- ¿Oh? ¿Qué tipo de percance?

- No estoy autorizado a responder a esta pregunta. Pero puedo enseñarte esto.

El titerote le tendió un objeto que tenía sobre la mesa. Y Luis, que se había estado preguntando dónde tendría metidas las manos, advirtió que sus bocas eran manos.

Y unas manos muy diestras, según pudo apreciar cuando el extraterrestre se inclinó con gran cautela para entregarle un grabado instantáneo. Los elásticos y holgados labios del titerote se extendían varios centímetros más allá de sus dientes. Estaban tan secos como los dedos humanos y tenían una orla de abultamientos en forma de dedos. Luis logró divisar fugazmente una ágil lengua bífida tras los cuadrados dientes de herbívoro.

Cogió la instantánea y la observó.

Al principio no logró discernir nada, pero continuó mirándola atentamente con la esperanza de conseguir descifrar su significado. Se veía un pequeño disco de un blanco intenso que podría ser un sol, G0 o K9 o K8, con un desdibujado cordón separado de sol por un liso reborde negro. Pero el reluciente objeto no podía ser un sol. Detrás, semicubierta por éste, se veía una franja azul cielo recortada sobre el fondo negro-espacio. La franja azul era perfectamente recta, de lisos rebordes, sólida, artificial, y más ancha que el disco iluminado.

- Parece una estrella con un anillo alrededor - dijo Luis -. ¿Qué es?

- Puedes quedártelo y analizarlo más detenidamente, si quieres. Ahora puedo explicarte el motivo de que te hayamos traído hasta aquí. Tengo la intención de organizar una expedición de exploración, integrada por cuatro miembros, entre ellos yo mismo, y también tú.

- ¿Para explorar qué?

- Aún no puedo especificártelo.

- Déjate de historias. Sería una locura lanzarme así, a la aventura.

- Feliz bicentésimo cumpleaños - dijo el titerote.

- Gracias - respondió Luis, desconcertado.

- ¿Por qué abandonaste tu fiesta?

- Eso no te importa.

- Sí que me importa. Luis Wu, ¿por qué abandonaste tu fiesta de cumpleaños?

- Simplemente decidí que veinticuatro horas no eran suficientes para celebrar un bicentésimo cumpleaños. Conque me propuse prolongarlo a base de ir viajando hacia el oeste. No siendo terrícola, no podrías comprender...

- ¿Y te entusiasmó comprobar que todo te iba saliendo tan bien?

- No, no exactamente. No...

No se sentía entusiasmado, pensó Luis. Todo lo contrario. Aunque la fiesta había ido bastante bien.

Había dado comienzo esa madrugada, exactamente un minuto después de medianoche. Por qué no. Tenía amigos en todos los husos horarios. No había motivo alguno para desperdiciar ni un solo minuto de su día. La casa estaba llena de equipos para dormir, en los que podían echarse rápidas y profundas siestas. Para los que no quisieran perderse detalle, había preparado drogas estimulantes, algunas con interesantes efectos secundarios, otras destinadas sólo a mantener despiertos a quienes las tomasen.

Luis no había visto a algunos de sus invitados, desde hacía más de cien años, a otros, en cambio, los veía casi a diario. Algunos habían sido enemigos mortales de Luis Wu, muchísimos años atrás. Se encontró también con mujeres a las que había olvidado por completo, con las consiguientes sorpresas al comprobar cuánto habían cambiado sus gustos en esa materia.

Como era de esperar, las presentaciones le ocuparon demasiadas horas de su aniversario. ¡Las listas de nombres que se vio obligado a memorizar de antemano! Demasiados amigos habíanse convertido en extraños.

Y escasos minutos antes de medianoche, Luis Wu se había metido en una cabina teletransportadora, había marcado un número y se había esfumado.

- Me moría de hastío - dijo Luis Wu -. «Háblanos de tus últimas vacaciones, Luis» «¡No comprendo cómo puedes soportar esa soledad, Luis! ¡Estupenda la idea de invitar al embajador de Trinox, Luis! ¡Cuánto tiempo sin verte, Luis!» «Eh, Luis, ¿por qué se necesitan tres jincianos para pintar un rascacielos?»

- ¿Por qué?

- ¿Por qué, qué?

- Los jincianos.

- Oh. Uno sujeta el spray y los otros dos mueven el rascacielos arriba y abajo. La primera vez que lo oí estaba en párvulos. Todos los despojos de mi vida, todos los viejos chistes, todos reunidos en una enorme casa. Algo insoportable.

- Eres un hombre inquieto, Luis Wu. Esos años sabáticos... fuiste tú el iniciador de la costumbre, ¿no es así?

- No recuerdo cómo empezó... Se puso de moda... Ahora casi todos mis amigos se toman uno que otro.

- Pero no con tanta frecuencia como tú. Cada cuarenta años o así, te hartas de la compañía humana. Entonces abandonas los mundos de los hombres y partes rumbo a las fronteras del espacio conocido. Deambulas por el exterior del espacio conocido, completamente solo en tu nave individual, hasta que vuelves a sentir necesidad de compañía. Hace veinte años que regresaste de tu último sabático, el cuarto que realizabas. Eres inquieto, Luis Wu. Has vivido suficientes años en cada uno de los mundos del espacio humano como para ser considerado un nativo del jugar. Esta noche has abandonado tu propia fiesta de cumpleaños. ¿Te hormiguean otra vez los pies?

- Eso es asunto mío, ¿no crees?

- Sí. A mí lo único que me interesa es reclutar gente. Serías un buen elemento para mi expedición. Corres riesgos, pero riesgos calculados. No temes encontrarte a solas contigo mismo. Has sabido tener la cautela y la astucia necesarias para vivir doscientos años. No te has descuidado en el aspecto médico y así has conseguido conservar el físico de un hombre de veinte años. Y lo que es aún más importante: aparentemente, aceptas gozoso la compañía de extraterrestres.

- Desde luego.

Luis conocía algunos xenófobos y los consideraba unos papanatas. Le resultaba terriblemente aburrido hablar sólo con humanos.

- Pero no quieres embarcarte a ciegas. Luis Wu, ¿no te basta con que yo, un titerote, vaya contigo? ¿Qué podrías temer que no me hubiera asustado a mí primero? Es proverbial la inteligente cautela de mi raza.

- Tienes razón - dijo Luis. La verdad es que lo tenía atrapado. La xenofilia, la inquietud y la curiosidad se habían confabulado para predisponerle a seguir al titerote dondequiera que éste se dirigiese. Pero deseaba obtener mayor información.

Y estaba en situación de imponer condiciones. Un extraterrestre no viviría en una habitación como ésa por gusto. Ese cuarto de hotel tan vulgar, tan reconfortantemente normal desde el punto de vista de un terrícola, debía de haber sido amueblado en vistas a la operación de reclutamiento.

- No quieres explicarme qué te propones explorar - dijo Luis -. ¿Me dirás al menos dónde está?

- Se encuentra a doscientos años luz de aquí, en dirección a la Nube Menor.

- Pero nos tomará dos años llegar hasta allí en un hiperreactor.

- No. Contamos con una nave que se desplaza a una velocidad bastante superior a la del hiperreactor corriente. Puede recorrer un año luz en cinco cuartos de minuto.

Luis abrió la boca, pero no logró emitir ni un sonido. ¿Un minuto y cuarto?

- No debería extrañarle tanto, Luis Wu. ¿Cómo se explicaría si no que pudiésemos enviar un agente al núcleo galáctico pare investigar la reacción en cadena de las novas? Debiste haber deducido la existencia de una nave de esas características. Si tengo éxito en mi misión, mi intención es ceder la nave a mi tripulación, junto con los planos necesarios para construir otras del mismo tipo. Esa nave es tu... precio, tus honorarios, llámale como quieras. Podrás observar sus características de vuelo cuando nos unamos a la migración de titerotes. Entonces sabrás qué nos proponemos explorar.

Unirse a la migración de titerotes...

- Cuenta conmigo - dijo Luis Wu. ¡Tendría oportunidad de observar a toda una especie racional en movimiento! Grandes naves con miles de millones de titerotes en cada una de ellas, ecologías completas en acción...

- Estupendo - dijo el titerote, incorporándose -. Necesitaremos un equipo de cuatro. Ahora debemos salir en busca del tercer miembro.

Y se metió en la cabina teletransportadora.

Luis se guardó la misteriosa instantánea en el bolsillo y le siguió. Intentó leer el número del marcador de la cabina, lo cual le hubiera indicado en qué lugar del mundo se hallaban. Pero el titerote marcó demasiado de prisa y cuando quiso mirar ya no estaban ahí.

 

Luis Wu salió de la cabina tras el titerote y se encontró en la penumbra de un lujoso restaurante. Reconoció el lugar por la decoración en negro y oro y el despilfarro de espacio que suponía la ordenación de las cabinas en forma de herradura. Era el Krushenko de Nueva York.

El titerote avanzó en medio de incrédulos murmullos. Un maitre humano, imperturbable como un robot, les condujo a una mesa. Una de las sillas había sido sustituida por un gran almohadón cuadrado que el extraterrestre se colocó entre casco y cadera cuando se sentó.

- Te esperaban - dedujo Luis Wu.

- Sí. Llamé para reservar mesa. En el Krushenko están acostumbrados a servir a clientes no terrícolas.

Luis advirtió entonces la presencia de otros comensales extraterrestres: cuatro kzinti en la mesa contigua y un kdatlyno a medio camino de la puerta. Era lógico, con el Edificio de las Naciones Unidas ahí al lado. Luis marcó el código para pedir un tequila sour y, en cuanto lo tuvo en la mesa, se lo bebió de un trago.

- Ha sido un a buena idea - comentó -. Estoy muerto de hambre.

- No hemos venido a comer. Estamos aquí para reclutar al tercer miembro de nuestra expedición.

- ¿En un restaurante?

El titerote levantó la voz para responder, pero sus palabras no fueron exactamente de respuesta.

- ¿No conocías a mi kzin, Kchula-Rrit? Es mi mascota.

A Luis casi se le atraganto el tequila. Las cuatro moles de piel anaranjada que ocupaban la mesa situada a las espaldas del titerote eran ni más ni menos que cuatro kzinti; y al oír las palabras del titerote los cuatro se volvieron enseñando sus aguzados dientes. Parecía una sonrisa, pero en un kzin esa mueca nunca es una sonrisa

El apellido Rrit corresponde a la familia del Patriarca de Kzin. Luis apuró su copa y decidió que el detalle no tenía importancia. El insulto hubiera sido mortal de todos modos y uno no podía ser devorado dos veces.

El kzin más próximo se puso de pie.

Un grueso pelaje anaranjado, con unas marcas negras sobre los ojos, cubría lo que podría haber sido un gordo gato romano de dos metros y medio de estatura. La gordura era toda músculo, liso y fuerte y curiosamente distribuido sobre un esqueleto igualmente curioso. Unas aguzadas y bien pulidas garras emergieron de sus vainas, en el extremo de unas manos que semejaban negros guantes de cuero.

El cuarto de tonelada de carnívoro racional miró al titerote de arriba abajo y dijo:

- ¿Cómo tienes la osadía de creerte con derecho a insultar al Patriarca de Kzin y no pagarlo con tu vida?

El titerote respondió de inmediato y sin un temblor en su voz:

- Yo fui el autor de la coz que recibió en la barriga un kzin llamado Capitán Chuft, en un mundo con círculos Beta Lyra; le rompí tres soportes de su estructura endoesquelética con mi casco trasero. Necesito un kzin valeroso.

- Sigue - dijo el kzin de los ojos negros. Pese a las limitaciones que le imponía su estructura bucal, el kzin hablaba intermundo a la perfección. Sin embargo, su voz no reflejaba la ira que debería haber sentido. A juzgar por la emoción que demostraban los kzinti y el titerote, Luis podría haber estado presenciando un gastado ritual.

Pero a los kzinti les habían servido un plato de carne cruda, sanguinolento y humeante, calentada instantáneamente a la temperatura del cuerpo en el momento de servirla. Y todos los kzinti sonreían.

- Este humano y yo - dijo el titerote - nos disponemos a explorar un lugar que ningún kzin ha podido ni imaginar jamás. Necesitamos un kzin para nuestra tripulación. ¿Osará explorar un kzin el lugar donde se aventura un titerote?

- Dicen que los titerotes son herbívoros, que rehuyen la batalla en vez de lanzarse a ella.

- Podrás juzgar por ti mismo. Tus honorarios, si sobrevives, serán los planos de un nuevo y valioso modelo de nave espacial y una nave ya construida. Tal vez te parezca una recompensa poco segura.

Luis pensó que el titerote estaba haciendo todo lo posible por insultar a los kzinti. Nunca se le ofrece a un kzin una recompensa que no sea segura. ¡Para un kzin no existe el riesgo!

Pero el kzin se limitó a responder:

- Acepto.

Los otros tres pronunciaron un comentario despectivo.

El primer kzin respondió al insulto.

Uno solo ya sonaba como una riña de gatos. Cuatro kzinti enzarzados en acalorada discusión hacían pensar en una gran batalla felina, con sordina. Los amortiguadores de sonido del restaurante se conectaron automáticamente y los gruñidos quedaron ahogados, pero no se interrumpieron.

Luis pidió otra copa. A juzgar por sus conocimientos de historia kzinti, estos cuatro debían de ser bastante modosos. El titerote aún seguía con vida.

Por fin acabó la discusión y los cuatro kzinti se volvieron. El de las señales negras sobre los ojos dijo:

- ¿Cómo te llamas?

- Uso el nombre humano de Nessus - respondió el titerote -. Mi verdadero nombre es... - Por un instante una armónica melodía emergió de las extraordinarias gargantas del titerote.

- Muy bien, Nessus. Debes tener en cuenta que los cuatro constituimos una embajada kzinti en la Tierra. Éste es Hareh, y éste Ftanss, el de las rayas amarillas es Hroth. Yo soy sólo un aprendiz y de casta inferior, luego no tengo nombre. Se me conoce por mi profesión: Interlocutor-de-Animales.

Luis aguzó los oídos.

- El problema es que no podemos movernos de aquí. Delicadas negociaciones... pero eso no es asunto vuestro. Hemos decidido que soy el único sustituible. Si tu nueva nave tiene algún interés para nosotros, me uniré a vuestra expedición. En caso contrario, tendré que demostrar mi valor de otro modo.

- De acuerdo - dijo el titerote, y se levantó.

Luis no se movió de su asiento.

- ¿Puedes decirme la forma kzinti de tu título? - preguntó.

- En la Lengua del Héroe se llama...

Y el kzin lanzó un gruñido de creciente intensidad.

- Entonces, ¿por qué no mencionaste este título? ¿Pretendías insultarnos?

- Sí - dijo el Interlocutor-de-Animales -. Estaba muy enfadado.

Habituado a sus propias normas de conducta, Luis esperaba que el kzin mintiera. Entonces Luis hubiera fingido creerle y ello le hubiera impulsado a mostrarse más amable en el futuro... pero era demasiado tarde para echarse atrás. Luis titubeó una fracción de segundo antes de preguntar:

- ¿Y cuál es la costumbre?

- Tendremos que luchar a puño limpio... en cuanto me desafíes. De lo contrario uno de los dos tendrá que excusarse.

Luis se puso en pie. Era un suicidio, pero, ¡nej!, conocía bien la costumbre.

- Te reto a duelo - dijo -. Diente contra diente, garra contra uña, visto que es imposible compartir el universo en paz.

Entonces el kzin al que habían presentado como Hroth dijo, sin levantar la cabeza:

- Permitan que les presente mis excusas en nombre de mi compañero, Interlocutor-de-Animales.

- ¿Cómo? - exclamó Luis.

- Es mi función - explicó el kzin de las rayas amarillas -. Por naturaleza, los kzinti nos vemos abocados a situaciones en las que es preciso excusarse o luchar. Sabemos lo que ocurre cuando luchamos. Nuestra población ha quedado reducida a una octava parte de lo que era cuando los kzinti tuvieron su primer encuentro con el hombre. Nuestras colonias son vuestras colonias, nuestras especies esclavas han sido liberadas y han aprendido la tecnología y la ética humanas. Cuando se presenta la alternativa de excusarse o luchar, mi función es pedir excusas.

Luis se sentó. A fin de cuentas, tal vez podría seguir viviendo.

- No quisiera ese trabajo por nada del mundo - dijo.

- Es evidente, puesto que estabas dispuesto a luchar con un kzin a puño vivo. Pero el Patriarca opina que sólo sirvo para eso. Mi inteligencia es escasa, mi salud mala y mi coordinación terrible. ¿Qué otra cosa puedo hacer para no perder mi nombre?

Luis bebió un sorbo de su combinado y rogó que alguien cambiara de tema. Ese kzin humilde le ponía nervioso.

- Comamos - dijo el que se denominaba Interlocutor-de-Animales -. A menos que nuestra misión sea urgente, Nessus.

- En absoluto. Aún no tenemos la tripulación completa. Mis colegas me avisarán cuando hayan localizado un cuarto tripulante cualificado. Podemos comer tranquilamente.

Interlocutor-de-Animales aún hizo un comentario antes de regresar a su mesa.

- Luis Wu, has usado demasiada verborrea para desafiarme. Para retar a duelo a un kzin basta un rugido de rabia. Un rugido y luego un rápido ataque.

- Un rugido y luego un rápido ataque - repitió Luis -. Estupendo.

 

 

2. Y su pintoresca compañía

 

Luis Wu conocía muchas personas que cerraban los ojos cuando usaban una cabina teletransportadora. El repentino cambio de escenario les producía vértigo. Luis lo consideraba una bobada; pero, en fin, las rarezas de sus amigos no acababan ahí.

Mantuvo los ojos bien abiertos mientras marcaba el código. Los extraterrestres que le observaban se esfumaron. Alguien gritó:

- ¡Aquí está!

Un gran gentío comenzó a agolparse junto a la puerta. Luis tuvo que empujar para abrirla.

- ¡Vaya tarambanas! ¿Nadie se ha ido a casa aún? - Abrió los brazos como si quisiera estrecharlos a todos, luego comenzó a abrirse paso a empellones como una máquina quitanieves. ¡Dejad paso, palurdos! Traigo más invitados.

- ¡Estupendo! - gritó una voz en su oído. Unas manos anónimas cogieron la suya y le apretaron los dedos en torno a una ampolla de licor. Luis dio palmadas en la espalda a los siete u ocho invitados que tenía al alcance y sonrió ante tan buena acogida.

Luis Wu. De lejos se diría un oriental, con pálida tez amarillenta y largos cabellos blancos. Llevaba su ostentosa túnica azul con aire descuidado, parecía que debía impedirle moverse con soltura. Pero la impresión era engañosa.

De cerca, todo era un timo. No tenía la piel de un pálido color amarillo tostado sino de un liso amarillo cromo, como un Fu Manchú de dibujos animados. La coleta era demasiado gruesa y no había encanecido con la edad, sino que su blanco era total y absoluto con un imperceptible toque de azul, como el reflejo de una estrella enana. Como todos los terrícolas, Luis Wu debía sus colores a los tintes cosméticos.

Un terrícola. Saltaba a la vista. Sus rasgos no eran caucásicos ni mongoloides ni negroides, aunque presentaban reminiscencias de los tres: una mezcla uniforme que debió requerir siglos. La tracción gravitatoria de 9,98 metros/segundo prestaba un aire inconscientemente natural a su postura. Cogió una ampolla de licor y sonrió a sus invitados. Sin saber cómo, se encontró sonriendo ante un par de reflectantes ojos plateados, situados a escasos centímetros de los suyos.

Una tal Teela Brown había ido a dar contra él, nariz con nariz y pecho con pecho. Tenía la piel azul con una nervadura de hilos plateados; su cabellera recordaba las llamas de una hoguera; sus ojos eran espejos convexos. Tenía veinte años y Luis ya había hablado con ella en otras ocasiones. Su charla era superficial y estaba plagada de lugares comunes y falsos entusiasmos; pero era muy bonita.

- Tengo que preguntártelo - dijo, jadeante -, ¿Cómo conseguiste hacer venir un trinoxio?

- No me digas que todavía está aquí.

- Oh, no. Se estaba quedando sin aire y tuvo que irse a casa.

- Una mentira piadosa - le hizo saber Luis -. El generador de aire de los trinoxios dura semanas. En fin, si de verdad te interesa, te diré que, en cierta ocasión, ese trinoxio en concreto fue huésped y prisionero mío durante un par de semanas. Su nave y su tripulación quedaron aniquiladas en las fronteras del espacio conocido y tuve que transportarle hasta Margrave para que le fabricasen una cápsula de supervivencia.

Los ojos de la chica expresaron una deleitada admiración. A Luis le sorprendió agradablemente que estuvieran a la misma altura que los suyos; la frágil belleza de Teela Brown la hacía parecer más baja de lo que en realidad era. Cuando oteó por encima del hombro de Luis, sus ojos se abrieron aún más. Luis hizo una mueca al tiempo que se volvía.

Nessus, el titerote, salió de la cabina.

 

A Luis se le había ocurrido la idea al salir del Krushenko. Intentó convencer a Nessus para que les diera alguna información sobre su presunto destino. Pero el titerote temía la presencia de ondas espías.

- Podríamos ir a mi casa - sugirió Luis.

- ¡Y tus invitados!

- En mi oficina no habrá nadie. Y es totalmente imposible que hayan instalado ningún aparato. Además, ¡causaréis sensación en la fiesta! Si es que aún queda alguien.

El impacto colmó plenamente las expectativas de Luis. Se hizo un silencio absoluto, roto sólo por el tap-tap-tap de los cascos del titerote. Luego, Interlocutor-de-Animales se materializó detrás suyo. El kzin escudriñó el mar de rostros humanos que rodeaban la cabina. Y comenzó a mostrar los dientes.

Alguien tiró el resto de su ampolla en una maceta. El gran gesto. Entre las ramas, se oyó la voz airada de una orquídea de Gummidgy. La gente comenzó a retroceder y a apartarse de la cabina. Se oyó algún comentario: «No estás borracho. Yo también los veo.» «¿Sedantes? A ver si tengo alguno.» «Sabe dar fiestas, ¿no crees?» «Gran tipo este Luis.» «¿Qué dices que es eso?»

No sabían qué hacer con Nessus. La mayoría optó por ignorarlo; temían hacer comentarios, no fueran a quedar en ridículo. Su reacción ante Interlocutor-de-Animales fue aún más curiosa. El kzin, que antaño fuera el peor enemigo del hombre, fue acogido con respetuosa deferencia, como si de algún extraño héroe se tratase.

- Sígueme - le dijo Luis al titerote. Con un poco de suerte, el kzin les seguiría a los dos - Dispensad - gritó, y comenzó a abrirse paso a empellones, mientras se limitaba a sonreír con aire misterioso como toda respuesta a las numerosas preguntas de los excitados o desconcertados huéspedes.

 

Una vez a salvo en su despacho, Luis cerró con llave la puerta y conectó el sistema antiespías.

- Todo en orden. ¿Alguien quiere tomar un trago?

- Si pudieras calentar un poco de whisky, lo aceptaría - dijo el kzin -. Y si no puedes calentármelo, también lo aceptaré.

- ¿Nessus?

- Un jugo de hortalizas cualquiera. ¿Tienes zumo de zanahoria caliente?

- Bah - dijo Luis; pero dio las pertinentes instrucciones al bar y en el acto aparecieron varias ampollas de zumo caliente de zanahoria.

Nessus se sentó sobre su pata trasera doblada, en tanto que el kzin se dejaba caer pesadamente sobre un almohadón inflable. Lo lógico habría sido que explotase como un globo bajo su peso. El segundo enemigo ancestral del hombre tenía un aire extraño y ridículo haciendo equilibrios sobre un almohadón demasiado pequeño para él.

Las guerras entre hombres y kzinti habían sido numerosas y terribles. De haber vencido los kzinti en la primera de ellas, la humanidad hubiese quedado esclavizada y convertida en ganado de carne por el resto de la eternidad. Pero los kzinti habían sufrido graves bajas en las sucesivas guerras. Tenían la costumbre de atacar sin estar preparados. Entendían muy poco de paciencia, y nada de piedad ni de guerra limitada. Cada guerra había diezmado considerablemente su población y les había costado, además, la confiscación punitiva de un par de mundos kzinti.

Los kzinti llevaban doscientos cincuenta años sin atacar el espacio humano. No tenían con qué lanzar el ataque. Los hombres llevaban doscientos cincuenta años sin atacar los mundos kzinti y no había kzin capaz de entenderlo. Los hombres les desconcertaban terriblemente.

Eran duros y fuertes, sin embargo Nessus, un cobarde confeso, había insultado a cuatro kzinti maduros en un restaurante público.

- Vuelve a contarme lo de la proverbial cautela de los titerotes - dijo Luis - No recuerdo bien...

- Creo que no he jugado muy limpio contigo, Luis. Mi especie opina que estoy loco.

- Oh, fantástico. - Luis bebió un sorbo de la ampolla que le había puesto en la mano un anónimo donante. Contenía vodka, jugo de moras y hielo picado.

La cola del kzin se agitaba sin cesar.

- ¿Por qué embarcarnos con un maníaco confeso? Debes estar más loco de lo normal o no te embarcarías con un kzin.

- Os asustáis fácilmente - dijo Nessus, con su suave voz persuasiva, insoportablemente sensual -. Los hombres siempre han considerado locos a todos los titerotes, desde su particular punto de vista. Ningún ser extraño ha visto jamás el mundo de los titerotes y ningún titerote en sus cabales confiaría su vida al poco seguro sistema de supervivencia de una nave es espacial, ni se aventuraría en medio de los ignorados y posiblemente mortales peligros de un mundo extraño.

- Un titerote loco, un kzin bien desarrollado y yo. Más vale que el cuarto miembro de la tripulación sea un psiquiatra.

- No, Luis, entre los posibles candidatos no figura ningún psiquiatra.

- ¿Y por qué no?

- No he escogido mi equipo al azar. - El titerote iba bebiendo su zumo con una boca mientras hablaba por la otra -. En primer lugar, me he incluido a mí mismo. El viaje proyectado debe ser provechoso para mi especie; luego, debe participar en él un representante de la misma. Éste debe ser lo bastante insensato para arriesgarse a explorar un mundo desconocido, pero lo suficientemente cuerdo para poner su intelecto al servicio de su supervivencia. Se da el caso de que soy exactamente un caso límite.

- Teníamos nuestros motivos para incluir un kzin. Interlocutor-de-Animales, esto que voy a decirte es un secreto. Llevamos bastante tiempo observando a tu especie. Ya os conocíamos antes de que atacaseis a la humanidad.

- Fue una suerte que no se os ocurriera presentaros - rugió el kzin.

- Desde luego. Al principio llegamos a la conclusión de que la especie kzinti era inútil y también peligrosa. Comenzamos a estudiar la posibilidad de exterminaros sin peligro.

- Te voy a hacer un nudo marinero con los dos cuellos.

- No te atreverás a realizar ningún acto violento.

El kzin se levantó.

- Tiene razón - dijo Luis -. Siéntate, Interlocutor. No ganarás nada con asesinar a un titerote.

- El proyecto fue anulado - continuó Nessus -. Descubrimos que las guerras entre kzinti y hombres podían frenar la expansión kzinti y reducir el peligro potencial que representabais. Pero seguimos observando.

»A lo largo de varios siglos llegasteis a atacar seis veces a los hombres. En las seis ocasiones fuisteis derrotados, y perdisteis aproximadamente dos terceras partes de vuestra población masculina en cada guerra. ¿Será necesario insistir en el grado de inteligencia que demostrasteis? ¿No? En todo caso, nunca hubo verdadero riesgo de extinción. Vuestras hembras no-racionales se vieron poco afectadas por las guerras, de modo que en cada ocasión la nueva generación logró cubrir las pérdidas. Con todo, fuisteis perdiendo paulatinamente un imperio que os había costado milenios edificar.

»Comprendimos que los kzinti estabais evolucionando a un ritmo frenético.

- ¿Evolucionando?

Nessus gruñó una palabra en la Lengua del Héroe. Luis dio un salto. Nunca hubiera imaginado que de las gargantas del titerote pudiera salir eso.

- Sí - dijo Interlocutor-de-Animales -, es lo que había entendido. Pero no le veo el sentido.

- La evolución se basa en la supervivencia del más apto. Durante varios cientos de años kzinti, los más aptos de vuestra especie han sido aquellos de sus miembros que han estado dotados de la astucia o la paciencia suficientes para eludir el combate con los seres humanos. Los resultados están a la vista. Hace casi doscientos años kzinti que reina la paz entre hombres y kzinti.

- ¡Pero no tendría sentido! ¡Jamás conseguiríamos ganar una guerra!

- Ello no arredró a vuestros antepasados.

Interlocutor-de-Animales se tragó su whisky caliente. Su pelada cola sonrosado corno la de un ratón comenzó a agitarse furiosamente.

- Vuestra especie ha sido diezmada - dijo el titerote -. Todos los kzinti actuales son descendientes de los que lograron escapar a la muerte en las guerras entre hombres y kzinti. Entre nosotros, hay quien aventura que los kzinti poseen ahora la inteligencia o la empatía o el comedimiento necesario para relacionarse con otras razas.

- Y por ello te arriesgas a viajar con un kzin.

- Sí - dijo Nessus, y se estremeció de pies a cabeza -. Tengo importantes razones para ello. Me han dado a entender que si demuestro mi arrojo y me sirvo de él para prestar un valioso servicio a mi especie, se me permitirá reproducirme.

- No parece un compromiso muy firme - comentó Luis.

- Existe además otro motivo para incluir a un kzin en el grupo. Deberemos hacer frente a medios hostiles plagados de peligros desconocidos. ¿Quién me protegerá? ¿Habría alguien más capacitado para ello que un kzin?

- ¿Para proteger a un titerote?

- ¿Parece una locura?

- Más bien - dijo Interlocutor-de-Animales -. También me hace reír un poco. ¿Y qué pinta éste, este Luis Wu?

- En diversas ocasiones hemos cooperado con éxito con los hombres. No es de extrañar que hayamos seleccionado al menos un humano. Luis Gridley Wu es un tipo que ha demostrado su capacidad de supervivencia, pese a toda su despreocupación y su temerario proceder.

- No cabe duda de que es despreocupado, y temerario. Me desafió a un combate cuerpo a cuerpo.

- ¿Habrías aceptado de no estar presente Hroth? ¿Le hubieras hecho daño?

- ¿Para que me hicieran volver a casa deshonrado por haber provocado un grave incidente interespecies? Pero eso es lo de menos - insistió el kzin -. ¿No crees?

- Tal vez no sea tan intrascendente. Luis sigue vivo. Ahora sabes que no puedes dominarle por el miedo. ¿Crees en las consecuencias?

Luis guardaba un discreto silencio. Si el titerote deseaba atribuirle una calculada serenidad, Luis Wu no tenía nada que objetar.

- Has estado hablando de tus razones - dijo Interlocutor -. Hablemos ahora de las mías. ¿Qué puedo ganar embarcándome?

Con esto entraron de lleno en los detalles del trato.

 

El hiperreactor de quantum 11 era como un elefante blanco para los titerotes. Una nave así equipada podía recorrer un año luz en un minuto y cuarto, mientras que con medios convencionales se requerían tres días para cubrir esa distancia. Sin embargo, las naves convencionales podían transportar carga.

- Incorporamos el motor a un fuselaje Número Cuatro de Productos Generales, el mayor que fabrica nuestra compañía. Cuando nuestros científicos e ingenieros acabaron su trabajo, la maquinaria del hiperreactor ocupaba casi todo el espacio disponible. Viajaremos algo apretados.

- Un vehículo experimental - dijo el kzin -. ¿Ha sido sometido a un número suficiente de pruebas?

- El vehículo ha hecho un viaje hasta el núcleo de la galaxia y ha regresado.

¡Pero había sido su único viaje! Los titerotes no podían probarlo por su cuenta, ni podían buscar otras razas dispuestas a hacerlo, pues se hallaban en plena migración. La nave prácticamente no llevaría carga, pese a tener más de kilómetro y medio de diámetro. Y, otro detalle, era imposible detenerla sin hacerla regresar al espacio original.

- De nada nos sirve - dijo Nessus -. Pero vosotros podríais utilizarla. Nuestro propósito es ceder la nave a la tripulación, junto con copias de los planos para la construcción de otras iguales. Sin duda podréis perfeccionar el modelo por vuestra cuenta.

- Podría hacerme un nombre - dijo el kzin -. Un nombre. Tengo que ver esa nave en funcionamiento.

- Cuando hagamos el viaje al espacio exterior.

- El Patriarca me concedería un nombre a cambio de esa nave. Estoy seguro. ¿Qué nombre podría escoger? Tal vez... - El kzin emitió un agudo gruñido.

El titerote respondió en la misma lengua.

Luis se revolvió irritado en su silla. No comprendía la Lengua del Héroe. Estuvo a punto de abandonarlo todo, pero entonces tuvo una idea. Se sacó del bolsillo la instantánea del titerote y la arrojó al regazo peludo del kzin, que estaba sentado en el otro extremo de la habitación.

El kzin la cogió con cuidado entre sus acolchados dedos negros.

- Parece una estrella con un halo - comentó -. ¿Qué es?

- Guarda relación con nuestro lugar de destino - dijo el titerote -. No puedo deciros más, al menos de momento.

- ¡Cuánto misterio! Bueno, ¿cuándo partimos?

- Calculo que será cuestión de días. En estos momentos mis agentes trabajan afanosamente en la búsqueda de un cuarto miembro que se adecue a las exigencias de nuestra expedición.

- Y tendremos que esperar a que lo encuentren. Luis, ¿podemos reunirnos con los demás invitados?

Luis se puso en pie y se desperezó.

- Desde luego, vamos a animarlos un poquito. Interlocutor antes de salir de aquí me gustaría hacerte una sugerencia. Bueno, no te lo tomes como un ataque personal. No es más que una idea...

 

Los invitados se habían distribuido en varios grupos: los que miraban el tride, mesas de bridge y de póquer, grupos de dos o más personas entregados a la práctica del amor, los que gustaban de contar aventuras y las víctimas del tedio. Sobre la hierba, bajo un difuso sol de madrugada, un grupo de víctimas del tedio y xenófilos se habían reunido en torno a Nessus e Interlocutor-de-Animales; entre ellos figuraban también Luis Wu, Teela Brown y un atareado suministrador de bebidas.

El césped había sido cuidado según la vieja fórmula inglesa: sembrar y pasarle el rodillo durante quinientos años. Los quinientos años habían culminado en un desastre financiero, a resultas del cual Luis Wu se encontró repentinamente rico, en tanto que cierta venerable familia noble descubría que lo había perdido todo en la Bolsa. Era un césped verde y brillante, indiscutiblemente auténtico; nadie había manoseado aún sus genes en busca de dudosas mejoras. La verde ladera iba a morir junto a una pista de tenis donde unas figuras diminutas corrían, saltaban y agitaban sus desmesuradas palas matamoscas con gran energía.

- El ejercicio es algo maravilloso - dijo Luis -. Nunca me canso de observar a quienes lo practican.

La risa de Teela le sorprendió. Luis pensó fugazmente en los millones de chistes que ella nunca había oído, los viejos chistes que nadie contaba ya. Casi todos los chistes que sabía Luis estaban pasados de moda. El pasado y el presente no hacían buena pareja.

El suministrador de bebidas quedó suspendido junto a Luis en posición inclinada. Luis tenía la cabeza en el regazo de Teela y la inclinación del suministrador respondía a su deseo de alcanzar el tablero de mandos sin incorporarse. Consiguió pedir dos mochas, cogió las ampollas en cuanto cayeron de la ranura y le tendió una a Teela.

- Me recuerdas a una chica que conocí hace tiempo - dijo -. ¿Has oído hablar de Paula Cherenkov?

- ¿La dibujante de Boston?

- Sí. Ahora vive en Lo Conseguimos.

- Mi tatarabuela. Fuimos a verla una vez.

- Me causó una grave zozobra del corazón, ya hace años. Te le pareces como una gota de agua a otra.

El gorgeo de Teela provocó un placentero estremecimiento en las vértebras de Luis.

- Prometo no causarte ninguna zozobra del corazón si me explicas lo que es.

Luis se quedó pensativo un instante. Era una frase de su invención, creada para describir lo que le había ocurrido en esa ocasión. No la había empleado muchas veces, sin embargo nunca había tenido que explicarla. Siempre habían sabido a qué se refería.

La mañana era tranquila y serena. Si se acostara dormiría doce horas seguidas. Las toxinas de la fatiga le habían provocado una agotadora excitación. Le complacía poder apoyar la cabeza en el regazo de Teela. La mitad de los invitados de la fiesta eran mujeres y entre ellas había muchas ex-esposas o ex amantes de Luis. Para empezar la fiesta, Luis había celebrado su cumpleaños con tres mujeres; las tres habían sido muy importantes para él en su momento, y viceversa.

¿Tres? ¿Cuatro? No, tres. Y ahora le parecía sentirse inmune a las zozobras del corazón. Doscientos años de vida habían curtido su lacerada personalidad. Y ahí estaba ahora, con la cabeza en el regazo de una desconocida que parecía la réplica exacta de Paula Cherenkov.

- Me enamoré de ella - explicó -. Hacía años que nos conocíamos. Incluso habíamos salido juntos alguna vez. Entonces, una noche, empezamos a hablar y... Pals, me enamoré. Creí que ella también me amaba. Esa noche no nos acostamos... juntos, quiero decir. Le pregunté si se casaría conmigo. Me rechazó. Estaba absorbida por su carrera. No tenía tiempo para bodas, eso dijo. No obstante, decidimos hacer un viaje al Parque Nacional del Amazonas, una semana de una especie de sucedáneo de luna de miel. La semana siguiente fue una sucesión de grandes alegrías y profundas depresiones. Primero, la exaltación. Había comprado los billetes y tenía reservada una habitación en el hotel. ¿Te has enamorado alguna vez tan perdidamente como para llegar a considerarte indigna del otro?

- No.

- Yo era joven. Pasé dos días intentando convencerme de que Paula Cherenkov no estaba fuera de mi alcance. Y lo conseguí. Entonces ella me telefoneó y anuló el viaje. Ni siquiera recuerdo por qué, pero tenía alguna razón de peso. Esa semana la invité a cenar un par de veces. Sin resultado. Procuré no presionarla. Es probable que nunca advirtiera la gran tensión en que vivía yo. Subía y bajaba como un yo-yo. Luego, ella intentó rebajar el tono de la relación. Le era simpático. Lo pasábamos bien juntos. Quería que fuésemos buenos amigos. Yo no era su tipo - concluyó Luis -. Creí que estábamos enamorados. Es posible que ella también lo creyese, la primera semana o algo así. No fue cruel. Simplemente no había comprendido nada.

- Pero, ¿y la zozobra?

Luis levantó la vista hacia Teela Brown. Se encontró con la mirada inexpresiva de sus ojos plateados, y comprendió que ella no había entendido ni media palabra.

Luis estaba acostumbrado a tratar con extraterrestres. El instinto o la práctica le habían enseñado a captar aquellas situaciones en que un concepto resultaba demasiado extraño y era imposible absorberlo o comunicarlo. Entre él y Teela había surgido una laguna parecida, fundamental, en la interpretación.

¡Qué monstruosa brecha separaba a Luis Wu de esa chica de veinte años! ¿Era posible que hubiera envejecido de un modo tan drástico?

Teela, con la mirada vacía, esperaba una explicación.

- ¡Nej! - farfulló Luis, y se puso en pie de un salto. Las manchas de barro comenzaron a deslizarse lentamente por su túnica y por fin se desprendieron del dobladillo.

Nessus, el titerote, estaba disertando sobre ética. Hizo una pausa (para mayor deleite de sus admiradores, hablaba literalmente por las dos bocas) para responder a la pregunta de Luis. No, no había tenido noticias de sus agentes.

Interlocutor-de-Animales, en el centro de otro grupo, se había desparramado sobre la hierba como un montículo anaranjado. Dos mujeres le rascaban la piel detrás de las orejas, esas curiosas orejas de los kzinti, capaces de extenderse como rosados parasoles chinos o de plegarse y quedar aplastadas contra la cabeza. En ese momento las tenía muy abiertas y Luis pudo ver el dibujo que llevaba tatuado en cada una.

- Y bien - le interpeló Luis -. ¿No he estado demasiado brillante?

- En absoluto - rugió el kzin sin moverse.

Luis se rió para sus adentros. Los kzinti son criaturas temibles, sin duda. ¿Pero quién teme a un kzin cuando le están rascando las orejas? Los invitados se habían relajado un poco al verlo en esa posición, y el kzin también parecía encontrarse a sus anchas. A todo ser superior a un ratón de campo le gusta que le rasquen las orejas.

- Se han estado turnando - murmuró el kzin, medio dormido -. Un macho se acerca a la hembra que me está rascando y observa que le gustaría ser objeto de iguales atenciones. Los dos desaparecen juntos. Y otra hembra viene a sustituir a la que acaba de marcharse. Debe de tener gran aliciente esto de pertenecer a una raza con dos sexos racionales.

- A veces complica terriblemente las cosas.

- ¿En serio?

La muchacha situada junto al hombro izquierdo del kzin (tenía la piel negra como el espacio, salpicada de estrellas y galaxias, y sus cabellos recordaban la fría cascada blanca dé la cola de un cometa) levantó la vista un momento.

- Teela, ven a sustituirme - dijo, sin darle importancia -. Tengo hambre.

Teela se arrodilló complaciente junto a la cabezota anaranjada. Luis dijo:

- Teela Brown, Intérprete-de-Animales. Espero que...

Junto a ellos sonó una fuerte música disonante.

- ...lo paséis bien. ¿Qué fue eso? Oh, Nessus. ¿Qué?

La música procedía de las extraordinarias gargantas del titerote. Nessus se había interpuesto sin miramientos entre Luis y la chica.

- ¿Eres Teela Jandrova Brown, número de identidad IKLU-GGTYN?

La muchacha le miró sorprendida, pero sin asustarse.

- Ese es mi nombre. He llegado a olvidar mi número. ¿Sucede algo?

- Llevamos casi una semana rastreando la Tierra en tu busca. ¡Y ahora te encuentro en una fiesta a la que he venido a dar por pura casualidad! Ya me oirán mis agentes.

- Oh, no - protestó débilmente Luis.

Teela se levantó, algo incómoda.

- No me he escondido, ni de ti ni de ningún otro... extraterrestre.

- ¡Un momento! - Luis se interpuso entre Nessus y la muchacha -. Nessus, salta a la vista que Teela Brown no es una exploradora. Tendrás que buscar otra persona.

- Pero Luis...

- Un momento. - El kzin comenzó a incorporarse -. Luis, deja que el herbívoro escoja a quien le dé la gana para su expedición.

- ¡Pero, mírala bien!

- ¿Y tú ya te has visto, Luis? Apenas alcanzas los dos metros de estatura, eres delgado hasta para un humano. ¿Tienes aspecto de explorador? ¿Y Nessus?

- ¿Qué demonios pasa? - preguntó Teela.

Nessus dijo, casi implorante:

- Luis, vamos a tu despacho. Teela Brown, tenemos que proponerte una cosa. No estás obligada a aceptar si no lo deseas, ni siquiera tienes que escucharnos, pero tal vez te interese nuestra propuesta.

 

La discusión prosiguió en el despacho de Luis.

- Cumple todos mis requisitos - insistía Nessus -. Tenemos que considerar su participación.

- ¡No puede ser la única en toda la Tierra!

- No, Luis. Claro que no. Pero no hemos conseguido dar con ninguna otra.

- ¿En qué quieren que participe?

El titerote comenzó a explicárselo. Pronto quedó claro que a Teela Brown no le interesaba en absoluto el espacio, nunca había viajado ni a la Luna y no tenía la menor intención de aventurarse fuera de los límites del espacio conocido. El hiperreactor de quantum Il no despertó su codicia. Cuando vio que la muchacha comenzó a adoptar un aire preocupado y confundido, Luis decidió intervenir de nuevo en el asunto.

- Nessus, ¿cuáles son exactamente los requisitos que Teela cumple tan bien?

- Mis agentes han estado buscando a los descendientes de los ganadores de la Lotería de la Procreación.

- Abandono. Estás absolutamente loco.

- No, Luis. Tengo órdenes del propio Ser último, del que nos guía a todos. Nadie duda de él. Te lo explicaré.

 

Hacía tiempo que los seres humanos tenían resuelta la cuestión del control de la natalidad. Se introducía un minúsculo cristal bajo la piel del antebrazo del paciente. El cristal tardaba un año en disolverse. Durante todo ese año, el paciente no podría concebir ningún hijo. En siglos pasados se habían empleado métodos menos refinados.

Hacia mediados del siglo xxi, la población de la Tierra se había estabilizado alrededor de los dieciocho mil millones de habitantes. El Comité de Fertilidad, una subsección de las Naciones Unidas, promulgaba y velaba por el cumplimiento de las leyes de control de la natalidad. Esas leyes no habían variado desde hacía más de medio milenio: dos hijos por pareja, previa aprobación del Comité de Fertilidad. El Comité decidía quién podía engendrar y cuántas veces. El Comité podía conceder un hijo adicional a ciertas parejas y negar la posibilidad de concebir a otras, según el criterio de la deseabilidad o indeseabilidad de los genes.

- Increíble - dijo el kzin.

- ¿Por qué? Empezábamos a estar bastante apretados, nej, dieciocho mil millones de habitantes, prisioneros de una tecnología primitiva.

Si el Patriarca intentara imponer una ley de ese tipo a los kzinti, sería exterminado por su insolencia.

Pero los hombres no eran kzinti. Las leyes se habían venido aplicando sin modificaciones durante quinientos años. Entonces, hacía de eso doscientos años, hubo rumores de corrupción en el Comité de Fertilidad. El escándalo provocó drásticas modificaciones de las leyes de control de la natalidad. A partir de entonces, todos los seres humanos tuvieron derecho a ser padres una vez, independientemente de la situación de sus genes. También podía obtenerse automáticamente el derecho a un segundo e incluso un tercer hijo: cuando se había demostrado poseer un alto coeficiente de inteligencia probado o útiles poderes psíquicos, tales como hipervisión o dirección absoluta, o genes de supervivencia, como telepatía o longevidad natural o dientes perfectos.

Los derechos de procreación podían adquiriese por un millón de estrellas. ¿Y por qué no? La habilidad para ganar dinero constituía un factor de supervivencia bien demostrado. Además, de ese modo se suprimían los intentos de soborno.

También se podía luchar por los derechos de procreación en un torneo, a condición de no haber hecho uso aún del primer derecho de procreación. El ganador adquiría el segundo y tercer derechos de procreación; el perdedor pagaba con su primer derecho de procreación y también con su vida. Lo uno compensaba lo otro y se mantenía el equilibrio.

- He visto estas batallas en vuestros parques de atracciones - dijo Interlocutor -. Creí que luchaban por puro placer.

- No, señor, es una cuestión muy seria - aclaró Luis.

Teela soltó una risita.

- ¿Y las loterías?

- Los cálculos fallan - explicó Nessus -. Pese a las técnicas de reactivación que permiten prevenir el envejecimiento de los humanos, cada año mueren en la Tierra más hombres de los que nacen...

En consecuencia, cada año el Comité de Fertilidad sumaba las muertes y emigraciones habidas durante ese año, restaba los nacimientos y las inmigraciones, y sorteaba los derechos de procreación sobrantes junto con la lotería de Año Nuevo.

Todos podían participar. Con un poco de suerte, una persona podía llegar a tener diez o veinte hijos, si a eso podía llamársele suerte. Ni los criminales convictos podían ser excluidos del Sorteo de Derechos de Procreación.

- Yo mismo he tenido cuatro hijos - dijo Luis Wu -. Uno lo gané en la lotería. Hubieras podido conocer a tres de ellos de haber venido doce horas antes...

- Resulta muy raro y complicado. Cuando la población de Kzin aumenta demasiado...

- Van y atacan el mundo humano más próximo.

- Nada de eso, Luis. Luchamos entre nosotros. Cuanto mas hacinados estamos, mayores son las posibilidades de que un kzin ofenda a otro. Nuestro problema de población se regula solo. ¡Nunca hemos tenido un problema de este tipo!

- Creo que empiezo a comprender - dijo Teela Brown -. Tanto mi padre como mi madre ganaron la lotería. - Soltó una risita nerviosa -. De lo contrario yo no estaría aquí. Ahora que recuerdo mi abuelo...

- Todos tus antepasados desde hace cinco generaciones nacieron gracias a que sus padres ganaron en la lotería.

- ¡En serio! ¡No lo sabía!

- Los libros lo dicen claramente - le aseguró Nessus.

- Mi pregunta sigue en pie - insistió Luis Wu -. ¿Y qué?

- Los gobernantes de la flota de titerotes han llegado a la conclusión de que los terrícolas están realizando una selección basada en el factor fortuna.

- ¡Vaya!

Curiosa, Teela Brown se inclinó hacia delante en su silla. Sin duda era la primera vez que veía un titerote enloquecido.

- No olvides las loterías, Luis. No olvides la evolución. Durante setecientos años tus gentes se reprodujeron sobre una base matemática: dos derechos de procreación por persona, dos hijos por pareja. De vez en cuando alguno conseguía el derecho a un tercer hijo, o le era denegado el primero por razones justificadas: genes diabéticos o cosas por el estilo. Pero la mayoría de los humanos tenían dos hijos. Luego cambiaron la ley. Desde hace dos siglos, entre un diez y un trece por ciento de cada generación humana ha nacido gracias a que alguno de sus progenitores o ambos habían ganado en un sorteo de la lotería. ¿Qué determina quiénes sobrevivirán y se reproducirán? En la Tierra, todo depende de la fortuna en los juegos de azar.

- Y Teela Brown desciende de seis generaciones de jugadores afortunados...

 

 

3. Teela Brown

 

Teela no podía dejar de reír.

- No digas bobadas - dijo Luis Wu -. ¡No se puede realizar una selección basada en la buena suerte como si se tratara de conseguir cejas hirsutas!

- Sin embargo, efectuáis una selección basada en el criterio de las capacidades telepáticas.

- No es lo mismo. La telepatía no es un poder psíquico. Se conocen perfectamente los mecanismos del lóbulo parietal derecho. Lo único que ocurre es que a la mayoría no les funcionan.

- Antaño se creía que la telepatía era de carácter psíquico. Ahora dices que la suerte no es tal.

- La suerte es la suerte. - La situación hubiera podido resultar tan divertida como parecía considerarla Teela, de no mediar un detalle que ella ignoraba y del que era perfectamente consciente Luis: el titerote hablaba en serio -: La ley de los grandes números va actuando. Cambian las probabilidades y se acabó, como les ocurrió a los dinosaurios. Los dados caen bien y...

- Hay quien dice que algunos humanos son capaces de dirigir la caída de un dado.

- Bueno, no era la metáfora adecuada. El caso es que...

- Sí - rugió el kzin. Su voz hacía temblar las paredes cuando se decidía a hacer uso de ella -. El caso es que aceptaremos a quien escoja Nessus. Es tu nave, Nessus. ¿Dónde está el cuarto tripulante?

- ¡En esta misma habitación!

- ¡Eh! ¡Un momento, nej! - Teela se levantó. La malla plateada relució sobre su piel azulada como si realmente fuese de metal; su llameante cabellera se levantó succionada por el acondicionador de aire -. Todo esto es absurdo. No pienso ir a ninguna parte. Además, no veo ninguna razón para moverme de la Tierra.

- Tendrás que buscar otra, Nessus. Debe de haber millones de candidatas que reúnan los requisitos. No le veo el problema.

- No son millones, Luis. Disponemos de algunos millares de nombres y los números de teléfono o los números de las cabinas teletransportadoras particulares de la mayoría. Todos pueden demostrar que cuentan con cinco generaciones de antepasados nacidos gracias al sorteo.

- ¿Y bien?

Nessus comenzó a pasear arriba y abajo por el despacho.

- Muchos no son elegibles dada su evidente mala suerte. En cuanto al resto, no parece haber ninguno disponible. Nunca están en casa cuando los llamamos. Volvemos a llamar y el computador telefónico nos da una línea equivocada. Cuando preguntamos por un miembro de la familia Brandt, todos los teléfonos de Sudamérica se ponen a sonar. Ha habido quejas. Es muy desalentador.

Tap-tap-tap, tap-tap-tap.

- Aún no me habéis dicho dónde vais - dijo Teela.

- No puedo mencionar nuestro lugar de destino, Teela. Sin embargo, puedes...

- ¡Por las zarpas rojas de...! ¿Ni eso piensas decirnos?

- Puedes examinar la instantánea que tiene Luis Wu. Es la única información que puedo darte por el momento.

Luis le tendió la instantánea que representaba una franja azul cielo sobre fondo negro, semioculta tras un disco de un blanco cegador. Ella lo estuvo examinando largo rato y sólo Luis advirtió que su rostro comenzaba a enrojecer de ira.

Cuando por fin abrió la boca, escupió las palabras una a una, como si fuesen semillas de mandarina.

- Es lo más ridículo que he oído en mucho tiempo. Pretende que Luis y yo nos lancemos al más allá en compañía de un kzin y un titerote, ¡y toda la información que poseemos sobre el lugar al cual nos dirigimos es esta franja azul y un foco luminoso ¡Es... absurdo!

- ¿Esto significa que te niegas a embarcarte con nosotros?

La muchacha arqueó las cejas.

- Necesito una respuesta clara. Mis agentes pueden localizar otro candidato de un momento a otro.

- Sí - dijo Teela Brown -. Sí, me niego.

- Entonces, ten presente que las leyes humanas te obligan a guardar secreto sobre lo que has oído aquí. Has cobrado honorarios de asesor.

- A quién iba a contárselo? - exclamó Teela con una dramática carcajada -. Nadie me creería. Luis, ¿de verdad piensas embarcarte en esta ridícula...?

- Sí. - Luis ya estaba pensando en otra cosa, como, por ejemplo, la manera más discreta de hacerla salir del despacho -. Pero aún no. Todavía no ha terminado la fiesta. Mira, ¿podrías hacerme un favor? Cambia el control musical del canal cuatro al canal cinco. Luego diles a todos los que pregunten que estaré con ellos dentro de un minuto.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Luis dijo:

- Hacedme un favor y también saldréis beneficiados. Dejadme decidir a mí si un ser humano tiene condiciones para lanzarse a lo desconocido.

- Ya sabes cuáles son las condiciones básicas - dijo Nessus -. De momento no disponemos de dos candidatos para escoger.

- Contamos con decenas de miles.

- No está tan claro. Muchos no sirven; otros son imposibles de localizar. No obstante, puedes explicarme por qué ese ser humano no te parece idóneo.

- Es demasiado joven.

Sólo podemos aceptar candidatos de la generación de Teela Brown.

- ¡Una selección basada en la buena fortuna! En fin, qué más da, no voy a discutir por eso. Conozco humanos que todavía están más chiflados. Aún queda alguno por aquí, en la fiesta... Bueno, tú mismo has podido comprobar que no es xenófila.

- Tampoco es xenófoba. Ninguno de nosotros le inspira miedo.

- No tiene chispa. No es..., no es...

- No tiene inquietudes - dijo Nessus -. Está satisfecha con lo que posee. Ello puede constituir un verdadero problema. No codicia nada. Pero, ¿cómo lo podíamos averiguar sin preguntárselo?

- De acuerdo, escoge tú mismo tus candidatos.

Luis salió de su despacho a grandes zancadas.

El titerote aún tuvo tiempo de decir con voz meliflua:

- ¡Luis! ¡Interlocutor! ¡La señal! ¡Uno de mis agentes ha localizado otro candidato!

- No faltaba más - dijo Luis, sin ningún entusiasmo.

En la otra punta del salón, Teela Brown estaba lanzando una de sus miradas a otro titerote de Pierson.

 

Luis se despertó con dificultad. Recordó que se había puesto un par de auriculares somníferos y los había conectado por una hora. Era de suponer que hacía una hora de ello. Debió despertarle el malestar de esa cosa en la cabeza una vez desconectado el aparato...

No lo tenía en la cabeza.

Se incorporó sobresaltado.

- Yo te lo he quitado - explicó Teela Brown -. Necesitabas dormir.

- Oh, no. ¿Qué hora es?

- Pasan unos minutos de las diecisiete.

- No he sido muy buen anfitrión. ¿Cómo sigue la fiesta?

- Ya sólo quedan unas veinte personas. No te preocupes, les comuniqué mis intenciones. A todos les pareció muy bien.

- Está bien. - Luis se deslizó fuera de la cama -. Gracias. Vamos a reunirnos con los pocos invitados que quedan.

- Antes me gustaría hablar contigo.

Luis se sentó otra vez. Poco a poco iba desprendiéndose de la modorra.

- ¿De qué? - preguntó.

- ¿En serio piensas hacer ese viaje?

- En serio.

- No logro comprender por qué.

- Tengo diez veces más años que tú - explicó Luis Wu -. Puedo vivir sin trabajar. Me falta paciencia para dedicarme a la investigación científica. Ya he intentado escribir, pero también resultó una tarea excesivamente ardua para mí, lo cual desde luego fue una sorpresa. ¿Qué puedo hacer? Juego mucho.

Ella meneó la cabeza y el reflejo de sus cabellos se proyectó sobre las paredes:

- A mí no me parece un juego.

Luis se encogió de hombros:

- El aburrimiento es mi peor enemigo. Ha matado a muchos de mis conocidos, pero yo no me dejaré atrapar. Cuando noto que comienzo a aburrirme, corro a arriesgar mi vida en algún lado.

- ¿No quieres saber al menos qué riesgo corres?

- Me pagarán bien.

- No necesitas dinero.

- La raza humana necesita lo que nos ofrecen los titerotes. Mira, Teela, ya oíste todo lo referente a la nave con hiperreactores de quantum 11. Es la única nave del espacio conocido que alcanza velocidades superiores a los tres días por año luz. ¡Su velocidad es casi cuatrocientas veces mayor!

- ¿A quién le interesa volar tan de prisa?

Luis no se sentía con ánimos para darle una conferencia sobre la explosión del Núcleo.

- Volvamos a la fiesta - dijo.

- ¡Espera un momento!

- Está bien.

Teela tenía unas manos grandes, con dedos largos y finos. Resplandecían bajo los reflejos de sus ardientes cabellos que ahora acariciaba con gesto nervioso.

- Nej, vaya lío. Luis, ¿estás enamorado de alguien en estos momentos?

La pregunta le tomó por sorpresa:

- Creo que no.

- ¿En verdad crees que me, parezco a Paula Cherenkov?

En la semioscuridad del dormitorio recordaba más bien la jirafa en llamas del cuadro de Dalí. Su cabello brillaba con luz propia, una melena de llameante anaranjado y amarillo que se iba oscureciendo hasta convertirse en humo. En la penumbra, el resto de su persona no era más que una sombra apenas rota por los destellos de su cabellera. Pero la memoria de Luis fue completando los detalles: las largas piernas perfectas, los senos cónicos, la delicada belleza de su pequeño rostro, La había visto por primera vez cuatro días atrás, del brazo de Tedron Doheny, un esbelto aventurero que había acudido a la Tierra expresamente para la fiesta.

- Por un instante creí hallarme ante Paula en persona - explicó Luis -. Vive en Lo Conseguimos y ahí conocí a Ted Doheny. Cuando os vi juntos, imaginé que Ted y Paula habrían venido en la misma nave -. Luego aparecieron algunas diferencias. Tus piernas son más bonitas, aunque Paula caminaba con mayor donaire. Paula tenía el rostro más... frío, si no recuerdo mal. Tal vez sean sólo jugarretas de la memoria.

Por debajo de la puerta les llegaban ráfagas de música de ordenador, pura y desenfrenada, curiosamente incompleta sin los juegos de luz que la acompañaban. Teela se agitó incómoda Y su gesto llenó de reflejos toda la pared.

- ¿Qué estás tramando? Ten en cuenta - dijo Luis - que los titerotes tienen miles de posibles candidatos. Cualquier día y en cualquier minuto pueden dar con su cuarto tripulante. Y entonces partiremos en el acto.

- Ya lo sé - dijo Teela.

- ¿Te quedarás a mi lado hasta entonces?

Ella movió su espléndida cabeza en señal de asentimiento

 

El titerote se presentó al cabo de dos días.

Luis y Teela estaban tendidos sobre el césped, absorbiendo los rayos del sol y jugando una importante partida de ajedrez. Luis le había matado un caballo. Y comenzaba a lamentarlo. Teela alternaba el intelecto con la intuición; imposible adivinar cómo reaccionaría. Y la muchacha se tomaba el juego muy en serio.

Teela estaba mordisqueándose el labio inferior, absorta en los detalles de su próxima jugada, cuando la pantalla del servo se encendió con un timbrazo. Luis levantó la vista y vio dos pitones con un solo ojo cada uno que le contemplaban desde el pecho del servo.

- Hazlo pasar aquí - dijo sin inmutarse.

Teela se levantó en el acto con grácil presteza.

- Tal vez sea confidencial.

- Es posible. ¿Qué harás mientras tanto?

- Tengo algunas revistas atrasadas. - Blandió un índice amenazador -: ¡No te atrevas a tocar ese tablero!

Se cruzó con el titerote en la puerta. Le saludó despreocupadamente al pasar.

Nessus se apartó de un salto:

- Lo siento - dijo con voz melodioso -. Me has cogido desprevenido.

Teela arqueó una ceja y entró en la casa.

El titerote se acomodó junto a Luis, con las piernas dobladas bajo el cuerpo. Tenía una cabeza mirando fijamente a Luis, mientras la otra se movía en nerviosos círculos, en un intento de abarcar todos los ángulos de visión.

- ¿Puede espiarnos esa mujer? Luis se mostró sorprendido:

- Claro que sí. Sabes bien que es imposible protegerse contra las ondas de espionaje estando al aire libre. ¿Luego?

- Cualquier persona o cualquier cosa podría estar observándonos. Luis, será mejor que vayamos a tu despacho.

- No es justo. - Luis se sentía muy bien donde estaba.

- ¿Te veo muy asustado podrías dejar de mover la cabeza, por favor?

- Tengo miedo, aunque conozco el escaso valor que tiene mi vida. ¿Cuántos meteoritos caen sobre la Tierra cada año?

- Ni idea.

- Aquí estamos peligrosamente próximos al cinturón de asteroides. De todos modos, eso es lo de menos; no hemos conseguido localizar un cuarto tripulante.

- Mala suerte - dijo Luis. Las reacciones del titerote le desconcertaban. Si Nessus hubiera sido humano... Pero no lo era -. No habrás abandonado el proyecto, espero.

- No, pero hemos sufrido irritante fracasos. Hemos pasado los cuatro últimos días tras un tal Norman Haywood KJMM-CWTAD, que parecía perfecto para nuestro grupo.

- ¿Y bien?

- Goza de buena salud y es un hombre vigoroso. Tiene veinticuatro años y un tercio, años terrestres se entiende. Cuenta con seis generaciones de antepasados nacidos gracias a la lotería. Y eso no es todo: le gusta viajar, manifiesta esa inquietud que nos interesa. Como es lógico, intentamos hablar personalmente con él. Mi agente se ha pasado tres días persiguiéndole por una serie de cabinas teletransportadoras, siempre un trayecto detrás de él. Mientras tanto, Norman Haywood ha estado esquiando en Suiza, ha practicado el surf en Ceilán, ha hecho sus compras en Nueva York y ha asistido a sendas inauguraciones de casas en las Rocosas y en el Himalaya. Anoche, mi agente logró darle alcance en el momento en que embarcaba en una nave rumbo a Jinz. La nave partió antes de que mi agente consiguiera dominar su natural temor a vuestras rudimentarias y chapuceras naves.

- A veces también he tenido días así. ¿No podía enviarle un mensaje por hiperondas?

- Luis, en principio, nuestra expedición es secreta.

- Ya veo - dijo Luis. Y contempló la cabeza de pitón que daba vueltas y más vueltas en busca de invisibles enemigos.

- Lo conseguiremos - aseguró Nessus -. Millares de tripulantes potenciales no pueden esconderse eternamente. ¿No te parece, Luis? ¡Si ni siquiera saben que les estamos buscando!

- Ya encontrarás a alguien. No puede fallar.

- ¡Ojalá no lo encontremos! Luis, ¿cómo me las arreglaré? ¿Cómo voy a navegar con tres extranjeros en una nave experimental diseñada para un solo piloto? Verdaderamente sería una locura!

- Nessus, ¿qué te pasa ahora? ¡Toda esta expedición fue idea tuya!

- No es cierto. Recibí órdenes de los-que-dirigen, desde doscientos años luz de distancia.

- Algo te ha asustado, y quiero saber qué es. ¿Qué has descubierto? ¿Sabes cuál es la finalidad de este viaje? ¿Qué ha ocurrido desde el otro día cuando incluso fuiste capaz de insultar a cuatro kzinti en un restaurante público? ¡No te descorazones, muchacho!

El titerote había hundido las dos cabezas con sus respectivos cuellos entre las piernas delanteras y se había hecho una bola.

- Vamos - dijo Luis -. No te lo tornes así. - Pasó dulcemente la mano por el dorso de los cuellos del titerote, o más bien por la parte que aún quedaba al descubierto. El titerote se estremeció. Tenía la piel suave, como de gamuza, y agradable al tacto.

- Vamos, relájate. Nadie te hará daño aquí. Sé proteger a mis huéspedes.

El titerote emitió un sordo gemido con la cabeza hundida bajo el vientre.

- Debo de estar loco. ¡Loco! ¿Es cierto que insulté a cuatro kzinti?

- Vamos, tranquilízate. Aquí estás a salvo. Así me gusta. - Una cabeza plana asomó bajo la cálida sombra -. ¿Lo ves? No hay nada que temer.

- ¿Cuatro kzinti? ¿No eran tres?

- Tienes razón. Me he descontado. Fueron tres.

- Perdona, Luis. - El titerote asomó la otra cabeza, aunque sólo hasta la altura del ojo -. He salido de mi fase maníaca. Ahora estoy en la mitad depresiva de mi ciclo.

- ¿No puedes hacer nada para remediarlo? - Luis comenzó a anticipar las consecuencias que podrían derivarse si Nessus entraba en la fase mala de su ciclo en un momento crucial.

- Puedo esperar que concluya. Puedo intentar protegerme, en la medida de lo posible. Puedo procurar que ello no se refleje en mis decisiones.

- Pobre Nessus. ¿Estás seguro de que no has descubierto nada nuevo?

- Lo que sé, ¿no te parece ya suficiente para aterrorizar a cualquiera en su sano juicio? - El titerote se incorporó, aún tembloroso -. ¿Por qué me he topado con Teela Brown? Creí que ya se habría marchado.

- Le he pedido que me haga compañía hasta que encuentres a tu cuarto tripulante.

- ¿Por qué?

Luis también se lo preguntaba.

Paula Cherenkov tenía poco que ver con ello. Luis había cambiado demasiado desde aquellos tiempos; y no era el tipo de hombre que intenta sustituir una mujer por otra.

Las placas sómnicas estaban diseñadas para dos, no para uno. Pero la fiesta estaba llena de chicas... menos bonitas que Teela. ¿Sería posible que el viejo zorro Luis Wu aún se dejase atrapar por la mera belleza física?

Sin embargo, en esos lisos ojos plateados había algo más que belleza. Ocultaban algo sumamente complejo.

- Con fines fornicatorios - respondió Luis Wu. Acababa de recordar que estaba hablando con un extranjero, incapaz de comprender tales sutilezas. Advirtió que el titerote seguía temblando, conque añadió -: Vamos a mi despacho. Está debajo de la colina. No hay riesgo de meteoritos.

 

Cuando el titerote se hubo marchado, Luis salió en busca de Teela. La encontró en la biblioteca, frente a una pantalla de lectura, haciendo pasar los encuadres a gran velocidad, incluso para un lector profesional.

- Hola - dijo. Dejó la imagen clavada y se volvió -. ¿Cómo está nuestro bicéfalo amigo?

- Muerto de miedo. Y yo estoy agotado. He estado ejerciendo funciones de psiquiatra con un titerote de Pierson.

El rostro de Teela se iluminó:

- Háblame de la vida sexual de los titerotes.

- Sólo sé que no se le permite procrear. Le tiene preocupado. Es de suponer que podría reproducirse si no existiera una ley que lo prohibiera. A excepción de este detalle, no ha tocado para nada el tema. Siento defraudarte.

- ¿De qué habéis hablado entonces?

Luis hizo un gesto displicente:

- Trescientos años de traumas. Ese es el tiempo que Nessus lleva viviendo en el espacio humano. Casi no recuerda el planeta de los titerotes. Tengo la sensación de que se ha pasado estos trescientos años temblando de miedo.

Luis se dejó caer en una silla vibratoria. El esfuerzo de empatía necesario para comunicar con el extraño le había agotado psíquicamente, había causado un enorme desgaste en su imaginación.

- ¿Y tú qué tal? ¿Qué estás leyendo?

- La explosión del Núcleo.

Teela señaló la pantalla. Se veían grandes masas, grupos y apelotonamientos de estrellas. No se distinguía el negro del espacio, tan numerosas eran las estrellas. Casi parecía una densa aglomeración de estrellas, pero no lo era; no podía serlo. Los telescopios no podían cubrir tanta distancia, y ésta tampoco sería accesible a una nave espacial corriente.

Era el núcleo galáctico, una densa esfera de estrellas de cinco mil años luz de diámetro, situada en el eje de la espiral galáctico. Un hombre había conseguido llegar hasta allí, doscientos años atrás, a bordo de una nave construida por los titerotes. En la pantalla podían verse estrellas rojas, azules y verdes, todas superpuestas, las más grandes y luminosas eran las estrellas rojas. En el centro de la imagen destacaba una mancha de un blanco reluciente en forma de gruesa coma. En su interior se distinguían líneas y sombras; pero las sombras situadas dentro de la mancha blanca brillaban más que cualquier estrella exterior a ella.

- Para esto necesitas la nave del titerote - dijo Teela -. ¿Me equivoco?

- Has acertado.

- ¿Cómo se produjo?

- Las estrellas están demasiado próximas unas a otras - explicó Luis -. La distancia media entre unas y otras es sólo de medio año luz, si se considera la totalidad del núcleo de cualquier galaxia. Cerca del centro, están aún más juntas. En el núcleo de una galaxia las estrellas están tan próximas que llegan a comunicarse el calor de unas a otras. Al estar más calientes, arden con mayor rapidez, envejecen más de prisa. Hace diez mil años, todas las estrellas del núcleo deben de haberse hallado próximas a transformarse en novas. De pronto una estrella se convirtió en nova. Desprendió muchísimo calor y una ráfaga de rayos gamma. Las estrellas más próximas se calentaron aún más. Supongo que los rayos gamma también determinan un incremento de la actividad estelar. El resultado fue la explosión de un par de estrellas vecinas. Y ya fueron tres. La suma del calor desprendido puso en marcha el mismo proceso en unas cuantas más. Fue una reacción en cadena. Pronto adquirió proporciones impensables. Esa mancha blanca está formada por un gran conjunto de supernovas. Un poco más adelante deben estar los cálculos matemáticos, puedo mostrártelos si quieres.

- No, gracias - dijo ella... como era de esperar -. ¿Supongo que todo habrá concluido ya?

- Así es. Eso que estás viendo es luz vieja, si bien aún no ha llegado a esta parte de la galaxia. La reacción en cadena debió de cesar hace diez mil años.

- Entonces, ¿a qué viene tanto alboroto?

- Las radiaciones. Partículas aceleradas de todo tipo. - La silla vibratoria comenzaba a producir sus efectos sedantes; se hundió aún más profundamente en la masa informe y dejó que las ondas verticales le amasaran bien los músculos -. La cuestión es bien sencilla. El espacio conocido no es más que una burbuja de estrellas situada a treinta y tres mil años luz del eje galáctico. Las novas comenzaron a explotar hace más de diez mil años. Ello significa que el frente expansivo de las explosiones combinadas llegará aquí dentro de unos veinte mil años. ¿Conforme?

- Es evidente.

- Y la radiación subnuclear de un millón de novas avanza inmediatamente detrás del frente expansivo.

- ...Oh.

- Dentro de veinte mil años tendremos que evacuar todos los mundos conocidos, y probablemente otros muchos más.

- Falta mucho tiempo. Si comenzásemos la operación ahora, podríamos realizarla con las naves que poseemos. Sin ningún problema.

- No sabes lo que dices. A una velocidad de tres días por año luz, una de nuestras naves tardaría unos seiscientos años en llegar a las Nubes de MagaIlanes.

- Podrían repostar aire y alimentos... cada año o así.

Luis rió:

- Intenta convencer a alguien para que haga eso. ¿Quieres saber mi opinión? Nadie hará nada hasta que la luz de la explosión del Núcleo comience a resplandecer entre las nubes de polvo que se interponen entre nosotros y el eje galáctico; entonces de pronto cundirá el pánico en todo el espacio humano. Y les quedará sólo un siglo para largarse. Los titerotes hicieron lo más sensato. Mandaron un hombre al Núcleo con fines publicitarios, pues deseaban fondos para financiar sus investigaciones. El hombre envió instantáneas como la que estás viendo. Los titerotes emprendieron la marcha al instante, sin esperar tan sólo a que aterrizara. Cuando llegó, no quedaba ni un titerote en ningún mundo humano. Pero nosotros esperaremos, y cuando por fin nos decidamos a hacer algo tendremos que evacuar trillones de seres racionales de toda la galaxia. Necesitaremos las naves más grandes y veloces que seamos capaces de construir, y cuantas más tengamos, mejor. Necesitamos el propulsor de los titerotes ahora, para poder empezar a perfeccionarlo ya. El...

- Está bien. Iré con vosotros.

Luis se quedó con la frase en la boca y sólo logró exclamar

- ¿Cómo?

- Iré con vosotros - repitió Teela Brown.

- Has perdido el juicio.

- Pero tú vas, ¿no?

Luis apretó los dientes para no estallar. Cuando por fin habló, lo hizo con más calma de la necesaria.

- Sí, yo voy. Pero mis razones no son las tuyas y estoy más preparado para salvar el pellejo que tú, porque tengo más años de práctica.

- Pero yo soy más afortunada.

Luis soltó un bufido.

- ¡Y tal vez no tenga razones de tanto peso como tú para embarcarme, pero para mí son válidas! - Habló con voz aguda y chillona por la ira.

- A mí no me vengas con ésas. - Teela golpeó la pantalla. La gruesa coma de luz de las novas brilló bajo su uña -: ¿No te parece razón suficiente?

- Conseguiremos el hiperreactor de los titerotes aunque no vengas. Ya oíste lo que dijo Nessus. Hay miles en tu misma situación.

- ¡Y yo soy una de ellos!

- Muy bien, lo eres, ¿y qué? - explotó Luis.

- ¿Qué nej significa tanto proteccionismo? ¿Te he pedido acaso protección?

- Lo siento. No sé por qué he intentado imponerme. Eres una persona adulta y autónoma.

- Gracias. Tengo el propósito de unirme a vuestro grupo.

Teela había adoptado un tono de glacial formalidad. Lo peor del caso es que era una persona adulta y autónoma. No sólo no podía coaccionaría, sino que cualquier intento de darle órdenes sería una incorrección y (más importante aún) no serviría de nada.

Pero tal vez fuera posible convencerla...

- Sin embargo, debes tener en cuenta una cosa - dijo Luis Wu -. Nessus no ha escatimado esfuerzos para mantener esta expedición en secreto. ¿Por qué? ¿Qué quiere ocultar?

- Eso es asunto suyo, ¿no crees? A lo mejor, donde sea que vamos hay algo que podría despertar la codicia de algunos.

- ¿Y qué? El lugar al cual nos dirigiremos está a dos mil años luz de aquí. Somos los únicos que podremos llegar hasta allí.

- Tal vez se trate de la propia nave.

Teela era una extraña criatura, pero no era tonta. Ni el mismo Luis había considerado esa posibilidad.

- Y piensa en la tripulación - dijo él -. Dos humanos, un titerote y un kzin. Sin ningún explorador profesional en el grupo.

- Sé donde quieres ir a parar, Luis; pero, en serio, tengo toda la intención de embarcarme. Dudo que consigas impedírmelo.

- Sin embargo, al menos puedes enterarte del lío en que te estás metiendo. ¿Qué me dices de semejante tripulación?

- Eso es asunto de Nessus.

- Yo diría que a nosotros también nos incumbe. Nessus recibe órdenes directas de los-que-dirigen, del alto mando de los titerotes. Tengo la impresión de que hace sólo unas horas que comprendió el alcance de esas órdenes. Ahora está aterrado. Esos... sacerdotes de la supervivencia están jugando cuatro cartas a la vez, sin contar con lo que sea que debamos explorar.

Advirtió que había conseguido despertar el interés de Teela, conque insistió:

- Ante todo, está Nessus. Un ser tan loco como para aterrizar en un mundo desconocido, ¿tendrá el juicio suficiente para sobrevivir al experimento? Los-que-dirigen tienen que averiguarlo. Cuando lleguen a las Nubes de Magallanes tendrán que establecer otro imperio comercial. Los titerotes locos constituyen el puntal de sus negocios. Luego tenemos a nuestro velludo amigo. Un embajador ante una raza extranjera; debe de ser uno de los kzinti más sofisticados del momento. ¿Tendrá el savoir faire suficiente para convivir con los demás? ¿O nos matará para disponer de más espacio y un poco de carne fresca? En tercer lugar, estás tú y tu presunta buena suerte, un proyecto de investigación fantástico donde los haya. El cuarto soy yo, el supuesto explorador por excelencia. Tal vez mi función sea servir de control. ¿Quieres que te diga mi opinión? - Luis se había puesto de pie y miraba a la chica desde arriba, procurando hacerle llegar el significado de cada palabra mediante una técnica oratoria que había aprendido cuando perdió una elección para las Naciones Unidas a los setenta y pico -. Lo que menos les importa a los titerotes es el planeta al que nos mandan ¿Por qué habría de interesarles si piensan abandonar la galaxia? Piensan experimentar con nuestro pequeño grupo hasta la destrucción. Antes de que nos matemos, los titerotes habrán descubierto muchas cosas sobre nuestra forma de interacción.

- No creo que vayamos a explorar un planeta - comentó Teela.

Luis explotó:

- ¡Nej! ¿Y a qué viene eso ahora?

- Pero, Luis. ¿No crees que si vamos a morir en el curso de la exploración, tal vez valga la pena saber dónde estaremos? Personalmente, creo que se trata de una nave espacial.

- ¿No me digas?

- Una nave gigantesca en forma de anillo con una dragadora para recoger hidrógeno interestelar. Creo que está construida de forma que el hidrógeno es canalizado hacia el eje para su fusión. Ello permitiría obtener fuerza motriz, y también sol. Se podría hacer girar el anillo para obtener fuerza centrífuga y recubrir de vidrio la parte interior.

- Ya veo - dijo Luis, mientras intentaba recordar el extraño grabado instantáneo que le había dado el titerote. No había prestado suficiente atención al lugar de destino de la expedición.

- Es posible. Grande y primitivo y de difícil manejo. Pero ¿qué interés puede tener para los-que-dirigen?

- Podría ser una nave refugio. Las razas del Núcleo podrían haber descubierto los procesos estelares muy pronto, dada la proximidad de los soles. Es posible que previeran la explosión con milenios de antelación..., cuando sólo había dos o tres supernovas.

- Es posible... y me has hecho perder el hilo. Ya te dije cuáles creo que son las secretas intenciones de los titerotes. Pienso embarcarme a pesar de todo, para pasar el rato. Pero, ¿qué interés puede tener para ti?

- La explosión del Núcleo.

- Admiro tu altruismo, pero no creo que de verdad te preocupe un acontecimiento que no se producirá hasta dentro de veinte mil años. Búscate otra excusa.

- ¡Maldita sea, si tú puedes ser un héroe, también puedo serio yo! Y te equivocas respecto a Nessus. No se embarcaría en una misión suicida. Y... ¿qué interés tendrían los titerotes en averiguar cosas sobre nosotros, o los kzinti? ¿Para qué probarnos? Están abandonando la galaxia. No volverán a vernos jamás.

- No, Teela no era estúpida. Pero...

- Te equivocas. Los titerotes tienen motivos para averiguar sobre nosotros.

Teela le desafió a demostrar su afirmación con una fulminante mirada.

- No sabemos gran cosa sobre la migración de los titerotes. Sabemos que en estos momentos todo titerote viviente, sano de cuerpo y alma, ha emprendido la marcha. Y sabemos que avanzan a una velocidad apenas inferior a la de la luz. A los titerotes les asusta el hiperespacio. Ahora bien, a una velocidad poco inferior a la de la luz, la flotilla de los titerotes debería llegar a la Nube Menor de Magallanes dentro de unos ochocientos años. ¿Y qué esperan encontrar una vez allí? - Hizo un guiño y soltó la traca final -: A nosotros, claro. Humanos y kzinti, por lo menos. Y probablemente también kdaltynos, pierines y delfines. Saben que esperaremos hasta el último minuto y entonces saldremos a escape, y saben que usaremos naves de velocidad hiperlumínica. Cuando los titerotes lleguen por fin a la Nube de Magallanes, tendrán que habérselas con nosotros... o con lo que sea que consiga matarnos; y conociéndonos, no les será difícil adivinar la naturaleza del destructor. Oh, ya lo creo que tienen motivos para estudiarnos.

- No lo niego.

- ¿Sigues empeñada en embarcarte?

Teela asintió.

- ¿Por qué?

- Prefiero reservarme la respuesta.

Teela demostraba una total compostura. ¿Y qué podía hacer Luis? Si hubiera sido menor de diecinueve, habría podido avisar a uno de sus padres. Pero a los veinte se la consideraba adulta. Era preciso establecer una línea divisoria.

Como persona adulta era libre de elegir; tenía derecho a esperar un comportamiento correcto por parte de Luis Wu; su vida privada era sacrosanta. Luis sólo podía intentar convencerla, y no lo había conseguido.

Conque no había razón alguna para que Teela actuara como lo hizo a continuación. De pronto cogió las manos de Luis entre las suyas y, con una sonrisa implorante le dijo:

- Llévame contigo, Luis. Tengo suerte, de verdad. Si Nessus se porta mal te verías obligado a dormir solo. Sé que eso no te gustaría.

Le tenía atrapado. No podía impedir que se embarcase en la nave de Nessus, aunque no pudiera entenderse directamente con el titerote.

- Está bien - dijo -. Le llamaremos.

Y no le atraía la perspectiva de dormir solo.

 

 

4. Interlocutor-de-Animales

 

- Deseo unirme a la expedición - dijo Teela ante la pantalla del teléfono.

El titerote emitió un mi-bemol sostenido.

- ¿Cómo dices?

- Perdona - dijo el titerote -. Preséntate en el Aeropuerto Ultramontano, en Australia, mañana a las 08:00. Puedes traer artículos personales hasta un límite de veinte kilos de peso terrestre. Luis debe hacer otro tanto. Ah... - El titerote levantó las cabezas y chilló.

Luis preguntó preocupado:

- ¿Estás enfermo?

- No. Preveo mi propia muerte. Luis, ojalá te hubieras mostrado menos persuasivo. Hasta luego. Nos veremos en el Aeropuerto Ultramontano.

La pantalla se apagó.

- ¿Lo ves? - dijo Teela con un retintín -. ¿Ves lo que ganas con mostrarte tan persuasivo?

- Vaya labia tengo. Bueno, hice lo que pude. No te quejes si sufres una muerte horrible.

Esa noche, mientras flotaban suspendidos en el vacío en la oscuridad del dormitorio, Luis le oyó decir:

- Te quiero. Me embarcaré contigo porque te quiero.

- Yo también te quiero - respondió él, sin olvidar los buenos modales en su amodorramiento. Luego captó todo el sentido de la frase y dijo -: ¿Eso es lo que te reservabas?

- Pues...

- ¿Vas a seguirme a dos mil años luz de aquí porque no podrías soportar mi ausencia?

- Así es.

- Media luz en el dormitorio - ordenó Luis. Y un débil resplandor azulado iluminó la habitación.

Flotaban a unos veinte centímetros uno de otro, entre las placas sómnicas. Ya se habían quitado los tintes cosméticos y los tratamientos capilares de moda entre los terrícolas, como primer preparativo para la salida al espacio. La coleta de Luis mostraba ahora un cabello liso y negro; el vello prestaba una tonalidad gris a su calva. La tez de un amarillo tostado y los ojos castaños sin ninguna oblicuidad perceptible le daban un aspecto bastante distinto.

Teela había experimentado cambios igualmente drásticos. Ahora llevaba el cabello, oscuro y ondulado, atado en un moño. Su piel exhibía una blancura nórdica. Grandes ojos castaños y una boquita muy seria constituían los rasgos más destacados de su rostro ovalado; la nariz era casi imperceptible. Flotaba como aceite en el agua en medio del campo sómnico, perfectamente relajada.

- Pero nunca has ido más allá de la Luna.

Teela asintió.

- Y no soy el mejor amante del mundo. Tú misma me lo has dicho.

Volvió a asentir. Teela Brown no mostraba la menor reticencia. En esos dos días con sus respectivas noches no había mentido, ni había intentado ocultar la verdad, ni siquiera había rehuido ninguna pregunta. Luis lo hubiera notado. Le había hablado de sus dos primeros amores: el que había dejado de interesarle al cabo de medio año, y el otro, un primo, que había recibido una oferta para emigrar al monte Lookitthat. Luis no le había contado gran cosa de sus experiencias y ella pareció aceptar bien su reticencia. Pero, por su parte, no había ningún recelo. Y hacía las preguntas más increíbles.

- ¿Entonces por qué me has escogido precisamente a mí? - preguntó él.

- No lo sé - confesó ella -. Tal vez sea una cuestión de carisma. Eres un héroe, ya lo sabes.

Era el único superviviente del primer grupo de hombres que estableció contacto con una especie extraterrestre. ¿Conseguiría superar algún día el episodio de los trinoxios?

Hizo una última tentativa:

- Mira, conozco al mejor amante del mundo. Es amigo mío. Es su hobby. Escribe libros sobre el tema. Es doctor en fisiología y psicología. Hace ciento treinta anos que...

Teela se había tapado los oídos:

- No - dijo -. No.

- Lo único que pretendo es que no te mates por ahí. Eres demasiado joven. - Teela le miró desconcertada, esa mirada desconcertada, señal de que había utilizado unas palabras de intermundo perfectamente definidas para componer una frase sin sentido. ¿Zozobras del corazón? ¿Matarse por ahí? Luis suspiró para sus adentros -. Fusión de los nódulos del dormitorio - ordenó, y algo ocurrió en el campo sómnico. Las dos regiones de equilibrio estable, las anomalías que impedían que Luis y Teela cayeran fuera del campo, se juntaron y se fundieron en una sola. Luis y Teela comenzaron a rodar hasta encontrarse y quedar pegados el uno al otro.

- Tengo mucho sueño, Luis. Pero si tú quieres...

- Aprovecha la intimidad antes de perderte en el mundo de los sueños. En las naves espaciales no suele haber mucho espacio.

- ¿No querrás decir que no podremos hacer el amor? ¡Nej! Luis, no me importa que miren. Son extraterrestres.

- A mí sí me importa.

Volvió a lanzarle esa mirada de asombro.

- Si no fueran extraterrestres, ¿te molestaría?

- Sí, a menos que les conociéramos mucho. ¿Te resulto anticuado?

- Un poco.

- Recuerdas ese amigo del que te hablaba? ¿El mejor amante del mundo? Pues, tenía una colega - explicó Luis -, y ella me te enseñó algunas cosas que había aprendido de él. Pero se precisa gravedad - añadió -. Desconectar campo sómnico - ordenó, y recuperaron el peso.

- ¿Quieres cambiar de tema? - dijo Teela

- Sí. Me rindo.

- Muy bien, pero no olvides un detalle. Un pequeño detalle. Tu amigo titerote podría haber escogido cuatro especies en vez de tres. Y hubieras podido encontrarte perfectamente con un trinoxio entre los brazos en vez de mi persona.

- Terrible perspectiva. En fin, lo haremos en tres fases, empezando por la posición a horcajadas...

- ¿Qué es la posición a horcajadas?

- Ya lo verás...

Cuando amaneció, a Luis ya no le disgustaba la idea de viajar con ella. Cuando comenzaron a renacer sus dudas, era ya demasiado tarde. Hacía bastante tiempo que no había posibilidad de reconsiderar las cosas.

 

Los Forasteros se dedicaban al tráfico de información. Pagaban bien y vendían caro, pero compraban una cosa y luego la vendían repetidas veces, pues su red comercial cubría toda la espiral galáctica. Gozaban de crédito prácticamente ilimitado en los bancos del espacio humano.

Lo más probable es que hubieran evolucionado en la luna fría y ligera de algún gigante gaseoso; un mundo muy parecido a Nereida, la luna más grande de Neptuno. Ahora vivían en los espacios interestelares, en naves del tamaño de una ciudad con diversos grados de complejidad, desde velas de fotones hasta maquinaria teóricamente imposible desde la perspectiva de la ciencia humana. Cuando descubrían un sistema planetario con una clientela en potencia y ese sistema comprendía un mundo adecuado, los Forasteros de inmediato obtenían concesiones para construir centros comerciales, zonas de descanso y esparcimiento, depósitos de abastecimiento, etc. Quinientos años atrás habían obtenido una concesión sobre Nereida.

- Y ahí deben de tener los negocios más importantes - Comentó Luis Wu -. Ahí abajo - señaló con una mano, mientras con la otra manejaba los controles de la nave.

Nereida tenía el aspecto de una helada llanura riscosa bajo la brillante luz de las estrellas. El gordo puntito blanco del sol no daba más luz que una luna llena; y esa luz iluminaba un laberinto de paredes bajas. Había construcciones hemisféricas y un grupo de pequeñas naves tierra-órbita a reacción con compartimientos de pasajeros provistos de grandes ventanas abiertas sobre el espacio; sin embargo, más de la mitad de la llanura estaba cubierta por esas paredes bajas.

Interlocutor-de-Animales inclinó su inmensa mole sobre Luis y dijo:

- Quisiera saber para qué sirve el laberinto. ¿Defensa?

- Son zonas de calentamiento - explicó Luis -. Los Forasteros se alimentan de termoelectricidad. Se tienden con las cabezas expuestas al sol y las colas en la sombra, y la diferencia de temperatura entre unas y otras crea una corriente. Las paredes les permiten disponer de una mayor zona limítrofe entre sol y sombra.

Tras diez horas de vuelo, Nessus se había calmado un poco. Había estado trotando por el habitáculo de la nave, comprobando esto y lo otro, metiendo una cabeza y un ojo en todos los rincones, mientras lanzaba por encima del hombro comentarios y respuestas a las preguntas que le hacían los demás. Su traje de presión, un globo abombado y acolchado sobre la joroba que cubría su cerebro, parecía ligero y confortable; las bolsas regeneradoras de aire y comida eran increíblemente pequeñas.

Justo antes del despegue, Nessus les había desconcertado un poco. De pronto, toda la cabina se había inundado de una música, deliciosa y complicada, llena de bemoles, como la triste llamada de una computadora en plena euforia sexual. Nessus estaba silbando. Con sus dos bocas, ricas en nervios y músculos adecuados para unas bocas que también hacían las veces de manos, el titerote semejaba una orquesta ambulante.

Había insistido en que Luis condujese la nave, y demostró tener gran confianza en su habilidad como conductor, pues ni siquiera se abrochó el cinturón. Luis supuso que la nave de los titerotes debía estar equipada con secretos artilugios especiales destinados a proteger a los pasajeros.

Interlocutor había embarcado con una maleta de diez kilos de peso que al abrirla resultó contener poca cosa, aparte de un horno de microondas plegable especial para calentar carne. Eso, y un montón de algo crudo, más posiblemente de origen kzinti que terrestre. Por algún motivo, Luis había imaginado que el traje de presión del kzin recordaría una engorrosa armadura medieval. Pero se equivocaba. Era un globo múltiple, transparente, con una bolsa monstruosamente pesada en la espalda y un casco semiesférico lleno de complicados controles para la lengua. Aunque no contenía ningún arma identificable, la mochila tenía un aspecto muy bélico y Nessus insistió en hacérsela guardar.

- Pararé junto a la nave Forastera - dijo Luis.

- No. Condúcenos más al este. Tuvimos que aparcar el «Tiro Largo» en una zona apartada.

- ¿Para qué? ¿Temíais que los Forasteros os espiasen.

- No. El «Tiro Largo» emplea motores de fusión en vez de elevadores. El calor desprendido en los despegues y aterrizajes podría molestar a los Forasteros.

- ¿Por qué le pusieron «Tiro Largo»?

- Beowulf Shaeffer, el único ser racional que ha tripulado esta nave, lo bautizó así. Fue él quien realizó los únicos grabados instantáneos que poseemos de la explosión del Núcleo. «Tiro Largo» es una expresión relacionada con los juegos de azar, ¿no es así?

- Tal vez tenía pocas esperanzas de regresar. Más vale que os diga la verdad: nunca he conducido un vehículo con motores de fusión. Mi nave lleva un motor inerte, como ésta.

- Tendrás que aprender - dijo Nessus.

- Un momento - dijo Interlocutor-de-Animales -. Tengo alguna experiencia en el manejo de naves con motores de fusión. Conque yo pilotaré el «Tiro Largo».

- Imposible. El asiento antichoques del piloto está diseñado para un cuerpo humano. Los paneles de control están adaptados a los hábitos humanos.

El kzin emitió unos gruñidos de ira en lo más profundo de su garganta.

- Ahí, Luis. Justo delante nuestro.

El «Tiro Largo» era una burbuja transparente de más de doscientos metros de diámetro. Luis dio algunas vueltas sobre el monstruo, y no consiguió descubrir ni un centímetro cúbico libre de la maquinaria verde y bronce de los motores hiperlumínicos. Llevaba un fuselaje #4 de Productos Generales, fácilmente identificable para un conocedor de las naves espaciales; un fuselaje que, por sus grandes dimensiones, normalmente sólo se usaba para transportar colonias completamente prefabricadas. Pero no parecía una nave espacial. Era el equivalente en gigantesco de algún primitivo satélite orbital, construido por una raza cuyos limitados recursos y escasa tecnología exigiesen el máximo aprovechamiento de todo el espacio disponible.

- ¿Y dónde nos sentaremos? - quiso saber Luis -. ¿Encima?

- La cabina está debajo. Aterriza bajo la curva de la estructura.

Luis aterrizó sobre el hielo oscuro y luego deslizó la nave con cuidado. Las luces del sistema de supervivencia estaban encendidas; se veía su resplandor a través del fuselaje del «Tiro Largo». Luis vio dos diminutas cabinas, la de abajo apenas con el espacio suficiente para una cápsula de supervivencia, un indicador de masa y un banco de instrumentos en forma de herradura. La cabina superior no era mucho más grande. Notó que el kzin se agitaba detrás suyo.

- Muy interesante - dijo el kzin -. Supongo que Luis irá en la cabina inferior y nosotros tres en la de arriba.

- Sí. Nos costó bastante acomodar tres cápsulas de supervivencia en un espacio tan reducido. Para mayor seguridad, cada una está equipada con un campo estático. Puesto que haremos el viaje en posición estática, no tiene mayor importancia que no quede espacio para moverse.

El kzin bufó y Luis notó que se apartaba de su hombro. Dejó que la nave avanzara unos centímetros más y luego fue cerrando una serie de interruptores.

- Hay algo que me preocupa - dijo Luis -. Teela y yo cobramos lo mismo entre los dos que Interlocutor-de-Animales solo.

- ¿Deseas un complemento? Tendré en cuenta cualquier sugerencia.

- Quiero algo que tú ya no necesitas - le dijo al titerote - Algo que tu raza abandonó. - Había escogido un buen momento para hacer el trato. No tenía muchas esperanzas de conseguir nada, pero valía la pena intentarlo -. Deseo conocer la situación del planeta de los titerotes.

Las cabezas de Nessus se levantaron sobresaltadas y luego se quedaron mirando una a la otra. Nessus sostuvo un momento su propia mirada antes de preguntar:

- ¿Por qué te interesa saberlo?

- Hubo un tiempo en que la situación del mundo de los titerotes era el secreto más preciado del espacio conocido - dijo Luis -. De ahí su valor. Los buscadores de fortunas exploraron todas las estrellas G y K visibles en busca del mundo de los titerotes. Teela y yo aún podríamos vender la información a buen precio a cualquier agencia de noticias.

- ¿Y si ese mundo se hallase fuera del espacio conocido?

- Ajá - dijo Luis -. Mi profesor de historia solía especular al respecto. Aun así sería una información valiosa.

- Antes de zarpar rumbo a nuestro destino definitivo - dijo el titerote, midiendo atentamente sus palabras - te comunicaré las coordenadas del mundo de los titerotes. Creo que la información será más desconcertante que útil.

El titerote volvió a mirarse fugazmente a los ojos. Luego abandonó esa pose y preguntó:

- ¿Distingues cuatro proyectores cónicos...?

- Sí. - Luis ya se había fijado en los cuatro conos abiertos que apuntaban hacia afuera y hacia abajo alrededor de la cabina doble -. ¿Son los motores de fusión?

- Sí. Comprobarás que la nave responde de forma muy similar a las de propulsores inertes, excepto por la ausencia de gravedad interna. A nuestros proyectistas no les sobraba espacio. Por lo que respecta al hiperreactor de quantum 11 no debo hacerte ninguna indicación especial...

- Os tengo en el campo de acción de mi espada variable - dijo Interlocutor-de-Animales -. Que nadie se mueva.

Tardaron un momento en captar el sentido de sus palabras, luego Luis se volvió, muy lentamente, evitando cualquier gesto demasiado brusco.

El kzin se apoyaba contra una pared cóncava. En una de sus garras sostenía algo parecido al desmesurado asidero de una comba de saltar. A unos dos metros del mango, que el kzin sostenía a la altura de sus ojos con gran habilidad, se balanceaba una reluciente bolita roja. El alambre que unía la bolita al mango era demasiado fino para poder distinguirlo a simple vista, pero a Luis no le cupo la menor duda de que existía. Ese alambre, invulnerable y rígido gracias a un campo estático de diseño esclavista, era capaz de cortar casi todos los metales, incluido el respaldo de la cápsula de supervivencia de Luis, suponiendo que decidiera esconderse detrás de ella. Y el kzin se había colocado de tal forma que con su espada podía alcanzar cualquier punto de la cabina.

A los pies del kzin, Luis pudo ver la pierna de carne extra-terrestre no identificada. Había sido desgarrada a dentelladas, y, como es lógico, estaba hueca.

- Hubiera preferido un arma menos dolorosa - dijo Interlocutor-de-Animales -. Lo ideal hubiera sido un aturdidor. No conseguí obtener uno antes de partir. Luis, aparta las manos de los mandos y apóyalas en el respaldo de tu silla.

Luis obedeció. Por un momento había pensado alterar la gravedad de la cabina; pero el kzin le partiría en dos si lo intentaba.

- Ahora, si os quedáis tranquilos, os explicaré lo que vamos a hacer.

- Explícanos tus razones - sugirió Luis. Estaba calculando los riesgos. La bombilla roja era un indicador para que interlocutor pudiera saber dónde acababa su cuchilla de alambre invisiblemente delgado. Si Luis conseguía agarrar ese extremo de la espada, sin perder los dedos en el acto...

No. La bombilla era demasiado pequeña.

- Las razones son bastante evidentes - dijo Interlocutor. Las señales negras que circundaban sus ojos recordaban el antifaz de un bandido de dibujos animados. El kzin no estaba tenso ni relajado. Se había situado de forma que era prácticamente imposible atacarle.

- Mi propósito es conseguir que mi mundo posea el «Tiro Largo». Nos servirá de modelo para construir otras naves del mismo tipo. Con naves como ésta estaríamos en ventaja en la próxima guerra entre hombres y kzinti, a condición de que los hombres no posean también los planos del «Tiro Largo». ¿Satisfechos?

Luis adoptó un tono sarcástico:

- Ya veo que el destino de nuestra expedición no te asusta.

- No. - El insulto no había hecho mella en él - ¿Cómo pudo llegar a pensar que un kzin sería capaz de captar un sarcasmo? -. Ahora todos os desvestiréis, para tener la seguridad de que no vais armados. Luego, el titerote se pondrá su traje de presión. Los dos embarcaremos en el «Tiro Largo». Vosotros, Luis y Teela, os quedaréis aquí; me llevaré vuestras ropas y vuestro equipaje, y también vuestros trajes de presión. Inutilizaré esta nave. Seguro que los Forasteros querrán saber por qué no habéis regresado a la Tierra y acudirán en vuestra ayuda mucho antes de que comience a fallaros el sistema de supervivencia. ¿Entendido?

Luis Wu, relajado y preparado para aprovechar cualquier posible descuido del kzin, miró a Teela Brown con el rabillo del ojo. Vio que Teela se disponía a saltar sobre el kzin.

Interlocutor la partiría por la mitad. Luis tendría que actuar con rapidez.

- No hagas tonterías, Luis. Levántate despacio y retrocede hacia la pared. Serás el primero en...

Luis frenó su salto, sorprendido por algo que no comprendía.

Interlocutor-de-Animales echó su gran cabezota anaranjada hacia atrás y maulló: un chillido casi supersónico. Abrió los brazos, como si quisiera abrazar el universo. La hoja de alambre de su espada variable atravesó un depósito de agua sin que pareciera ofrecer la menor resistencia; el agua comenzó a desparramarse. Interlocutor ni se dio cuenta. Sus ojos no veían, sus oídos no escuchaban.

- Quítale el arma - dijo Nessus.

Luis se le acercó. Avanzó con cautela, dispuesto a echarse al suelo si la espada variable se movía en su dirección. El kzin la agitaba dulcemente, como si fuese una batuta. Luis cogió el mango del puño del kzin, que no ofreció la menor resistencia. Apretó el botón adecuado y la bolita roja retrocedió hasta tocar el mango.

- Quédatela - le ordenó Nessus. Cogió el brazo de Interlocutor entre los labios y le condujo hasta una cápsula. No tuvo que vencer la menor resistencia. El kzin calló; tenía la mirada perdida en el infinito y su gran rostro peludo reflejaba gran serenidad.

- ¿Qué ha pasado? ¿Qué me has hecho?

Interlocutor-de-Animales, perfectamente relajado, miraba al infinito y ronroneaba.

- Mira - dijo Nessus. Se apartó lentamente de la cápsula del kzin. Tenía las aplastadas cabezas muy erguidas y rígidas, apuntando mas que mirando hacia el kzin, del que no apartó la mirada ni un instante.

De pronto, el kzin pareció recuperar la visión. Su mirada iba de Luis a Teela y luego a Nessus. Interlocutor-de-Animales comenzó a emitir unos gruñidos plañideros, se incorporó y empezó a hablar en intermundo.

- Ha sido muy agradable. Me gustaría...

Se interrumpió, desconcertado.

- Sea lo que fuere - le dijo al titerote -, no lo vuelvas a hacer.

- Te tenía por un ser cultivado - dijo Nessus -. Y no me he equivocado en mi apreciación. Sólo una persona de una cierta cultura temería un tasp.

- Ah - dijo Teela.

- ¿Tasp? - inquirió Luis.

El titerote continuó hablando con Interlocutor-de-Animales:

- No olvides que recurriré al tasp siempre que me obligues a ello. Haré uso de él si me pones nervioso, si recurres a la violencia con frecuencia o si me asustas a menudo; pronto no podrás prescindir del tasp. Y puesto que lo tengo quirúrgicamente implantado en el cuerpo, sólo matándome podrías apoderarte de él. Y aun entonces continuaría tu innoble dependencia del tasp.

- Muy astuto - dijo Interlocutor -. Una táctica fuera de lo común. No te molestaré más.

- ¡Nej! ¿Alguien quiere explicarme qué es un tasp?

La ignorancia de Luis pareció sorprenderles a todos. Teela fue quien se lo explicó:

- Activa el centro de placer del cerebro.

- ¿A distancia? - Luis ignoraba que ello fuese teóricamente posible.

- Claro. Tiene el mismo efecto que una corriente al tocar un electrodo; pero no es preciso introducir un alambre en el cerebro. Los tasps suelen ser bastante pequeños y pueden manejarse con una sola mano.

- ¿Te han dado alguna vez con un tasp? Ya sé que no es asunto de mi incumbencia...

Tanta delicadeza hizo sonreír a Teela.

- Sí, conozco la sensación que produce. Por un momento... bueno, es imposible explicarlo. Pero el tasp no es para usarlo en uno mismo. Lo normal es aplicárselo a alguien que no se lo espera. Ahí está la gracia. La policía detiene a menudo grupos de «taspers» en los parques.

- Vuestros tasps - dijo Nessus - inducen menos de un segundo de corriente. El mío induce unos diez segundos.

Debía haber producido un efecto formidable sobre Interlocutor-de-Animales. Pero Luis sacó otras conclusiones:

- Vaya, vaya. Es estupendo. ¡Increíble! ¡Sólo a un titerote se le ocurriría pasearse con un arma que causa placer al enemigo!

- Y sólo un ser muy cultivado temería un exceso de placer. El titerote tiene razón - dijo Interlocutor-de-Animales - Si las descargas del tasp fueran frecuentes, acabaría convertido en el obediente esclavo del titerote. ¡Yo, un kzin, sometido a la voluntad de un herbívoro!

- Subamos al «Tiro Largo» - dijo Nessus en tono grandilocuente -. Ya hemos perdido demasiado tiempo.

 

Luis fue el primero en subir a bordo del «Tiro Largo».

El bailoteo de sus pies sobre la superficie rocosa de Nereida no le sorprendió. Luis sabía moverse perfectamente en condiciones de reducida gravedad. Sin embargo, su cerebelo había esperado tontamente un cambio de gravedad al entrar en la cámara de aire del «Tiro Largo». Preparado como estaba para el cambio, tropezó y por poco se cae al no producirse éste.

- Sé que entonces conocían la gravedad inducida - masculló al entrar en la cabina.

Era una cabina primitiva, llena de rígidos ángulos rectos, muy propicios para golpearse las rodillas y los codos contra ellos. Todo era más grande de la cuenta. Los indicadores estaban mal situados...

Además de primitiva, la cabina era pequeña. Cuando se construyó el «Tiro Largo» ya se conocía la gravedad inducida; pero, a pesar de que la nave tenía kilómetro y medio de ancho, no quedaba espacio para la maquinaria. Apenas si cabía un piloto.

El tablero de mandos y un indicador de masa, una ranura de alimentación, una cápsula de seguridad y detrás de ésta un espacio en el que podría acomodarse un hombre con la cabeza inclinada para no tocar el techo.

Luis se introdujo en ese espacio y abrió la espada variable del kzin hasta una longitud de un metro.

Interlocutor-de-Animales subió a bordo, cuidando de avanzar lentamente. Pasó junto a Luis sin detenerse y subió al compartimiento superior.

Allí se encontraba antes la sala de recreo del único piloto de la nave. Habían retirado los aparatos gimnásticos y la pantalla de lectura para instalar otras tres cápsulas de seguridad. Interlocutor se acomodó en una de ellas.

Luis le siguió escaleras arriba. Exhibió la espada variable sin darle mayor importancia; luego cerró la tapa de la cápsula del kzin y accionó un interruptor.

La cápsula se convirtió en un huevo con la superficie como un espejo. El tiempo quedaría detenido en su interior hasta que Luis desconectara el campo estático. Si la nave fuera a estrellarse contra un asteroide de antimateria, incluso el fuselaje se convertiría en vapor ionizado; sin embargo, la cápsula del kzin no perdería su reflectante acabado.

Luis se relajó. Todo parecía ahora una especie de danza ritual; sin embargo, la finalidad era bastante palpable. El kzin tenía buenas razones para querer robar la nave. El tasp no había cambiado en nada ese aspecto. No debía permitirle conseguir su propósito.

Luis volvió a la cabina del piloto. Decidió usar el circuito nave-traje.

- Adelante.

Unas cien horas más tarde, Luis Wu ya había salido del sistema solar.

 

 

5. La roseta

 

Las matemáticas del hiperespacio tienen sus singularidades. Cualquier masa lo suficientemente grande del universo einsteiniano está rodeada de una de estas singularidades. Fuera de ellas, las naves espaciales pueden desplazarse a velocidades superiores a las de la luz. En su interior, desaparecerían en el intento.

En esos momentos el «Tiro Largo» se hallaba a unas ocho horas-luz de Sol y fuera del radio de acción de la singularidad local de Sol.

Y Luis Wu gravitaba libremente en el vacío. Sentía tensión en las gónadas y un ligero malestar en el diafragma, y su estómago parecía a punto de eructar. Eran sensaciones pasajeras

Al mismo tiempo experimentaba una paradójica ansia de volar...

Había viajado varias veces en sistema de caída libre, en la gran burbuja transparente del Hotel Ambulante, que giraba en torno a la Luna de la Tierra. Pero en esa cabina, el más leve movimiento de brazos supondría la rotura de algún elemento vital.

Había decidido efectuar la aceleración de despegue bajo la influencia de dos gravedades. Había pasado unos cinco días trabajando, comiendo y durmiendo en la cápsula del piloto, pese a que ésta estaba excelentemente equipada, se sentía sucio y despeinado; las cincuenta horas de sueño no habían sido suficientes para disipar su cansancio.

Luis veía un negro panorama ante sí. Empezaba a comprender que, desde su punto de vista, la expedición se caracterizaría por la incomodidad.

El cielo del alto espacio no se diferenciaba gran cosa del cielo de la noche lunar. Al sur de la galaxia relucía una estrella particularmente brillante; era Sol.

Luis accionó los mandos de los rotores. El «Tiro Largo» giró y las estrellas quedaron a sus pies.

Veintisiete, trescientos doce, mil. Eran las coordenadas que le diera Nessus justo antes de que Luis cerrara su cápsula de supervivencia. Indicaban la situación de la migración de titerotes. Y de pronto Luis advirtió que ello no correspondía a la dirección de las Nubes de Magallanes. El titerote le había mentido.

No obstante, reflexionó Luis, estaba a unos doscientos años luz de distancia. Y seguía la dirección del eje de la galaxia. Cabía la posibilidad de que los titerotes hubieran decidido salir de la galaxia por el camino más corto y luego desplazarse hasta la Nube Menor por encima del plano de la galaxia. Así podrían evitar todos los obstáculos interestelares: soles, nubes de polvo, concentraciones de hidrógeno, etcétera.

No tenía mayor importancia. Luis paseó las manos por el panel de mandos, como un pianista a punto de comenzar un concierto.

Estaban descendiendo.

El «Tiro Largo» desapareció.

Luis mantenía los ojos deliberadamente apartados del suelo transparente, Ya había dejado de preguntarse por qué no habían recubierto todas esas ventanas. Hombres muy sensatos habían enloquecido ante el espectáculo de la Zona Tenebrosa; sin embargo, había personas capaces de soportarlo. El piloto del «Tiro Largo» debió ser una de ellas.

Luis observó el indicador de masa: una esfera transparente situada sobre el panel de mandos, con una serie de líneas azules que irradiaban de su centro. Tenía un tamaño desmesurado, pese a las limitaciones de espacio de la cabina. Reclinó la cabeza y se quedó mirando las líneas.

Luis volaba sin apartar la mano izquierda del botón de emergencia.

La ranura de abastecimiento que tenía a la derecha le sirvió un café que sabía a rancio y, a continuación, una comida instantánea que se le deshizo en las manos, descomponiéndose en distintas capas de carne, queso, pan y una extraña hoja. La cocina automática no debía haber sido reprogramada en varios siglos Las líneas radiales del indicador de masa se hicieron gruesas y comenzaron a moverse hacia arriba como la manecilla de un reloj, para luego encogerse hasta desaparecer. Una borrosa línea azul que ocupaba el fondo de la esfera comenzó a alargarse... Luis apretó el botón de emergencia.

Un gigante rojo desconocido brillaba bajo sus pies.

- Demasiado rápido - gruñó Luis -. ¡Excesivamente rápido! ¡Nej!

En cualquier nave normal bastaba con controlar el indicador de masa cada seis horas poco más o menos. ¡En el «Tiro Largo» casi no se atrevía ni a parpadear!

Luis bajó la vista para contemplar el brillante disco rojo algo difuminado y el fondo de estrellas que tenía detrás.

- ¡Nej! ¡Ya hemos salido del espacio conocido!

Hizo girar la nave para observar las estrellas. A sus pies se extendía un cielo desconocido.

- ¡Son mías, todas mías! - exclamó Luis, frotándose las manos. Luis Wu se montaba sus propios espectáculos durante sus períodos sabáticos.

La estrella roja pasó a formar parte otra vez de su campo visual y Luis esperó a que se desplazara noventa grados más. Se había acercado demasiado a la estrella y ahora tendría que rodearla por completo.

Ya llevaba hora y media pilotando.

Después de tres horas consiguió salir otra vez de la zona de influencia de la singularidad.

Las estrellas desconocidas no le preocupaban. Las luces de las ciudades ocultaban la luz de las estrellas en la mayor parte de la Tierra; y Luis Wu se había criado en ese planeta. Tenía veintiséis años cuando vio su primera estrella. Se aseguró de que la nave hubiera alcanzado el espacio abierto, tapó el panel de mandos y, por fin, pudo desperezarse.

- Uf. Tengo los ojos ardiendo.

Se zafó de la red protectora y se dejó flotar, mientras hacía flexiones con el brazo izquierdo. Llevaba tres horas sin mover esa mano de la palanca del hiperreactor. Tenía el brazo entumecido desde el codo hasta la punta de los dedos.

Del techo colgaban anillas para ejercicios isométricos. Luis se colgó de ellas. Se le desagarrotaron los músculos, pero seguía sintiéndose fatigado.

¿Y si despertara a Teela? No le vendría mal poder charlar un poco con ella. Una idea estupenda. La próxima vez que vaya de vacaciones me llevaré a una mujer en estasis. Así podré tener lo mejor de ambos mundos. Pero por su aspecto diríase que acababa de ser desenterrado de una tumba, y así se sentía también. No estaba en condiciones de recibir a nadie. En fin.

No debía haber permitido que ella se embarcara en el «Tiro Largo».

¡No era bueno para él! Le había gustado tener a Teela a su lado, esos dos días. Había sido como una repetición de la aventura de Luis Wu y Paula Cherenkov, en una nueva versión con final feliz. Tal vez incluso mejor.

Sin embargo, Teela era una chica superficial. Y no era sólo una cuestión de edad. Luis tenía amigos de todas las edades y algunos de los más jóvenes eran realmente profundos. Desde luego, esos eran los que más sufrían. Como si el dolor formara parte del proceso de aprendizaje. Un hecho que probablemente correspondía a la realidad.

No, a Teela le faltaba la capacidad de sentir el dolor de los demás...

Pero sabía captar perfectamente el placer del otro, y era capaz de responder al placer, y de crear placer. Era una amante maravillosa: de una belleza casi dolorosa, apenas iniciada en el arte, sensual como un gato, y sorprendentemente desinhibida.

Nada de lo cual podía serle de ninguna utilidad en su capacidad de exploradora.

Teela había tenido una vida feliz y monótona. Se había enamorado dos veces y en ambas ocasiones había sido la primera en cansarse del asunto. Jamás se había encontrado en una situación de grave tensión, nunca había sufrido de verdad. Llegado el momento de enfrentarse con su primera auténtica situación de emergencia, lo más probable era que Teela fuese presa del pánico.

«Pero yo sólo la quería como amante - se dijo Luis para sus adentros -. ¡Maldito Nessus! ¡Si Teela hubiera vivido alguna vez una situación de stress, Nessus la habría rechazado por su mala suerte!»

Había sido un error traerla. Era una responsabilidad. Tendría que dedicar demasiado tiempo a protegerla cuando debiera estar ocupándose de sí mismo.

¿Qué situaciones difíciles podían esperarles? Los titerotes eran sagaces hombres de negocios. Nunca pagaban más de lo preciso. El «Tiro Largo» representaba unos honorarios absolutamente fuera de lo corriente. Luis tenía la estremecedora sospecha de que se lo ganarían a pulso.

«Bueno, basta por hoy», se dijo. Metióse otra vez en la cápsula y estuvo durmiendo una hora bajo los auriculares somníferos. Se despertó, enderezó el rumbo de la nave y volvió a caer en la Zona Tenebrosa.

Volvió a salir a cinco horas y media de Sol.

Las coordenadas que le había dado el titerote definían una pequeña porción rectangular del cielo vista desde Sol, acompañada de una distancia radial en ese sentido. A esa distancia, las coordenadas definían un cubo de medio año luz de arista. Si sus instrumentos no le engañaban, Luis Wu y el «Tiro Largo» también se encontraban ahora dentro de ese volumen.

Habían dejado ya muy atrás la pequeña burbuja de estrellas, de unos setenta años luz de diámetro, que constituía el espacio conocido.

De nada le serviría intentar localizar la flotilla. Luis no sabía qué debía buscar. Fue a despertar a Nessus.

Nessus se colgó a una anilla gimnástica con los dientes y miró por encima del hombro de Luis.

- Tengo que localizar ciertas estrellas como puntos de referencia. Centra esa gigante verde y blanca y proyéctamela en la pantalla ampliadora...

Casi no podían moverse en la cabina del piloto. Luis intentaba proteger el panel de instrumentos de los desmañados gestos de los tres cascos del titerote.

- Espectroanálisis... sí. Ahora la doble estrella azul y amarilla situada en las dos...

- Ya me he situado. Gira a 348,72.

- ¿Qué buscamos exactamente, Nessus? ¿Una masa de llamas de fusión? No, la flotilla usa reactores corrientes.

- Necesitamos el amplificador. La reconocerás en cuanto la veas.

La pantalla amplificadora estaba llena de pequeñas estrellas anónimas. Luis fue aumentando el grado de amplificación hasta que...

- Cinco puntos distribuidos en un pentágono regular. ¿Es eso?

- Ese es nuestro punto de destino.

- Estupendo. Déjame comprobar la distancia... ¡Nej! Hay un error, Nessus. Están demasiado lejos.

No recibió respuesta.

- En cualquier caso, no pueden ser naves, aunque el calculador de distancias no funcione. La flota de los titerotes debe avanzar un poco por debajo de la velocidad de la luz. Tendríamos que distinguir el movimiento.

Cinco estrellas apagadas en un pentágono regular. Estaban a un quinto de año luz de distancia y resultaban completamente invisibles a simple vista. Para poderlas distinguir con ese grado de ampliación, debían tener las dimensiones de un verdadero planeta. En la pantalla, una se veía un poco menos azul, ligeramente más pálida que las otras.

Una roseta de Kemplerer. Qué cosa más rara.

Se cogen tres o más masas iguales. Se sitúan en los vértices de un polígono equilátero y se les dan velocidades angulares iguales respecto a su centro de masa.

En esas condiciones la figura se halla en equilibrio estable. Las masas pueden describir órbitas circulares o elípticas. Una masa adicional puede ocupar el centro de masa de la figura, aunque éste también puede estar vacío. Es un detalle irrelevante. La figura es estable, como un par de puntos troyanos.

El problema está en que no es difícil que una masa pase a formar un punto troyano. (Recuérdese el caso de los asteroides troyanos en la órbita de Júpiter.) Sin embargo, es muy improbable que cinco masas lleguen a constituir una roseta de Kemplerer por azar.

- Es increíble - murmuró Luis -. Singular. Nadie ha visto jamás una roseta de Kemplerer... - La dejó perderse de vista.

¿De dónde obtendrían su luz esos objetos entre las estrellas?

- Oh, no, ni lo sueñes - dijo Luis Wu -. Jamás conseguirás convencerme. ¿Crees que soy un imbécil?

- Qué es lo que no quieres creer.

- ¡Nej! ¡No te hagas el inocente!

- Como quieras. Hacia allí nos dirigimos, Luis. Si nos sitúas dentro de su radio de acción, enviarán una nave a nuestro encuentro.

La nave tenía un fuselaje #3, un cilindro redondeado en los extremos y con el vientre aplastado, pintado de un color rosa chillón y sin ventanas. No había aberturas para los motores.

Debían de ser motores sin reacción, parecidos a los humanos, tal vez algo más avanzados.

Luis siguió las instrucciones de Nessus y dejó que la otra nave se encargara de efectuar las maniobras necesarias. Con sus motores de fusión, el «Tiro Largo» hubiera necesitado meses para adecuar su velocidad a la de la «flotilla» de los titerotes. La nave titerote lo consiguió en menos de una hora. Se materializó junto al «Tiro Largo» y, de inmediato, su tubo de acceso, cual serpiente de vidrio, intentó establecer contacto con la compuerta del «Tiro Largo».

Tendrían problemas para desembarcar. No había espacio suficiente para que toda la tripulación pudiera salir del estasis al mismo tiempo. Y, un detalle más importante, Interlocutor tendría una última oportunidad de apoderarse de la nave.

- ¿Crees que tu tasp le mantendrá a raya, Nessus?

- No. En mi opinión, hará una última tentativa de robar la nave. Lo mejor será que...

Desconectaron el panel de mandos de los motores de fusión del «Tiro Largo». Con un poco de tiempo y la intuición mecánica innata en todos los constructores de herramientas, el kzin podría arreglar cualquier cosa. Pero no tendría tiempo...

Luis observó al titerote que comenzaba a avanzar por el tubo. Nessus llevaba el traje de presión de Interlocutor. Había cerrado los ojos con fuerza: una lástima, pues la vista era magnífica.

- Caída libre - dijo Teela cuando Luis le abrió la cápsula de supervivencia -. No me siento bien. Será mejor que me ayudes, Luis. ¿Qué ha ocurrido? ¿Ya hemos llegado?

Luis le contó algunos detalles mientras la conducía hasta la compuerta. Ella le escuchaba, pero Luis advirtió que toda su atención estaba concentrada en la boca de su estómago. Se la veía sumamente incómoda.

- En la otra nave habrá gravedad - le dijo.

Sus ojos descubrieron la diminuta roseta en cuanto Luis se la señaló. Ya era posible apreciarla a simple vista: un pentágono de cinco estrellas blancas. Ella se volvió y le interrogó con una mirada de asombro. El movimiento le hizo rodar los canales semicirculares y Luis pudo ver cómo se le demudaba la cara antes de cruzar la compuerta. Luis la siguió con la mirada mientras desaparecía contra el fondo de estrellas desconocidas.

Luis abrió la tapa de la cápsula y dijo:

- Nada de gestos bruscos, estoy armado.

El rostro anaranjado del kzin no cambió de expresión:

- ¿Hemos llegado?

- Sí. He desconectado el motor de fusión. Es imposible que consigas volver a conectarlo a tiempo. Nos están apuntando con dos grandes lasers de rubí.

- ¿Y si huyera con el hiperreactor? No, imposible. Debemos estar en una singularidad.

- Te aguarda una sorpresa. Estamos en cinco singularidades.

- ¿Cinco? ¿En serio? Pero lo de los lasers no era cierto, Luis. ¿No te da vergüenza mentirme así?

En cualquier caso, el kzin salió de la cápsula sin armar demasiado alboroto. Luis le seguía con la espada variable en ristre. Al llegar a la compuerta, el kzin se detuvo sobrecogido ante el espectáculo del pentágono de estrellas que iba aumentando de tamaño a ojos vista.

El «Tiro Largo» se acercaba a hipervelocidad y se había detenido media hora luz más adelante de la «flotilla» de los titerotes: poco menos de la distancia media entre Júpiter y la Tierra. Pero la «flotilla» avanzaba a enorme velocidad, apenas inferior a la de su propia luz, de modo que la luz que llegaba al «Tiro Largo» procedía de mucho más lejos. Cuando el «Tiro Largo» se detuvo, la roseta era demasiado pequeña para poder distinguirla a simple vista. Apenas se veía cuando Teela cruzó la compuerta. En esos momentos había alcanzado un tamaño impresionante e iba creciendo con enorme rapidez.

Los cinco puntos azul pálido distribuidos en un pentágono se iban expandiendo por el cielo, cada vez más grandes, y más separados...

Durante un fugaz instante el «Tiro Largo» apareció rodeado de cinco mundos. Luego desaparecieron, y su luz cada vez menos intensa fue enrojeciendo hasta hacerse invisible. Y la espada variable estaba en manos de Interlocutor-de-Animales.

- ¡Por todos los diablos! - explotó Luis -. ¿No sientes curiosidad por nada?

El kzin reflexionó un momento:

- Siento curiosidad, pero mi orgullo es más fuerte. - Pulsó el botón y, cuando el alambre retráctil estuvo metido en el mango, le devolvió la espada variable a Luis -. Una amenaza es tanto como un desafío. ¿Vamos?

La nave titerote era un robot. Una vez cruzadas la compuerta, todo el sistema de supervivencia era una gran habitación. Había cuatro cápsulas, de formas tan diversas como los seres que debían ocuparlas, formando un círculo en torno a un mueble-bar.

La nave no tenía ventanas.

Luis comprobó con gran alivio que había gravedad. Aunque no exactamente igual a la gravedad de la Tierra; el aire tampoco era exactamente el mismo de la Tierra. La presión resultaba un poquitín demasiado alta. El ambiente estaba lleno de olores, extraños aunque no desagradables. Luis olía a ozono, hidrocarbonos, titerotes -docenas de titerotes- y otros olores que no logró identificar.

No había ángulos. La pared curva formaba una sola superficie con el suelo y el techo; tanto las cápsulas-diván como el mueble-bar parecían modificables. En el mundo de los titerotes no había objetos duros ni cortantes, nada que pudiera hacer salir sangre o causar un hematoma.

Nessus se tendió descoyuntado sobre su cápsula-diván. Se le veía ridículamente cómodo.

- No me ha querido decir nada - se burló Teela.

- Claro que no - dijo el titerote -. De todos modos hubiera tenido que repetirlo cuando llegasen los demás. Sin duda os habréis estado preguntando...

- Mundos volantes - le interrumpió el kzin.

- Y rosetas de Kemplerer - dijo Luis.

Un zumbido casi imperceptible le indicó que la nave comenzaba a moverse. Acomodó su equipaje e Interlocutor hizo otro tanto, luego se tendieron frente a los otros dos en sus respectivas cápsulas. Teela le tendió una bebida roja con sabor a frutas en una ampolla comprimible.

- ¿Falta mucho? - le preguntó al titerote.

- Aterrizaremos dentro de una hora. Entonces recibiréis instrucciones sobre nuestro destino definitivo.

- Creo que tendremos tiempo. Bien, cuéntanos. ¿Por qué mundos volantes? No sabría explicarlo exactamente, pero por algún motivo me parece más bien arriesgado esto de ir lanzando mundos habitables con tal despreocupación.

- ¡Oh, te equivocas, Luis! - El titerote hablaba completamente en serio -. El riesgo es mucho menor que en esta nave, por ejemplo; y esta nave es muy segura comparada con la mayoría de las naves de diseño humano. Tenemos mucha práctica en lo que a trasladar mundos se refiere.

- ¡Práctica! ¿Cómo se os ocurrió la idea?

- Para explicarlo tendré que hablar primero del calor y del control de la natalidad. ¿No os molesta?

Con un ademán, respondieron que no. Luis tuvo la delicadeza de no reír; Teela soltó una carcajada.

- En primer lugar debéis saber que a los titerotes nos resulta sumamente difícil controlar nuestra población. Sólo existen dos formas para evitar la procreación. Una de ellas requiere una grave intervención quirúrgica. La otra es la abstinencia total de todo contacto sexual.

Teela quedó pasmada:

- ¡Qué horror!

- Es un inconveniente. Fijaos bien, la operación no constituye una alternativa a la abstinencia, sino que tiene por objeto asegurar la abstinencia. Actualmente se ha conseguido que la operación sea reversible, algo imposible en el pasado. Muy pocos de mi especie están dispuestos a someterse voluntariamente a esa intervención.

Luis silbó:

- No me extraña. ¿Conque el control de vuestra población depende de la fuerza de voluntad?

- Sí. La abstinencia determina desagradables efectos secundarios, como ocurre en la mayoría de las especies. Desde tiempos muy remotos, ello se ha traducido en un exceso de población. Hace medio millón de años éramos medio trillón en cifras humanas. En cifras kzinti...

- Las matemáticas son mi fuerte - le interrumpió el kzin -. Pero estos problemas no parecen guardar relación alguna con lo inusitado de vuestra flota. - No se quejaba, era sólo un comentario. Interlocutor había cogido del mueble-bar una garrafa con dos asas de diseño kzinti, con más de dos litros de capacidad.

- Pues tienen mucho que ver, Interlocutor. Medio trillón de seres civilizados producían mucho calor como subproducto de su civilización.

- ¿Ya estabais civilizados hace tanto tiempo?

- Evidentemente. Ninguna cultura bárbara hubiera podido mantener una población tan numerosa. Hacía tiempo que se nos había agotado la tierra cultivable y habíamos tenido que terraformar dos mundos de nuestro sistema para dedicarlos a la agricultura. Para ello tuvimos que aproximarlos más al Sol. ¿Comprendes?

- Vuestra primera experiencia en el desplazamiento de mundos. Emplearíais naves robot, claro.

- Evidentemente... A partir de entonces la alimentación dejó de ser problema. Tampoco teníamos problemas de espacio. Ya entonces construíamos altos edificios y nos gusta vivir en compañía.

- Instinto gregario, lo juraría. ¿Por eso esta nave huele como una manada de titerotes?

- Sí, Luis. Nos reconforta oler la presencia de nuestros semejantes. Nuestro único problema, en aquella época, consistía en el calor.

- ¿El calor?

- El calor es uno de los productos de desecho de la civilización.

- No comprendo - dijo Interlocutor-de-Animales.

Luis, quien como terrícola comprendía perfectamente, se abstuvo de todo comentario. (La Tierra estaba mucho más poblada que Kzin.)

- Por ejemplo: por la noche te gusta tener luz, ¿verdad, Interlocutor? Si no dispones de una fuente de luz artificial no tienes más remedio que dormir, aunque prefieras hacer otras cosas.

- Elemental.

- Supón que cuentas con una fuente de luz perfecta que sólo emite radiaciones en el espectro visible para los kzinti. Aun así, toda la luz que no salga por las ventanas será absorbida por paredes y muebles. Se convertirá en calor difuso. Otro ejemplo: la Tierra no produce suficiente agua dulce natural para sus dieciocho mil millones. Es preciso destilar agua salada por fusión. Ello genera calor. Y debes tener en cuenta que nuestro mundo, mucho más poblado, perecería si no funcionasen las plantas destiladoras. Un tercer ejemplo: el transporte que supone cambios de velocidad genera siempre calor. Las naves espaciales cargadas de cereales procedentes de los mundos agrícolas producían calor al regresar a nuestra atmósfera y lo distribuían por toda su superficie. Al despegar despedían aún más calor.

- Sin embargo, existen sistemas de refrigeración...

- La mayor parte de los sistemas de refrigeración no hacen más que extraer calor de una parte y verterlo en otra, y además también producen calor con su consumo de energía.

- Creo que empiezo a comprender. A medida que aumenta el número de titerotes, también aumenta el calor generado.

- ¿Comprendes entonces por qué el calor de nuestra civilización comenzaba a hacer inhabitable nuestro mundo?

«Polución - pensó Luis Wu -. Motores de combustión interna. Bombas de fisión y cohetes de fusión en la atmósfera. Desechos industriales en los lagos y los océanos. Bastantes veces hemos estado a punto de morir ahogados en nuestros propios productos de desecho. De no existir el Comité de Fertilidad, tal vez la Tierra, se estaría sofocando en su propio calor de desecho.»

- Increíble - comentó Interlocutor-de-Animales -. ¿Por qué no emigrasteis?

- ¿Quién arriesgaría su vida en las múltiples muertes del espacio? Sólo un ser como yo. ¿Cómo colonizar nuevos mundos con los dementes de nuestra especie?

- Podíais haber enviado cargamentos de huevos fertilizados congelados y tripular las naves con navegantes locos.

- No me gusta hablar de sexo. Nuestra biología no está adaptada para estos métodos, aunque sin duda podíamos haber desarrollado algo parecido... pero, ¿para qué? Ello no habría reducido nuestra población, ¡y nuestro mundo seguiría sofocándose en su propio calor de desecho!

Sin que viniera al caso, Teela dijo:

- Me gustaría poder mirar al exterior. El titerote la contempló admirado:

- ¿En serio? ¿No sientes vértigo?

- ¿En una nave titerote?

- En fin, el peligro no aumentará porque miremos. Concedido.

Nessus pronunció unas musicales palabras en su propia lengua y la nave se esfumó.

Podían verse entre sí y a sí mismos; podían ver las cuatro cápsulas flotando en el vacío, con el mueble-bar en el centro. Fuera de eso, sólo la negrura del espacio. Cinco mundos relucían empero con blanco resplandor tras los cabellos negros de Teela. Eran todos del mismo tamaño: tal vez dos veces el diámetro angular de la Luna llena vista desde la Tierra. Formaban un pentagrama. Cuatro de los mundos estaban rodeados de cadenas de diminutas y brillantes luces: soles orbitales que producían una luz solar artificial blanco-amarillenta. Los cuatro brillaban por un igual y tenían el mismo aspecto: borrosas esferas azules en las que resultaba imposible distinguir los contornos continentales a tanta distancia. Pero el quinto...

El quinto mundo no tenía luces orbitales. Brillaba con luz propia, a través de manchas en forma de continentes y con los colores de la luz solar. Entre las manchas se extendía una superficie de una negrura comparable a la del espacio circundante; y la negrura, también, estaba jaspeada de estrellas. El negro del espacio parecía invadir las zonas situadas entre los continentes de luz solar.

- Nunca había visto nada tan hermoso - dijo Teela con voz emocionada. Y Luis se sintió inclinado a darle la razón.

- Increíble - dijo Interlocutor-de-Animales -. Casi no puedo creerlo. Emigrasteis con vuestros mundos.

- Los titerotes no confían en las naves espaciales - dijo Luis en tono ausente.

Le producía un escalofrío pensar que podría haberse perdido ese espectáculo; que el titerote podría haber escogido a otro en su lugar. Tal vez hubiera muerto sin ver la roseta de los titerotes...

- ¿Cómo?

- Ya os he explicado que nuestra civilización se estaba sofocando en su propio calor de desecho - dijo Nessus -. La conversión total de la energía nos había permitido deshacernos de todos los demás subproductos de la civilización a excepción de éste. No teníamos más remedio que apartar nuestro mundo de su estrella primaria.

- ¿No era peligroso?

- Muchísimo. Ese año hubo muchos casos de demencia. Sin embargo, habíamos comprado un motor no atómico y sin inercia a los Forasteros. Ya podéis imaginaros el precio. Aún estamos pagando los plazos. Habíamos desplazado dos mundos agrícolas; habíamos hecho experimentos con otros mundos, inservibles, de nuestro sistema, siempre con el motor de los Forasteros. Sea como fuere, lo hicimos. Trasladamos nuestro mundo. Al cabo de algunos milenios, ya éramos un trillón. La escasez de luz solar natural nos había obligado a iluminar nuestras calles incluso de día, lo cual constituía una nueva fuente de calor. Nuestro sol comenzaba a presentar una conducta anómala. En resumen, descubrimos que nuestro sol representaba un riesgo en vez de una ventaja. Trasladamos nuestro mundo a un décimo de año luz de distancia y conservamos la primaria sólo como ancla. Necesitábamos los mundos agrícolas y hubiera sido arriesgado dejar flotar nuestro mundo a la deriva por el espacio. De no ser por ello, no hubiéramos necesitado el sol para nada.

- Y ésa es la razón de que nadie consiguiera descubrir nunca el mundo de los titerotes - dijo Luis Wu.

- En parte.

- Exploramos todos los soles enanos amarillos del espacio conocido y varios situados fuera de él. Un momento, Nessus. Alguien hubiera tenido que descubrir los planetas agrícolas. En una roseta de Kemplerer.

- Luis, no debían de haber explorado esos soles, sino otros.

- ¿Cómo? Es evidente que procedéis de un enana amarilla.

- Nuestra evolución tuvo lugar en una estrella enana amarilla, parecida a Procyon. Como sabrás, dentro de medio millón de años Procyon se dilatará y entrará en una fase de gigante rojo.

- ¡Por Finagle! ¿Vuestro sol se convirtió en un gigante rojo?

- Sí. Poco después de concluir el traslado de nuestro mundo, nuestro sol inició un proceso de expansión. Tus antepasados todavía se dedicaban a romper cabezas con fémures de antílope. Cuando comenzasteis a interesaras por nuestro mundo, os lanzasteis a explorar órbitas que no correspondían en soles que tampoco correspondían. Habíamos incorporado mundos adecuados procedentes de sistemas vecinos, hasta disponer de cuatro mundos agrícolas que organizamos en una roseta de Kemplerer. Cuando el sol comenzó a expandirse, fue preciso trasladarlos todos al mismo tiempo y proporcionarles fuentes de ultravioleta para compensar las radiaciones rojas. No es de extrañar que cuando llegó el momento de abandonar la galaxia, hace doscientos años, estuviéramos bien preparados. Ya teníamos práctica en el traslado de mundos.

Hacía un rato que la roseta de los mundos había comenzado a ensancharse. El mundo de los titerotes comenzó a brillar bajo sus pies, cada vez más grande, hasta absorberlos. Las estrellas dispersas por los negros mares habían crecido hasta convertirse en millares de pequeñas islas. Los continentes ardían como materia solar incandescente.

Una vez, hacía de eso muchos años, Luis se había asomado sobre el vacío desde lo alto del monte Lookitthat. El río de la Gran Catarata, de ese mundo, acaba en la catarata más alta del espacio conocido. Luis lo había seguido hasta donde le fue posible penetrar el nebuloso vacío con la mirada. El blanco indescriptible del propio vacío se le había quedado grabado para siempre y Luis, medio hipnotizado, había jurado vivir eternamente. Era la única manera de conseguir verlo todo.

Mientras el mundo de los titerotes iba configurándose a su alrededor, se reafirmó en esa decisión.

- Estoy pasmado - dijo Interlocutor-de-Animales. Su pelada cola sonrosado se agitaba frenéticamente; pero su rostro velludo y su voz de trueno no denotaban la menor emoción -. Os hemos despreciado por vuestra cobardía, Nessus, pero el desdén nos cegaba. En verdad, sois peligrosos. De habernos temido un poco más, hubierais aniquilado nuestra estirpe. Vuestro poder es terrible. No hubiéramos podido haceros frente.

- Un kzin atemorizado ante un hervíboro: imposible.

Nessus lo dijo sin segunda intención; pero Interlocutor reaccionó violentamente.

- Cualquier ser racional temería tamaño poder.

- Lo que dices me preocupa. El miedo y el odio suelen ir unidos. Lo lógico sería que un kzin atacase lo que le inspira temor.

La cosa se estaba poniendo fea. Habían dejado el «Tiro Largo» a millones de kilómetros de distancia y el espacio conocido estaba a centenares de años luz de allí; en esas circunstancias, estaban a merced de los titerotes. Si éstos creían tener motivos para temerles...

Había que cambiar de tema en seguida. Luis abrió la boca:

- Hey - dijo entonces Teela -. Hace rato que habláis de rosetas de Kemplerer. ¿Qué es una roseta de Kemplerer?

Y los dos extraterrestres comenzaron a explicárselo afanosamente, mientras Luis se preguntaba cómo había podido tomarla por tonta.

 

 

6. Una cinta brillante

 

- He salido bien burlado - dijo Luis Wu -. Ahora ya sé dónde encontrar el mundo de los titerotes. Gracias, Nessus. Has cumplido tu promesa.

- Ya te advertí que la información sería sorprendente, pero de escasa utilidad.

- Vaya broma - comentó el kzin -. Tu sentido del humor me sorprende, Nessus.

A sus pies se veía una diminuta isla en forma de anguila, rodeada por un negro mar. La isla se fue perfilando como una salamandra de fuego, y Luis creyó distinguir unos elevados edificios de esbelta estructura. Sin duda no permitían el acceso de extranjeros al continente.

- Nosotros no bromeamos - aclaró Nessus -. Mi especie no posee sentido del humor.

- Es curioso. Siempre había creído que el humor era una muestra de inteligencia.

- No. El humor va asociado a un mecanismo de defensa interrumpido.

- Aun así...

- Interlocutor, ningún ser racional interrumpe jamás un mecanismo de defensa.

A medida que la nave iba aproximándose comenzaron a diferenciarse unas luces de otras: paneles solares a la altura de las calles, ventanas en los edificios, fuentes de luz en las zonas de esparcimiento. Por un instante, Luis distinguió unos edificios sumamente esbeltos y de varios kilómetros de altura. Luego fueron absorbidos por la ciudad y, por fin, aterrizaron.

Estaban en medio de un parque de multicolores plantas desconocidas.

Nadie se movió. Los titerotes eran unos de los seres racionales de aspecto más inofensivo del espacio conocido. Su gran timidez, su pequeño tamaño, su extraño aspecto, determinaban que nadie les considerase peligrosos. Simplemente resultaban graciosos.

Pero, de pronto, Nessus se encontraba entre los de su especie; y su especie era más poderosa de lo que imaginaban los hombres. El titerote loco permaneció sentado y movió las cabezas en todos los sentidos, observando a los seres inferiores que había escogido. Nessus no resultaba nada gracioso. Su raza trasladaba mundos, de cinco en cinco.

La risita de Teela quedaba completamente fuera de lugar.

- Estaba pensando - explicó -. La única manera de no tener demasiados titerotitos es abstenerse de todo contacto sexual. ¿Verdad, Nessus?

- Sí.

Teela volvió a reír:

- No me extraña que los titerotes no tengan sentido del humor.

Guiados por una luz azul flotante, atravesaron un parque demasiado regular, demasiado simétrico, demasiado bien cuidado.

El aire estaba impregnado del picante olor químico a titerotes. Ese olor estaba por doquier. Resultaba excesivo y artificial en el habitáculo unicelular de la nave transbordadora. No había disminuido cuando se abrió la cámara de aire. Un trillón de titerotes habían impregnado el aire de ese mundo y el olor a titerote se mantendría por toda la eternidad.

Nessus bailaba; sus pequeños cascos con uñas casi parecían no tocar la flexible superficie del sendero. El kzin se deslizaba, como un gato, balanceando rítmicamente la cola sonrosada. Los pasos del titerote componían una música de baile en compás de tres-cuatro. El kzin no producía el menor rumor al andar.

Teela avanzaba con paso casi igualmente silencioso. Su andar parecía desmañado; pero no lo era. No tropezó ni una vez, no topó con nada. Luis cerraba la comitiva, el menos grácil del grupo.

Y no había razón alguna para que Luis Wu se moviera con gracia. Era sólo un primate transformado, que pese a su evolución nunca se había adaptado por completo a caminar sobre el suelo. Durante millones de años, sus antepasados habían caminado a cuatro patas cuando era necesario y habían viajado por los árboles siempre que era posible.

El pleistoceno puso fin a esa costumbre con sus millones de años de sequía. Los bosques desaparecieron dejando a los antepasados de Luis Wu sedientos y hambrientos. Desesperados, empezaron a comer carne. Las cosas cambiaron un poco cuando descubrieron el secreto del fémur del antílope, cuya articulación dejó señales en tantos cráneos fósiles.

Ahora, con sus pies aún dotados de un vestigio de dedos, Luis Wu y Teela Brown paseaban en compañía de dos seres extraños.

¿Extraños? Todos eran extraños allí, incluso el loco y exiliado Nessus, con su desordenada crin y sus inquietas cabezas inquisidoras. Interlocutor también se sentía incómodo. Sus ojos, rodeados de negros círculos, escudriñaban la vegetación desconocida en busca de seres con aguijones envenenados o afilados dientes. Instinto, sin duda. Los titerotes nunca permitirían el acceso de fieras peligrosas a sus parques.

Llegaron a una cúpula que refulgía como una inmensa perla semienterrada. Allí la luz ambulante se dividió en dos.

- Debo separarme de vosotros - explicó Nessus. Y Luis advirtió que el titerote estaba aterrorizado.

- Debo presentarme ante los-que-dirigen. - Hablaba en voz baja y apremiante -. Interlocutor, antes de irme, dime una cosa. ¿Si no regreso, me buscarás para matarme por el insulto que proferí en el restaurante Krushenko?

- ¿Es posible que no regreses?

- Es posible. Tal vez lo que tengo que decirles no sea del agrado de los-que-dirigen. Y ahora repito la pregunta, ¿me perseguirás?

- ¿Aquí, en un mundo extraño, entre seres tan poderosos y tan poco inclinados a creer en las pacíficas intenciones de un kzin? - El kzin meneó tajantemente la cola, una sola vez -. No. pero tampoco seguiría adelante con la expedición.

- Con ello me basta.

Nessus salió al trote tras la luz indicadora; temblaba visiblemente.

- ¿Qué puede temer? - se lamentó Teela -. Lo ha cumplido todo tal como le ordenaron. ¿Cómo pueden enfadarse con él?

- Creo que trama algo - dijo Luis -. Algo tortuoso. ¿Pero, qué?

La luz azul siguió avanzando. La siguieron al interior de una semiesfera iridiscente.

 

La cúpula desapareció. Desde un triángulo de cápsulas-diván, dos humanos y un kzin contemplaban una domesticada selva de plantas desconocidas, a las cuales se aproximaba un extraño titerote. O bien la cúpula misma era invisible desde dentro, o la escena del parque era una proyección. El ambiente olía a multitud de titerotes.

El extraño titerote se abrió paso entre la última fila de brotes escarlata. (Luis recordó que por un tiempo había considerado a Nessus un «animal». ¿Cuándo le había ascendido a la categoría de «persona»? Sin embargo, a Interlocutor, un extraterrestre conocido, le había tratado como «persona» desde el principio.) El titerote se detuvo, justo al borde del supuesto límite de la cúpula perlada. Tenía la crin plateada, a diferencia de Nessus que la tenía de color castaño, y la llevaba cuidadosamente peinada en unos complicados bucles; pero hablaba con la misma voz de contralto que Nessus.

- Debo presentaras mis excusas por no haber acudido a recibimos. Podéis llamarme Chiron.

Luego, era una proyección. Luis y Teela saludaron educadamente. Interlocutor-de-Animales mostró los dientes.

- Aquel al que llamáis Nessus sabe todo lo que ahora voy a contaros. Ha tenido que acudir a otro lugar. Sin embargo, ha mencionado vuestras reacciones al conocer nuestras técnicas de ingeniería. - Luis se estremeció. El titerote continuó -: Puede ser una circunstancia afortunada, os ayudará a comprender nuestras propias reacciones ante una obra de ingeniería aún más ambiciosa.

La mitad de la cúpula quedó a oscuras.

Por desgracia, era el lado opuesto al que aparecía la imagen proyectada del titerote. Luis encontró un botón que le permitió hacer girar su diván; pero de inmediato advirtió que hubiera necesitado dos cabezas giratorias con ojos independientes para contemplar ambos lados de la cúpula a la vez. En el lado oscuro se veía un fragmento de espacio sembrado de estrellas que servía de telón de fondo a un pequeño disco reluciente.

Un disco con un anillo. La escena era una ampliación del grabado instantáneo que Luis Wu tenía en el bolsillo.

La fuente de luz era pequeña y de un blanco reluciente, muy parecida a la imagen de Sol vista desde los alrededores de Júpiter. El anillo era de gran diámetro y lo suficientemente ancho para abarcar la mitad del lado en sombras de la cúpula; pero era delgado, poco más grueso que la fuente de luz de su eje. El lado más próximo era negro y tenía agudos rebordes en el punto de contacto con la luz. El lado más alejado era una cinta azul celeste suspendida en el espacio.

Aunque comenzaba a acostumbrarse a los milagros, Luis no tenía aún la flema de soltar estúpidas especulaciones. Conque se limitó a decir:

- Parece una estrella rodeada de un anillo. ¿Qué es?

La respuesta de Chiron no fue muy espectacular:

- Es una estrella rodeada de un anillo. Un anillo de materia sólida. Un artefacto.

Teela Brown aplaudió y soltó una risita. Al cabo de unos instantes logró reprimir la risita y adoptar un magnífico aire de circunstancias; pero sus ojos seguían echando chispas. Luis lo comprendía perfectamente. El sol con su anillo se había convertido en su juguete particular: algo nuevo en un universo mundano.

El kzin agitaba nervioso la cola. Chiron continuó:

- Ya sabéis que comenzarnos a viajar hacia el norte en dirección al eje galáctico hace doscientos cuatro años terrestres. En años kzin son...

- Doscientos diecisiete.

- Correcto. Como es lógico, todos estos años hemos estado observando el espacio que se extendía ante nosotros, en busca de señales de peligro o de algo inesperado. Ya sabíamos que la estrella EC-1752 estaba rodeada de una banda de materia oscura anormalmente densa y estrecha. Suponíamos que sería un anillo de polvo y de rocas. Pero su regularidad resultaba sorprendente. Hace unos noventa años nuestra flotilla de mundos alcanzó una posición desde la cual el anillo tapaba la estrella en sí. Pudimos ver que el anillo tenía bordes afilados. Posteriores investigaciones revelaron que no era un anillo gaseoso ni de polvo, ni siquiera de rocas asteroidales, sino una banda sólida muy resistente. Como es lógico, sentimos pánico.

Interlocutor-de-Animales preguntó:

- ¿Cómo lograsteis calcular su tensión?

- El espectroanálisis y las variaciones de frecuencia nos permitieron deducir una diferencia en las velocidades relativas. No cabe duda de que el anillo gira en torno a su primaria a una velocidad de mil doscientos kilómetros por segundo, suficiente para compensar la atracción de la fuerza de gravedad de la primaria y para prestarle una aceleración centrípeta adicional de 9,94 metros por segundo. ¡Imaginad la tensión que se requerirá para impedir que la estructura se desintegre bajo semejante aceleración!

- Una tensión igual a la fuerza de gravedad - dijo Luis.

- Eso parece.

- Una gravedad ligeramente inferior a la de la Tierra. Alguien vive allí, en la superficie interna.

- Vaya - dijo Luis Wu, que sólo entonces había comenzado a comprender todo el alcance del asunto, mientras un estremecimiento recorría su espina dorsal: había oído el chasquido de la cola del kzin al cortar el aire.

El hombre ya había tenido otros encuentros con seres superiores. Hasta entonces los hombres habían tenido suerte.

Luis se levantó bruscamente y se acercó a la pared de la cúpula. Fue inútil. El anillo y la estrella fueron retrocediendo, y por fin se encontró frente a la lisa superficie. Sin embargo, logró distinguir algo que no había advertido antes.

El anillo estaba segmentado, Unas sombras rectangulares distribuidas de forma regular surcaban la parte posterior, de color azul.

- ¿No tenéis una instantánea mejor?

- Podemos ampliar ésta - dijo la voz de contralto.

La estrella G2 se proyectó hacia delante, luego salió disparada hacia la derecha y Luis se encontró contemplando la cara interior iluminada del anillo. La imagen era muy borrosa y Luis sólo pudo imaginar que las zonas más blancas y brillantes debían de ser nubes, que las regiones de un azul ligeramente más intenso debían de corresponder a la tierra, mientras que las zonas azul claro debían de ser el mar.

Las zonas sombreadas se distinguían claramente. El anillo parecía dividido en rectángulos: una larga franja de brillante azul cielo, seguida de una franja más corta de intenso azul oscuro, tras la cual venía otra larga franja azul claro. Puntos y rayas.

- Algo crea esas sombras - dijo -. ¿Algo situado en órbita? - Exactamente. Veinte formas rectangulares giran en órbita organizadas en una roseta de Kemplerer, mucho más próxima a la primaria. No sabemos para qué sirven.

- Es natural. Hace demasiado tiempo que vivís sin sol. Esos rectángulos en órbita deben servir para separar el día de la noche. De lo contrario siempre sería mediodía en el anillo.

- Ahora podéis comprender por qué hemos solicitado vuestra ayuda. Vuestro punto de vista de extranjeros puede sernos muy útil.

- ¿Cuánto mide el anillo? ¿Lo habéis estudiado bien? ¿Habéis hecho sondeos?

- Hemos estudiado el anillo lo mejor que hemos podido sin reducir nuestra velocidad ni llamar la atención de ningún otro modo. Como es lógico, no hemos efectuado sondeos. Sería preciso controlarlos a distancia por medio de hiperondas, lo cual podría delatar nuestra presencia.

- No se puede detectar el origen de una señal de hiperonda. Es teóricamente imposible.

- Tal vez los que construyeron el anillo hayan desarrollado teorías distintas. No obstante hemos estudiado el anillo con otros instrumentos. - Mientras Chiron seguía hablando, la escena proyectada en la pantalla cambió a tonalidades negras y blancas y grises. Los contornos comenzaron a moverse y a ondular -. Hemos obtenido fotografías y holografías en todas las frecuencias electromagnéticas. Si os interesa...

- No son muy detalladas.

- No. Los campos gravitatorios y el viento solar, así como las interferencias de polvo y gases retractan demasiado la luz. Nuestros telescopios no pueden captar mayores detalles.

- Luego no habéis descubierto gran cosa.

- Yo diría que hemos descubierto muchas cosas. Un detalle sorprendente. Todo parece indicar que el anillo frena alrededor de un orden del cuarenta por ciento de los neutrinos.

Teela se limitó a mirarle desconcertada; pero Interlocutor emitió un gruñido de asombro y Luis silbó por lo bajo.

Ello eliminaba cualquier posible explicación.

La materia normal, incluso la materia terriblemente comprimida del centro de una estrella, no frenaba prácticamente ningún neutrino. Cualquier neutrino cogido al azar tenía un 50 por 100 de probabilidades de atravesar una masa de acero de varios años luz de espesor.

Los objetos situados en un campo estático de diseño esclavista reflejaban todos los neutrinos. Otro tanto ocurría con los fuselajes que fabricaba Productos Generales.

Pero no existía ninguna materia conocida que frenara un 40 por 100 de los neutrinos y dejara penetrar el resto.

- Debe ser algo nuevo - decidió Luis -. Chiron, ¿qué dimensiones tiene ese anillo? ¿Es muy denso?

- La masa del anillo en gramos es igual a dos veces diez elevado a la decimotercera potencia, mide 0,95 veces diez elevado a la octava potencia kilómetros de radio y un poco menos de diez elevado a la sexta potencia kilómetros de ancho.

A Luis le costaba un poco pensar en términos de potencias abstractas de diez. Intentó traducir los números en imágenes.

El anillo tenía más de ciento cincuenta millones de kilómetros de radio (una longitud aproximada de mil millones de kilómetros, según sus cálculos), pero menos de un millón y medio de kilómetros de ancho. Su masa era ligeramente inferior a la del planeta Júpiter...

- La masa parece demasiado pequeña - comentó -. Algo tan grande debería pesar casi lo mismo que un sol de gran tamaño.

El kzin asintió:

- Resulta curioso imaginar a billones de seres intentando vivir en un artefacto tan delgado como el celuloide de las películas.

- Tu imaginación te engaña - dijo el titerote de los rizos plateados -. Ten en cuenta las dimensiones. Si el anillo fuese una cinta de metal de fuselaje, por ejemplo, tendría unos quince metros de espesor.

¿Quince metros? Costaba creerlo.

Sin embargo, Teela se había quedado mirando el techo y comenzó a mover rápidamente los labios sin emitir sonido alguno.

- Tiene razón - dijo al fin -. Los cálculos son correctos. Pero, ¿para qué sirve? ¿Para qué puede haber construido alguien una cosa así?

- Para disponer de espacio.

- ¿Espacio?

- Espacio vital - completó Luis -. Ahí está el quid del asunto. Más de dos mil trillones de kilómetros cuadrados de superficie representa tres millones de veces la superficie de la Tierra. Sería como contar con tres millones de mundos dispuestos uno junto a otro y unidos por los bordes. Tres millones de mundos accesibles con un aeromóvil. Ello permitiría resolver cualquier problema de población.

- ¡Y deben de haber tenido un problema enorme! Nadie se embarca en un proyecto de esa envergadura sin tener un buen motivo.

- Una pregunta - intervino el kzin -. Chiron, ¿habéis explorado las estrellas vecinas en busca de otros anillos del mismo tipo?

- Sí, hemos...

- Y no habéis encontrado ninguno. Ya lo suponía. Si la raza que construyó el anillo hubiera podido desplazarse a velocidades hiperlumínicas, habrían colonizado otras estrellas. No habrían tenido necesidad de construir él anillo. En consecuencia, sólo existe un anillo.

- Así es.

- Ello me tranquiliza. Al menos somos superiores a los constructores del anillo en un aspecto.

De pronto, el kzin se puso de pie de un salto:

- ¿Tendremos que explorar la superficie habitable del anillo? - Tal vez fuese excesivamente ambicioso intentar un aterrizaje físico.

- Tonterías. Tenemos que inspeccionar el vehículo que nos habéis preparado. ¿Posee un tren de aterrizaje lo suficientemente versátil? ¿Cuándo salimos?

Chiron silbó, en disonante expresión de asombro:

- Debes de estar loco. ¡Imagina el poderío de los seres que construyeron ese anillo! ¡Mi propia civilización resulta primitiva a su lado!

- O cobarde.

- De acuerdo. Podréis inspeccionar vuestra nave cuando regrese aquel a quien llamáis Nessus. Mientras esperáis, podéis analizar estos datos adicionales sobre el anillo.

- Vas a agotarme la paciencia - dijo Interlocutor. Pero se sentó.

- Embustero - pensó Luis -. Finges bien y estoy orgulloso de ti.

Cuando Luis regresó a la cápsula-diván, comenzó a sentir retortijones de estómago. Una cinta azul celeste que se extendía entre las estrellas; el hombre había encontrado seres superiores... una vez más.

 

Los primeros fueron los kzinti.

Cuando los hombres comenzaron a utilizar motores de fusión para cruzar los espacios interestelares, los kzinti ya conocían el polarizador de gravedad como fuente de energía para sus naves de guerra interestelares. Gracias a ello, sus naves eran más rápidas y poseían mayor capacidad de maniobra que las naves humanas. El hombre no hubiera podido ofrecer más que una resistencia formal a los avances de la flota kzinti de no ser por el axioma kzinti: Un motor a reacción es un arma de potencia devastadora directamente proporcional a su eficiencia impulsora.

Su primera incursión en el espacio humano había desconcertado por completo a los kzinti. La sociedad humana llevaba varios siglos viviendo en paz, tantos que prácticamente habían olvidado lo que era la guerra. Sin embargo, las naves interestelares humanas empleaban motores de fotones con propulsión a fusión, equipados con una combinación de velas de fotones y cañones laser con base asteroide.

Conque los telépatas kzinti continuaron informando que los humanos estaban completamente desarmados... mientras gigantescos cañones laser iban destrozando las naves kzinti, y otros cañones móviles más pequeños lanzaban ataques relámpago valiéndose de la presión de la luz de sus propios reflectores...

Esa inesperada resistencia humana, y el freno que suponía la barrera de la velocidad de la luz, determinaron que la guerra durara décadas, en vez de años. Sin embargo, los kzinti hubieran acabado por vencer, de no haber sido por el casual aterrizaje de una nave Forastera en la pequeña colonia humana de Lo Conseguimos. El alcalde les había comprado el secreto del hiperreactor Forastero, a plazos. En Lo Conseguimos no tenían noticia de la guerra contra los kzinti; pero, una vez enterados, comenzaron a construir naves hiperlumínicas.

Los kzinti nada pudieron hacer contra los hiperreactores.

Luego llegaron los titerotes y establecieron enclaves comerciales en el espacio humano.

Los hombres habían tenido suerte. En tres ocasiones habían entrado en contacto con razas de una tecnología superior a la suya. Los kzinti les habrían aniquilado de no haber podido contar con el hiperreactor de los Forasteros. Estos, a su vez, también eran claramente superiores al hombre; sin embargo, no codiciaban nada de lo que éste poseía, excepto bases de repostamiento e información, cosas que podían comprar sin problema. De todos modos, los Forasteros, frágiles criaturas con un metabolismo de helio II, eran demasiado vulnerables al calor y la gravedad para ser buenos guerreros. Y los titerotes, con un poder tecnológico casi inconcebible, eran demasiado cobardes.

¿Quiénes habían construido el Mundo Anillo? ¿Serían guerreros?

Meses más tarde, Luis se diría que la mentira de Interlocutor había marcado el momento clave para él. Aún estaba a tiempo de echarse atrás, por el bien de Teela, naturalmente. El Mundo Anillo ya resultaba aterrador sólo en términos de cifras abstractas. La sola idea de acercarse a él en una nave espacial, de aterrizar en él...

Luis había visto el pavor del kzin ante los mundos volantes de los titerotes. La mentira de Interlocutor era un magnífico acto de valor. Y Luis no tenía intención de quedar como un cobarde.

Se sentó y volvió la cabeza para observar la reluciente proyección; sus ojos se posaron en Teela y maldijo secretamente su estupidez. Tenía el rostro iluminado de admiración y deleite. Se la veía tan ansiosa como fingía estarlo el kzin. ¿Sería tan estúpida como para ni siquiera sentir miedo?

La cara interior del anillo poseía una atmósfera. El espectroanálisis revelaba que el aire tenía una densidad igual a la del aire terrestre y aproximadamente la misma composición: perfectamente respirable para el hombre, el kzin y el titerote. Imposible adivinar qué impedía su dispersión. Tendrían que averiguarlo personalmente.

En el sistema del sol G2 no había absolutamente nada, a excepción del anillo en sí. Ni planetas, ni asteroides, ni cometas.

- Deben de haberlo limpiado - comentó Luis -. No querrían que nada pudiera chocar contra el anillo.

- Evidentemente - dijo el titerote de los rizos plateados -. Si algo chocara contra el anillo, se estrellaría a una velocidad mínima de mil doscientos kilómetros por segundo, la velocidad de rotación del propio anillo. Por resistente que sea el material del anillo, siempre cabría el peligro de que un objeto sobrevolara la superficie exterior y cruzara el sol para irse a estrellar contra la superficie no protegida y habitada.

El sol en sí era una estrella enana amarilla algo más fría que Sol y un poquito más pequeña.

- Necesitaremos trajes antitérmicos - dijo el kzin.

- No, - dijo Chiron -. La temperatura de la superficie interior es perfectamente tolerable para nuestras tres especies.

- ¿Cómo lo sabéis?

- La frecuencia de la radiación infrarrojo emitida por la superficie exterior...

- Me has dejado como un tonto.

- Nada de eso. Hemos estado estudiando el anillo desde el día que lo detectamos, y vosotros sólo habéis tenido unos cuantos minutos. La frecuencia de infrarrojos indica una temperatura media de doscientos noventa grados absolutos, la cual naturalmente corresponde tanto a la superficie interior como a la cara exterior del anillo. En tu caso, Interlocutor-de-Animales, será unos diez grados por encima de la temperatura óptima. Y es la temperatura óptima para Luis y Teela.

- No saquéis conclusiones precipitadas de este interés por los detalles, ni os asustéis - añadió Chiron -. Jamás permitiríamos un aterrizaje a menos que los propios constructores del anillo insistieran en ello. Sólo deseamos que estéis preparados para cualquier eventualidad.

- ¿No poseéis detalles sobre las formaciones superficiales?

- Siento decir que no. La capacidad detectora de nuestros instrumentos resulta insuficiente.

- Podríamos intentar hacer algunas deducciones - dijo Teela -. El ciclo noche-día de treinta horas, por ejemplo. Su mundo primitivo debe de haber girado a esa velocidad. ¿Creéis que es ése su sistema de origen?

- Hemos llegado a esa conclusión, puesto que todo indica que no poseían naves hiperlumínicas - dijo Chiron -. Aunque también cabe la posibilidad de que trasladaran su mundo a otro sistema valiéndose de técnicas parecidas a las nuestras.

- Y es fácil que así lo hicieran - gruñó el kzin - en vez de destruir su propio sistema, al mismo tiempo que construían el anillo. Creo que encontraremos su propio sistema no muy lejos de allí y tan vacío de mundos como ése. Deben de haber recurrido a técnicas de terraformación, para colonizar todos los mundos de su propio sistema, antes de decidirse a emplear este método más desesperado.

Teela dijo:

- ¿Desesperado?

- Entonces, una vez construido su anillo en torno al sol, deben de haberse visto obligados a trasladar todos sus mundos a este sistema para efectuar el trasvase de población.

- Tal vez no fuese necesario - intervino Luis - Podrían haber empleado grandes naves transespaciales para poblar su anillo, si éste no estaba muy lejos de su propio sistema.

- ¿Por qué es un método desesperado?

Los tres se la quedaron mirando.

- Yo diría que construyeron el anillo para..., para... vaciló -. Porque les dio la gana. - Teela

- ¿Para divertirse? ¿Para disfrutar con el espectáculo? ¡Por Finagle! Teela, piensa en la cantidad de recursos que han tenido que detraer de otros fines. Recuerda que deben de haber tenido un terrible problema de población. Cuando se vieron en la necesidad de construir un anillo para poder disponer de espacio vital, probablemente carecían de los medios necesarios. Sin embargo, lo construyeron: porque lo necesitaban.

Teela adoptó un aire desconcertado.

- Ahí viene Nessus - anunció Chiron.

Sin más, el titerote dio media vuelta y se alejó al trote entre la vegetación del parque.

 

 

7. De disco en disco

 

- ¿Sigues empeñada en unirte a la expedición? - le preguntó Luis.

Teela le respondió con la misma mirada de asombro que le había lanzado cuando intentó explicarle qué era la zozobra del corazón.

- Sigues empeñada - confirmó con tristeza Luis.

- Desde luego. No comprendo qué pueden temer los titerotes.

- Comprendo que tengan miedo - dijo Interlocutor-de-Animales -. Los titerotes son cobardes. Pero lo que no entiendo es que insistan en averiguar más de lo que ya saben. Luis, ya han dejado atrás el sol con el anillo y se desplazan a una velocidad casi lumínica. Seguro que quienes construyeron el anillo no poseían medios para desplazarse a velocidades hiperlumínicas. Luego, no pueden hacer ningún daño a los titerotes, ni ahora ni nunca. No comprendo qué pintamos nosotros en todo esto.

- No me extraña.

- ¿Intentas insultarme?

- No, en absoluto. El caso es que volvemos al tema de los problemas de población. ¿Cómo ibas a entenderlo?

- No sé. Explícate, por favor.

Luis escudriñó la selva domesticada en busca de Nessus:

- Seguramente Nessus podría explicártelo mejor. Es una lástima que no esté aquí. En fin, lo intentaré. Imagina un trillón de titerotes en este mundo. ¿Te haces a la idea?

- He podido comprobar cómo huele uno solo. La sola idea de una gran aglomeración me pone los pelos de punta.

- Bien, ahora imagínatelos en el Mundo Anillo. La cosa mejora un poco, ¿no?

- Sí. Dispondrían de un espacio ocho-elevado-a-siete veces superior... Pero aún no logro comprender. ¿Crees que los titerotes se proponen conquistar ese mundo? ¿Y cómo podrían trasladarse luego al anillo? No se fían de las naves espaciales.

- No lo sé. Tampoco les gusta la guerra. Ese no es el problema. El problema es averiguar si el Mundo Anillo es un lugar seguro para vivir.

- Uf...

- ¿Te das cuenta? A lo mejor tienen pensado construir sus propios mundos anillo. Tal vez esperen encontrar uno vacío, en las Nubes de Magallanes. En todo caso, no es lo esencial. No harán nada sin tener la certeza de que es un lugar seguro.

- Ahí viene Nessus. - Teela se levantó y se acercó a la pared invisible -. Parece borracho. ¿Se emborrachan los titerotes?

Nessus no trotaba. Caminaba de puntillas y en esos momentos estaba dando un rodeo para evitar una hoja color amarillo cromo de un metro de altura, con una cautela aparentemente excesiva: iba posando cuidadosamente un casco tras otro en el suelo, al tiempo que sus cabezas planas husmeaban en todas direcciones. Casi había llegado a la cúpula de conferencias cuando algo parecido a una gran mariposa negra se posó en su grupa. Nessus gritó como una mujer y dio un salto hacia delante como si quisiera sortear una valla. Rodó por el suelo, y cuando terminó de rodar se quedó ahí hecho un ovillo, con la espalda doblada, las piernas plegadas y las cabezas y los cuellos escondidos bajo las piernas delanteras.

Luis corrió a su lado y gritó:

- Ciclo depresivo.

Logró encontrar la puerta de la cúpula invisible y salió disparado hacia el parque.

Todas las flores olían a titerote. (Si toda la vida del mundo de los titerotes tenía la misma estructura química, ¿como conseguía alimentarse Nessus a base de zumo de zanahoria caliente?) Luis fue siguiendo la línea quebrada de un bien cortado seto color naranja polvoriento. Consiguió llegar junto al titerote, se arrodilló a su lado y dijo:

- Soy Luis. Estás a salvo.

Tendió con cautela la mano hacia la maraña de crin que recubría el cráneo del titerote y empezó a rascárselo muy suavemente. El titerote se estremeció bajo el contacto; luego pareció calmarse.

Vaya susto se había llevado. Ni pensar en obligar al titerote a enfrentarse con el mundo en esos momentos. Luis preguntó:

- ¿Era peligroso? ¿Eso que se posó en tu grupa?

- ¿Eso? No. - La voz de contralto sonó ahogada, pero con una hermosa pureza y sin la menor inflexión -. Sólo era... un oledor de flores.

- ¿Cómo te ha ido con los-que-dirigen?

- Nessus se estremeció:

- He ganado.

- Estupendo. ¿Qué has ganado?

- El derecho a procrear y un grupo de partenaires.

- ¿Eso es lo que te tiene tan asustado?

«No sería de extrañar - pensó Luis -. Nessus podría ser la réplica de una mantis religiosa macho, un condenado del amor. O también cabía la posibilidad de que fuese virgen... de uno u otro sexo, o de cualquier sexo...»

- Podría haber fracasado, Luis. Les planté cara. Fingí un falso aplomo.

- Sigue.

Luis advirtió que Teela e Interlocutor-de-Animales se les habían acercado. Continuó rascando dulcemente la crin de Nessus. Este aún no se había movido.

- Los-que-dirigen me han ofrecido el derecho legal a reproducir mi especie si sobrevivo al viaje que debemos hacer. Pero ello no hubiera sido suficiente. Para procrear necesito compañeros. ¿Quién se aparearía voluntariamente con un maníaco de crin desordenada? Era necesario ponerse duro. «Buscadme un compañero» les he dicho «o me retiro del viaje. Si yo me retiro, también se retirará el kzin», he añadido. Estaban furiosos.

- No me extraña. Debías de estar en plena fase maníaca.

- La he ido alcanzando poco a poco. Les he amenazado con arruinar sus planes y al fin han cedido. «Un voluntario altruista debe aceptar aparearse conmigo cuando regrese del anillo», les he dicho.

- Muy bien. Bien hecho. ¿Y hay voluntarios?

- Uno de nuestros sexos es de propiedad... Es irracional; estúpido. Me bastaba con un voluntario. Los-que-dirigen...

Teela le interrumpió:

- ¿Por qué no dices simplemente dirigentes?

- Estaba intentando traducir la idea a vuestros términos - dijo el titerote.

- Una traducción más exacta sería los-que-dirigen-desde-atrás. Hay un presidente egregio o portavoz-general o... la traducción exacta de su título es Ser último.

- El Ser último ha accedido a aparearse conmigo. Ha declarado que jamás osaría pedirle a otro que sacrificara hasta tal punto su dignidad.

Luis silbó:

- Vaya. Ya puedes encogerte, tienes motivo para ello. Suerte que el miedo no te ha entrado hasta ahora, cuando todo ha pasado. - Nessus se movió un poco, algo más relajado. Luis explicó -: El género es algo que me preocupa. O bien debo tratarte a ti en femenino, o bien debo emplear el femenino para el Ser último.

- No seas grosero, Luis. No se habla de sexo con razas extrañas.

Nessus asomó una cabeza entre las piernas y le lanzó una mirada reprobadora.

- Tú y Teela no os aparearíais ante mis ojos, ¿verdad que no?

- Por extraño que parezca, ya se ha planteado la cuestión, y Teela dice...

La cabeza del titerote desapareció de nuevo.

- ¡Sal de ahí! No te haré daño - intervino Teela.

- ¿De verdad?

- De verdad. Quiero decir, en serio. Te encuentro muy gracioso.

El titerote se desenrolló por completo:

- ¿Has dicho que me encuentras mono?

- Sí. - Teela miró la mole anaranjada de Interlocutor-de-Animales - A ti también - añadió generosa.

- No es mi intención ofenderte - dijo el kzin -. Pero no vuelvas a repetir lo que acabas de decir. Jamás.

Teela quedó desconcertada.

 

Había un polvoriento seto anaranjado, de tres metros de altura y provisto de tentáculos azul cobalto que colgaban fláccidamente. Su aspecto parecía indicar un origen carnívoro. Ahí terminaba el parque y en esa dirección, Nessus condujo su pequeño grupo.

Luis esperaba encontrar una abertura en el seto y le cogió por sorpresa que Nessus se fuera derecho hacia las plantas. Pero el seto se abrió para dejar paso al titerote y luego volvió a cerrarse tras él.

Los demás le siguieron.

Habían atravesado el parque bajo un cielo azul celeste; pero cuando el seto se cerró tras ellos, éste era blanco y negro. Las nubes relucían blancas contra el cielo negro de la noche perpetua; en su vientre se reflejaban las luces de kilómetros de ciudad: en efecto, estaban en plena ciudad y los edificios se cernían amenazadores sobre sus cabezas.

A primera vista, sólo se distinguían de las ciudades de la Tierra por una cuestión de magnitud. Los edificios eran más gruesos, más macizos, más uniformes; y también más altos, terriblemente altos, de tal modo que todo el cielo aparecía cubierto por un conjunto de ventanas y balcones iluminados con estrechas fisuras rectilíneas de oscuridad que indicaban el cenit.

Pero, ¿cómo se explicaba que no hubieran visto la ciudad también desde el parque? En la Tierra había pocos edificios de más de un kilómetro de altura. Allí, no había ninguno que fuera más bajo. Luis supuso que el parque debía estar rodeado de campos de refracción de la luz. No tuvo tiempo de confirmar sus sospechas. Ese era el menos sorprendente de los milagros del mundo de los titerotes.

- Nuestro vehículo está en el otro extremo de la isla - dijo Nessus -. Saltando de disco en disco, llegaremos en menos de un minuto. Ya veréis.

- ¿Te encuentras mejor?

- Sí, Teela. Como dice Luis, ya ha pasado lo peor. - El titerote iba dando saltos delante del grupo -. El Ser último será mi amor. Ahora sólo me falta regresar del Mundo Anillo.

Las calles eran blandas. A simple vista parecían de cemento con incrustaciones de partículas iridiscentes, pero caminar por ellas era como pisar un terreno húmedo y esponjoso. Después de recorrer una manzana muy larga, llegaron a un cruce.

- Nos dirigimos hacia allí - dijo Nessus, y señaló hacia delante con la cabeza -. No piséis el primer disco. Seguidme.

En el centro del cruce había un gran rectángulo azul. Cuatro discos azules rodeaban el rectángulo, uno frente a cada calle de acceso.

- Podéis pisar el rectángulo si queréis - explicó Nessus -, pero nunca pongáis el pie en un disco que no corresponda. Seguidme. - Circundó el disco más próximo, cruzó al otro lado, posó los cascos sobre el disco allí situado, y desapareció.

Por un instante, los tres permanecieron inmóviles, estupefactos. Luego Teela lanzó un aullido de guerra y saltó sobre el disco. Y también se esfumó.

Interlocutor-de-Animales bufó y dio un brinco. Un tigre no hubiera calculado mejor el salto. Luis se quedó solo.

- Por todos los demonios de las tinieblas - dijo maravillado. - Tienen cabinas teletransportadoras abiertas.

Y dio un paso adelante.

Se encontró de pie sobre un cuadrado situado en el centro del cruce siguiente, entre Nessus e Interlocutor.

- Tu compañera ha seguido adelante - explicó Nessus -. Parecía tener mucha prisa. Nos espera más adelante.

El titerote dio un paso al frente fuera del rectángulo. En tres pasos se colocó sobre un disco. Y se hizo humo.

- ¡Vaya sistema! - exclamó Luis. Había quedado solo otra vez, pues el kzin ya había seguido los pasos de Nessus -. Con sólo caminar, en tres pasos se recorre una manzana. Casi parece magia. ¡Y no importa cuán largas sean las manzanas!

Dio un paso al frente. Avanzaba como sobre botas de siete leguas. Corría apoyando sólo la punta de los pies y cada tres pasos cambiaba de escenario. Las señales circulares de las esquinas de los edificios debían ser indicadores, para que el peatón supiera cuándo había llegado a su destino. Entonces tendría que caminar alrededor de los discos y situarse en el centro de la calle.

La calle estaba flanqueada de escaparates que a Luis le hubiera gustado explorar. ¿O a lo mejor eran algo completamente distinto? Pero los otros le llevaban varias manzanas de ventaja. Luis localizó sus diminutas siluetas en el fondo de ese cañón de edificios. Aceleró el paso.

De pronto se topó con los dos extraterrestres que le bloqueaban el paso.

- Tenemos que girar aquí - dijo Nessus. Y avanzó hacia la izquierda.

- Un momento...

Pero el kzin también había desaparecido. ¿Dónde demonios estaría Teela?

Debía de haberse adelantado. Luis dio media vuelta a la izquierda y comenzó a caminar...

Botas de siete leguas. La ciudad iba quedando atrás como un sueño. Luis corría con la cabeza llena de fantasías. Vías rápidas a través de las ciudades, discos pintados de un color diferente, situados a un intervalo de diez manzanas. Discos de larga distancia situados a cien kilómetros uno de otro, cada uno en el centro de una ciudad y los rectángulos de recepción una manzana más abajo. Vías para cruzar los océanos: ¡un paso por isla! ¡Se podrían atravesar los mares saltando de isla en isla, como se cruza un río de piedra en piedra!

Cabinas teletransportadoras abiertas. Los titerotes estaban espantosamente avanzados. El disco quedaba a menos de un metro de distancia y comenzaba a operar ya antes de que uno apoyara todo su peso en él. Un paso y al dar el próximo apoyaba el pie sobre el siguiente rectángulo de recepción. ¡Nej! ¡Las aceras móviles quedaban pálidas al lado de eso!

Mientras corría, Luis comenzó a imaginar la figura de un titerote fantasma de cientos de kilómetros de altura, trotando delicadamente por un cordón de islas; pisaba con cuidado para evitar dar un traspié y mojarse las pantorrillas. Luego el titerote fantasma se hizo aún más grande y ahora caminaba de mundo en mundo... los titerotes estaban espantosamente adelantados...

Se habían terminado los discos y Luis se encontró al borde de un tranquilo mar negro. Sobre el horizonte del mundo, se alzaban en vertical cuatro gordas lunas llenas que destacaban contra el fondo de estrellas. A medio camino de la línea del horizonte había una isla más pequeña, muy iluminada. Los extraterrestres le estaban esperando.

- ¿Dónde está Teela?

- No lo sé - respondió Nessus.

- ¡Demonios de las Tinieblas! Nessus, ¿qué podemos hacer?

- Acabará por encontrarnos. No debes preocuparse, Luis. Cuando...

- ¡Se ha perdido en un mundo desconocido! ¡Puede ocurrirle cualquier cosa!

- No en este mundo, Luis. No existe mundo más seguro que el nuestro. Cuando Teela llegue al borde de la isla, descubrirá que no puede hacer funcionar los discos que conducen a la siguiente. Irá caminando de disco en disco a lo largo de la costa hasta dar con uno que funcione.

- No estamos hablando de una computadora perdida. ¡Teela es sólo una chica de veinte años!

Teela apareció junto a él.

- Hola. Me he perdido un poco. ¿A qué vi ene tanto alboroto? Interlocutor-de-Animales le lanzó una sonrisa burlona con sus dientes como puñales. Luis intentó evitar la mirada entre sorprendida e inquisidora de Teela y sintió que se le encendían las mejillas.

- Seguidme - ordenó Nessus.

Siguieron al titerote hasta un lugar donde los discos formaban una línea a lo largo de la costa. Llegaron junto a un pentagrama. Lo pisaron y seguidamente se encontraron sobre una roca fuertemente iluminada con tubos solares. Una isla rocosa del tamaño de un espaciopuerto. En el centro había un edificio muy alto y una sola nave espacial.

- He aquí nuestro vehículo - anunció Nessus.

Teela e Interlocutor parecieron decepcionados: las orejas del kzin se plegaron y desaparecieron en sus fundas, mientras Teela miraba desconsolada la isla que acababan de dejar atrás, con la barrera luminosa que formaba la compacta sucesión de edificios de varios kilómetros de altura sobre el fondo de la noche interestelar. Luis, en cambio, experimentó una sensación de alivio y todos sus músculos se relajaron al ver la nave. Ya estaba saturado de milagros. Los discos, la inmensa ciudad, los cuatro mundos tributarios ahí suspendidos sobre el horizonte, cual enormes calabazas... tanta maravilla le tenía acoquinado. La nave era otra cosa. Era un fuselaje #2 de Productos Generales acoplado a un ala deltoide sobre la cual habían montado toda una serie de unidades propulsoras y motores de fusión. Aparatos todos conocidos, conque era innecesario hacer preguntas.

El kzin demostró que se equivocaba.

- Un diseño curioso desde el punto de vista de un ingeniero titerote. Nessus, ¿no te sentirías más seguro con la totalidad de la nave dentro del fuselaje?

- No. El diseño de esta nave representa una importante innovación. Venid, os lo explicaré.

Nessus trotó hacia la nave.

Buena pregunta la del kzin.

Productos Generales, la compañía comercial propiedad de los titerotes, había vendido toda clase de artefactos en el espacio conocido; pero había hecho fortuna gracias al fuselaje de Productos Generales. Este se ofrecía en cuatro variedades, desde un globo del tamaño de una pelota de baloncesto hasta otro globo de más de trescientos metros de diámetro: el fuselaje #4, el del «Tiro Largo». El fuselaje #3, un cilindro redondeado en los extremos, con el vientre aplastado, resultaba muy adecuado para una nave de pasajeros con un equipo de pilotaje. La nave que les había trasladado hasta el mundo de los titerotes unas horas atrás era de ese tipo. El fuselaje #2 era un cilindro con un estrechamiento en el centro, muy alargado y de extremos afilados. Por lo general sólo permitía acomodar un piloto.

El fuselaje de Productos Generales era transparente a la luz visible, e impermeable a cualquier otra forma de energía electromagnética, así como a la materia, en cualquier forma que se presentase. Características respaldadas por el buen nombre de la compañía, cuya garantía no había fallado en varios siglos y para millones de naves. Un fuselaje de Productos Generales constituía realmente la última palabra en materia de seguridad.

El vehículo que tenían ante los ojos había sido diseñado en base a un fuselaje #2 de Productos Generales.

Pero... hasta donde se le alcanzaba a Luis, sólo el sistema de supervivencia y el motor hiperlumínico de emergencia estaban situados en el interior del fuselaje. Todo lo demás -un par de unidades impulsoras planas orientadas hacia abajo, dos pequeños motores de fusión orientados hacia delante, varios motores de fusión situados en los extremos colgantes de las alas y un par de gigantescas cápsulas acopladas a la punta de las alas y que debían de contener material de detección y comunicaciones, pues Luis no lo pudo localizar en ninguna otra parte- ¡todo ello estaba montado sobre la gran ala deltoide!

La mitad de la nave se encontraba en el ala, expuesta a todo tipo de peligros susceptibles de preocupar a un titerote. ¿Por que no habían utilizado un fuselaje #3 que permitiría meterlo todo dentro)

El titerote les hizo pasar por debajo del ala deltoide y le condujo hasta la afilada cola del fuselaje.

- Deseábamos que el fuselaje tuviera el mínimo de aberturas - explicó Nessus -. ¿Veis esto?

A través del fuselaje transparente, Luis pudo distinguir un conducto aproximadamente del grosor de su muslo que unía el fuselaje con el ala. Todo se aclaró, cuando Luis por fin logró comprender que el conducto podía retraerse al interior del fuselaje. Luego consiguió identificar el motor que accionaba ese mecanismo Y la compuerta metálica que debía sellar la abertura.

- En una nave corriente - explicó el titerote -, es preciso abrir gran número de boquetes en el fuselaje: para los detectores insensibles a la luz visible, para los motores de reacción suponiendo que los haya, para los conductos que comunican con los depósitos de combustible. Aquí sólo tenemos dos aberturas: el conducto y la compuerta de acceso. Una para los pasajeros y otra para la información. Ambas pueden sellarse. Nuestros ingenieros han recubierto la superficie interna del fuselaje con un conductor transparente. Cuando la compuerta está cerrada y el conducto de los cables sellado, el interior se convierte en una superficie conductora continua.

- Un campo estático - aventuró Luis.

- Exactamente. En caso de peligro, todo el sistema de supervivencia se convierte en un campo estático de diseño esclavista por un período de varios segundos. El tiempo no existe en situación de estasis; luego, los pasajeros no pueden sufrir daño alguno. No cometeríamos la imprudencia de confiar sólo en el fuselaje. Lasers de luz visible podrían atravesar el fuselaje de Productos Generales y matar a los pasajeros sin dañar la nave. La antimateria puede desintegrar completamente el fuselaje de Productos Generales.

- No lo sabía.

- No lo propagamos a los cuatro vientos.

Luis se arrastró por debajo del ala deltoide hasta llegar al extremo donde Interlocutor-de-Animales estaba inspeccionando los motores.

- ¿Para qué querrán tantos motores?

El kzin respondió con un bufido:

- ¿Será posible que un humano haya olvidado el axioma kzinti?

- Oh.

Naturalmente, cualquier titerote que hubiera estudiado historia kzinti o humana debía conocer el axioma kzinti. Un motor de reacción es un arma cuya capacidad destructora es directamente proporcional a su eficiencia impulsora. Llevamos impulsores inertes para uso pacífico y motores de fusión como armamento.

- Ahora sé cómo aprendiste a manejar aparatos accionados por motores de fusión.

- No debe sorprenderte que haya recibido instrucción militar.

- Por si estallara otra guerra contra los hombres.

- No me obligues a demostrar mis dotes marciales.

- Tendrás ocasión de hacerlo - les interrumpió el titerote -. Nuestros ingenieros han previsto que esta nave sea pilotada por un kzin. Por favor, Interlocutor, ¿quieres inspeccionar los controles?

- En seguida. También necesitaré las características, la descripción de las pruebas realizadas y todo eso. ¿El motor hiperlumínico de emergencia es de tipo corriente?

- Sí. Y no hemos realizado pruebas de vuelo.

«No podía fallar - pensó Luis camino ya de la compuerta -. Se limitaron a construir el artefacto y esperaron a que viniéramos nosotros. ¿Cómo hubieran podido proceder de otro modo? Ningún titerote se habría prestado a realizar los vuelos de prueba por su propia voluntad.»

¿Dónde se había metido Teela?

Estaba a punto de llamaría cuando reapareció sobre la placa receptora. Se había ido a jugar un poco con los discos, sin prestar la menor atención a la nave. Les siguió a bordo, mientras lanzaba una última mirada decepcionada a la ciudad de los titerotes, inaccesible ya, al otro lado de las negras aguas.

Luis la esperó junto al portillo interior de la compuerta. Gustoso le habría dado una bofetada por su inconsciencia. ¡Ya se había perdido una vez, y aún volvía a las andadas!

La puerta se abrió y Teela apareció radiante:

- Oh, Luis, me alegro tanto de haber venido! ¡Es una ciudad tan... divertida! - Le estrechó las manos con fuerza, al mismo tiempo que emitía una serie de sonidos inarticulados. Su rostro era todo sonrisa.

Luis se sintió incapaz de darle el proyectado bofetón.

- Lo hemos pasado bien - le dijo, besándola con fuerza. Luego la condujo a la cabina de control con un brazo en torno a su cintura y la mano apoyada en su cadera.

Ya no le cabía la menor duda. Teela Brown no había sufrido el menor contratiempo en toda su vida; jamás había sabido qué era la cautela; el miedo era una palabra sin sentido para ella. El primer golpe constituiría una horrible sorpresa. Era posible que incluso llegara a producir su total desmoronamiento.

Y sólo lo recibiría sobre el cadáver de Luis Wu.

Los dioses no protegen a los insensatos, estos reciben protección de otros insensatos mejor dotados.

 

Un fuselaje Productos Generales #2 tiene seis metros de ancho y noventa de largo, acabando en punta por delante y por detrás.

La mayor parte de la nave quedaba fuera del fuselaje, en la delgada y desmesurada ala. El sistema de supervivencia era espacioso e incluía tres salones-dormitorio, una larga y estrecha sala de estar, una cabina de control, armarios, cocina, equipos médicos automáticos, regeneradores, baterías, etc. El panel de mandos seguía la costumbre kzinti y estaba rotulado en kzinti. Luis pensó que sería capaz de pilotar la nave en caso de emergencia, pero la emergencia tendría que ser muy grave para impulsarle a intentarlo.

En los armarios había una enorme variedad de equipo de exploración. Luis no hubiera podido señalar ninguno de los múltiples objetos e identificarlo, tajantemente como un arma. Sin embargo, muchos podían servir como tales. También había cuatro aerocicletas, cuatro mochilas de vuelo (cinturón salvavidas y tubo de propulsión catalítico), analizadores de alimentos, ampollas de aditivos alimentarlos, botiquines, analizadores de aire y filtros. Desde luego, alguien abrigaba la absoluta convicción de que esa nave aterrizaría en algún lugar.

Y, ¿por qué no? Una especie tan poderosa como la de los anillícolas y tan aislada a causa de su supuesta carencia de naves hiperlumínicas, podría muy bien invitarles a aterrizar. Tal vez eso esperaban los titerotes.

En la nave viajaban tres especies; cuatro, si se consideraba al macho y la hembra humanos como pertenecientes a especies distintas, idea nada descabellada desde el punto de vista de un kzin o un titerote. (¿Y si Nessus y el Ser último fuesen del mismo sexo? También cabía la posibilidad de que se precisasen dos machos y una hembra irracional para engendrar un nuevo titerote.) Los anillícolas podrían comprender en el acto la viabilidad de la coexistencia pacífica entre distintos tipos de vida racional.

Sin embargo, demasiados de esos objetos -las linternas de rayos laser, los aturdidores empleados en los duelos- podían emplearse como armas.

Despegaron con los impulsores inertes, a fin de no causar daños en la isla. Al cabo de media hora salían del débil campo de gravedad de la roseta de los titerotes. De pronto, Luis advirtió que, a excepción de Nessus, que había llegado con ellos, y de la imagen proyectada del titerote Chiron, no habían visto ni un solo titerote en el mundo de los titerotes.

 

Una vez superada la velocidad de la luz, Luis comenzó a inspeccionar el contenido de los armarios y pasó hora y media entregado a esta tarea. Más valía prevenir que curar, se dijo. Sin embargo, el armamento y el resto del equipo le dejó un desagradable regusto, algo así como un presentimiento.

Demasiadas armas y todas ellas podían tener también otros usos. Linternas de rayos laser. Motores de fusión. Cuando decidieron bautizar el hiperreactor en su primer día de vuelo, Luis sugirió que le llamasen «Embustero». Teela e Interlocutor aceptaron la sugerencia, cada uno por sus propios motivos particulares. Nessus no puso objeciones, también por razones que él sabía.

Estuvieron viajando a hipervelocidades durante toda una semana, en el curso de la cual cubrieron un poco más de dos años luz. Cuando volvieron a entrar en el espacio einsteiniano ya estaban dentro del sistema de la G2 del anillo; y Luis Wu seguía abrigando el mismo inquietante presentimiento.

Alguien estaba absolutamente convencido de que aterrizarían en el Mundo Anillo, ¡nej!

 

 

8. El Mundo Anillo

 

Los mundos de los titerotes avanzaban por el norte galáctico a una velocidad muy próxima a la de la luz. Interlocutor había girado en el hiperespacio hasta situarse al sur galáctico del sol G2. En consecuencia, cuando el «Embustero» salió de la Zona Tenebrosa se encontró navegando directamente hacia el sistema del Mundo Anillo, a gran velocidad.

La estrella G2 era un refulgente punto blanco. En sus viajes de regreso de otras estrellas, Luis había visto brillar a Sol de forma muy parecida desde el borde del sistema solar. Pero esta estrella lucía un halo apenas visible. Luis nunca olvidaría esa primera visión del Mundo Anillo. Desde el borde del sistema, el Mundo Anillo era un objeto perceptible a simple vista.

Interlocutor puso los grandes motores de fusión a toda marcha. Proyectó los discos impulsores achatados fuera del plano del ala y alineó sus ejes con la popa de la nave, añadiendo así su fuerza impulsora a la de los cohetes. El «Embustero» entró marcha atrás en el sistema, con el resplandor de dos soles gemelos, y empezó a desacelerar a doscientas gravedades.

Teela no lo sabía, pues Luis no se lo había explicado. No quería preocuparle. Si la gravedad de la cabina se interrumpiese sólo un instante, todos quedarían aplastados como escarabajos bajo el tacón de una bota.

Pero la gravedad de la cabina funcionaba con discreta perfección. En todo el sistema de supervivencia no se sentía más que una ligera atracción del mundo de los titerotes, y el monótono y apagado ronroneo de los motores de fusión. Éste se filtraba hasta ellos a través de la única abertura existente, un conducto no más grueso que el muslo de un hombre, y, una vez dentro, resonaba por toda la nave.

Incluso a hipervelocidades, Interlocutor prefería desplazarse en una nave transparente. Le gustaba gozar de amplia visibilidad y la Zona Tenebrosa no parecía preocuparle. Conque seguían encerrados en un espacio transparente, a excepción de las cabinas privadas, y no era fácil habituarse a semejante escenario.

La sala de estar y la cabina de control, cuyas paredes, suelo y techo se fundían en una curva continua, no sólo resultaban transparentes sino también invisibles. En el aparente vacío destacaban algunos bloques sólidos: Interlocutor en el diván del piloto, el banco en forma de herradura lleno de botones verdes y anaranjados que le rodeaba, los marcos de neón de las puertas, el grupo de divanes en torno a la mesita, el bloque de cabinas opacas en la popa; y, naturalmente, el triángulo plano del ala. A lo lejos y alrededor de estas formas lucían las estrellas. El universo parecía muy próximo y estático; en efecto, la estrella con el anillo quedaba directamente a popa, tapada por los camarotes, y no podían verla crecer.

El aire olía a ozono y a titerotes.

Nessus, contra todas las expectativas, no se había puesto a temblar aterrorizado cuando sus oídos zumbaron bajo el efecto de las doscientas gravedades, sino que permanecía tranquilamente sentado con los demás en torno a la mesita del salón. Si algo le inquietaba, lo ocultaba muy bien.

- No tendrán hiperondas - les estaba diciendo -. Las matemáticas del sistema permiten pronosticarlo sin error posible. La hiperonda es una generalización de las matemáticas de la hipervelocidad y es imposible que conozcan la hipervelocidad. - Sin embargo, podrían haber descubierto las hiperondas por casualidad.

- No, Teela. Podemos probar las bandas de hiperondas, puesto que no nos queda otra posibilidad hasta haber desacelerado, pero...

- ¡Nej! ¡Esperar, siempre esperar! - Teela se levantó bruscamente y abandonó el salón a paso rápido.

Luis se encogió dé hombros cuando el titerote le miró desconcertado.

Teela estaba de un humor de perros. Toda esa semana de viaje a hipervelocidad la había aburrido mortalmente, y la perspectiva de otro día y medio de inactividad, hasta que la nave hubiera desacelerado, casi la hizo subirse por las paredes. ¿Pero qué podía hacer Luis? ¿No esperaría que él cambiara las leyes de la física?

- Habrá que tener paciencia - ratificó Interlocutor. Hablaba desde la cabina de mandos y tal vez no hubiera captado la inflexión en las últimas palabras de Teela -. Ninguna señal en las bandas de hiperondas. Puedo aseguramos que los ingenieros del Mundo Anillo no están intentando comunicarse con nosotros a través de ninguna forma conocida de hiperonda. El tema de las comunicaciones ocupaba casi todas sus conversaciones. Mientras no consiguieran ponerse en contacto con los ingenieros del Mundo Anillo, su presencia en ese sistema habitado tendría todas las trazas de un acto de piratería. Hasta entonces no habían tenido indicios de que alguien les hubiera detectado.

- He dejado los receptores conectados - dijo Interlocutor -. Si tratan de comunicarse por frecuencias electromagnéticas, en seguida lo sabremos.

- Pero no lo sabremos si intentan lo más lógico - replicó Luis.

- Tienes razón. Muchas especies han empleado la banda de hidrógeno frío en busca de mentes distintas situadas en la órbita de otras estrellas.

- Como los kdatlyno, que así pudieron descubrirnos.

- Y luego nosotros conseguimos esclavizarles.

La radio interestelar zumbaba con el sonido de las estrellas. En cambio la banda de veintiún centímetros permanecía convenientemente silenciosa, barrida de toda interferencia por infinitos años luz cúbicos de hidrógeno interestelar frío. Era la banda más idónea para cualquier especie interesada en establecer contacto con una raza extraña. Por desgracia, el hidrógeno caliente como una nova que desprendía el «Embustero» tenía inutilizada esa banda.

- No olvides - dijo Nessus - que nuestra órbita de caída libre no debe cruzarse con el anillo en sí.

- Me lo has dicho más de mil veces, Nessus. Tengo una memoria excelente.

- Debemos procurar que los habitantes del Mundo Anillo no nos consideren una amenaza. Confío que no lo olvidarás.

- Eres un titerote. No confías en nada - dijo Interlocutor.

- Calma, calma - dijo Luis con voz cansada. En esos momentos no estaba para quisquillas. Se retiró a dormir en su camarote.

Fueron pasando las horas. El «Embustero» iba cayendo cada vez más lentamente hacia la estrella con el anillo, precedido por chorros paralelos de luz y calor de nova.

Interlocutor no descubrió el menor indicio de que alguna luz coherente estuviera incidiendo sobre la nave. O bien los anillícolas no habían percibido aún el «Embustero», o no poseían lasers de comunicación.

Durante la semana transcurrida en el hiperespacio, Interlocutor había pasado muchas horas muertas en compañía de los humanos. Luis y Teela se encontraban a gusto en el camarote del kzin: les resultaba agradable la gravedad ligeramente más elevada y los grabados que representaban una selva de un color naranja-amarillento y antiguas fortalezas construidas por otra especie, así como los penetrantes y siempre cambiantes olores de un mundo extraño. Su propio camarote estaba decorado sin ninguna fantasía, con paisajes de ciudades y mares cultivados semicubiertos de algas genéticamente manipuladas. Al kzin le gustaba ese camarote más que a ellos.

Incluso habían intentado comer una vez en el camarote del kzin. Pero éste devoraba como un lobo hambriento y se quejó de que la comida humana olía a basura quemada, y en eso quedó el experimento.

En esos momentos, Teela e Interlocutor estaban charlando en voz baja en un extremo de la mesa del salón. Luis escuchaba el silencio y el distante estrépito de los motores de fusión. Ya estaba acostumbrado a que su vida dependiera del buen funcionamiento del sistema de gravedad de una cabina. Su propio yate espacial alcanzaba las treinta gravedades. Pero su yate empleaba reactores inertes que no hacían ruido.

- Nessus - dijo en medio del crepitar de soles encendidos.

- Dime, Luis.

- ¿Sabes algo que nosotros ignoremos sobre la Zona Tenebrosa?

- No entiendo tu pregunta.

- El hiperespacio te aterra. En cambio no te asusta esta caída a través del espacio montado sobre una columna de fuego. Tu especie construyó el «Tiro Largo»; deben de saber algo que nosotros ignoramos sobre el hiperespacio.

- Tal vez. Es posible que hayamos averiguado algo.

- ¿Qué? A menos que sea uno de vuestros preciados secretos.

Interlocutor y Teela también estaban escuchando. Las orejas del kzin, que normalmente guardaba dobladas bajo unos pliegues de su pelambre, estaban extendidas cual traslucidos parasoles color rosa.

- Sabemos que no hay ninguna parte inmortal en nosotros - explicó Nessus -. No entraré en el caso de tu raza. No es de mi incumbencia. Mi especie no posee ninguna parte inmortal. Nuestros científicos lo han demostrado. Tememos a la muerte, pues la sabemos definitiva.

- ¿Y bien...?

- Las naves desaparecen en la Zona Tenebrosa. Ningún titerote se aproximaría a una singularidad a hipervelocidades; pese a ello, continuaban registrándose desapariciones, hablo de cuando nuestras naves aún iban pilotadas. Tengo confianza en los ingenieros que construyeron el «Embustero». Por tanto, confío en la gravedad de la cabina. No fallará. Pero los ingenieros también temen la Zona Tenebrosa.

Y otra noche transcurrió en la nave; Luis durmió poco y mal y tuvo espectaculares sueños. Y luego pasó también un día, y a Luis y Teela empezó a hacérseles insoportable su mutua compañía. La chica no tenía miedo. Luis comenzaba a sospechar que jamás la vería asustada. Sólo sentía un mortal aburrimiento..

Ese atardecer la estrella con el anillo comenzó a asomar detrás del bloque macizo de los camarotes individuales y al cabo de media hora pudieron verla en su totalidad. Era blanca y pequeña, de un brillo ligeramente menos intenso que el de Sol y la rodeaba una finísima línea de un tenue azul eléctrico.

 

Todos se agolparon detrás de Interlocutor cuando comenzó a activar la pantalla panorámica. Logró centrar la línea azul eléctrico de la superficie interior del Mundo Anillo, apretó el botón amplificador...

Prácticamente en el acto tuvieron la respuesta a uno de sus interrogantes.

- Hay algo en el borde - constató Luis.

- Centra el visor en el borde - ordenó Nessus.

El borde del anillo se amplió ante sus ojos. Era un muro, que se alzaba hacia dentro, en dirección a la estrella. Podían ver su negra pared exterior recortada contra el paisaje azul, iluminado por el sol. Un bajo muro exterior; en fin, bajo en comparación con las dimensiones del anillo en sí.

- Si el anillo tiene millones de kilómetros de ancho - calculó Luis -, el muro circundante debe de tener al menos unos mil kilómetros de altura. En fin, algo hemos averiguado. Eso es lo que impide que se disperse la atmósfera.

- ¿Lo crees posible?

- En principio, sí. El movimiento rotatorio del anillo genera aproximadamente una gravedad. Es posible que tras varios milenios se haya perdido un poco de aire, pero no les sería difícil reemplazarlo. No hubieran podido construir el anillo de no contar con un sistema económico de transmutaciones, es decir, unos cuantos centavos de estrella por kilotón, y por lo menos una docena de requisitos más, todos igualmente imposibles.

- Me pregunto qué aspecto tendrá visto desde dentro.

Interlocutor captó la sugerencia, movió el botón de control y la imagen se desplazó. Aún no disponían de una ampliación suficiente para poder apreciar los detalles. Franjas azul brillante y de un blanco aún más intenso surcaban la pantalla, y entre ellas se dibujaba el difuso contorno rectilíneo de una sombra azul marino...

El borde más alejado apareció ante sus ojos. La pared parecía inclinarse hacia fuera.

Nessus, de pie en el marco de la puerta con las cabezas muy extendidas para mirar por encima del hombro de Interlocutor, ordenó:

- Amplíalo tanto como puedas.

La imagen se expandió.

- Montañas - dijo Teela -. Montañas de miles de kilómetros de altura.

En efecto, el muro circundante era irregular, su configuración hacía pensar en rocas erosionadas, del mismo color que la Luna.

- Ya no puedo ampliar más la imagen. Tendremos que aproximarnos más si queremos obtener mayores detalles.

- Será mejor intentar establecer contacto con ellos primero - dijo el titerote -. ¿Nos hemos detenido ya?

Interlocutor consultó el cerebro de la nave.

- Nos estamos aproximando a la primaria a unos cincuenta kilómetros por segundo. ¿Te parece una velocidad suficientemente reducida?

- Sí. Iniciemos las transmisiones.

El «Embustero» no había recibido ningún rayo laser.

La radiación electromagnética ya resultaba más difícil de comprobar. Era preciso investigar las ondas de radio, los rayos infrarrojos, ultravioleta, los rayos-X, todo el espectro, desde el calor moderado desprendido por el lado oscuro del Mundo Anillo hasta cuantos lumínicos tan cargados de energía que podían llegar a escindirse en pares de materia-antimateria. No detectaron nada en la banda de veintiún centímetros; y otro tanto ocurría con sus múltiples y divisores simples, que alguien podría haber decidido utilizar por la simple razón de que la banda de absorción de hidrógeno resultaba tan evidente. Excluidas éstas, a Interlocutor no le quedaba más remedio que ir tentando suerte con sus receptores.

 

Las grandes vainas que contenían el equipo de comunicaciones del «Embustero» se habían abierto. La nave comenzó a radiar mensajes en la frecuencia de absorción de hidrógeno y otras más, al mismo tiempo que barría porciones sucesivas de la superficie interior del anillo con rayos laser en diez frecuencias distintas, y emitía señales Morse en intermundo a base de explosiones alternativas de los motores de fusión.

- Dándole tiempo, nuestro piloto automático es capaz de traducir cualquier posible mensaje - explicó Nessus -. Debemos partir de la base de que en el Mundo Anillo poseen computadoras al menos igualmente capacitadas.

- ¿Saben traducir el silencio absoluto tus computadoras leucotomizadas? - ironizó Interlocutor.

- Tú concéntrate en las emisiones sobre el borde del anillo. Si poseen espaciopuertos, éstos tendrán que estar situados sobre el borde exterior. Sería terriblemente peligroso intentar el aterrizaje de una nave espacial en cualquier otro lugar.

Interlocutor-de-Animales gruñó un horrible insulto en la Lengua del Héroe. Ello acabó con toda posibilidad de conversación; sin embargo, Nessus permaneció en el mismo lugar que ya venía ocupando desde hacía cuatro horas, con las cabezas extendidas y mirándolo todo por encima de los hombros del kzin.

Allá afuera les esperaba el Mundo Anillo, una cinta azul cuadriculada, suspendida en el cielo.

- Antes empezaste a hablarme de las esferas de Dyson - dijo Teela.

- Y tú me mandaste a freír espárragos.

Luis había encontrado una descripción de las esferas de Dyson en la biblioteca de la nave. Muy entusiasmado con la idea, había cometido el error de interrumpir el juego de solitario de Teela para comunicarle su hallazgo.

- Cuéntamelo ahora - le dijo ella con voz melosa.

- Vete a freír espárragos.

Teela no se movió.

- De acuerdo, tú ganas - accedió Luis. Llevaba una hora mirando pensativo hacia el anillo. Se sentía tan aburrido como ella -. Intentaba explicarte que el Mundo Anillo es un compromiso, un compromiso técnico entre una esfera de Dyson y un planeta normal. Dyson fue uno de los antiguos filósofos naturales; sus teorías son anteriores al descubrimiento del cinturón de asteroides, casi preatómicas. Declaró que cada civilización viene limitada por la cantidad de energía a su alcance. La única forma de que la raza humana pueda aprovechar toda la energía disponible, dijo, es construir un caparazón esférico en torno al sol y captar todos los rayos solares. Y si te lo tomas en serio, comprenderás la idea. La Tierra sólo capta aproximadamente una billonésima parte de la producción energética del sol. Si pudiésemos aprovechar toda esa energía... Bueno, en aquella época no era una locura. Ni siquiera se había establecido la base teórica necesaria para viajar a velocidades hiperlumínicas. Nosotros no inventamos la hipertracción, como debes saber. Tampoco podríamos haberla descubierto de un modo fortuito, porque jamás se nos hubiera ocurrido realizar nuestros experimentos fuera de la singularidad. ¿Qué hubiera pasado en el caso de que una nave de los Forasteros no hubiese llegado a cruzarse por casualidad con un aparato de retropropulsión dirigido por medio de robot de las Naciones Unidas? ¿Y si los hombres no hubiesen acatado las Leyes de Control de la Fertilidad? ¿Cuánto tiempo hubiéramos podido aguantar sólo a base de energía de fusión con un trillón de seres humanos amontonados unos sobre otros y nada más rápido que las naves de alimentación exterior para nuestros desplazamientos? En menos de un siglo hubiéramos consumido todo el hidrógeno de los océanos terrestres. Pero una esfera de Dyson tiene otras aplicaciones además de servir para captar la energía solar. Supongamos una esfera de una unidad astronómica de radio. Puesto que en cualquier caso es preciso despejar todo el sistema solar, pueden emplearse todos los planetas solares en su construcción. Así puede obtenerse una esfera de... acero cromado, pongamos por caso, de unos cuantos metros de espesor. Entonces se acoplan generadores de gravedad a todo el caparazón. Ello permite contar con un área superficial un billón de veces superior a la superficie de la Tierra. Un trillón de personas podrían caminar toda su vida sin cruzarse nunca unas con otras.

Por fin Teela logró intercalar una frase completa:

- ¿Los generadores de gravedad sirven para que todo se mantenga pegado a la superficie?

- Sí, contra la cara interior. Se recubre esta cara con tierra...

- ¿Y si se estropea un generador de gravedad?

- Pues... un billón de personas caerían hacia el sol. Y todo el aire seguiría el mismo camino. Se formaría un tornado lo suficientemente poderoso como para arrastrar toda la Tierra. Imposible pensar en hacer intervenir un equipo de reparaciones, no con semejante torbellino...

- No me gusta la idea - dijo Teela en un tono que parecía dejar zanjado el asunto.

- No te precipites. Siempre cabe la posibilidad de llegar a construir generadores de gravedad a todo riesgo.

- No es por eso. No se verían las estrellas.

A Luis no se le había ocurrido pensar en ese detalle.

- Es lo de menos. Lo importante de las esferas de Dyson es que cualquier raza racional e industriosa acabará necesitando una. Las civilizaciones tecnológicas tienden a aumentar su consumo de energía con el tiempo. El anillo representa un compromiso entre un planeta normal y una esfera de Dyson. Con el anillo sólo se obtiene una fracción del espacio que podría conseguirse con la esfera y sólo se capta una fracción de la luz solar disponible; pero pueden verse las estrellas y no es preciso preocuparse por los generadores de gravedad.

Desde la sala de mandos les llegó un complicado gruñido de Interlocutor-de-Animales, un potente sonido suficiente para contaminar todo el aire de la cabina. Teela soltó una risita.

- Si los titerotes han seguido un razonamiento parecido al de Dyson - continuó Luis -, todo debe de llevarles a suponer que encontrarán las Nubes de Magallanes llenas de Mundos Anillo.

- Y por eso nos han contratado.

- No me gustaría nada estar en la cabeza de un titerote. Pero si se diera el caso, me inclinaría por esa idea.

- No me extraña que te hayas pasado el rato encerrado en la biblioteca.

- ¡Enervante! - aulló el kzin -. ¡Insultante! ¡Nos ignoran deliberadamente! ¡Nos dan la espalda con toda la mala fe para obligarnos a atacar!

- No es muy probable - dijo Nessus -. Si no consigues captar transmisiones de radio, ello significa que no utilizan la radio. Bastaría que usaran ondas de radio de un modo habitual para que captásemos alguna interferencia.

- No usan lasers, no usan la radio, no conocen las hiperondas. ¿Y cómo se comunican? ¿Por telepatía? ¿A través de mensajes escritos? ¿Con grandes espejos?

- Mediante loros - sugirió Luis. Había ido a reunirse con los demás en la puerta de la sala de mandos - Loros gigantescos, criados especialmente en razón de sus desmesurados pulmones. Demasiado grandes para volar. Permanecen sentados en las colinas y se comunican a gritos.

Interlocutor se volvió a mirar fijamente a Luis:

- Llevo cuatro horas intentando establecer contacto con el Mundo Anillo. Cuatro horas que sus habitantes insisten en ignorarme. Han manifestado el más absoluto desdén. No me han transmitido ni una palabra. Tengo los músculos agarrotados por falta de ejercicio, tengo la piel ajada, ya no consigo enfocar los ojos, el maldito camarote es demasiado estrecho para mí, el calentador de microondas me calienta toda la carne a la misma temperatura y no es la temperatura que me gusta, y no puedo hacerlo arreglar. Sin tu ayuda y tus sugerencias, estaría francamente desesperado, Luis.

- ¿Habrán perdido su civilización? - musitó Nessus -. Se tendría que ser muy necio teniendo en cuenta...

- Quizás hayan muerto - sugirió con sorna Interlocutor. También sería una bobada. Que no se pongan en contacto con nosotros es otra bobada. ¿Por qué no aterrizamos y aclaramos las cosas?

Nessus soltó un silbido de terror:

- ¿Aterrizar en un mundo que tal vez haya matado a su especie indígena? ¿Estás loco?

- Pues, ¿cómo lo averiguaremos?

- ¡Tiene razón! - corroboró Teela -. ¡No hemos venido hasta aquí para quedarnos dando vueltas en el aire!

- Os lo prohíbo. Interlocutor, continúa intentando establecer contacto con el Mundo Anillo.

- Ya lo he intentado todo.

- Pues inténtalo otra vez.

- Ni pensarlo.

Luis Wu decidió hacer de mediador:

- No te lo tomes así, mi peludo amigo. Nessus, Interlocutor tiene razón. Los anillícolas no tienen nada que decirnos. De lo contrario ya nos hubiéramos enterado.

- Pero, ¿qué podemos hacer excepto continuar insistiendo?

- Podemos proseguir nuestra misión. Y mientras tanto los anillícolas ya decidirán qué quieren hacer con nosotros.

El titerote accedió a regañadientes.

Se acercaban lentamente al Mundo Anillo.

Interlocutor había dirigido el «Embustero» para hacerle pasar más allá del borde del Mundo Anillo: una concesión a Nessus. El titerote temía que los hipotéticos anillícolas consideraran una amenaza que el curso de la nave interceptara el anillo en sí. También insistía en que los motores de fusión del «Embustero» parecían armas, conque la nave avanzaba sólo con los propulsores inertes. Resultaba imposible juzgar la escala de lo que veían a simple vista. Con las horas, el anillo había ido cambiando de posición.

Con excesiva lentitud. Con la gravedad de la cabina conectada para compensar entre cero y treinta gravedades de tracción, los canales semicirculares eran incapaces de captar el movimiento. El tiempo transcurría en el vacío y Luis comenzó a sentir deseos de morderse las uñas, por primera vez desde que dejaran la Tierra.

Por fin el borde del anillo quedó situado perpendicularmente al «Embustero». Interlocutor accionó los motores inertes y frenó la nave hasta situarla en una órbita circular en torno al sol; luego comenzó a planear lentamente hacia el borde del anillo.

Nada se movía.

El reborde exterior del Mundo Anillo fue aumentando de tamaño y, de una fina línea que ocultaba algunas estrellas, pasó a convertirse en un muro negro. Un muro de más de mil kilómetros de altura, sin relieve, aunque cualquier accidente hubiera quedado borrado por la velocidad. La pared, que cubría unos noventa grados de su campo visual, iba girando a sus pies, a unos ochocientos kilómetros de distancia y a la endiablada velocidad de 1.200 kilómetros por segundo. Sus bordes convergían en el horizonte, en puntos en el infinito situados en uno y otro extremo del universo; y desde cada extremo del horizonte se alzaba verticalmente una fina línea azul cielo.

Contemplar esos puntos infinitos era como entrar en otro universo, un universo de líneas verdaderamente rectas, ángulos rectos y otras abstracciones geométricas. Luis se quedó como hipnotizado, con los ojos fijos en ese punto. ¿Qué punto era, el fin o el origen? ¿El muro negro aparecía o desaparecía en esa zona de confluencia?

...algo venía a su encuentro desde el infinito.

Era un saliente, que iba creciendo como otra abstracción a lo largo de la base del muro exterior. Primero apareció el saliente y luego, encima de éste, una hilera de anillos verticales. Los anillos fueron subiendo, directamente hasta el «Embustero», bajo la misma nariz de Luis. Luis cerró los ojos y levantó los brazos para protegerse la cabeza. Oyó un gemido de terror.

Creyó morir en ese instante. Pasado el momento sin que sobreviniera la muerte, volvió a abrir los ojos. Los anillos iban pasando a su lado en un constante flujo; y Luis observó que no tenían más de ochenta kilómetros de diámetro.

Nessus se había hecho una bola. Teela, con las manos apoyadas en el fuselaje transparente, miraba hacia fuera con ojos y ávidos. Interlocutor seguía impasible, atento al panel de mandos. Tal vez poseía un sentido de las distancias mejor que Luis.

También cabía la posibilidad de que estuviera fingiendo. El gemido podía haber salido muy bien de él.

Nessus se desenrolló. Miró los anillos, que se habían hecho más pequeños y convergentes.

- Interlocutor, debemos equiparar velocidades con el Mundo Anillo. Mantennos en posición con una tracción de una gravedad. Tenemos que inspeccionar esto.

La fuerza centrífuga es una ilusión, una manifestación de la ley de la inercia. La realidad es una fuerza centrípeta, una fuerza aplicada en ángulo recto al vector de velocidad de una masa. La masa resiste, tiende a moverse siguiendo la dirección rectilínea acostumbrada.

Debido a su velocidad y a la ley de la inercia, el Mundo Anillo tendía al desmembramiento. Su estructura rígida impedía que ello sucediera. El Mundo Anillo se autoaplicaba su propia fuerza centrífuga. Para igualar la velocidad de 1.200 kilómetros por segundo, el «Embustero» tenía que equiparar esa fuerza centrípeta.

Interlocutor consiguió igualarla. El «Embustero» quedó suspendido cerca del muro exterior, equilibrado gracias a una fuerza impulsara de 0,992 g y la tripulación procedió a inspeccionar el espaciopuerto.

El espaciopuerto era una estrecha plataforma, tan delgada que parecía una línea sin dimensión hasta que Interlocutor hizo avanzar la nave en sentido lateral. Luego adquirió anchura, una anchura que minimizaba las dimensiones de un par de enormes naves espaciales. Las naves eran cilindros de puntas romas, ambos del mismo diseño: un diseño desconocido, pero que respondía claramente a las características de una nave de fusión con alimentación exterior. Eran naves diseñadas para alimentarse de hidrógeno interestelar que recogían con unas dragas electromagnéticas. Una había sido saqueada en busca de piezas aprovechables y había quedado ahí despanzurrada, con su estructura íntima expuesta a las miradas extrañas.

El borde superior de la nave aún intacta estaba cubierto de ventanas, lo cual les permitió calibrar sus exactas dimensiones. Bajo la luz difusa de las estrellas, las ventanas resplandecían exactamente como azúcar cande sobre un pastel. Miles de ventanas. La nave era grande.

Y estaba a oscuras. Todo el espaciopuerto estaba a oscuras. Tal vez los seres que lo utilizaban no necesitaban luz en las frecuencias «visibles». Pero a Luis Wu el espaciopuerto le pareció abandonado.

- No comprendo qué son esos anillos - dijo Teela.

- Un cañón electromagnético - respondió Luis de un modo casi reflejo.

- Para los despegues.

- No - intervino Nessus.

- ¿No?

- El cañón debe haber servido para el aterrizaje de las naves. Incluso es posible imaginar el método empleado. La nave debe colocarse en órbita paralelamente al muro exterior. No intentará igualar la velocidad del anillo, sino que se situará a unos cuarenta kilómetros de la base del muro exterior. Al girar el anillo, las espirales del cañón electromagnético arrastrarán la nave y la acelerarán hasta alcanzar la velocidad del anillo. Los ingenieros del anillo merecen todos mis respetos. La nave nunca tendría que situarse a una distancia peligrosa del anillo.

- El cañón también podría servir para despegar.

- No. Fíjate en las instalaciones que tenemos a la izquierda...

- ¡Nej! - exclamó Luis Wu.

Las «instalaciones» se reducían a poca cosa más que una puerta corredera de dimensiones suficientes para dar cabida a una de las naves dragadoras.

La cosa cuadraba, 1.200 kilómetros por segundo era la velocidad normal de las naves dragadoras. Las instalaciones de despegue del anillo se reducían a una estructura para lanzar la nave con sus dragadoras de fusión al vacío. El piloto podía comenzar a acelerar en el acto y alejarse.

- Las instalaciones del espaciopuerto parecen abandonadas - dijo Interlocutor.

- ¿Captas utilización de energía?

Mis instrumentos no la perciben. No hay puntos anómalamente calientes, ni se advierte actividad electromagnética. En cuanto a los perceptores que accionan el acelerador lineal, es posible que la energía que empleen sea mínima y resulte imperceptible.

- ¿Qué sugieres?

- Tal vez las instalaciones se conserven en buen estado. Podríamos acercarnos al acelerador lineal e intentar entrar.

Nessus se hizo un ovillo.

- Imposible - dijo Luis -. Lo más probable es que todo el mecanismo se accione mediante una señal en clave, y la desconocemos. Tal vez sólo responda ante un fuselaje metálico. Si intentásemos pasar por el cañón a la velocidad del Mundo Anillo, tocaríamos uno de los aros y lo haríamos saltar todo en pedazos.

- He pilotado naves parecidas en maniobras de guerra simuladas.

- ¿Cuánto tiempo hace de eso?

- Tal vez demasiado. En fin, no tiene importancia. ¿Qué sugieres tú?

- La cara inferior - dijo Luis. Y el titerote se desenrolló en el acto.

 

Se situaron debajo de la plataforma del Mundo Anillo, siempre a la misma velocidad que éste y contrarrestando su atracción con un impulso de 9,94 metros por segundo.

- Focos - ordenó Nessus.

Los focos tenían un radio de acción de ochocientos kilómetros; pero no lograron saber si la luz había tocado la cara posterior del anillo. En cualquier caso, no regresó. Eran focos de aterrizaje.

- ¿Aún tienes la misma confianza en vuestros ingenieros, Nessus?

- Debieron haber previsto esta eventualidad.

- Yo sí la había previsto. Puedo iluminar el Mundo Anillo, si me permitís utilizar los motores de fusión - dijo el kzin.

- Adelante.

Interlocutor empleó los cuatro: el par enfocado hacia delante y los dos motores más grandes que miraban hacia atrás. Pero sólo abrió al máximo el diafragma del par delantero, previsto para frenazos de emergencia y posiblemente también para usos bélicos. El tubo comenzó a despedir hidrógeno a excesiva velocidad y éste salió medio quemado. Poco a poco disminuyó la temperatura del tubo de fusión, hasta que el escape, normalmente más caliente que el centro de una nova, estuvo tan frío como la superficie de una enana amarilla. La luz salió proyectada en dos rayos paralelos que fueron a clavarse sobre la negra cara inferior del Mundo Anillo.

Primera sorpresa: la cara inferior no era plana: Subía y bajaba; presentaba depresiones y abultamientos.

- Me la había imaginado lisa - dijo Teela.

- Está repujada - comentó Luis -. Apostaría una cosa. Todos los abultamientos corresponden a un mar en el lado iluminado por el sol. Las depresiones son montañas.

Sin embargo, todas esas formaciones parecían sólo diminutas arrugas, casi imperceptibles, hasta que Interlocutor acercó más la nave. El «Embustero» planeó hacia el centro del Mundo Anillo, a unos ochocientos kilómetros por debajo de su vientre. Abultamientos y depresiones repujadas iban sucediéndose a sus pies, de forma irregular y en cierto modo artísticamente distribuidos...

Hacía siglos que se venían organizando excursiones en naves que planeaban de modo similar sobre la superficie de la Luna de la Tierra. El panorama que tenían ante sus ojos era bastante parecido: cráteres y montañas, fuertes contrastes de blanco y negro, dibujados sobre la superficie de la Luna por los potentes reflectores de que iban provistas todas esas naves. Sin embargo, había una diferencia. A cualquier altura que uno se encontrase sobre la Luna, siempre se divisaba el horizonte lunar, dentado y recortado contra el espacio negro y ligeramente curvo. En cambio, el horizonte del Mundo Anillo no tenía curvas. Era una línea recta, inconcebiblemente distante y apenas visible. Luis se preguntó cómo se las debía arreglar Interlocutor para resistir horas y más horas al timón del «Embustero», navegando sobre la superficie y bajo el vientre de ese... artefacto.

Luego se encogió de hombros. Poco a poco comenzaba a hacerse una idea de las dimensiones del Mundo Anillo. Era un proceso desagradable, como todos los aprendizajes.

Apartó la mirada de ese terrible horizonte para fijarlo otra vez en la zona iluminada.

Nessus dijo:

- Todos los mares parecen corresponder al mismo orden de magnitud.

- Sí, he visto unos cuantos estanques - le contradijo Teela -. Y... mira, ahí hay un río. Tiene que ser un río. Pero no he visto ningún gran océano.

Luis constató que abundaban los mares; suponiendo que estuviera en lo cierto y esos bultos aplanados fueran mares. Aunque no todos tenían el mismo tamaño, parecían estar distribuidos de forma regular, de modo que ninguna región careciera de agua.

- Son planos. Todos los mares tienen el fondo plano.

- Sí - dijo Nessus.

- Ello demuestra una cosa. Todos los mares son poco profundos. Luego, los anillícolas no son habitantes marinos. Sólo utilizan la superficie de los océanos. Igual que nosotros.

- Pero todos los mares tienen formas recortadas - le hizo notar Teela -. Y con bordes escarpados. ¿Sabes qué significa esto?

- Bahías. Infinidad de bahías.

- Aunque no sean habitantes marinos, tus anillícolas no temen los barcos - comentó Nessus -. De lo contrario, de nada les servirían las bahías. Luis, estas gentes se parecerán bastante a los humanos. Los kzinti aborrecen el agua y mi especie tiene miedo de ahogarse.

Luis pensó que podían descubrirse muchas cosas de un mundo observándolo del revés. Algún día escribiría una monografía sobre el tema...

Teela dijo:

- Debe ser divertido poder esculpirse un mundo a medida.

- ¿No estás satisfecha con tu mundo, amiguita?

- Tú ya me entiendes.

- ¿Poder? - Luis parecía sorprendido; el poder le era indiferente. No era una persona creativa; no le gustaba hacer cosas; prefería encontrárselas.

De pronto, le pareció distinguir algo interesante un poco más adelante. Un abultamiento más pronunciado... y un saliente como una aleta negra bajo la luz de los motores, ahora muy concentrada. Y el abombamiento tenía varios cientos de miles de kilómetros cuadrados de superficie.

Si los otros eran mares, éste debía corresponder a un océano, el rey de todos los océanos. Fue deslizándose interminablemente bajo sus ojos; y no era liso como los demás. Recordaba un mapa topográfico del océano Pacífico, con valles y montañas, zonas poco profundas y grandes fosas, y picos que, por su altura, bien podrían ser islas.

- Deseaban conservar su vida marina - aventuró Teela -. Y para ello necesitaban un océano profundo. La aleta debe de servir para refrigerar las profundidades. Un radiador.

Un océano que a pesar de no tener la profundidad suficiente, sí era lo bastante ancho como para tragarse toda la Tierra.

- Basta - ya - exclamó de pronto el kzin -. Examinemos ahora la superficie interior.

- Primero debemos tomar unas cuantas medidas - le interrumpió Nessus -. ¿Es verdaderamente circular el anillo? Cualquier pequeña desviación dejaría escapar el aire hacia el espacio.

- Sabemos que hay aire, Nessus. La distribución del agua sobre la superficie interior nos indicará en qué medida se desvía el anillo de la circularidad.

Nessus se dio por vencido:

- De acuerdo. En cuanto lleguemos al otro reborde.

Había fosas meteoríticas. No muchas, pero ahí estaban. Luis pensó, divertido, que los anillícolas no habían limpiado su sistema solar a conciencia. Pero no, esos meteoritos debían de haber llegado de fuera, del espacio interestelar. Los reflectores de fusión iluminaron un cráter cónico, y Luis vio un resplandor en el fondo. Algún objeto brillante reflejaba la luz.

Seguramente, la hendedura dejaba al descubierto la plataforma de un material, seguramente muy rígido, cuya densidad le permitía absorber un 40 por 100 de los neutrinos. Encima (o en el interior) de la plataforma del anillo debía de haber tierra y mares y ciudades, y encima de todo esto, aire. Debajo (o en la parte exterior), un material esponjoso amortiguaba el impacto de los meteoritos. La mayoría de éstos debían vaporizarse al atravesar la gruesa capa de material esponjoso; sin embargo, unos pocos debían de llegar a traspasarla, dejando unos agujeros cónicos con el fondo brillante...

Muy a lo lejos de la superficie del Mundo Anillo, casi más allá de su curva infinitamente suave, Luis descubrió un hoyuelo. Ahí debía de haber caído uno grande, pensó. Lo bastante grande como para resultar visible a la luz de las estrellas.

No señaló el hoyuelo del meteorito a los demás. Sus ojos y su mente aún no se habían acostumbrado a las dimensiones del Mundo Anillo.

 

 

9. Las pantallas cuadradas

 

El sol G2 comenzó a levantarse cegador sobre el recto borde negro del anillo. Su brillo les hirió los ojos, hasta que el kzin accionó un polarizador; y entonces Luis pudo mirar hacia el disco y descubrió una pantalla que cortaba su arco. Una pantalla cuadrada.

- Debemos tener cuidado - advirtió Nessus -. Si igualamos velocidades con el anillo y nos asomamos a la superficie interior, nos atacarán sin lugar a dudas.

Interlocutor le respondió con un rugido entre dientes. Seguramente el kzin comenzaba a estar cansado tras tantas horas de permanecer sentado junto a la herradura llena de mandos.

- ¿Con qué arma nos atacarán? Ya hemos comprobado que los anillícolas ni siquiera poseen una emisora de radio en funcionamiento.

- Imposible adivinar su forma de comunicación. Tal vez empleen la telepatía, o el eco de ciertas vibraciones sobre el suelo del anillo, o impulsos eléctricos transmitidos por medio de cables metálicos. Igualmente, lo ignoramos todo sobre su armamento. Nuestra presencia sobre su superficie podría interpretarse como una grave amenaza. Emplearán todas las armas disponibles.

Luis asintió. No era cauto por naturaleza y el Mundo Anillo había picado su curiosidad; pero el titerote tenía razón.

Si el «Embustero» se ponía a planear sobre la superficie, se convertiría en un meteorito en potencia. Y nada despreciable. Una masa de esas dimensiones ya representaba un peligro infernal a mera velocidad orbital; en efecto, el más leve contacto con la atmósfera lo haría precipitarse hacia abajo a varios cientos de kilómetros por segundo. A una velocidad hiperorbital y empleando los reactores para mantener una trayectoria curva, la nave representaría un peligro menor, pero en cambio más probable; en efecto, el fallo de un solo motor sería suficiente para que la «fuerza centrífuga» proyectara la nave hacia fuera (o hacia abajo) sobre las tierras pobladas. Los anillícolas no debían ser propensos a tomarse un meteorito a la ligera. No podían, teniendo en cuenta que bastaría una sola perforación del suelo del anillo para succionar toda la atmósfera del mundo y escupirla sobre las estrellas.

Interlocutor se volvió y se encontró cara a cara con las dos cabezas planas del titerote.

- Luego, ¿cuáles son tus órdenes?

- Primero desaceleraremos la nave hasta alcanzar la velocidad orbital.

- ¿Y entonces?

- Aceleraremos en dirección al sol. Podemos inspeccionar brevemente la superficie habitable del anillo mientras le miramos contraerse. De momento, estudiaremos las pantallas cuadradas.

- Tanta precaución me parece innecesaria y humillante. No nos interesan para nada las pantallas cuadradas.

«¡Nej!», pensó Luis. Cansado y hambriento como estaba, sólo le faltaba tener que hacer de mediador entre los dos extraterrestres. Llevaba demasiado tiempo sin comer ni dormir. Si Luis estaba cansado, el kzin debía de estar agotado y deseoso de camorra.

El titerote estaba diciendo:

- Las pantallas cuadradas nos interesan por razones muy concretas. Su superficie intercepta mayor cantidad de luz solar que el propio anillo. Serían ideales como generadores termoeléctricos para abastecer de energía al Mundo Anillo.

El kzin bramó algo injurioso en la Lengua del Héroe. En cambio, su inmediata observación en intermundo resultó ridículamente suave.

- Intenta ser razonable. No creo que nos interese para nada la fuente de energía del Mundo Anillo. ¿Por qué no aterrizamos, buscamos un nativo y le preguntamos qué fuente de energía utilizan?

- Me niego a considerar la posibilidad de un aterrizaje.

- ¿Crees que no sé manejar la nave?

- ¿Discutes mis decisiones como jefe de esta expedición?

- Ya que has tocado el tema...

- Todavía tengo el tasp, Interlocutor. Aún soy yo quien debe decidir si podréis disponer del «Tiro Largo» y del hiperreactor de quantum 11. Y sigo siendo el Ser último a bordo de esta nave. No olvides...

- Basta - dijo Luis.

Los dos se lo quedaron mirando.

- Esta discusión es prematura - dijo Luis -. ¿Por qué no enfocáis los telescopios sobre las pantallas cuadradas? Luego, los dos tendríais mayor número de detalles y la discusión resultaría más divertida. - Nessus quedó mirándose con un ojo fijo en el otro. El kzin escondió las uñas -. Desde un punto de vista más pragmático - continuó Luis -, todos tenemos los nervios de punta. Estamos cansados, hambrientos. A nadie le gusta combatir con el estómago vacío. Por mi parte, me voy a descansar un ratito con los auriculares somníferos. Y os sugiero que hagáis otro tanto.

Teela se quedó estupefacta:

- ¿No piensas mirar lo que pasa? ¡Vamos a ver la cara interior!

- Míralo tú y luego me lo cuentas todo. - Y salió.

Se despertó con la cabeza pesada y famélico. Estuvo en el camarote el tiempo necesario para pedir una comida portátil. Se dirigió al salón con la comida en una mano.

- ¿Cómo van las cosas?

Teela le respondió, en tono indiferente desde una pantalla de lectura:

- Te lo has perdido todo. Navíos piratas, Demonios de las Tinieblas, dragones espaciales, plantas caníbales, todos lanzados sobre nosotros en simultáneo ataque. Interlocutor tuvo que rechazarlos a puño limpio. Te hubiera encantado.

- ¿Y Nessus?

El titerote le respondió desde la sala de mandos:

- Interlocutor y yo hemos decidido acercarnos a las pantallas cuadradas. Él se ha echado a dormir un rato. Pronto estaremos en el espacio abierto.

- ¿Alguna novedad?

- Sí, bastantes. En seguida te lo explico.

El titerote operó los controles de la pantalla panorámica. Debía de haber estudiado a fondo la simbología kzinti en alguna parte.

La imagen que apareció en la pantalla parecía la Tierra vista desde gran altura. Montañas, lagos, valles, ríos, zonas que podrían ser Desiertos...

- ¿Desiertos?

- Eso parece, Luis. Interlocutor obtuvo espectros de temperatura y humedad. Buen número de datos demuestran que el Mundo Anillo ha retornado a un estado salvaje, al menos en parte. ¿Cómo explicar si no la existencia de desiertos? Encontramos otro profundo océano salado en el lado opuesto del anillo, tan grande como el de este lado. Los espectros confirman la presencia de sal. Es evidente que los ingenieros se vieron en la necesidad de compensar esas enormes masas de agua.

Luis hincó el diente en su comida portátil.

- Cuando enfocamos el visor sobre las pantallas cuadradas, Interlocutor accedió a examinarlas más de cerca - comentó Nessus.

- ¿Por qué? - increpó Luis.

- Descubrimos una peculiaridad. Las pantallas cuadradas se mueven a una velocidad suficientemente superior a la orbital para permitir un margen de seguridad.

Luis casi se atraganto.

- No es imposible - añadió el titerote -. Tal vez las pantallas cuadradas sigan órbitas elípticas estables equivalentes. No es indispensable que se mantengan a una distancia constante de la primaria.

Luis tragó a toda prisa para poder hablar:

- Es una locura. ¡Haría variar la duración de los días!

- Por un momento hemos pensado que podía servir para diferenciar el verano del invierno, acortando y luego volviendo a alargar las noches - dijo Teela -. Pero tampoco parece tener sentido.

- Claro que no. Las pantallas cuadradas cubren su circuito en menos de un mes. ¿De qué sirve un año de tres semanas?

- Ahí está el problema - dijo Nessus -. Era una anomalía demasiado pequeña para poder detectarla desde nuestro propio sistema. ¿A qué se debe? ¿Tal vez la gravedad aumenta en las proximidades de la primaria y ello exige una mayor velocidad orbital? En cualquier caso, los objetos que ocultan el sol merecen ser examinados más atentamente.

 

El transcurso del tiempo podía apreciarse siguiendo el curso del reborde negro de una pantalla cuadrada sobre el sol.

El kzin salió pronto de su habitación, saludó amablemente a los humanos que estaban en el salón y sustituyó a Nessus en la sala de mandos.

Poco después volvió a aparecer. No se oyó ningún ruido que pudiera indicar un altercado; pero de pronto Luis vio al titerote que retrocedía ante una asesina mirada kzinti. Interlocutor parecía dispuesto a matar.

- Muy bien - dijo Luis, resignado -. ¿Qué pasa ahora?

- Este herbívoro - comenzó a quejarse el kzin, y la ira le cortó las palabras. Volvió a empezar -: Nuestro esquizofrénico dirigente-desde-el-último-lugar nos ha tenido en una órbita de consumo mínimo desde que me fui a descansar. A este paso tardaremos cuatro meses en llegar a la banda de pantallas cuadradas. - A ello siguió una sarta de maldiciones en la Lengua del Héroe.

- Tú mismo nos colocaste en esa órbita - dijo suavemente el titerote.

El kzin subió el tono de voz:

- Quería alejarme lentamente del Mundo Anillo para poder echarle un vistazo a la superficie interior. Luego podíamos acelerar directamente hacia las pantallas cuadradas. ¡Y llegar allí en cuestión de horas, en vez de meses!

- No te excites, Interlocutor. Si aceleramos hacia las pantallas nuestra órbita cortará la del Mundo Anillo. Es algo que deseo evitar.

- Podrías poner rumbo al sol - dijo Teela.

Todos se la quedaron mirando.

- Si los anillícolas temen que nos estrellemos sobre ellos - explicó pacientemente Teela -, lo más probable es que estén estudiando nuestra trayectoria. Si nuestra trayectoria nos lleva directamente al sol, ello significará que no constituimos ningún peligro para ellos. ¿Os dais cuenta?

- Buena idea - reconoció Interlocutor.

El titerote se encogió de hombros:

- Tú eres el piloto. Haz lo que quieras, pero no olvides...

- No tengo la menor intención de atravesar el sol. A su debido tiempo me alinearé con las pantallas. - Y el kzin regresó a la cabina de mando con gran estrépito. No es fácil para un kzin producir estrépito.

La nave se puso paralela al anillo. Apenas se notó el cambio; obedeciendo las instrucciones recibidas, el kzin sólo había utilizado los elevadores inertes. Interlocutor redujo la velocidad orbital de la nave y ésta comenzó a caer hacia el sol; luego puso proa hacia el centro y aceleró.

El Mundo Anillo era una gran banda azul surcada de cordones y aglomeraciones de relucientes nubes blancas. Y se estaba desvaneciendo visiblemente. Interlocutor tenía prisa.

Luis marcó el código para pedir dos ampollas de mocha y le tendió una a Teela.

Comprendía el enojo del kzin. El Mundo Anillo le llenaba de pánico. Abrigaba el convencimiento de que tendría que aterrizar... y deseaba hacerlo antes de perder el control de sus nervios.

Interlocutor regresó al salón:

- Llegaremos a la órbita de las pantallas cuadradas dentro de catorce horas. Nessus, los guerreros del Patriarca aprendemos a ser pacientes desde la infancia, pero los herbívoros tenéis más paciencia que un cadáver.

- Nos movemos - dijo Luis, y comenzó a incorporarse. En efecto, la proa de la nave se estaba apartando del sol.

Nessus chilló y se plantó de un salto en el otro extremo del salón. Estaba en el aire cuando el «Embustero» se encendió como un flash. La nave dio un bandazo...

 

Discontinuidad.

 

...La nave dio un bandazo a pesar de la gravedad de la cabina. Luis se agarró al respaldo de una silla; Teela cayó en su propia cápsula-diván, con increíble exactitud; el titerote, hecho un ovillo, fue rodando hasta dar con la pared. Todo ello en medio de un intenso resplandor violeta. La oscuridad duró sólo un instante y pronto fue sustituida por una resplandeciente luz violeta.

Venía de fuera, del exterior del fuselaje.

Después de dejar el «Embustero» bien encarado, Interlocutor debía de haber confiado el mando al piloto automático. Y entonces, pensó Luis, el piloto automático había rectificado la dirección de Interlocutor, por considerar que un meteorito de las dimensiones del sol podía resultar peligroso y era preciso evitarlo.

La gravedad de la cabina volvía a ser normal. Luis se incorporó. No se había lastimado. Y, aparentemente, tampoco Teela estaba herida. Permanecía de pie junto a la pared mirando fijamente a través de la luz violeta.

- La mitad del tablero de mandos ha quedado inutilizado - anunció Interlocutor.

- Y también han desaparecido la mitad de los instrumentos - dijo Teela -. Te has quedado sin ala.

- ¿Cómo dices?

- Hemos perdido el ala.

Así era. Y con ella habían perdido todo lo que iba montado sobre el ala: reactores, tubos de fusión, las vainas con el equipo de comunicaciones, el equipo de aterrizaje. Nada restaba del «Embustero» excepto la parte protegida por el fuselaje de Productos Generales.

- Nos han disparado - dijo Interlocutor -. Y aún siguen tirando sobre nosotros, probablemente con rayos laser. A partir de este momento, la nave se halla en estado de guerra. Y, en consecuencia, yo tomo el mando.

Nessus no discutió esa decisión. Seguía hecho un ovillo. Luis se arrodilló a su lado y le palpó con ambas manos.

- Finagle sabe que no soy médico de extraterrestres. Pero no creo que esté herido.

- Sólo está asustado y quiere esconderse en su propio vientre. Tú y Teela tendréis que atarle y mantenerle tranquilo.

A Luis no le sorprendió encontrarse obedeciendo órdenes. Estaba muy trastornado. Un minuto antes estaban en una nave espacial. Ahora, ésta se había convertido en poco más que una aguja de cristal que iba cayendo hacia el sol.

Condujeron al titerote hasta su cápsula de supervivencia y le ajustaron la red de seguridad.

- No nos encontramos ante una cultura pacífica - dijo el kzin -. Un laser de rayos X constituye siempre un arma ofensiva. De no ser por nuestro fuselaje invulnerable, estaríamos todos muertos.

- También debe de haber desaparecido el campo estático de diseño esclavista - dijo Luis -. Imposible saber cuánto tiempo estuvimos estasiados.

- Unos pocos segundos - le rectificó Teela -. Esa luz violeta tiene que ser la nube de metal de nuestra ala fluorescente.

- Activada por el laser, claro. Creo que comienza a disiparse.

Y tenía razón: el resplandor era ya menos intenso.

- Por desgracia, nuestras armas automáticas son exclusivamente defensivas. ¡Cómo va a saber un titerote lo que son armas ofensivas! - se lamentó Interlocutor -. Hasta nuestros motores de fusión estaban en el ala. ¡Y el enemigo continúa disparando sobre nosotros! Pero sabrán lo que significa atacar a un kzin.

- ¿Vas a perseguirlos?

A Interlocutor le resbaló el sarcasmo del comentario:

- Así es.

- ¿Con qué? - explotó Luis - ¿Sabes qué nos han dejado? Un hipermotor y un sistema de supervivencia. ¡Eso es todo! ¡Son delirios de grandeza creer que podemos hacer una guerra en esto!

- ¡Eso cree el enemigo! Pero no saben...

- ¿Qué enemigo?

- ...que quien desafía a un kzin...

- ¡Armas automáticas, zoquete! ¡Un enemigo hubiera comenzado a disparar en cuanto nos tuvo a tiro!

- Yo también he estado cavilando sobre su desusada estrategia.

- ¡Armas automáticas! Lasers de rayos X para destrozar los meteoritos. Programados para derribar cualquier cosa susceptible de chocar contra el anillo. En cuanto nuestra posible órbita de caída libre cruzó sobre el anillo, ¡zas! ¡Se dispararon los lasers!

- ...es posible. - El kzin comenzó a cubrir las partes inutilizadas del tablero de mandos -. Pero ojalá te equivocases.

- No lo dudo. Sería un alivio poder echarle la culpa a alguien, ¿verdad?

- Lo que sí arreglaría las cos y as sería que nuestra trayectoria no pasara por el anillo -. El kzin había tapado la mitad del tablero. Continuó tapando paneles mientras hablaba -. Nuestra velocidad es considerable. Suficiente para sacarnos del sistema y hacernos traspasar la discontinuidad local, con lo cual podríamos emplear el hipermotor para regresar hasta la flotilla de los titerotes. Pero, condición previa para ello es que no choquemos con el anillo.

El razonamiento de Luis no iba tan lejos:

- Si no hubieras tenido tanta prisa - dijo con amargura.

- Al menos no nos estrellaremos contra el sol. Las armas automáticas no dispararán hasta que nuestra trayectoria haya dado la vuelta al sol.

- Los lasers siguen funcionando - informó Teela -. Puedo ver las estrellas en medio de los destellos, pero éstos siguen ahí. Luego, aún debemos de ir directos a la superficie del anillo, ¿verdad?

- Siempre y cuando los lasers sean automáticos, sí.

- ¿Y nos mataremos si nos estrellamos contra el anillo?

- Pregúntaselo, a Nessus. Su raza construyó el «Embustero». A ver si consigues que salga de su ovillo.

El kzin soltó un gruñido despectivo. Ya había tapado la mayor parte del tablero de mandos. Sólo se mantenían encendidas unas cuantas míseras lucecitas, en señal de que parte del «Embustero» continuaba aún con vida.

Teela Brown se inclinó sobre el titerote, que seguía hecho una bola bajo la frágil trama de su red antichoques. Muy por el contrario de lo que esperaba Luis, no había dado la menor señal de pánico desde el inicio del ataque con rayos laser. Deslizó las manos hasta la base de los cuellos del titerote y comenzó a rascar suavemente, como le había visto hacer a Luis en ocasiones parecidas.

- Te estás portando como un tonto - riñó gentilmente al asustado titerote -. Vamos, saca las cabezas. A ver, mírame. ¡Te lo perderás todo!

 

Doce horas más tarde, Nessus continuaba en estado catatónico.

- ¡Cuando intento hacerle salir sólo consigo que se encoja aún más! - Teela parecía al borde de las lágrimas. Se habían retirado a cenar en su camarote, pero ella no consiguió comer nada -. No lo hago bien, Luis. Lo sé.

- Pones todo el acento en el aspecto excitante, en las muchas cosas que pueden ocurrir, y Nessus no quiere excitaciones - Puntualizó Luis -. No te preocupes. Cuando le necesitemos ya sacará las cabezas.

Teela caminaba de un modo extraño, medio a trompicones; aún no se había adaptado del todo a la diferencia entre la gravedad de la nave y la gravedad de la Tierra. Parecía a punto de decir algo, luego cambió de opinión, sólo para volver a pensárselo mejor y, por fin, soltar la pregunta:

- ¿Tienes miedo?

- Sí.

- Ya me lo parecía - confirmó ella, y reanudó sus paseos arriba y abajo por el camarote. Al cabo de un rato preguntó -: ¿Y cómo es que Interlocutor no tiene miedo?

En efecto, el kzin había desplegado una incesante actividad desde el ataque: había hecho inventario de las armas disponibles, había realizado primitivos cálculos trigonométricos para intentar establecer la trayectoria de la nave, todo ello jalonado de órdenes concisas y razonabl